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1 de septiembre de 2008

Plática, columna, entrevista, reportaje, René y otros cementarios

El miércoles 20 de agosto me tocó un día pesado. Por la mañana, desayuno con periodistas de varios medios de comunicación bolivianos; después, una entrevista con el ex presidente Carlos Mesa, que estuvo de lo más interesante. (La primera parte se publica en Centroamérica 21 esta semana, aquí, junto con la primera parte de un pequeño reportaje.) Con Mesa me tocaría estar en una mesa de discusión ("la mesa con el Mesa", decía Érika Bruzonic) el viernes siguiente, acerca de literatura en tiempos autoritarios, así que aproveché para pedir una entrevista previa. Luego, almuerzo antes de ir al taller en El Alto; de regreso, un rato de descanso y por la noche una plática acerca de literatura y exilio, con mi amigo René Bascopé como referencia. Podría decir lo que pasó en la plática, pero mejor los remito a mi columna en CA21, que puede encontrarse en este link. La noche anterior había tenido una cena por mi cumpleaños con la presidenta de la Cámara del Libro, su esposo, Érika y yo. (Una buena cena, por cierto. Comida muy boliviana y deliciosa.) Esa noche recurrí, como siempre, a la comida china para descansar de los condimentos. Ángel Bascopé me llevó a un buen restaurante y me dijo que al día siguiente pasaría por mí para que fuéramos a ver la tumba de René, su hermano y mi amigo.

René está enterrado en el Cementerio General de La Paz. "Enterrado" es un decir, porque la mayor parte de las tumbas son... uh... aéreas, grandes criptas con pequeños nichos. El Cementerio de los Ilustres de El Salvador es a veces como estar en medio de una alucinación; el de La Paz pertenece más a la vida real o, peor, a un sueño en el que uno no sabe para dónde agarrar, o si de verdad está soñando.
Son filas y filas y filas de edificaciones de cuatro o cinco o más niveles, como la que se muestra en la foto de arriba. Hay partes para muertos muy pobres (pero ¿no son pobres todos los muertos?), para muertos más acomodados, para muertos aún más acomodados, pero seguro no para los más ricos.

Obviamente es un cementerio bastante antiguo, por lo menos de la segunda mitad del siglo XIX, como se observa en estas lápidas. Hay partes que están muy bien cuidadas, y otras dadas a la desgracia.

Al fondo se puede observar la parte dedicada a la beneficencia, con rótulos que dicen "Vacío". Me explicó Ángel que en en realidad uno no compra los nichos, sino que los renta por periodos de tres años. Si no paga, el muertito va para la fosa común. Imagino que podrá pagar una perpetuidad, o una perpetuidad más larga de tres años. Aquí he visto en el Cementerio General estructuras parecidas, pero son la antesala, precisamente, de la fosa común.

Los hay que tienen terrenos más amplios. Éste en particular creo que era un comentarista de televisión o cantante o algo así --no lo recuerdo--, muerto hace 18 años, según un letrero que anda por el lado izquierdo. Siempre está lleno de flores frescas.

¡Tumbas en condominio!
Esos edificios me recordaron las escuelas mexicanas. Hay muchas así, pero en lugar de tumbas hay salones de clases, que a veces se perciben de manera similar. Caben muchísimas en cada uno de los edificios, y de paso los muertos pueden morir de manera parecida a como vivieron. Como algunos edificios de la Zacamil, pues.

Otra vista de lo mismo.
Esta tumba me llamó la atención, por lo que dice el letrero. Busqué en internet a Daniel Rodríguez Cárdenas y me encontré a alguien con el mismo nombre que se dice perseguido por el gobierno boliviano, y que --se supone-- vive exiliado en Perú. Quizá su exilio terminó en pocos meses, con la muerte de por medio, o quizá se trate de un homónimo.

Ésta es la tumba del sacerdote Luis Espinal, quien fuera director del semanario Aquí, del cual René Bascopé era subdirector. Lo asesinaron en 1980, y René debió exiliarse en México, donde lo conocí.

Y ésta es la tumba de René. La luz no dejó tomar una buena foto, y está en el cuarto nivel de una de esas estructuras. Sentí algo en la garganta y en el estómago y en todas partes al ver la simpleza de la tumba: su nombre escrito a mano con un palito, un QEPD y la fecha de su muerte. Me llamó la atención la rosa azul artificial. Me recordó un cuento que se llama así (puede encontrarse aquí). Trata de una princesa que no quería casarse y dijo que sólo lo haría con alguien que le llevara una rosa azul, que no existen. (Bueno, la genética habrá hecho maravillas, y quizá ya existan.) Rechazó a uno que le llevó una joya azul en forma de rosa, una rosa teñida de azul y un vaso extraordinario, azul, con una rosa grabada. Hasta que se enamoró de un trovador. El padre exigió que llevara una rosa azul para darle la mano --y el resto-- de la princesa, y el trovador dijo que con todo gusto. Cortó una rosa blanca del jardín real y se la llevó a la princesa, quien dijo: "Si, ésta es la rosa azul que quería", y se casó con el trovador.
Siempre hay una rosa azul que uno quiere. Y siempre aparece en el lugar menos esperado, aunque sea de otro color.

21 de septiembre de 2006

El tío Juan y la escritura

Después de un año y medio de pasarme escribiendo libros, quedé tan cansado que decidí que en 2006 no escribiría y más bien me dedicaría a reponerme. (Igual, escribiendo o no, he seguido haciendo lo de La Casa, de allí el cansancio tan bestial.) Apenas me salió un cuento hace unos meses, y las correcciones pertinentes de Tiempos de locura para la segunda y tercera edición. (Sí, ya viene.)
Cuando llegué a Costa Rica averigüé un poco más acerca de lo que hizo el tío Juan Manuel Menjívar: decirle a la familia que tenía que sacar a mi padre --o sea su hermano-- de la tumba en la que estaba. La tumba era del tío, pero lo interesante fue que él mismo hizo que lo pusiéramos allí; mi madre ya tenía otra tumba lista a unos treinta metros de distancia, pero al tío le agarró la onda sentimental: quería que lo enterraran con su hermano, que allí enterraran también a mi madre y a su esposa y, en su momento, a él.
La verdad es que el tío se portó bien con mi padre apenas cuando le diagnosticaron el cáncer y le dijeron que de ésa no salía. Los sesenta años anteriores fueron de hacer una tras otra tras otra; digamos que la única que le faltaba era sacar a mi papá de la tumba. Parecía que siempre le estaba cobrando ofensas que nunca vi por ninguna parte: el tío estudió en el Tec de Monterrey, siendo hijo de chofer y hermano de gente pobre, gracias a que todos comían mal (comíamos; yo ya había nacido) para que él estudiara. Cada vez que necesitaba un trabajo o perdía el anterior o se cambiaba de país, o lo que fuera, iba con mi padre, mi padre le ayudaba y él le hacía una chacalada proporcional al tamaño del favor. Bien feo.
En su último trabajo (encargado de finanzas del CSUCA), además de lo que dice una auditoría que anda por allí, alcanzó a llevarse a EDUCA entre los pies; allí publicó mi padre algunos de sus libros, yo un par y el editor era Sebastián Vaquerano, quien puso a mi tío y al secretario general en sus puestos. Aunque Sebastián, que es generoso, no lo cree, para mí que eso entró en la ecuación.
Y me di cuenta de que tenía un tema muy bueno entre manos para una novela negra. Hay detalles: todo lo de la sacada de mi padre lo hizo por teléfono. No llamó a mi madre, sino a mi hermano menor, que no tenía mucha idea y era al que más le dolería. Y otros más interesantes o más rastreros, según quiera verlo uno. Literariamente, con la historia del tío y mi padre, tengo material para armar algo.
Hace cuatro días me puse a escribir y el borrador de la novela está saliendo solito. Llevo los capítulos 1 y 3, y ya sé cómo van a ir el 2 y quizá el final. A ver en qué para el libro; mi tío ya sé en qué parará (todo es cosa de tiempo).

16 de septiembre de 2007

Atlihuetzía, o la tumba

Al día siguiente de visitar Cantona, Citlalli Xochitiotzin me prestó su Volkswagen --que recuerdo de un indiscreto color naranja-- para que diera una vuelta por una lista de lugares que tenía pendientes de visitar. No lo he dicho, pero yo estaba trabajando para la Michelin Travel Corporation, y debía ir a lugares turísticos, reseñarlos, tomar fotos, hacer una ficha y presentarla al editor jefe, que ya decidiría qué hacer. No sé lo que haya decidido él, y más bien Michelin, porque en la edición correspondiente no apareció el trabajo de los ocho editores que trabajábamos en todo el país para actualizar la guía. Tengo mis sospechas, pero no creo que quiera hablar de eso. Unos meses después de terminado el trabajo, recibí un mail del editor jefe con un chiste bobo, y una nota en la que hablaba de que enviar el tal chiste era un modo de "limar asperezas" y de que no hubiera "hard feelings" entre nosotros. Yo había terminado mi trabajo un par de meses antes que los demás, así que no supe a qué se refería. Tampoco quise averiguar.
Como sea, uno de los lugares que visité fue Santa María Atlihuetzía, a unos kilómetros de la ciudad de Tlaxcala y a un lado de una carretera de alta velocidad, creo que la que lleva a Veracruz. No sé ahora; en ese entonces no había muchas señales, las que había no eran muy claras y tuve que intentar un par de veces antes de dar con la salida correcta.
Había escuchado que allí estaba una de las iglesias más altas de México, que desde hacía por lo menos un siglo no había rastro de techo y que, con todo y que estaba en ruinas, era un lugar que uno no podía dejar de visitar.
Ahora veo en internet que hay hoteles en Atlihuetzía, y se pone énfasis en unas cascadas que en 1995-96 eran casi inaccesibles. Yo lo que iba a ver era la iglesia.
En pueblo era pequeño, muy pequeño, y polvoso. Había una iglesia pequeñita, una plaza pequeñita, todo pequeñito. En medio de todo aquello, una masa de piedra rodeada de malla de alambre. Daba la impresión de una ciudad construida inútilmente alrededor de un castillo medieval abandonado y roto.
Me sentí un poco defraudado, pero a eso había ido, y me metí entre los escombros para llegar a la puerta de la iglesia. Y, sí, desde la puerta la construcción se veía inmensa, pero la perspectiva me dijo que no era nada que no hubiera visto antes en algunos otros lugares. Me llamó la atención que en todo el piso hubiera varios centenares de flores de cempazúchil, las flores de los muertos, algunas sueltas, algunas en ramos.
Entré y caminé al centro de la nave, y entonces entendí lo que a veces se dice de manera más retórica que real: el hecho de perder la respiración al ver algo o estar en medio de algo. Allí, entre todas esas flores --que con sus colores tan vivos siempre tienen algo de tristeza--, en medio de unas columnas y travesaños de tamaño casi imposible, de frente a un los restos de un coro que debió ser de lo más grande que se ha construido en materia de coros, vi hacia arriba y el cielo se me tiró encima desde donde debía estar el techo.
En su parte más alta, la iglesia debe tener por lo menos cincuenta metros; con el techo y campanarios y cúpulas, se dice, rebasaba los setenta. Y no es que no haya iglesias así de grandes, o más --la catedral de Puebla rebasa los sesenta metros--, sino que estaba en medio de una construcción que casi era un cadáver, que estaba en los huesos; un enfermo viejo al que habían relegado al cuarto del fondo y sólo visitaban para ponerle flores, con algo de amor, con algo de hastío, con mucho de culpa.
Me pregunté por qué habría tantas flores en el piso. No eran los días de la fiesta de muertos, y era evidente que no sólo una persona las ponía allí. Era claro que desde hacía muchas décadas a nadie se le había ocurrido dar una misa en ese altar más que impresionante, y que ni siquiera se habrían reunido más de dos o tres personas, para poner flores quizá, o niños en busca de las emociones fuertes que da esa razón que produce monstruos.
Caminé hacia un costado de la iglesia y vi que había un par de decenas de criptas del tamaño natural de cualquier persona. Estaban rotas, con flores frescas y secas, colocadas en la parte exterior, nunca dentro de las tumbas. En pocas palabras, eran tumbas de piedra adosadas a las paredes; con sólo retirar la tapa los cuerpos hubieran quedado al decubierto, y no había nada --una pared, algún cancel-- que los separara de los fieles.
Recorrí la pared derecha viendo los epitafios, que eran muy sencillos: nombre, fecha de nacimiento, fecha de muerte. Todas las tapas estaban rotas, y los nichos al descubierto. No se veían restos humanos; había lodo, piedras, vacío. Tomé algunas fotos --casi todas las entregué a Michelin, porque así decía el contrato; sólo me quedé con la que aparece al inicio de este post-- y caminé hacia el otro costado. Empecé el recorrido de las criptas hacia el altar mayor, y llegué a una que tenía aún la tapa puesta, pero estaba agrietada y había un agujero por el cual podía pasar una mano grande. La placa decía que allí estaba enterrada una bebé de siglo y medio atrás. Sentí algo de tristeza, porque así pasa cuando uno está ante la tumba de cualquier bebé, y cometí un error: me asomé al agujero.
Había un viento frío, y el viento zumbaba por encima y por afuera de la iglesia; dentro se formaban algunas corrientes en los niveles más altos, como en el coro, pero no llegaban a la parte más baja. Sin embargo, al asomarme, salió una vaharada de dentro de la tumba, y me llegó un olor a vejez, a muerte rezagada, a algo que me hizo retroceder y sentir miedo. Había alcanzado a ver fragmentos de tela, o eso me pareció, que alguna vez debieron ser blancos y en ese momento no se diferenciaban del color de la piedra y el polvo. Lo que sentí fue que había alguien allí, y que ese alguien quería hablarme, pero no tenía palabras para hacerlo.
Ese tipo de imaginación y de miedo a los muertos no se me da, pero me puse irracional y, como pude, salí de la iglesia. Me quedé en la entrada, respirando rápidamente, y el corazón sonando a tambor asustado. No pude volver a entrar. Ni siquiera quise ver el resto del pueblo, ni tomé más fotos de las que ya llevaba, quizá unas 20 o 30.
Del mismo modo irracional, entendí el porqué todas esas flores de cempazúchil, y entendí la soledad de la iglesia. Era obvio que había que restaurarla, y que nadie había hecho el menor esfuerzo siquiera por mantenerla limpia. Era una tumba colosal. Era la tumba colosal de una niña muerta más de un siglo atrás.
De allí me fui a ver unas pinturas rupestres que había en otro pueblo, los alrededores de un centro vacacional en el que ya había estado un par de veces como huésped, más iglesias, muchas iglesias (Tlaxcala está llena de iglesias). A algunas regresé después, en otros años. A ésa no.

26 de abril de 2006

¿"Juro por Schafik"?

Cada vez debo ser más de derecha, porque cada vez entiendo menos qué le está pasando a la izquierda institucional y por qué hace las cosas.
Ahora resulta que el 1 de mayo, en lugar de ir a la marcha del Día del Trabajo, para rendir homenaje a los mártires de Chicago (en este último link hay un bonito blues en midi), como cualquier gente más o menos de izquierda (porque hasta los mencheviques, ¿eh?, y gente mucho más a la derecha de ellos), los diputados del FMLN se van a ir a juramentar a sí mismos ante la tumba de Schafik Hándal, como dice esta noticia.
Quizá el FMLN no quiera que se lo identifique con grupos anarquistas (sí, la mayor parte de los obreros de Chicago eran anarquistas) o con doctrinas que no sean marxistas al ciento por ciento --si algo así existe--, sobre todo porque, como usted recordará, Marx y Bakunin se jalaban de sus respectivas barbas en la Internacional Comunista, y el primero estuvo entre los que expulsaron al segundo, ni más ni menos. (Eso sí, Bakunin tiene un trabajo que se llama "Cartas contra el patriotismo de los burgueses" que es una joya. No sé si se encuentre aquí, pero valdrá la pena buscarlo. Allí viene algo de las polémicas con Marx y Engels. Eran sangrientísimas.) Con eso de que buscan cierta pureza de ideales, quizá por allí ande el asunto. Aquí hay una interesante entrevista con José Luis Merino donde se habla del tema, pero curiosamente aquí hay otra con él mismo en la que se dice que, si los diputados del FMLN no pueden cambiar las cosas en la Asamblea, hay que salir a la calle a pelear. Puede ser que aún no lleguen a la parte de la pelea y sólo saldrán a cierta calle y para ciertos asuntos.
Quizá la actitud de los diputados se justifique en el hecho de rendir honor a un viejo luchador social que representa al proletariado --el proletariado que de verdad es de izquierda--, y por eso van a la tumba de Hándal, para jurarle que seguirán sus luchas. Ir a su tumba equivaldrá a honrar a los... uh... proletarios marxistas caídos en la lucha, porque ya quedamos que los mártires de Chicago no. Pero entonces hay un problema de concepto, o van a ver a la persona equivocada, porque Schafik no era obrero, ni mucho menos. Era hijo de comerciantes, estudió derecho un par de años y... bueno... eso de la explotación era para él un asunto teórico, porque que yo sepa nunca tuvo un trabajo para ganarse la vida.
Talvez de allí está pueda desprenderse su aporte: se sacrificó tanto por sus ideales que no trabajó para pagar sus cuentas, y en lugar de perder el tiempo como todos nosotros se dedicó toda su vida, en cuerpo y alma, a dirigir la lucha del pueblo. Eso de ser obrero había que dejárselo --digamos-- a gente como Cayetano Carpio, que por algo --en la verdad oficial-- tenía tantas deficiencias teóricas y terminó como terminó. O sea: la cuestión de clase no funciona como todos pensábamos, sino como realmente funciona: los proletarios no tienen tiempo ni capacidades para hacer lo que deberían hacer los proletarios según Marx (la lucha de clases), y por eso hacen falta los profesionales de... esteee... me falla la teoría: el concepto de "lucha de clases" no existe actualmente en los planteamientos del FMLN, y no sé con qué sustituirlo para no salirme de la ortodoxia.
Como sea, Schafik es de los que servía para eso, y nadie más.
(Lo de que Hándal nunca trabajó lo hizo notar, de manera bien desagradable, mi tocayo Rafael Menjívar, que juro que no es mi pariente, durante la campaña para las elecciones de 2004. Una campaña puerquísima, pero además muy mal hecha; alguna vez dijo que hacía sus propios guiones, y se notaba que eran sus primeros intentos. Pero que Schafik nunca trabajó para comeren algo que no fuera la política era público y notorio. Y hubo otros que se sacrificaron como él: la mayor parte de los demás comandantes guerrilleros también pasaron de ser estudiantes a ser --precisamente-- comandantes. Algunos han trabajado después de los Acuerdos de Paz; otros siguen sacrificándose.)
O a lo mejor...
No sé. No entiendo. Lo del culto a la personalidad funciona mejor cuando el dueño de esa personalidad está vivo, o si tiene una personalidad magnética; pero cuando estaba vivo no le funcionó tanto, si hemos de creerle a los resultados electorales: las únicas dos veces que Hándal se lanzó a cargos públicos mediante elecciones directas, perdió; como diputado llegó por cuota plurinominal. Y no se trata de que perdiera por las "campañas de terror" como la que lanzó mi tocayo; ésas sólo funcionan si tienen bases para funcionar, o quedan en un alarde de ridículo, como está pasando en México contra López Obrador. (Si éste no gana, tendré que retractarme. Lo haré con gusto.)
Me voy a dormir. Al rato tengo que seguir editando un par de videos. Uno de ellos está muy oscuro y no he logrado aclararlo sin que pierda calidad la imagen. En el otro hay un problema en una toma: se ve una computadora en un lugar en el que no puede haber una computadora, y un escritorio donde no debe haber un escritorio. El asunto es que, al acercar, como trabajamos con cámaras de 8mm, el grano de la imagen se abre mucho, y está bien, pero no he logrado igualar las otras tomas.

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(¿Y si nada más se están inventando un nuevo ritual para justificar.... uh... lo que sea? Ir a la tumba de Schafik ese día, a juramentarse, es una declaración de principios. Pero ¿cuáles principios? No los que representa el Primero de Mayo, eso es obvio. Y no veo qué pueda haber de más importante para gente de izquierda, en un primero de mayo, que el Primero de Mayo, y ésa puede ser la declaración de principios. A lo mejor nomás lo harán porque a alguien se le ocurrió que era una buena puntada pero, conociendo a los comunistas --hablo de la gente del PCS, no de la izquierda de manera simplificada--, debieron discutirlo horas y horas y horas antes de que alguien determinara que así se haría y punto. Ya veremos qué tipo de juramento hacen; allí estará la clave.)

11 de mayo de 2006

La tumba


Detrás del monumento que tiene en la cúspide a Rómulo y Remo amamantados por la loba, primera tumba a la derecha, desde la entrada del Cementerio de los Ilustres, está la que debería ser la tumba familiar, comprada por la abuela Mina a finales de los sesenta, según recuerdo. Tiene seis plazas, más un pequeño nicho que está al frente, del lado izquierdo.
Allí están enterrados tres hermanos de los diecinueve que tuvo la abuela (ella, nacida en 1915, era la menor): la tía Concha (de oficio sastre, además de sobadora reconocida en Mejicanos), el tío Lico (Federico), y la tía Tere, todos de apellido Molina.
Un día, cuando la tía Tere tenía 91 años, ya ciega, se estaba muriendo. Llegaron a verla los hermanos sobrevivientes (también el tío Polo, o Leopoldo, además de la abuela) para despedirse de ella. Era cosa de horas. La tía Concha, que tenía 79 años (fue quien crió a la abuela), regresó a su casa, dijo que tomaría una siesta... y se murió mientras dormía. La tía Tere fue a su entierro; se recuperó y vivió dos años más.
El tío Lico (el que seguía en edad a la tía Tere; era como cuatro o cinco años menor, y murió a los 89) tenía no sé qué en el estómago, y a lo largo de los años se lo fueron recortando. La paradoja es que él y su esposa eran dueños de la tienda más grande de Santiago Nonualco, y de las fincas donde se producían muchas de las cosas que se vendían allí: leche, quesos, cereales, pan. Todos los mediodías le servían toneladas de comida, y él apenas podía picotear aquí y allá algunos bocados de cada cosa. Y tenía un humor de perros bravos, con razón, supongo. Lo malo es que era su esposa, Tina, quien lo soportaba, hasta que se murió de cáncer, por allá por 1973 o 1974.
Al tío Polo le decían indistintamente Polo o Leo. Mi hermana juraba, hasta hace pocos años, que eran dos, y que eran gemelos. Era un tipo sensacional. Su oficio era el de coyote: estaba en una esquina del centro, llegaban a ofrecerle o a pedirle una casa para venta o para compra, ponía en contacto a los compradores y vendedores y se llevaba una comisión. También vendía carros o lo que fuera. Un día hizo la venta de su vida, a principios de los cincuenta, y se escapó a Cuba con una mujer mucho más joven. (Él era un par de años mayor que la abuela, o sea que habrá nacido en 1912 o 1913.) El dinero le duró un año, y se lo gastó como se gastaba el dinero en Cuba en esos tiempos si uno quería pasarla de lujo. Se acabó el dinero, la muchacha lo dejó y se regresó a El Salvador, a su esquina de siempre y a lo mismo, con un humor siempre envidiable. No sé cuáles serían sus relaciones familiares, porque siempre me llevé poco con los Molina, pero hay una hija suya que apenas estará llegando a los cuarenta años, y otras de la edad de mi madre (71) o mayores. Pelirroja, por cierto. Creo que no era de su esposa, o no de su primera esposa, porque se casó un par de veces. También se dedicó a cuidar a sus nietos mientras sus hijas estaban en Estados Unidos juntando dinero para llevárselos. Lo hicieron, y se lo llevaron a él también.
Hablo del tío Polo (o Leo) aunque no esté enterrado en la tumba porque la abuela hablaba con él y con sus hijas cada dos o tres meses; llamaba ella o llamaban ellos. Un día de tantos dejaron de llamar, y a ella le dijeron que se habían cambiado de casa y, no, no sabían dónde se habían cambiado. Creo que no quisieron decirle que el tío Polo se había muerto. En el entierro del tío Lico, el tío Polo le dijo a la abuela: "Ya estamos como la miss universo; sólo falta ver quién se lleva el premio."
Allí está enterrada también Nena, la hija mayor de la tía Tere. Era apenas cuatro o cinco años que la abuela, y murió a los ochenta, la que ha muerto más joven después de la tía Concha. Su esposo murió un par de años antes que ella, y era bastante mayor Y allí está también su esposo, el compadre Enrique (de apellido Rodríguez), un hombre bueno que se gastó toda su fortuna (un par de autobuses, un par de camiones de carga, creo que una tienda de abarrotes) en los años cuarenta para buscar a Nena. La encontró precisamente en Cuba, a donde se había escapado, unos años antes que el tío Leo (o Polo). Debió ser un lugar sensacional para huir, porque dos miembros de la familia son demasiados para tratarse de una coincidencia.
La característica del compadre Enrique (así le decían todos; la abuela era madrina de Napoleón, uno de sus hijos) era su humor optimista. Todo estaba bien, todo estaba a punto de solucionarse, la vida siempre era buena. No había modo de enojarlo o de ponerlo a llorar. La única vez que lloró fue cuando murió su hijo Roberto, en 1972. Había quedado totalmente paralizado siete años antes, cuando se estrelló en una moto contra el tren bala, en Villa Delgado (ahora Ciudad Delgado). Venía de dar una serenata (de eso vivía), el que iba manejando creyó que podía pasar antes que el tren bala y, cuando se dio cuenta de que no, se arrojó y se quebró un brazo o algo. La moto era de Roberto pero no quiso conducir porque había tomado y no quería causar algún accidente.
Roberto se dio de frente contra el tren. Junto con él se quebró una mandolina que le había regalado mi padre, que era precisamente lo que tocaba. Mi padre la había comprado con la intención de aprender él, pero nunca pudo pasar de la guitarra, y sólo de algunas notas y ritmos, así que se la dio a Roberto. Un día Roberto decidió que se iba a morir, se pasó una semana despidiéndose de todos y, listo, se murió. Pidió que lo enterraran con un traje de mi padre, y así fue; él ya estaba exiliado en Costa Rica. Roberto dejó un hijo, también llamado Roberto, igualito a él, que había tenido con una señora que un día llegó a dejarlo a su casa y sólo apareció años después, cuando Roberto hijo la buscó y la encontró ni más ni menos que en Ciudad Delgado. Ya muerto su padre, llevaba con ella una relación irregular, pero al parecer buena. Un día fue a verla y no regresó. Apareció en la morgue con un tiro en la base de la columna; unos guardias nacionales le habían dado la orden de detenerse y, como tenía problemas de sordera, no hizo caso. Lo mataron por sordo y por joven. Ninguno de los Robertos está en esa tumba, pero había que recordarlos.
La última a la que se ha enterrado allí es la abuela Mina, una mujer admirable, que murió hace poco más de dos años, a los 89 de su edad. Hay muchísimo que hablar de ella, pero hay una anécdota que la define.
Después de dos años de estar siempre a punto de morirse, por un motivo o por otro, cayó en coma. Tres, cuatro, cinco días, quizá más. Mi madre y el tío Mauricio arreglaron todo para su entierro, las cosas legales, etcétera, y mi madre debió regresar a Costa Rica por alguna emergencia. Cuando estaba allá, con el boleto listo para volver, la abuela revivió. Débil, pero revivió.
Se dio cuenta de que tenía aún asuntos que resolver, lo hizo (algunos no les gustaron a varios miembros de la familia) y un domingo, dos semana después de revivir, me fue a ver a La Casa del Escritor para regalarme un gato, Otelo. (Por cierto se fue de casa un par de días después de que llegó Valeria y, gulp, el día en que trató de hacerse el macho con Gizmo. La gata casi lo mata. Se fue a vivir a la casa de enfrente.) La gente de La Casa la trató de maravilla y ella, adicta al afecto, con todo y lo que le costaba recibirlo y darlo, lo disfrutó literalmente hasta el cansancio.
En el jardín había una flor de izote que le gustó, y le dije que se la llevara; el vigilante me ayudó a bajarla. La acompañamos en masa al taxi en el que la habían llevado y esa noche cenó izote hervido. Al día siguiente no desayunó, pero en el almuerzo pidió izote con huevo. Durmió el resto del día y el martes entró en coma de nuevo, como si nunca hubiera salido de él. Murió el sábado por la tarde.

Con toda esa gente de tanta edad, la primera persona enterrada allí fue mi hermana María Elena, la del nicho pequeñito que mencioné al principio. No sé nada de ella, excepto que se trató de un parto de 48 horas y que murió en algún momento entre su nacimiento y los dos días siguientes, según la versión que quiera aceptar. (Mi parto duró como media hora. El de mi hermana Ana, veinticuatro horas. El de Mauricio fue como de tres horas.) Mi padre y mi madre jamás hablaron del tema, y a estas alturas no quiero poner triste a mi madre preguntándoselo. Lo único que sé es que su placa tiene una sola fecha: 22 de mayo de 1958, año y medio antes de que yo naciera.
Son interesantes los simbolismos y el modo en que uno hace vivir a la gente de nuevo. Como ya dije, mi pseudónimo en las FPL era "Rafael", porque me parecía absurdo usar otro cuando todo el mundo me conocía. El de mi padre era Roberto, y era por Roberto Rodríguez y la mandolina y el traje con el que lo enterraron y una amistad bien rara, porque no tenían muchas cosas de qué hablar. A veces mi padre lo visitaba solamente para oírlo tocar un rato la mandolina, de un modo que él jamás alcanzaría, y era feliz con eso. El de mi madre era María Elena. Lo supe un día en que Mélida Anaya Montes llegó a casa y encomió frente a todos los presentes, familia incluida, "el trabajo de la compañera Ana María", un lapsus bastante feo, porque no debíamos conocerlo.
Tengo cientos de fotos en la compu, y varias decenas que a lo mejor quiera escanear. Ya pondré alguna otra.
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21 de julio de 2008

Funeral

Le pedí a Sebastián Vaquerano que me enviara algunas fotos del funeral de mi madre, que se realizó el domingo anterior a ayer. (Qué frase tan complicada. Bastaría con decir "domingo 13 de julio".) Hay rituales en los que creo profundamente, y el del sepelio de la gente de uno es quizá de los más importantes. Lo aprendí precisamente de mi madre. Su papá, el abuelo Miguel Ochoa, murió en 1980, exactamente el día en que fueron asesinados los dirigentes del FDR (Enrique Álvarez Córdova, Juan Chacón, Manuel Franco, Doroteo Hernánez, etcétera). Sólo pudo venir a El Salvador cerca de 10 años después, y pararse frente a su tumba, y contaba que había sentido una gran tranquilidad. Ya me tocará estar frente a su tumba, que es la misma de mi padre, obviamente; por ahora las fotos son suficientes. (Sí, ya sé, tengo que ir a la tumba de los abuelos Carmen y Alfonso. Quizá no quiero que se mueran aún. Quizá nunca se mueran.)
Aunque no sea lo más feliz que se me ocurra para un lunes, pongo las fotos por acá. que por algo es mi diario personal. Gracias a Sonia, la esposa de Sebastián, por tomarlas.

Mi hermana Ana (izquierda), con alguna amiga a la que no conozco.

Sebastián Vaquerano y Tula Alvarenga junto con una amiga a la que sí conozco, pero no ubico por ahora. Me voy a arrepentir de no reconocerla, estoy seguro. Atrás, a la derecha, mi hijo Eduardo.

Sentado, mi sobrino Diego, hijo de Ana.

El tío Mauricio Ochoa, hermano de mi madre.
Entre las fotos no venía ninguna de mi hermano Mauricio. No es mucho de tomarse fotos, y menos en esas circunstancias, supongo. Quizá le pidió a Sonia que no lo hiciera.

7 de agosto de 2007

1954 y 1964

En la foto original, en la parte trasera, se lee en tinta azul: "Camino a la Barra de Santiago por la playa." Arriba de esa leyenda, "Abril 14/1954". Mi padre es el que aparece de playera blanca en primer plano, viendo hacia otro lado; de frente, el tío Juan Menjívar, su hermano. Tenían 19 y 17 años.
La moto era de mi padre y provocó serios problemas entre ambos, o más bien del tío hacia mi padre, hasta que éste se la regaló, poco tiempo después. Los "serios problemas" en realidad eran anécdotas divertidas. Por ejemplo, la vez en que iban de San Salvador a Santa Ana y el tío (que se negaba a agarrarse de la cintura de mi padre; cosas de machos) se cayó de la moto y mi padre siguió platicando con él hasta como un kilómetro más tarde, cuando se dio cuenta de que el tío ya no estaba. Regresó, lo encomtró necesariamente furioso, sentado en una piedra, y lo subió de nuevo. El tío no se lo perdonó nunca, ni eso ni muchas cosas de niños y de muchachos que siempre llevó con rencor.
Él fue quien insistió a la muerte de mi padre, hoy hace exactamente siete años, en que lo enterraran en una tumba que le pertenece, para estar juntos en la muerte como buenos hermanos. Él también, hace un año, poco antes del aniversario, exigió que lo sacaran de allí y dio un plazo antes de tomar "otro tipo de medidas". ¿Quién podría decirlo al ver esa foto casual, tomada quién sabe por quién? Quizá fue el tío Mario Choto; él me la regaló hace tres o cuatro años.
Durante buena parte de este año he pasado con un enojo de los mil diablos por lo de la tumba, y con una tristeza que me ha llegado a poner mal. El problema es que no he podido sacarlo como Dios manda --si hay un dios y si es mandón--, y eso no es sano. Me doy cuenta de que ése es un modo de pagar deudas ajenas, si las hubo, reales o imaginarias, y es como continuar en la lógica de una vendetta estúpida, que sólo afecta y daña a quien quiera entrar en el juego perverso de alguien que no conoce de amores y lealtades. Supongo que es el objetivo del tío, y lo ha logrado, hasta hoy. Pero ya hice mi luto por mi tío, a quien quería bastante, y trato de sobrellevar aún el de mi padre, siete años después. (No sé si esos lutos alguna vez acaben.)
De mi padre me queda él, y me quedo yo, y mis hijos; no es el destino de su cadáver lo más importante (ahora está a unos metros de donde estaba antes; mis hermanos se encargaron del traslado), sino de los que estamos y seguimos vivos porque él estuvo vivo alguna vez. Y en serio que nos la pasamos bien durante el trozo de vida que compatimos, así que al carajo y a otra cosa.


Y atrás de esta foto dice "Diciembre de 1964". O sea que tenía cinco años. Me extraña bastante mi expresión de felicidad; había muy poca gente capaz de ponerme así, y entre ellos no estaba el Santa Claus de Simán o del almacén Pacífico; detestaba que me tomaran fotos. Sólo la abuela Carmen, quien no tenía dinero para pagar la foto; la abuela Mina, que sí lo tenía, y mi padre, que sólo muy de vez en cuando se metía en cosas como llevar al niño a que le tomen la foto con el señor de la barba, tenían esa capacidad. Estoy seguro de que es a él a quien estoy viendo: hay orgullo en la actitud y en la sonrisa.
Y sigue habiéndolo.

2 de mayo de 2006

Ante Schafik, el pueblo y los luteranos

Pues sí, alcaldes y diputados se fueron a jurar cosas ante la tumba de Schafik Hándal, según señalan El diario de hoy y el Colatino. Luego se fueron a El Salvador del Mundo a juramentarse ante el pueblo... y ante un pastor luterano, según se señala aquí.
No tengo absolutamente nada contra los luteranos, y de hecho no tengo idea de lo que los separa de los pentecostales, los anglicanos o los adventistas del séptimo día. (De los católicos sí tengo alguna idea, pero tampoco me afecta.) La pregunta es: ¿por qué un pastor luterano? No sería de pensarse que el pueblo salvadoreño al que representa el FMLN sea mayoritariamente luterano, y si lo es, qué bueno, porque algo de unidad y consenso se habrá logrado en la marcha hacia alguna parte. Por otro lado, no entiendo eso de que un funcionario de estado se juramente ante un funcionario religioso; quizá viví demasiado tiempo en un lugar donde le dicen a uno a cada rato que eso no debe ser así, que el estado es laico y que los institutos religiosos representan intereses de otro tipo, no siempre compatibles con los del estado. Y luego está lo de que una izquierda marxista que se pone a pedirle aval a una iglesia no es lo que se llame demasiado ortodoxa, y dudaría mucho de que fuera marxista, y hasta me darían ganas de preguntar qué tipo de izquierda representa.
A lo mejor "las condiciones objetivas" obligan a hacer cosas así. Ni idea. Sólo acabo de leer los periódicos y me encuentro con que, al menos, los diputados y alcaldes del FMLN fueron a la marcha del Día del Trabajo, como cualquiera hubiera esperado.
Creía que a los funcionarios públicos los juramentaban otro funcionarios públicos --aquí no se habla de eso--, no un señor muerto (así sea en el Cementerio de los Ilustres, que es una belleza) y otro señor que representa a una iglesia del signo que sea, con "cientos" de militantes como testigos.
Cada vez entiendo menos el mundo; quizá me estoy haciendo viejo y la pos-posmodernidad (o donde quiera que estemos) me pasó por encima sin que me diera cuenta.
A dormir, pues. Es martes, mi segundo día de descanso de la semana, pero tengo que hacer cosas en San Salvador en un rato. Quizá vaya al Cementerio de los Ilustres a platicar con mi abuela, a ver si ella sabe algo. Si no, estaré cerca de la tumba de Schafik para enterarme de primera mano.

27 de abril de 2006

Los hermanos Castro

Leo con preocupación, por lo que significa, esta noticia publicada en La Jornada de México, en la que Raúl Castro llama a la unidad militar como garantía de que sobrevivirá la revolución cubana a su muerte y a la de su hermano Fidel y a la de todos.
Es un discurso, y en los discursos generalmente el jefe de las fuerzas armadas se refieren a las fuerzas frmadas porque es a las que tienen enfrente, pero de todas maneras: lo que dice es que de la unidad de los militares, no del pueblo, dependerá que lo que han hecho en los últimos 47 años sobreviva.
Raúl, según hace constar la nota, tiene 75 años, y es el heredero natural de Fidel. Fidel cumple 80 años en agosto. Ya no es edad para andar en esos trotes, y no debería serlo. (¡Es de signo leo! Así que así sería yo si fuera el jefe de un país... Quizá por eso prefiero la literatura.) Me imagino que la lógica de que nunca hayan salido del poder es que ellos y nadie más son los adecuados para manejar al país y que no se desvíe la revolución o qué sé yo. Si Fidel logra mantener el asunto con su pura imagen, con su simple presencia, con su influencia personal, cuando muera, el equivalente será el autoritarismo directo, o eso desprendo de lo que dice Raúl, que no es ni de lejos tan carismático como su hermano.
¿Qué hará la gente del aparato de poder cuando muera Fidel? ¿Ir a juramentarse a su tumba o a pedirle consejo, como algunos ante la tumba de Schafik Hándal? Éste hizo un movimiento a su medida; Fidel, a todo un país.
Y el reloj corre en todas partes; sólo cambia la hora.

9 de noviembre de 2004

El Cementerio de los Ilustres


En pleno centro de San Salvador está el Cementerio de los Ilustres, como prueba de que hasta entre los muertos hay clases sociales... y de que el tiempo es excelente para borrarlas.
Los Ilustres es una de las tres partes en que se divide el antiguo Cementerio General de San Salvador; las otras dos son el (precisamente) Cementerio General y La Bermeja, en el que tienen su tumba los que ni siquiera tenían dónde caerse muertos. Los tres son propiedad de la municipalidad, pero Los Ilustres es de los que, en algún momento, fueron los dueños de la municipalidad.
En el General, como en cualquier cementerio, hay de todo: ex pobres, ex ricos, tumbas de mármol y cemento, simples cruces de madera, espacios vacíos bajo los cuales yace alguien o algo que fue alguien. La Bermeja tiene la minuciosidad de la pobreza: tumbas bien pintadas de pintura barata; flores de papel hechas en casa que se destiñen con el sol y se deshacen en la temporada de lluvia, terraplenes a punto de sucumbir desde hace muchos años, y que no sucumben, como la pobreza misma.
Los Ilustres está en un terreno plano y más consistente (el subsuelo de San Salvador está compuesto de arena), y por encima de los otros dos en varios metros. Allí están enterrados oligarcas, ex presidentes (que a veces eran lo mismo), artistas notables, gente con dinero, de siglo y medio atrás hasta hace unos treinta años. Borges decía que el lujo es la mejor prueba del mal gusto, pero los Ilustres se sale de esa medida: es un homenaje al desafuero, a la alucinación y a una belleza que no hace juego con el sol de perros que calcina la ciudad.
Está, por ejemplo, en mármol finamente bordado, la estatua de "la novia", la mujer que se mató la noche anterior de su boda, a cuyos pies hay una placa que es la carta de amor de su ex futuro marido, en la que se cuenta la impúdica historia. Está "la moto", que es precisamente eso: una motocicleta antigua casi destrozada, cubierta de cemento y yeso, en la cual se mató el tipo que yace abajo. (El tiempo quitó la cobertura y ahora está la moto a secas, de metal, madera y hule, como una moraleja mecánica.) Hay una inmensa (de verdad: es inmensa) columna, dentro de la cual está una cripta, y encima de ella una loba de bronce amamantando a Rómulo y Remo. Inmediatamente atrás, a la derecha, según se entra por la puerta principal, está la tumba azul que ocupan la abuela Mina, algunas tías, mi nana y, en un pequeño nicho, mi hermana María Elena, muerta de parto en 1958.
Pero lo más impresionante de Los Ilustres son sus ángeles. Hay docenas y docenas, todos diferentes, todos perfectos. Uno puede pasarse horas viendo ángeles niños que lloran hacia el cielo, que abrazan el montículo bajo el que descansa el muerto, mórbidos ángeles adolescentes que rezan con los ojos cerrados; ángeles como cocottes de cuerpos, qué más bien se quisieran demonios, voluptuosos y con inmensos ramos de flores, y ángeles ambiguos y enérgicos, como el que encabeza esta nota. En las tumbas de algunos... uh... advenedizos hay ángeles igualmente bellos, pero el tiempo ha dejado al descubierto trozos de varilla que contrastan con el Carrara tallado y comprado por catálogo en Italia.
En medio de los ángeles, compitiendo en altura, una cantidad aún mayor de Cristos crucificados, que recuerda un bosque de árboles sin fronda o un paisaje de antenas en las azoteas de una ciudad.
Cuando era niño, Los Ilustres era un lugar de paz y, si uno lograba encontrar un sitio con sombra suficiente, podía estarse allí durante horas sin escuchar más que los pájaros, los vientos de octubre o noviembre y los pasos sigilosos de deudos bien vestidos. Ahora está rodeado de ventas de llantas y aparatos de sonido para automóviles, y de bodegas de abastos. Desde el Mercado Central (que es básicamente todo el centro de San Salvador) se escuchan los altavoces a todo volumen de los vendedores de discos pirata, los gritos de las vendedoras, el rugido de automóviles obligados a los diez o veinte kilómetros por hora. La oligarquía de los muertos (y sus émulos), como siempre, vive en su universo artificial, rodeada de la canalla, tratando de dormir la paz de los sepulcros.

7 de enero de 2008

Cosas del lunes y columna

¡Por fin llegué al punto en que se encuentran el psicópata y la Directora! Pero no en el presente (o sea el futuro), sino en el pasado (o sea el futuro que es menos futuro que el futuro presente). Ocurre en el capítulo XI, que estoy escribiendo para poder entender qué va a pasar en el capítulo VII, en el cual estoy trabado porque no sabía qué iba a pasar en el XI.
Otra cosa que está pendiente es cómo funciona la cosa en el Barrio Rugama. Si todo está destruido, abandonado, con la selva a los lados y dentro de los edificios, ¿dónde vive ese montón de gente? Debajo de la tierra, no; demasiado fácil, y ya hay un lugar donde la gente usa el antiguo metro como lugar de comercio; no me gusta repetirme. La pregunta es más bien ¿cómo hace toda esa gente para que no la vean? Gloria, hossana, that's the question.

Pero de que va, va. Obviamente las vacaciones apenas alcanzaron para un par de capítulos y para darle orden al texto, lo que no es poco. Ahora vamos a ver qué tal rinden los lunes y martes, además de los minutos sueltos en los que me pongo a escribir. He escrito novelas completas en minutos sueltos que siempre hay en medio del trabajo. Tiene su lado emocionante eso de cazar minutos. Hay una reunión, se acaba y quedan quince minutos en lo que llega la siguiente. Un párrafo. Va a llegar alguien, se atrasa media hora, listo, otro par de párrafos y algunas correcciones. Alguien cancela algo, dos horas libres, y es el alucine. Por la noche, entre la cena y la película en familia, media hora más. El truco es tener todo en la cabeza y conservar latente el estado de ánimo necesario para escribir, y no revisar todo sino saber, de una ojeada a las últimas líneas, qué es lo que sigue. Y seguirle. Ya después habrá tiempo para corregir... de quince minutos en quince minutos o un par de días de descanso que se tomen para eso. Nunca he creído cuando alguien dice que no ha escrito porque no tiene tiempo. Siempre hay tiempo, nomás hay que cazarlo.
Y de paso pongo algunas fotos que estaban en un álbum que traía Valeria. Le encantan los álbumes de fotos, y nosotros casi sólo con fotos digitales... Tendremos que imprimir algunas decenas.

Aquí, la abuela Mina (madre de mi madre) y mi papá, en algún momento de finales de los ochenta o principios de los noventa, seguro antes de los Acuerdos de Paz. Están en la casa familiar de la colonia Buenos Aires, a unos pasos del Ministerio de Hacienda.
Mi padre entró varias veces a El Salvador durante la época de la guerra, por el aeropuerto, con su pasaporte y con su nombre y apellido, con todo y que estaba condenadísimo a muerte por cuanto escuadrón hubiera. Entraba siempre con misiones internacionales que venían a pláticas con el gobierno, casi siempre de la Internacional Socialista. Se estaba sólo dos o tres días, cambiaba su boleto a última hora, ya en el aeropuerto, y nunca se movía sin alguien de la misión en cuestión. Se quedaba en el Camino Real, que era de lo más seguro que había, y lo demás era esperar que no se alocara algún escuadrón. Él no era socialdemócrata, ni mucho menos, pero era sensato, y resultaba un buen asesor para la gente de la IS. Tenía visa diplomática, lo que parecería una protección adicional. pero era de Costa Rica, y a quién le importaban en esos días las visas diplomáticas, cuantimás las de otros países, y menos las de Costa Rica.
Curioso: siempre creí que la abuela Mina se llamaba Herminia. Por aquí tengo su último DUI, sacado unos días antes de su muerte, y se llamaba Erminia. (María Erminia Molina López.) Es raro eso de haber tenido una abuela con falta de ortografía...

Aquí, la abuela (María del) Carmen Larín Choto y el abuelo Alfonso Amado Menjívar Castro, padres de mi padre, con mi madre en medio. (Ella se llama Estela Elsa Ochoa Molina, hija de la abuela de la foto anterior.) Debieron tomarla a principios de 1994 o finales de 1993, en la casa de mi padre en Costa Rica. La abuela mina murió en febrero de 1995, de una neumonía de ésas que le dan a mucha gente a principios de año. El abuelo moriría a finales de 1997. Los lentes de mi madre no son por hacerse la interesante. Desde hace una veintena de años tiene algo que le impide generar lágrimas, y tiene que andar echándose un líquido en los ojos cada cierto tiempo. La luz, el aire acondicionado, el humo, lo que sea, la pone fatal. También tiene su lado raro eso de tener una madre incapaz de llorar; excelente para una telenovela mexicana.

Y éste soy yo en enero de 2000, en la tumba de Salvador Cayetano Carpio. Había ido a conocerla unos meses antes, cuando regresé a El Salvador, y ese día llevé a mi madre al cementerio de Santa Tecla para que también lo visitara.
Fui por última vez hace un par de años, y había cambiado mucho. De hecho en la foto ya no está como cuando la vi por primera vez. Lo único que había era la placa que está a la altura de mis rodillas: "Familia Carpio-Alvarenga". Después le pusieron la bandera de las FPL y cada vez más leyendas. Luego mosaicos, hicieron más grande la estructura de metal y la última vez que la vi, con el debido respeto, parecía más un arbolito de navidad que la tumba de un dirigente revolucionario.
En fin, va la columna de esta semana. Pero antes me alegra decir que Krisma también tiene la suya a partir de este número de Centroamérica 21. Se puede encontrar aquí. (¿Le pagará la OIE? ¿La CIA? ¿La NBA? No ha querido decirme.)
La mía está en este link.

Concepto, plagio y mediocridad (III)
Rafael Menjívar Ochoa

Cuando Andy Warhol pintó sus famosos cuadros con latas de sopas Campbells, lo que pintó realmente fue... latas de sopas Campbells, de tomate y alverjas, para ser precisos. Cuando solarizó cuatro fotografías de Marilyn Monroe de cuatro maneras diferentes, lo que hizo en realidad fue solarizar cuatro fotografías de Marilyn Monroe y ponerlas en dos filas y dos columnas, un recurso que usaría en repetidas ocasiones.
También pintó botellas de Coca–Cola, de perfume, y fotografió a Muhammad Alí y varios iconos de la imaginería popular estadounidense. Hizo películas, como aquélla en que la lente está fija durante horas y horas en la azotea de un edificio, sin mostrar más que lo que ocurría en dicha azotea, es decir no mucho.
A lo que hacía se le dio un nombre: arte pop. El motivo era que Warhol tomaba elementos de la cotidianeidad de los norteamericanos, figuras populares, etcétera, y los “reconocía” como dignos de entrar en el mundo del arte, a veces bastante en bruto, a veces con ligeras modificaciones (la “intervención” de fotos, digamos) y, cuando se trataba de temas del “arte clásico”, de manera casi caricaturesca o muy poco elaborada.
Todo el mundo “intelectual” neoyorquino se volcó a declararlo un genio, y a explicar que las latas de sopa eran mucho más que eso: eran toda una concepción del arte, en la que lo que importaba no era la ejecución de la obra –¿qué tan difícil puede ser pintar una lata de sopa, o solarizar unas fotos?–, sino el concepto. No lo que la pintura decía, sino lo que Warhol “realmente” quería decir.
Hubo un viraje interesante con respecto a la concepción de las artes plásticas: lo importante no era la obra, sino el artista; no el resultado estético del trabajo, sino las intenciones del artista, su mundo interior, sus ideas, etcétera. El fenómeno no era nuevo: en la concepción romántica de la literatura (de Shelley y Blake a Rimbaud y Baudelaire), el artista era tan importante como su obra, con una diferencia diametral: un rigor estético que Warhol no mostraba.
El propio Warhol se convirtió en parte fundamental de su obra: sus palabras, su modo de vestir, sus actitudes, sus gustos personales, lo que comprara y usara, eran milimétricamente analizados y extrapolados. La paradoja fue que el “arte pop” no estaba destinado al pueblo, sino a una autoproclamada elite intelectual, que de pronto se llenó de críticos de “ese” arte, señoras que compraban de antemano cualquier cosa que Warhol fuese a producir, galerías en las que gente con ropa carísima y extravagante intentaba descifrar qué diablos quería decir Warhol con aquello que parecía lo que realmente era. El “tout New York”, pues, se volvió de pronto adicto al arte, ya no sólo como comprador de cosas de alto precio a modo de inversión –Van Goghs, Picassos y esas cosas–, sino como participantes de un fenómeno artístico de vanguardia. Los ricos, y no necesariamente los más cultos –y sus satélites–, ya tenían un artista al que podían entender, comentar y criticar, además de colgarlo en sus paredes.
Hubo muchos imitadores de Warhol, y otros que fueron derivando de él, incluso algunos de talento excepcional, como el “grafittero” Jean–Michel Basquiat y su “movimiento” SAMO (Same Old Shit).
Si se busca antecedentes a las latas de sopa y las botellas de refresco y perfume, quizá se llegue a un cuadro fundamental para la plástica: “Esto no es una pipa”, de René Magritte. El cuadro es, ni más ni menos, una pipa común y corriente, y el título aparece dentro del mismo cuadro, debajo del objeto pintado. Magritte estaba marcando, con él, un concepto fundamental para la pintura, en especial para el surrealismo, y para la comprensión del arte, y no sólo se dedicó a copiar objetos de uso; su obra es diversa, inteligente y, sobre todo, original. Algo similar a los juegos de Dadá, pero con mucha más sustancia que una actitud.
Si lo que se espera es originalidad, Andy Warhol la tuvo: fue el primero al que se le ocurrió hacer lo que hizo, y declararlo arte, con los antecedentes de Dadá y Magritte. Fueron sus sucesores, en sus diferentes vertientes, los que se pescaron como rémoras de su idea y se dedicaron a proclamar que todo lo que se les ocurriera era arte, por el simple hecho de que ellos, artistas, lo proclamaban. Y en general eran artistas con deficientes cualidades como pintores, escultores, actores o lo que fuera, y quizá por eso se pusieran en el plan de que el “concepto” es lo que vale en su obra, no la ejecución. Hubo –y hay– artistas de gran talento y grandes conocimientos que se sumaron a la ola, por el simple hecho de que es un arte “más apreciado”, que los pone a la vanguardia de una vanguardia que hace treinta años ya era vieja y estaba agotada.
Y es que, cuando el “concepto” importa, no la ejecución, cualquiera puede ser artista, con tal de que logre explicar que lo que se ve no es realmente lo que se ve, sino “otra cosa”, algo más profundo, así sea algunos paraguas rotos, unas piedras amontonadas o una foto ajena a la que sólo se le puso un tono sepia y algo de textura para presentar en un concurso, con un tercer lugar como premio, avalado por el Centro Cultural de España.
Eso no es plagio: es concepto. Quienes lo crean serán críticos, y que el autor original exija lo que exija: hay “autoridades” que avalan al plagiario y toda una corriente “artística” que ampara a alguien que quizá no sepa muy bien para lo que sirve un pincel.

19 de marzo de 2009

De países y sándwiches de jamón

Seguí revisando mis archivos encriptados en WordPerfect 5.1 --intentos de diario-- y encontré algo que no termino de entender, pero allí está. Fue escrito en diciembre de 1991, seguramente de madrugada. Desde hacía más de un año había entrado peligrosamente en una depresión clínica, que sólo logré empezar a controlar en 1993; creo que algo se notará de eso.
El hombre del cáncer del que hablo por allí era José Belisario Peña, uno de los suboficiales que se levantaron contra Hernández Martínez. De todos sus hijos sólo quedó viva Lorena Peña, que creo anda como diputada en el Parlacen. Era papá también de Felipe Peña, uno de los primeros militantes de las FPL. Él mismo fue militante de las FPL, y estuvo preso en plena guerra en Santa Ana, creo, y después en Santa Tecla. No sé cómo logró que lo dejaran vivo.
Va el trozo de diario:

Uno siempre recuerda con tristeza; el recuerdo es profunda y esencialmente triste. Aun los falsos recuerdos (todo recuerdo es falso), los que se acomodan a la imagen y semejanza que cada quien tiene de sí mismo, son tristes, y más tristes mientras más cierta es su falacia.
Siempre negué que el pasado fuera determinante. Freud al diablo. La memoria colectiva al diablo. Las guerras antiguas, la guerra de ayer mismo. Al diablo. Es claro: un trauma tiene que ver con el pasado, pero no con cualquier pasado, sino con hechos tan específicos que se pierden en la maraña de lo general, de eso que hace las conciencias, la individual y la otra. Cada quien acomoda sus hechos y experiencias según le conviene a su siempre prescindible ego y adquiere el trauma que más le guste, como en barata. Vaya, hay maneras tortuosas de ser feliz.
Comienzo mal, pero tampoco tiene importancia.

¿Quién hace la historia? El que la hace, ¿para qué?
Más allá del slogan, ¿quién recuerda realmente a --digamos-- el héroe (¿Che Guevara?) como no sea como un par de consignas que no lo explican, o al compañero del pupitre de al lado que apareció asesinado bajo un puente un veintisiete de julio como no sea como lo que uno imagina que fue, como lo que desearía ser?
Ejercicio: Ubique la cara del mejor amigo que se le haya muerto. Recuerde su voz. Si logra recordar su voz, nombre sus gestos más característicos. Si lo logra, recuerde la forma de sus uñas. Si lo logra, recuerde una frase textual de por lo menos quince palabras que él o ella le haya dicho alguna vez. Si lo logra, el país lo necesita para ser grande y mejor y libre. Mientras, usted será la persona más triste, porque vivirá recordando a un amigo y el recuerdo de los muertos que se quieren no deja dormir en paz.
Si no pasó la prueba, felicidades. No conviene tener la mente llena de cosas que no vienen al caso. Olvidar, sistemáticamente.

¿Qué tan cansado puede estarse de morir?
Vaya a su casa, mírese en el espejo e imagínese muerto. Divida el tiempo que tarde en llorar entre la cantidad de lágrimas que logre derramar en treinta y cuatro segundos y obtendrá una respuesta cuantitativa que se aproximará al tamaño de su cansancio.
Si permanece indiferente, continúe en lo suyo; aún soporta. Si estalla a carcajadas, siga intentando, al menos una vez diaria, hasta que logre llorar.
Si ha llorado antes, pregúntese si valió la pena.

Me niego a creer que la envidia, el ansia de poder, el abuso de poder, la necesidad de la traición, sean inherentes al ser humano e inevitables sin duda. Pero entonces ¿cómo definir a un ser humano? No al Ser Humano de las mayúsculas, sino a usted o a mí.
Pero ¿no son los personajes de Dostoytevski los más patéticamente adorables? ¿No es Ricardo III asquerosamente bello?
Y pensar que hay quienes aún creen...
Por ejemplo:
Conocí a un hombre que murió de cáncer. Su último acto trascendente --tuvo muchos-- fue ofrecerse como conejillo de indias para que probaran en él nuevos medicamentos. Quizá logró vivir seis meses o un año de más, quizá sólo prolongó innecesariamente una agonía de por sí innecesaria. Pero pensaba en el Ser Humano de las mayúsculas. Antes de eso, con orgullo, perdió tres de sus hijos en una guerra de guerrillas que al final no sirvió para nada, y no maldijo: el Ser Humano. Antes de eso, hace años, mantuvo ocupadas las oficinas de telégrafo durante un golpe de estado, fusil en mano, incluso después de que todos los implicados se hubieran rendido o asilado o ido al demonio. En el exilio siguió siendo amigo de ellos y asistían juntos, dos veces por semana, a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Y mucho antes de eso ayudó a derrocar un gobierno, siendo subteniente.
Convivió, y con humildad, con el responsable político de muchos que pasaban hambre, pero que usaba camisas del que costaban lo mismo que recibía una familia de militantes para sobrevivir todo un mes.
¿Qué es un ser humano, después de todo?

Trato de ser inmune a la nostalgia y a veces lo logro. Muchos amigos se pasaron cinco, siete, quince años pensando en el momento del regreso y siempre el recuerdo: la calle, la cara, la anécdota.
Regresaron y tratan de ser felices; otros se alejaron más: Canadá, Australia. Uno o dos se quedaron aquí y tratan de convencerse de que no necesitan volver, que el país es donde está la familia, el corazón, las librerías de viejo, la seguridad, el trabajo que allá nunca encontrarán.
Tengo otro acento, a veces una mezcla de acentos, pero aquél está listo para atraparme al menor descuido. Se me salen palabras que aquí no tienen sentido, que para mí ya no tienen sentido pero que están allí, agazapadas y esperando con dientes. Oigo de lugares nuevos, olvido los lugares viejos, vienen a verme familiares en los que no me reconozco; mi forma de ser -si algo así existe- cada vez tiene menos que ver con ellos.
Siempre hay un sin embargo para amargar las madrugadas.

Me siento autoconmiserativo y falsamente patético haciendo confesiones. Peor para mí.

¿Qué esperaría ver de El Salvador?
Pienso y pienso y no encuentro en la memoria un lugar que pudiera decirme cosas. Hace tanto tiempo...
Recuerdo un perro que fue mi único amigo durante un tiempo y que murió envenenado. Recuerdo parientes a los que visité eventualmente y que nunca me prestaron demasiada atención. Tengo abuelos, tíos, primos, toda la cohorte de gentes que mal o bien lo acompañan a uno por la vida, incluso tan ausentes.
Pero ningún lugar.
Hay una excepción: la tumba familiar donde está enterrada una hermana a la que no conocí. Cierto primero de noviembre comimos sándwiches de jamón sentados sobre la tumba, después de limpiar y poner algunas flores. Siempre me gustaron los sándwiches de jamón.

22 de enero de 2007

Mi papá y yo: apostilla y ensayo



Ésta es del 18 de diciembre de 1998, la noche en que salí de México para estar con mi padre, al que vi enfermo desde junio de ese mismo año. Él era mucho más bajo de estatura que yo (en serio que soy el grandote de la familia), así que para que pudiera abrazarme tuve que doblar las rodillas y encogerme y encorvarme y ponerme de ladito y todo. Con estilo, ejem.
Si nos hubiéramos puesto a leer a García Lorca en ese momento, mi padre no me hubiera podido poner en sus rodillas, porque estaba bastante débil y envejecido desde los últimos meses. Según yo, lo que tenía era una depresión del carajo, que cargaba desde 1983, tratada irregularmente, y se le había agravado. Pero había mucho más que eso. Por las noches, cuando lograba dormir dos o tres horas, su respiración era terrible; tenía enfisema desde por allí de los cuarenta años y no dejaba de fumar por lo menos dos cajetillas al día, y en general tres. En una de sus agendas de ese año, en mi última visita a Costa Rica, en septiembre pasado, encontré una nota: cita con un oncólogo en mayo o junio, antes de ir a México a verme. Eso liga muchas cosas: él ya sabía, cuando fue a México, que tenía cáncer, y en esta foto ya se lo estaba comiendo. Lo operaron apenas en agosto de 1999. Tuvieron que quitarle pedazos de todo, desde la próstata hasta el estómago, pasando por la vejiga y no sé qué más. Si no lo operaban, moría en tres meses. Si lo operaban, podía vivir por lo menos un año más. Vivió exactamente un año más.
Eso no lo sabíamos aún, y se suponía que sólo se trataba de un desajuste de la próstata y cálculos en riñones y vejiga. Eso nos dijo. Hasta iba con un urólogo y nos dio su nombre y todo, y llevó las medicinas del tratamiento. Tambié iba con el odontólogo, o sea que entre sus planes parecía no estar la muerte. Estaba esperando un trabajo de la OIT, que consiguió en esos días. Se portaron bien decentes: dejaron de pagarle apenas unas semanas antes de su muerte, con todo y que trabajó sólo algunos meses.
En fin, después de mi llegada platicamos un montón y pareció que la depresión remitía, porque según yo se trataba de una depresión. El motivo declarado para ir a Costa Rica durante una temporada larga era que escribiéramos un libro acerca de historia reciente de El Salvador, que ni siquiera comenzamos. Esperaba que tuviera archivos, y no los tenía, así que debía escribir todo. Se pasó varios meses --como buen académico-- armando el esquema, la bibliografía y las cosas que necesitaría para reconstruir lo que se debiera, pero no pasó de allí. No dejó materiales para el libro; Tiempos de locura, al menos una parte, debió ser resultado de eso, pero no lo fue. Más bien íbamos a trabajar la etapa posterior.
Empecé a trabajar como guionista y a buscar chambas de traducción, y parecía iba bien. Me invitaron a un congreso en Managua en marzo de 1999, el CILCA, y a un encuentro en Arizona para la primera semana de abril. Pensaba estar allá durante quince días, volver a Costa Rica, seguir trabajando, conseguir departamento y un día de tantos, si tenía ganas, darme una vuelta por El Salvador después de 26 años de haber salido y 23 de no poner un pie por aquí.
Quizá en el post anterior no se note directamente, pero la familia siempre estuvo dividida en dos: mi padre y yo, por un lado, y mi madre y mis hermanos, por el otro. Mi padre era la oveja negra de su familia, y yo de la mía. Fui a Nicaragua, seguí trabajando en Costa Rica, y hubo un lío con "la otra parte" de la familia que me llevó a una conclusión: tenía que irme de la casa con urgencia. De regresar, vería cómo irme a otro lado, y armé un plan para hacerlo a mi regreso. Pensaba estar unos tres o cuatro meses más con mis padres, pero no se podía, punto. Se lo comuniqué a mi padre. Le pareció bien, aunque trató de mediar. No había mucho que mediar: la incompatibilidad de caracteres es la incompatibilidad de caracteres. Antes de irme a Estados Unidos esperé lo más que pude para que naciera el hijo de mi hermana, Diego, y fue imposible; era un embarazo de alto riesgo y se lo iban a inducir, pero vino una huelga del seguro social y luego se equivocaron en una fecha y qué sé yo. Debía estar el día 5 en Phoenix para salir a Los Ángeles el 6, regresar el 7 y luego el 8 al congreso de Arizona. Eso lo hice junto con Jacinta Escudos y Miguel Huezo Mixco; estuvimos en CalState y en el Museo de Arte Latino, en un par de pláticas.
Como fuera, me invitaron a quedarme una temporada en Flagstaff, y luego en Sedona, y acepté. Hacía trabajos aquí y allá (traducciones en especial; transcripción de entrevistas en español para lingüistas, y hasta canté rocanrol y blues en bares y hoteles); escribí el primer borrador de Instrucciones para vivir sin piel, Karen Schairer tradujo Los héroes tienen sueño y de pronto apareció una oportunidad bastante buena: trabajar como copy editor en una revista de computación en Nueva York. Mi sueño siempre fue Nueva York, donde tenía un par de parientes y algunos amigos, y dije órale, a ahorrar. Y en ésas me puse.
Estuve llamando a Costa Rica con regularidad, para enterarme de cómo le iba a mi padre. Bien, me decía. Mejorando. Con la OIT había hecho algunos viajes, y en agosto iría a Colombia y Ecuador. Cuando salió lo del chance para irme a Nueva York, con arreglo de papeles y todo, llamé por teléfono para avisar. En esos días iba a hacer de intérprete en un juzgado y a traducir documentos oficiales; en cosa de un mes podía ganar un buen dinero si le metía ganas.
Contestó mi madre. Me dijo que mi padre estaba de viaje. Según yo, debía haber regresado ya de Colombia y Ecuador. Le hice un par de preguntas más o menos banales y supe que mentía. Le pregunté qué pasaba. En ese momento, no antes ni después sino en ese momento, lo estaban operando de cáncer. Pero no debía preocuparme, era algo de rutina. Le dije de mis planes y me contestó que continuara con ellos, que no valía la pena que regresara. Le dije que llamaría al día siguiente.
Contestó mi hermana. Le dije que el proceso que seguía para mis padres iba a ser largo, doloroso y caro, y que necesitarían dinero. Lo único que mi padre tenía, además de su casa en Costa Rica, era la casa de El Salvador, que estaba en medio de un pleito familiar que se había alargado durante más tiempo de lo adecuado. Mi decisión era regresar a El Salvador, recuperar la casa y venderla. Mi hermana, furiosa: yo no podía tomar esas decisiones, eran cosas de familia, y estaba segura de que nadie iba a estar de acuerdo, y mi papá no estaba en condiciones de decidir, que me fuera a Nueva York y que no me metiera en lo que no me importaba. "Soy el hermano mayor --le dije--. Es hora de que asuma el papel de hermano mayor." Le colgué, porque sabía que se iba a poner en lo de los hermanos mayores y la democracia, y no tenía ánimos ni tiempo para discusiones bizantinas con hermanos... uh... menores. Una semana después estaba en El Salvador, en medio de un calor húmedo que me hacía sudar las veintisiete horas del día. Estuve un año y medio sin dejar de sudar un solo minuto, excepto cuando sufría el aire acondicionado. Desde mi llegada llamé varias veces a La prensa gráfica, a varias personas, para conseguir trabajo. No pasé de hablar con secretarias. A las dos semanas me pidieron el currículum en El diario de hoy y a las tres estaba trabajando en Vértice. Curioso, diría un jesuita.
No importa mucho lo que pasó en El Salvador (siete años y medio después es obvio), excepto que por fin recuperé la casa; mi madre la vendería luego de muerto mi padre y, no, no me quedé con nada de lo que sacó.
Llamaba a Costa Rica todas las semanas y viajé varias veces hasta enero. Mi padre parecía recuperarse: subió de peso, mejoró el ánimo --o eso parecía cuando nos veíamos-- y hablamos del libro que escribiríamos. No había avanzado nada, y no era el caso; cuando se recuperara y se vendiera la casa yo podía regresar a Costa Rica durante unas semanas, etcétera.
La última vez que lo vi bien fue en enero de 2000. Hablaba por teléfono y sonaba lúcido. Mi madre y mis hermanos me decían que estaba recuperándose. No, no hacía falta que fuera. Cualquier cosa me avisaban.
Y me avisaron en junio: si no llegaba al día siguiente, quizá no alcanzara vivo a mi padre. Si acaso tenía tres o cuatro días de vida. Estaba en coma desde hacía una semana (sí, había llamado y me habían dicho que estaba en alguna sesión de tratamiento). Se había derrumbado cuando le dijeron que tenía metástasis en la columna. No había nada que hacer.
Arreglé un permiso con EDH, con goce de sueldo y todo (no dejaría de trabajar; traducía Sports Illustrated, y mandaría el material por internet), agarré el primer avión y lo que encontré en la cama de mi padre fue casi un cadáver. No podía haberse puesto así en una semana o dos. Pesaba unos cincuenta kilos (de sus setenta habituales), estaba amarillo y, sí, se estaba muriendo. Me puse a hablarle y me dijeron que ni lo intentara; ya estaban preparando con su hermano Juan lo del entierro y lo demás. Incluso fui a una reunión familiar en la que el tío Juan insistió en que lo enterraran en su tumba, en el cementerio Montesacro, la misma tumba de la que el año pasado exigió que lo sacaran.
Me pasé horas y horas junto a mi padre, platicando con él, sin importarme si me oía o no. Le contaba de mi vida, recordaba cosas que habíamos hecho juntos, le leía poemas, tocaba guitarra y cantaba a su lado. Mi madre era la que estaba más al pendiente de él, pero estaba cansada, y se veía casi tan mal como mi padre. Pero ella y mis hermanos evitaban estar mucho tiempo cerca de él; los afectaba demasiado. Para mí era la última oportunidad, y no pensaba desperdiciarla.
Y ocurrió algo maravilloso. Al segundo día comenzó a mover las manos. Al tercer día abrió los ojos. Al cuarto día habló, me reconoció y me dijo: "¿Qué me pasó?"
Para ese entonces ya recibía morfina, pero en el momento de revivir (¡revivió para mí!) hubo que ponerle dosis masivas, primero 10ml cada ocho horas, luego cada seis, luego cada cuatro. (Ese proceso se llevó un mes.)
Buena parte del tiempo se la pasaba en un estado bien extraño: estaba totalmente lúcido, pero no entendía por qué veía cosas que no estaban allí. Frente a su cama, a los pies, había un cuadro de Bruegel, creo, de una muchacha sirviendo leche en un recipiente. Se desesperó y me dijo que si veía las luces y los brillos. Le dije que no. Llamó a mi madre y ella le siguió la corriente; él se enojó, y trató de agarrarla conmigo, y quería que viera las luces.
--No puedo --le dije--, porque no tengo morfina dentro, y si me pongo morfina voy a ver otras cosas y no nos vamos a entender. ¿Por qué no me cuenta lo que ve?
Empezó a describirme las luces que salían de la cama y subían por el armario, que rodeaban el cuarto, dando vueltas en el aire, muy cerca del techo, y se convertían en la leche que la chava estaba echando en el recipiente. Me puse a su nivel y seguí su dedo y sus instrucciones y, sí, allí estaba todo lo que veía.
--¿L0 ves? --me preguntó.
--No, pero no hace falta.
Le pregunté más acerca de lo que veía en el cuadro y, en serio, pude ver cómo se componía y recomponía. Mi madre entró y preguntó qué estábamos haciendo.
--Viendo el cuadro --le dije.
Se fue aliviada, porque creyó que sólo veíamos el cuadro.
Desde ese cuarto día pasó algo bien intenso. Había despertado a las diez de la noche, creo. Igual pudieron ser las once, pero digamos que fue a las diez. Distribuimos las guardias con mi madre y mis hermanos, y agarré la de todas las noches (de diez a cuatro de la mañana) y una corta al mediodía, de después del almuerzo hasta las tres o cuatro de la tarde. (Después traducía, si eran días de traducción, y siempre salía a la calle por lo menos un par de horas. El desgaste era terrible.) Al quinto día entré a su cuarto antes de las diez. A las diez en punto, mi padre abrió los ojos, se sentó y me dijo: "Hola. ¿Cómo estás?"
Y así todos los días. Pasara lo que pasara durante el día, a las diez en punto abría los ojos, se sentaba como podía (el cáncer era en la columna) y me saludaba.
Con la morfina me veía de diferentes maneras. A veces me reconocía como... uh... como yo. A veces me reconocía como otro hijo que se llamaba Rafael y que hacía lo mismo que yo, pero no era yo, y le platicaba de mí. A veces yo era él, y le hablaba como si estuviera en un espejo. Creo que siempre supo que era yo, nomás que la morfina le ayudaba a verme de diferentes maneras y a hablarme de modos y de asuntos de los que no me hubiera hablado en su sano juicio. Igual necesitaba decírmelos. Y yo aprovechaba sus ratos de lucidez para platicarle cosas también.
Varias tardes lo sacaba a la calle, si estaba fuerte; si no, nos sentábamos frente al jardín, cada uno con un libro; yo fingía que leía y él también. Otras veces agarraba la guitarra y nos poníamos a cantar, y de verdad que la pasábamos bien. Hubo gente de la familia o amigos que llegaron en esos momentos, trataron de aguantar y salieron apresurados del cuarto, llorando. Mi padre me preguntó un par de veces: "¿Qué le pasó? ¿Por qué se fue?"
En la primera semana llegaron la tía Margo --su hermana mayor-- y el tío Jorge --un primo hermano muy querido-- para estar con él por última vez. Ayudó también a que se recuperara un poco. Al quinto día empezó a tomar líquidos, al sexto a comer y al par de semanas ya tenía de nuevo un poco de músculos y le volvió algo de color.
A las tres semanas el médico dijo que había que hacerle radioterapia, al menos para tratar de menguarle el dolor. Se dejó sin protestar, todos los días, a las ocho de la mañana, esperar en el hospital, regresar al mediodía fundido, toda la tarde durmiendo y por la noche despertaba. se sentaba y me decía: "¿Cómo estás?" De las diez de la noche a las cuatro de la madrugada, como en nuestros tiempos en México.
El problema mayor era la afasia que le provocaba la morfina. Quería hablar de literatura, pasaba un carro y empezaba a hablar de carros. Pero en su mente él seguía hablando de literatura. Cantaba un pájaro y seguía en lo mismo, pero hablando de canarios. Y sin embargo no se salía un centímetro de su discurso, pero tomando otros elementos. Nos conocíamos lo suficiente para que él supiera que estaba diciendo aparentes incoherencias, y yo para saber de qué estaba hablando. Era cansadísimo, pero era lo que había. Y, siguiendo mi escuela, traté de sistematizar de algún modo lo que estaba pasando, agarrar técnica, para no cansarme tanto y para que la comunicación fuera mayor. Y como así entiendo las cosas, y como me interesaba platicar con mi papá, escribí un ensayo que me centrara en el rollo que según yo traía mi padre, y sobre todo en lo que me tocaba a mí. Se llama "El objeto y sus palabras" y se puede encontrar aquí. Es de las muy pocas veces en que he utilizado la escatología académica para escribir algo. (Un mensaje perdido para Los De Siempre: soy escritor por decisión, no por carencia. De nada.) Un día estaba escribiendo en uno de los cafés de la Calle de la Amargura, llegó Adriano Corrales, me preguntó qué hacía, leyó un pedazo y me lo pidió, cuando lo terminara, para publicarlo en la revista Fronteras, que dirigía. Se lo di. Hace un par de años apareció también en la Revista de la Universidad de San Carlos, dirigida por Rafael Gutiérrez.
Al cumplir un mes en Costa Rica debí regresar a El Salvador durante un par de semanas. Mi padre, cuando estaba despidiéndose de mí, justo cuando debían prepararlo para su sesión de radioterapia, dijo que bastaba de eso, que ya no quería, que estaba sufriendo demasiado y que lo dejaran en paz. No hubo modo de sacarlo de allí, y no había modo de cambiar mi boleto. Quedaron en que lo convencerían. Me despedí de él.
Quince días después, un domingo, fui al entierro de la mamá de la esposa del tío Manuel Posada. De regreso a casa sonó el teléfono. Era mi madre. Que tenía que ir de inmediato. Mi padre no llegaba al día siguiente. Eran las tres de la tarde; a las ocho de la noche estaba junto a su cama. Estaba inconsciente desde el día anterior, y esa mañana, en el hospital, le habían dado unos minutos de vida. "Se muere en su cama", dijo mi mamá, y lo llevó a casa. Pero no murió en minutos. Siguió respirando, cada vez peor. No tenía músculos ni fuerza suficiente para respirar.
Lo saludé. Empezó a respirar con fuerza y alzó la mano, algo que no hacía desde hacía una semana o así. Alzó la mano hacia donde yo estaba y abrió la boca como si tratara de hablar.
Le tomé la mano y, por primera vez desde que era niño, puse mi cara contra la suya y le dije que descansara, que estaba muy cansado, que merecía descansar, que todo estaba bien, que todos estábamos bien, que no se preocupara. Dejó de agitarse y allí estuve con él hasta que ya no hubo nada más que esa respiración sin sentido.
Mi padre decía que los domingos le pasaban las peores cosas, y que seguro moriría un domingo. No fue así. Murió el lunes a las doce del día, con una sonrisa.

21 de mayo de 2007

La KGB, Cayetano y el silver-roll

Esta semana, Paolo Luers publica en El faro un irónico artículo acerca del reportaje publicado a su vez en la revista Enfoques, de La prensa gráfica en las semanas pasadas acerca de las no sé cuántas toneladas de armas que la Unión Soviética habría dado al Partido Comunista en los ochenta a través de su dirigente máximo, Schafik Hándal. Paolo abre su artículo así:

El cuento sobre la incidencia del KGB en la guerra salvadoreña, publicada pomposamente por La Prensa Grafica, hizo el milagro de hacer feliz, al mismo tiempo, al PC y a ARENA. Ambos necesitan que la gente crea que el PC y su madre KGB hayan jugado un papel importante en la guerra. Uno para justificar su rol dominante en el FMLN, cuando durante la guerra generosamente dejó a las demás organizaciones las tareas de combatir, de construir y defender frentes, de establecer control territorial, e incluso la estratégica tarea de abastecer a los frentes de armas y pertrechos. Y ARENA obviamente está feliz de tener al fin “la prueba” de su vieja tesis de que el país estaba siendo atacado por el comunismo internacional y no por el encachimbamiento histórico de sus campesinos y estudiantes. Pueden seguir haciendo campaña electoral contra el enemigo eterno.

El Partido Comunista era, junto con el PRTC, la organización armada más pequeña del FMLN, y no la más beligerante. En 1989, con la ofensiva "Al Tope" en puertas, por ejemplo, ofreció al gobierno de José Napoleón Duarte la desmovilización de las fuerzas insurgentes, la entrega de armas, la incorporación a la vida civil con un mínimo de garantías y la conversión del FMLN en un partido político legal. Duarte desde luego se negó, quizá porque le quedaba poco tiempo en el poder, seguramente por y con desconfianza. Señala Gabriel Gaspar Tapia, en su libro La transición en América Latina (Centro de Investigación y Acción Social, A.C., y Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, Colección CSH, México, México, 1991):

El FMLN sorprendió a todo el mundo con su audaz oferta de participar en las elecciones a cambio de sustanciales modificaciones en el sistema político. [Nota al pie en el original: En la tercera semana de enero, el FMLN lanzó una oferta de suspensión temporal de las hostilidades, de participación en las elecciones presidenciales, apoyando a Guillermo Ungo, y solicitó una prórroga de los comicios a fin de facilitar su incorporación. Con posterioridad, logró sentar a la mesa de diálogo a todos los partidos políticos en una larga reunión en Oaxtepec, México, donde mejoró su propuesta llegando a ofrecer su desmovilización a cambio, entre otras cosas, de que el ejército redujera su contingente a los efectivos que tenía a comienzos de los ochenta (15 mil) y un proceso a los culpables de violaciones a los derechos humanos. Al no prosperar estas negociaciones, el FMLN denunció la falta de voluntad política del gobierno de Duarte y lanzó un feroz boicot a las elecciones de marzo de 1989.] Un conjunto de atentados cometidos en contra del movimiento sindical (entre ellos una feroz acción dinamitera en que pereció la dirección de FENASTRAS), motivó el retiro del FMLN de las negociaciones, aduciendo la falta de voluntad política por parte del gobierno de Cristiani para llevar adelante una negociación seria.

Según el mismo autor, el sucesor de Duarte, Alfredo Cristiani simplemente rechazó la idea:

La ausencia de grandes combates y la desaparición de las unidades fuertes de la guerrilla fue percibida por el ejército como un debilitamiento de la insurgencia y una evidencia de su propio triunfo en la guerra. Esta percepción de victoria de las fuerzas armadas, aunada a los éxitos de la ofensiva política de ARENA contra la democracia cristiana, fueron los pilares del optimismo que la nueva derecha exhibió en la reciente campaña presidencial.

La suavización de las condiciones de negociación daba al régimen señales de debilidad, correctas o no. El viraje político operado a partir de la muerte de Salvador Cayetano Carpio, el 12 de abril de 1983, quien era el duro dentro del FMLN, produjo también un viraje radical en la táctica militar, que tendría consecuencias estratégicas severas: aun en la ofensiva "Al Tope", el FMLN ya no tenía capacidad para enfrentarse al ejército de manera definitoria. Sigue diciendo Tapia:

[En los años anteriores] la guerrilla llevó a cabo un reordenamiento estratégico, desmontó las unidades regulares que había construido en los inicios de la guerra y estableció la estrategia de “concentración y desconcentración” de sus fuerzas. De esta manera surgieron centenares de pequeñas patrullas insurgentes que hostigaron al ejército en múltiples y cotidianos enfrentamientos de desgaste. Asimismo, junto con un agotador sabotaje a la infraestructura económica, realizaron combates de mediana envergadura en los que reunían diversas secciones que se separaban una vez alcanzado el blanco. El ataque y la destrucción del cuartel El Paraíso en Chalatenango a comienzo de 1987, junto con la ofensiva de 1989, son los mejores ejemplos de esta táctica guerrillera.

Como sea, con las 15 mil armas y la cantidad de municiones de las que habla el reportaje de Valencia, no sólo se hubiera podido hacer un buen lío, tomando en cuenta que tocaba de a unas 1,500 armas por cada combatiente del PC, y a casi dos por cada combatiente del FMLN. Lo de los misiles... Híjole... Hasta donde sé, las FPL tenían algunos. El gran enojo de un compañero que se pasó la guerra en Chalatenango es que nunca les permitieron usarlos, quizá por los motivos que Luers señala en su artículo (eran elementos de negociación bastante poderosos que se colocaron en la mesa de Nueva York; su objetivo no era servir para pelear una guerra). No sé dónde haya conseguido sus misiles las FPL, y tampoco me imagino dónde los guardaría la gente del PC: esas cosas son incómodas de manejar, y se necesita de gente, lugares y recursos que el PC quizá no tuviera en el campo, menos aún en las condiciones de perpetua movilidad en que se encontraban y menos todavía a la sombra --como estuvieron-- de las organizaciones mayores.
Un detalle que Paolo no menciona, porque da por buena la información, es que la Unión Soviética quitó casi todo el apoyo de tipo militar a las fuerzas guerrilleras salvadoreñas a partir de 1980, y más bien presionó a Cuba y Nicaragua, junto con Estados Unidos, para que a su vez presionaran para una solución negociada inmediata. (Fue uno de los factores que culminaron con el asesinato de la comandante Ana María y con el suicidio de Marcial.) La falta de detalles del reportaje de Valencia suena, si uno piensa en cómo funcionaban las cosas, a una triangulación de armas de la URSS a Nicaragua a través de Cuba, y a que los nicaragüenses pudieron desviarlas para El Salvador, y no necesariamente --o no solamente-- al PC. Lo "nuevo" es la presencia de Schafik negociando armas y la KGB de por medio. Creo que la idea es empezar a generar un mito con la imagen de Schafik por delante; creo que ha prosperado bastante.
En líneas generales, había dos tendencias dentro del FMLN, sobre todo tras la muerte de Carpio: los que seguían la línea soviética de negociaciones rápidas, para retirar a El Salvador del tablero de la confrontación Este-Oeste --nunca lo estuvo--, es decir el PC y, hasta cierto grado, las FPL bajo el mando de Sánchez Cerén, y los que recibían recibían apoyo de Cuba, es decir los demás, en especial el ERP. Dentro de la agenda cubana estaba también la negociación del FMLN, pero en términos menos ominosos que los que pretendía Moscú.
En otras palabras, me parece que hay muchas lagunas en el reportaje que se han llenado con retórica y ambigüedades y que, en efecto, que Valencia agarró la "bola envenenada". Y está bien, qué rayos; aún queda tiempo y vida para buscar otras versiones, que de seguro las hay. Ésa me parece tan valiosa como las que faltan.
Ya me extendí en el tema, y me había prometido no escribir al respecto (cosas de uno), pero el artículo de Luers me gustó.
La idea no era meterme en polémicas, sino reproducir, como en las semanas anteriores, mi columna en Centroamérica 21, que ahora trata acerca de Salvador Cayetano Carpio y de su inocencia legal explícita en el asesinato de la comandante Ana María. (Ya he hablado de eso en este blog.) Se puede encontrar aquí. También aparece otra nota mía para la sección "Exodus", titulada "Mi abuelo, el silver-roll", que está aquí.


Cayetano Carpio, un asunto pendiente
Rafael Menjívar Ochoa

El 6 de abril de 1983 se produjo el salvaje asesinato de Mélida Anaya Montes, comandante Ana María, en las afueras de la ciudad de Managua. Un comando armado, en connivencia con los escoltas de la antigua dirigente magisterial, la degolló y le dio más de ochenta golpes de picahielo.
Seis días después, el comandante Salvador Cayetano Carpio, comandante Marcial, se suicidó de un disparo en el corazón. Junto con la noticia, se dio a conocer que el comandante Marcelo, responsable de inteligencia y seguridad de las FPL, había sido el autor intelectual del asesinato de Montes, perpetrado por gente bajo su mando. Marcial, impactado por la evidencia, se habría quitado la vida.
Unos meses después, el gobierno sandinista y el FMLN cambiaron la versión: el autor intelectual del crimen había sido Marcial, Marcelo sólo fue el ejecutor y, descubierto el complot, el primero se quitó la vida. De ese modo, uno de los más importantes dirigentes sociales latinoamericanos, con cuarenta años de luchas, pasaba a convertirse en un simple asesino, y así se mantiene en el imaginario de la izquierda.
Lo que nunca se dijo es que, en el juicio celebrado en Managua un año después, en el cual se condenó a Marcelo, Carpio fue exonerado de manera explícita por el juez del caso. Es decir: desde marzo de 1984, Carpio es legalmente inocente del asesinato de Ana María, algo que la dirigencia del FMLN ha olvidado decir en los últimos 23 años, quizá en espera del momento adecuado, que aún no llega.
Antonio Morales Carbonell, en el libro Nuestras montañas son las masas (Edition Del Keil, Viena, 1999), reproduce una parte del expediente del juicio contra Marcelo. El abogado defensor del caso, el 15 de marzo de 1984, solicitó “que se consigne en la sentencia a dictarse si se han aportado o no pruebas que permitan tener a Salvador Cayetano Carpio junto con Marcelo, como coautor intelectual. La procuraduría lo ha mencionado como tal y en honor a la verdad histórica debe hacerle relación a este asunto en su sentencia. Hasta el momento la procuraduría no ha presentado ninguna.”
El juez del Juzgado Segundo del Distrito del Crimen en Managua, sentenció que, “de conformidad con el art. 186 del Código de Instrucción Criminal, en razón de su fallecimiento debe sobreseerse definitivamente en la presente causa a Salvador Cayetano Carpio (Marcial), mencionado por la Procuraduría Penal como autor intelectual del delito investigado. Siendo opinión de esta autoridad que se adhiere a lo expresado por el defensor Gutiérrez Mayorga en su escrito de defensa, que no fueron aportadas pruebas en el proceso que respalden tal imputación.”
Aceptada la inocencia de Carpio, quedaría el “misterio” de su suicidio, un tema que requiere de mayor investigación y espacio que una simple columna en una revista semanal.
Por de pronto, la tumba de Carpio se encuentra desde hace más de una década en el cementerio de Santa Tecla. En algún momento de los noventa, un amigo de Carpio y su esposa, Tula Alvarenga –sindicalista histórica si las ha habido–, logró que los sandinistas “liberaran” los restos del comandante, enterrados en la base militar de Jiloá, en Managua. Hubo una condición, tácita o explícita: que los restos se trasladaran a El Salvador sin ruido ni ceremonia. Así se hizo.
Hasta hace poco era apenas un bloque de ladrillos, una capa de cemento y un par de manos de pintura de cal. Había sólo un rótulo muy pequeño que la identificaba: “Familia Carpio–Alvarenga”.
La tumba se ha ido llenando de cosas: una cerca de metal, luego una bandera de las Fuerzas Populares de Liberación colocada en un palo largo. Después, mosaicos, más estructuras de metal, más banderas y, de tarde en tarde, ramos de flores, hojas volantes, ofrendas de todo tipo, casi todas anónimas.
Parece que cada vez hay más personas que esperan que alguien diga un poco de la verdad. Sólo un poco. Lo demás llegará solo.