20 de septiembre de 2006

Post 250. Militares y civiles

Desde que estaba escribiendo Tiempos de locura traigo una idea que no sé cómo trabajar. Pongo por aquí algunas reflexiones dispersas.
Desde los años treinta, y en especial de los sesenta a los setenta, buena parte de los reclamos, protestas y luchas tenía que ver con la militarización de la sociedad salvadoreña. Todo el país era un apéndice del cuartel. La vida civil se manejaba desde el estado mayor, y eran militares quienes se encargaban de la seguridad pública, de la investigación criminal, de la represión política, del tráfico vehicular, la seguridad del estado y el manejo de los órganos de gobierno, además de la declarada defensa de la patria, y no había mucha diferencia en cómo se trataba cada uno de esos aspectos, ni una frontera clara entre una cosa y otra.
Lo peor era la arbitrariedad con que los militares “de base” trataban a cualquier civil, como si se tratara de reclutas de muy bajo rango, quizá como los cabos y sargentos los trataban a ellos. De niño me tocó ver a guardias nacionales golpear a personas sólo por haberlos mirado a los ojos. (No, no exagero.) Cuando empezó la onda hippie, a mis seis o siete años, vi a guardias que bajaban de un jeep y detenían a “hijos de las flores” y allí mismo los rapaban y les pintaban la cabeza con pintura de aceite roja. Un par de veces vi que hacían lo mismo con muchachas que usaban minifaldas o hot–pants: detenerlas, manosearlas, pintarles las piernas de rojo, dejarlas ir entre burlas. (La pintura roja, claro, significaba que eran comunistas o algo análogo.) Vi cómo resolvían pleitos callejeros de la mejor manera posible: culatazos al pecho, patadas para ambos y cada quién para su casa. Justicia expedita. Y había uno en cada esquina del centro de la ciudad. (Allí me pasé una parte importante de mi infancia, y de allí recuerdo esas escenas.) En las colonias de clase media y clase alta no ocurrían esas cosas, y no sé qué habrá pasado en Mejicanos, Soyapango o San Marcos, porque no iba mucho por allí. Lo que me quedaba claro era que el centro de la ciudad era el parque de diversiones de los guardias nacionales, y la gente pobre sus juguetes.
Los soldados funcionaban de otro modo, pero uno sabía que donde llegaban había gritos y culatazos. Los policías nacionales eran un poco menos abusivos, aunque igual podían detener a alguien y hostigarlo sólo por diversión, e igual podían agarrar a alguien por llevar un libro que les parecía sospechoso o por el hecho de ser pobre y joven. Hablo de antes de la guerra, de lo que me consta, es decir de enero de 1973 hacia atrás. Después entiendo que se puso peor.
Y, en fin, estaba el poder militar: sólo se aplicaban ciertas leyes y a ciertas personas, la represión en el campo era constante, había un desprecio bastante patente y vivo hacia la población y sus necesidades. Todo el show.
La lucha contra el estado militar y militarizado era un simple asunto de sentido común, y fue una de las tantas banderas que adoptó cualquier organización política opositora, desde la democracia cristiana hasta la guerrilla.
Uno de los viejos sofismas policiales es que para combatir a los criminales es necesario usar gente como ellos: el fuego se combate con fuego. (Habrá bomberos que no estén de acuerdo.) El resultado ha sido, por ejemplo en lugares como México, cuerpos policiales corruptos y llenos de gente fea, que ante la población sólo se diferencian de los criminales en el uniforme –si es que lo llevan– y la placa. En el sexenio de José López Portillo (1976–1982), según recuerdo, uno tenía terror de las patrullas, y en especial de los policías que en sus tiempos libres agarraban sus carros particulares y se dedicaban a hacer un dinero extra asaltando gente. Era preferible ser asaltado por ladrones de oficio; con ellos se podía negociar que le dejaran a uno algo de dinero para el metro, y lo más probable es que saliera ileso. Con los policías era terrible: lo subían a uno al carro, lo golpeaban, lo interrogaban, le quitaban todo y uno podía terminar tirado a decenas de kilómetros de su casa en calzoncillos y calcetines, bajo una temperatura de neumonía. Nunca me ocurrió, porque la credencial de periodista llegó a salvarme en varias ocasiones, pero tuve amigos a los que les sucedió en más de una ocasión. Dentro de esa filosofía, no resultó extraño que el jefe de la unidad antisecuestros del estado de Morelos, a finales del siglo pasado y principios de éste, fuera el jefe de una de las bandas de secuestradores más activas y –cómo no– más efectivas y productivas de la historia de la humanidad. Había de todo: desde secuestros express, en los que sólo se exigía algunos miles de pesos, hasta grandes operativos contra lo que se conoce como personalidades importantes. (A la hora de un secuestro no hay nadie importante. Un secuestro es un secuestro, y me parece una de las actividades humanas más despreciables, junto con la de algunos críticos de arte.) Y ni qué decir de los cuerpos antinarcóticos que apoyan el narcotráfico, etcétera.
La respuesta, en este caso, podría ser sencilla: la profesionalización de los policías. No escogerlos por lo malos que puedan llegar a ser, sino por su capacidad técnica, basada en su entrenamiento.
En fin, la solución de la guerrilla para combatir a los militares fue crear ejércitos, y hasta allí parecería estar bien. Y las bases de esos ejércitos tenían el entrenamiento adecuado para la guerra irregular (cuando trataban de combatir frente a frente se daban cuenta de que todo era relativo), y algunos de los cuadros militares dirigentes tenían, si no un entrenamiento equivalente al de los militares de carrera, al menos una buena embarrada de táctica y estrategia militar, que se compensaba con la experiencia sobre el terreno y, especialmente, con las valoraciones y los objetivos políticos de las acciones, y con el trabajo político entre los combatientes.
Hay algo que no debe olvidarse: en la guerrilla salvadoreña todos eran voluntarios, guiados por ideas, en busca de cosas concretas, que podrían resumirse en una sociedad más justa, y en especial sin militares en el poder o en sus alrededores. Los combatientes no eran militares de formación, ni su objetivo era hacer carrera militar: eran civiles que peleaban contra los militares en el terreno de éstos, en vista de que los militares no habían peleado correctamente en el ámbito civil. La guerra civil (que por algo se llama así) no era –o no debía ser– un asunto entre militares, sino contra un estamento militar. En el momento de terminar la guerra, con los resultados que fuera, los cuadros militares de la guerrilla pasarían de nuevo a lo suyo. (Muchos ex combatientes pasaron de la guerrilla a la nueva Policía Nacional Civil, como parte de los Acuerdos de Paz de 1992. Varios ex comandantes, de los que combatieron, volvieron a la universidad, la enseñanza en escuelas primarias o secundarias, o se dedicaron al servicio público en alcaldías y ministerios.)
Que las instancias militares de la guerrilla fueran verticales eran más bien necesario, y para entenderlo no hace falta mucha teoría; no deja de estar latente el hecho de que los combatientes son “soldados de emergencia”, que son civiles, y que los objetivos lo son también. Pero la verticalización de las instancias políticas, que ocurrió muy temprano, sí resultó alarmante. En una organización eminentemente política, aunque cuente con instancias militares asociadas, la discusión y el cuestionamiento constantes –aun dentro de una línea bien marcada y hasta rígida– son fundamentales.
La discusión en medio de la que fue asesinado Roque Dalton, en 1975, tenía como fondo qué debía predominar en el Ejército Revolucionario del Pueblo: el enfoque político o el militar, y obviamente ganó el segundo. Dalton fue condenado según leyes militares de una organización que en ese momento era ridículamente pequeña en relación con cualquier ejército, y fue condenado por civiles veinteañeros que jugaban a ser militares. Aquí viene algo interesante: en un ejército de verdad hay principios que hacen que no baste con una discusión política para ejecutar a un compañero, porque no deja de ser un compañero. Incluso los asesinatos o atentados fuera de la ley eran contados entre militares durante la guerra. En la guerrilla hubo cientos de ejecuciones por cosas tan subjetivas como “sospechas de desviación” o –en el caso de Mayo Sibrián– porque nadie quiso ver que el compañero era simplemente un asesino psicópata sino hasta muchos años después de que hiciera cosas irremediables, alguna masacre incluida.
Lo interesante, pues, es que muchas guerrillas, en el combate por desmilitarizar sus sociedades, caen también en el militarismo y pierden de vista que la sociedad civil es, por definición o tautología, civil. Cuba es un caso más que patente: Fidel Castro no es un abogado, sino un comandante (el Comandante en Jefe) que viste como militar y maneja el país como patriarca militar. Aunque el Partido Comunista Cubano debería ser una instancia inserta en la sociedad civil, ante todo responde a una dinámica y una lógica militar. Se podrá decir que las amenazas constantes del imperialismo, que el peligro perpetuo de una invasión, que los sabotajes de los contrarrevolucionarios. Pero, casi 48 años después, salvo Playa Girón (un asunto que además se solucionó principalmente con milicias, es decir: un órgano civil de autodefensa), más bien suena al cuento del pastor y el lobo. En lo que me toca, no creo que en una sociedad militarizada, en la que la paranoia constante es un modo de vida, pueda desarrollarse una literatura sana ni se permita un arte de verdad renovador.
Igual Nicaragua. Es cierto que había una agresión constante de los contras patrocinados por Washington, pero eso sólo es parte de una realidad nacional, y hay espacios más que amplios para el desarrollo de actividades civiles. Y de hecho allí la militarización ideológica de la sociedad fue mucho menor que en Cuba, quizá por falta de tiempo. Nunca me resultó cómodo ver a ex estudiantes universitarios vestidos de militares, portándose como militares y hablando como militares. Y tuvieron batallas y triunfos militares, pero su lucha, y el porqué de la victoria, fueron políticos.
En El Salvador... Bueno. Uno de los problemas del FMLN –al menos en su dirigencia– es que todavía se comporta como un organismo militar y exige una incondicionalidad militar. Resulta interesante ver a muchos ex combatientes en labores civiles, justo lo que se esperaría, pero también es patético ver a gente que jamás combatió, y que incluso se opuso a la lucha armada o trató de desmontarla a la primera oportunidad, manejando un discurso inflamatorio, y es triste ver cómo mucha gente les cree.
Y entra el viejo factor humano: junto con los miles y cientos de miles que se lanzaron a pelear contra el militarismo, y creyeron en eso, están los que pelearon contra los militares porque querían su lugar, sus fueros, su poder, pero sin su formación y, a veces, sin una ética equivalente o sustitutiva. Y muchos de ellos, en varias partes del mundo, están en el poder, lo han buscado o aún lo desean para ser, ni más ni menos, algo muy parecido a lo que combatieron.
Aunque el tema, como dije, lo traigo desde hace algún tiempo, me puse a escribir sobre eso después de releer una entrevista con Gabriel García Márquez, El olor de la guayaba, de Plinio Apuleyo Mendoza, que encontré entre los libros que le regalé a mi padre a lo largo de años y años. Transcribo un trozo:
¿Qué hubiese ocurrido, a propósito, si el Coronel Aureliano Buendía hubiese triunfado?
Se habría parecido enormemente al Patriarca [de El otoño...]. […]
En Cien años..., un condenado a muerte le dice al coronel Aureliano Buendía: “Lo que me preocupa es que de tanto odiar a los militares, de tanto combatirlos, de tanto pensar en ellos, has terminado por ser igual a ellos.” Y concluyó: “A ese paso, serás el dictador más despótico y sanguinario de nuestra historia.”

4 comentarios:

Soy Salvadoreño dijo...

Su post sobre el tema me parece muy bueno. Por definición, detesto que en mi pais hubiesen habido militares como los hubieron y que aun ellos se crean los "salvadores de la patria de la agresión comunista".

El punto es que la izquierda en encarnada en el frente tambien tubo sus abusos en ese tiempo y los sigue teniendo actualmente. Me gusta su argumento de que la izquierda se militarizo para los fines de la guerra pero nunca cambio el casette y sigue en las mismas ahora.

Bueno, mi comentario es para decirle que me gusto muchisimo lo que dice su post, me parece bastante acertado.

Saludos

Jasmine Campos dijo...

Rafa, que buena reflexion. Vale la pena retomar el tema, porque en estos nuevos tiempos de locura, hay gente deseando que los tiempos de la benemerita vuelvan para "hacer entrar a todos en cintura". Ojala y nunca nos olvidemos de donde venimos, de lo mucho que costo salir de ahi, de lo poco que se gano y lo mucho qe se perdio.

Aldebarán dijo...

Hasta donde llega la añoranza del militarismo que, según escuché en la radio ayer, en las reformas a la ley del menor infractor, quieren que como parte del proceso de rehabilitación, darle instrucción militar a los menores que estén privados de libertad. Es decir, se sigue pensando que la única manera de "forjar hombres" (?) es a través de la vida del cuartel. ¡Qué asco!
Lo peor es que el partido político que presentó la propuesta fue uno de los que sufrió el hostigamiento de los militares durante las décadas de 1960 y 1970.

Interesante el post, creo que refleja mucho de lo que se vivió en esos tiempos.

Anónimo dijo...

Bakunin ya se habia referido a eso