2 de abril de 2006

Morir y dejar de morir

Uno de los más grandes amigos y maestros que me ha dado la vida vive ahora en Argentina, después de diez años de pasarse en Chalatenago durante la guerra y de trece de los acuerdos de paz. Es de las mentes más lúcidas que he conocido, a veces de las más atormentadas, y siempre honesta y siempre luchadora y siempre en busca de nuevas interrogantes, que es como avanza el pensamiento.
Los escritores salvadoreños, desde hace años, andan a la búsqueda de "la novela de la guerra", y hay un par que se atribuye su escritura. Y no: es él quien la ha escrito, y por allí anda desde hace un par de años esperando publicación.
Para él, la medida del líder popular es Espartaco: el esclavo que se rebela. Si se toma a Espartaco como parámetro, en efecto, las luchas populares tienen un sentido muy especial, en la medida en que sean esclavos (rebelados) sus dirigentes y esclavos sus forjadores. Suena simple y no lo es; la profundidad de la imagen es abismal, y sus consecuencias, y la lectura de la historia.
En fin, este amigo (estoy seguro que no quiere que cite su nombre, y apenas soportará con una sonrisa escéptica que cite sus palabras) me manda sus comentarios sobre Tiempos de locura, que leo con profundo respeto. Decir que los comparto, y hasta qué grado, sería soberbio; a un maestro se le escucha, y así se aprende.

Querido Rafa:
Qué suerte has tenido al pensar que cuesta mucho trabajo morir, porque así has podido darle forma y fin a este libro. La guerra, a muchos de quienes le pusimos el cuerpo, tal vez nos ha llevado a la convicción de que es demasiado fácil dejar de vivir, estacionarse en la existencia. Quizá por eso haya tan poco escrito de nuestra parte.
Éste es un libro muy bueno, porque le permite al lector varias opciones, todas ellas ucrónicas, es decir, imaginarias y fuera o a contramano del tiempo, pero felices al fin. Como ser: agarrar de la solapa a varios notables; conocer de primera mano lo pendejo que pueden llegar a ser los grandes (en opinión de los periódicos) nombres de la historia; lo definitivo que resultan los otros, ésos que nunca entran a las planas de los periódicos, sobre todo si se juntan; desnudar el principio activo de la criminalidad burguesa en la historia de los capitalismos de morondanga; cuánto de abyecto y despreciable tiene lo que se conocía como estalinismo en su cotidianeidad; llorar, sobre todo, llorar.
Porque era lo que ya nos imaginábamos todos nosotros y, en mi caso particular, creo que hubiera preferido otros diez años de fusil al hombro, a tener que escuchar, diez años después: “De los acuerdos no ha quedado nada”. Lo supe hace muy poco.
Todo porque, cuando los niños son niños, nos basta con explicarles nuestras buenas intenciones cuando nos reclaman por nuestra ausencia, ya que ellos mismos, con el tiempo, pueden darse cuenta de nuestro espíritu de sacrificio y de su constancia y consistencia en el tiempo; pero cuando tus hijas te alcanzan en interrogantes sobre la vida y las causas y los etcéteras más boludos que se te puedan ocurrir, y no existen las palabras adecuadas para un error político, las ganas de llorar ocupan toda su pantalla, mi querido amigo.
Otros llevarán a los suyos en sus cuatro por cuatro a tomar sorbetes o harán discursos fúnebres, mientras un lacayo les abanica “la calor” ante fotógrafos, pero ya les sobrevendrán cuervos entre el living y la ducha: es cuestión de tiempo.
Tal vez lo que más me ha sonado durante la lectura es esa afirmación acerca de los diez años que el FMLN “le dejó” a ARENA. En mi registro, que es subjetivo, creo que la pregunta cabe. Hay varios que se la respondieron con la certeza de un rayo en las inmediaciones de los Acuerdos y, hoy me parece, se han muerto (o se descuidaron, que es igual) solamente por la vergüenza indecible que han de haber sentido. Eran los más sinceros y honestos consigo mismos; los otros ya venían perversos y mañeros y uno los oye, o los lee, en sus imbecilidades y padece con toda la vergüenza que les falta. Pero en un trabajo periodístico, es decir, objetivo, no me ha disgustado que lo pongas como afirmación. Sin embargo, quizás, requería de más filo la argumentación. Es como si aquí se “te escapara” decirlo (lo cual, pensándolo mejor, no está tan mal si Shafick se nos ha despedido afirmando lo que mencionaba arriba. Con la dignidad del hombre equivocado pero honesto).
En lo que no estoy de acuerdo es que le atribuyas “radicalidad” a la plataforma de los acuerdos (a no ser como una ironía) porque no fue solamente la diferencia de época con el GDR lo determinante, sino la deconstrucción que se opera a partir de Abril 82 de lo que el Viejito llamaba “el filo”. Y, de paso, sería digno de alguna mirada epistemológica guanaca hoy, para saber qué putas es ser de izquierda por allí y de a de veras.
No fue la caída del Muro lo que nos jodió, de eso nos cagábamos de la risa, sino la ausencia del “filo”, expresada materialmente en el veto de usar los misiles, cabrón, de tener que abandonar Mexicanos, etc...
Acordate: “el Filo”.