Padres, hijos, Freud y lo demás
Cuando uno está llegando a la adolescencia, es necesario que el padre sea todo lo que uno veía en él apenas unos meses o años después. Y generalmente el padre está dejando de serlo: ya no es tan fuerte (es incapaz de cargarlo a uno, como antes), el pelo se le está cayendo y la calvicie le da un cierto aire ridículo (o por fin uno empieza a notarlo, y duele), ya no conoce todas las respuestas, los ojos de uno se aproximan peligrosamente a la altura de los suyos, y de repente los rebasan...
En la adolescencia es necesario que el padre no sea lo que uno creía. Hay que negarlo, y así uno se afianza a sí mismo como ser independiente. Si uno no rompe con el padre, si uno no lo mata ("pero con respeto", añadiría Cortázar) simbólicamente, el riesgo es convertirse en alguien bien triste y quizá desagradable ante los ojos de ese mismo adolescente que buscaba --¡vaya!, ¿qué otra cosa busca un adolescente?-- un poco de libertad para tomar decisiones y para decidir por sí mismo lo que afecte su vida. El problema es que uno no sabe lo que es la libertad, y si lo supiera no sabría cómo usarla, porque no es una cuestión de la relación de los padres con los hijos, sino de lo que se va presentando y lo que uno puede o no puede hacer en el momento en que se presenta.
Freud la puso fácil, y me parece que se ha abusado de él. Si uno tiene arranques de ira, es porque la madre abusaba de uno golpeándolo contra la pared, e igual resulta un psicópata asesino, un cura paidófilo, un genio de la electrónica, un fulano que se sabe muchos chistes. O un tipo común y corriente. Si uno es incapaz de hacer algo útil, es porque el padre era dominante y uno terminó de pobre diablo, y la madre débil, y hubo una escena que uno no tenía que haber visto. La misma explicación sirve para cualquier cosa que le pase a uno.
Y quizá haya algo de cierto, pero también está el famoso libre albedrío. Así uno haya tenido una niñez o una adolescencia asquerosa (¿y quién no, si se piensa bien?), hay cierto momento en que uno se encuentra ante una alternativa: seguir siendo ese adolescente y echarle la culpa a los padres (o a los tíos o a los hermanos o a quien sea) o tomar sus propias decisiones y pagar el precio. E igual hay niños mimados y bien protegidos que purgan penas en cárceles de alta seguridad, lo que son las cosas.
He conocido sesentones que se la pasan borrachos y viven unas amarguras terribles porque, cuando tenían trece o catorce años, sus padres hicieron algo que los marcó para siempre. Ésa es una frase bien socorrida: "Marcado para siempre." Y es cómodo que los demás sean culpables de la borrachera de uno, de la pésima educación de sus hijos, de tener un trabajo de veras aburrido o improductivo, de que nunca hayan hecho lo que querían. Todo por hacerle caso a un tipo ceñudo que le decía "Vas a hacer lo que yo mande", y el hijito sigue haciéndolo. Una escena, una sola escena de la vida, hizo que el sesentón de marras haya llegado a un punto en el que está muy cerca el final y se da cuenta de que él, no su padre o su madre, no se atrevió a ser él mismo por pasársela pensando en el interdicto de alguien que habrá muerto años atrás. Eso puede hablar del poder de los padres, pero también de que el sesentón perdió el tiempo pensando tonterías y se le fue la vida. Y la vida nunca es un camino fácil: tarde o temprano uno se encuentra enfrentado a sí mismo, y allí no hay concesiones ni lástimas. Y uno se da cuenta de que a partir de cierto momento --¿los doce o trece años, quizá?-- uno es dueño absoluto de sí mismo, y que lo que haga tendrá consecuencias.
Cuando a uno le toca estar en el extremo opuesto de la cuerdita y los hijos se ponen a ejercer lo que uno ejerció contra el padre propio, se da cuenta de que las cosas son harto difíciles, pero a la vez harto simples. La tentación siempre estuvo allí: echarle la culpa al padre (de uno) de que uno no pueda ser un buen padre. Al mismo tiempo uno sabe que sólo es un tipo como tantos millones, que en la prisa de la vida --siempre hay prisa, aunque el tiempo viaje con lentitud-- ha debido tomar decisiones y pagar sus consecuencias. Lo mismo que les ocurrió a nuestros padres. Y sólo el tiempo dirá si fueron errores o no, si pueden solucionarse o no, si uno puede hacer algo o no.
Una de las cosas que los padres asumimos con facilidad --a veces erróneamente, pero ¿quién puede decirlo?-- es el complejo de culpa por cosas que uno hizo y que afectaron a los hijos. En mi caso, mi padre me la puso en bandeja de oro (o de acero inoxidable, porque rico no era): unos meses antes de morir, me dijo que siempre se había sentido responsable de todo lo malo que me había pasado, de los fracasos matrimoniales, de ciertas inestabilidades provocadas por el exilio, a su vez provocado por deudas de conciencia que --según él-- yo pagué sin deberlas. La tentación era grande, porque andaba (yo) en un momento un tanto complicado, y de verdad que llegué a considerar que, en efecto, él era el responsable de mis broncas.
En unos segundos alcancé a examinar mi vida y me di cuenta de que no veía todo lo malo que él decía. Simplemente así había sido. No podía extrañar hechos o situaciones que no había conocido, y lo que me había pasado era... bueno... lo que tenía que pasar, y lo que en definitiva había pasado. Y le dije una frase que me salió del alma: "Si quiere tener un pretexto para sentirse mal, búsquese otro, porque yo me la he pasado muy bien." En ese momento puso una cara de extrañeza que nunca le había visto: había colocado la cabeza en el tronco y me negué a cortarla. Y de verdad que no tenía por qué. Él nomás había hecho lo que había hecho y lo que había creído correcto. No se puede descabezar a alguien por eso, y menos a un buen tipo como era mi padre. Mi esperanza, años después, es que decirle la verdad lo haya ayudado a vivir con mayor tranquilidad.
Hubo una cosa, sólo una, bien localizada en el tiempo y el espacio, bien específica y nada abstracta, que es lo más cercano a algo que --creí-- no podría perdonarle. La estuve rumiando durante años, muchos años, para sacarla en el momento oportuno. Una cosa. Sólo una. No que me amargara o me arruinara la existencia, ni que me pusiera obsesivo, pero sí era algo que debía decirle "para que quedaran las cosas claras". Cuando llegó el momento me di cuenta de que no valía la pena: lo hubiera matado antes de tiempo, y si algo he disfrutado es ese mes en el que pudimos estar juntos, reírnos, cantar, leer poesía, callar y querernos. "Lo imperdonable" es ahora algo anecdótico; lo recuerdo y me sonrío de medio lado. Y, sí, en su momento fue algo muy fuerte, pero en realidad me hizo lo que soy, y no lo que pude ser, que visto en perspectiva no me hubiera gustado nadita. Y allí descubrí que a Freud se le olvidó lo que había del otro lado de la cuerdita: el poder que los hijos pueden tener sobre uno es inmenso. Y uno es capaz de poner la cabeza donde sea por ellos, para ver si la van a cortar. La pregunta es: ¿lo harán? Y allí entra el asunto de si uno ha tomado o no las decisiones correctas, si había otras, si no hizo todo lo posible, en fin: si uno los educó bien. Y "educarlos bien" no significa que sean aburridísimos, sino que tomen las decisiones que deben tomar, aunque la cabeza de uno mismo sea la que caiga. (Metafóricamente, claro, porque también está Lizzie Borden, quien, según la evidencia foremse moderna, en realidad era inocente.)
Lo que aprendí también es que no sólo los hijos deben romper con uno: uno también debe estar dispuesto, en el momento adecuado, para mandarlos al diablo y seguir queriéndolos, aunque duela, y estar preparado para cuando ellos también lo estén. Hay casos en los que el momento de una reconciliación no llega nunca, y allí entran factores que tienen que ver con uno, pero también algunos que no: desde cómo fueron educados hasta su propia personalidad y su capacidad de tomar decisiones correctas o no, de atreverse a tomarlas o no, de querer tomarlas o no, o de esperar que uno ponga la cabeza en el lugar equivocado, en el momento equivocado, por los motivos correctos o equivocados.
Hay una ley ineludible: ya nuestros hijos tendrán hijos. Quizá lleguen a ver menos nebulosamente lo que uno no puede ver cuando es niño: que papá es sólo un tipo entre tantos, y que sólo el amor lo hace diferente.



