11 de diciembre de 2007

El señor de los dulces y columna

Para esta semana se me ocurrió escribir mi columna en Centroamérica 21 acerca de elecciones, democracia y esas cosas, unos días después de la derrota del "Sí" en Venezuela. Para aprovechar que añadieron "escritor salvadoreño" después de mi nombre, en el crédito, me puse a hacer reflexiones más de escritor que de analista político, y por allí me pongo a hablar un poco de Cuba y un poco de Chávez.
Lo de Cuba siempre está a discusión: de que si es democracia, socialismo, dictadura o vaya a saber. Si nos vamos a las etimologías, sí, es una dictadura: un solo señor ha dictado durante casi medio siglo lo que pasa en el país, y ha manejado no sólo el poder del estado, sino también el equivalente al legislativo y ha armado un poder judicial sui generis que funciona también bajo sus... uh... dictados, o si quieren se puede decir "directrices", que no suena tan secretarial. Lo de "dictadura" sería, pues, descriptivo; no me parece que haya que ponerse en el plan de "Pinochet y Fidel son lo mismo" o "Fidel y Franco". Tampoco es que me guste demasiado, pero los cubanos lo apoyan y sostienen, y ellos sabrán lo que hacen, que por algo es su país y su caudillo. Y hasta entiendo por qué mucha de la izquierda defiende a Fidel, y por qué la simple mención de su nombre por alguien que no diga "¡Presente, comandante!" puede resultar irritante.
Lo que no entiendo muy bien es cómo se ponen en el mismo plan con Hugo Chávez. Lo he visto varias veces --más de las suficientes-- dando discursos y, en serio, entiendo por qué el rey Juan Carlos I le dijo que mejor se callara. ¡Es insoportable! Fidel será disperso y dirá algunas incoherencias --ha sido su estilo siempre--, pero al menos tiene carisma y, bueno, es Fidel.
Lo que veo es a un tipo megalómano en serio, un militar de los que por suerte ya casi no se hacen, enamorado de su propia voz y de sus ideas fijas. Y me gustaría pensar: "Él es quien ha trazado todo un proyecto con ideas bastante avanzadas, una constitución política bien interesante", etcétera. ¡Pero es esa constitución la que trató de romper con el referéndum, y anular para que él fuera el centro de la vida política venezolana, no los venezolanos! Obviamente él es la cara de un proyecto, la fachada, y detrás hay un equipo del cual no podría verlo como ideólogo y guía moral. Y en esa medida no veo cómo pueden seguir soportando a alguien así, y espero que a los venezolanos no les pase lo que nos pasa a los salvadoreños: que cuando habla el presidente en la tele, de manera misteriosa, se va la señal del cable que uno paga precisamente para evitárselo.
Veo cómo trata el FMLN a Chávez --hasta le pusieron su nombre a una calle, hágame el favor--, y la izquierda de otros países, y sigo sin entender. Por ideales no es, porque no los tiene muy desarrollados; por su simpatía no es; por bolivariano, menos, porque no creo que hayan leído los escritos de Bolívar. Y veo que es por algo tan pedestre como el dinero: Chávez siempre anda por allí ofreciendo y a veces dando dinero a costas del erario venezolano, y a eso le llamarán internacionalismo, pero más bien me recuerda al niño que invita dulces y helados a algunos compañeros del salón para que lo quieran --o finjan que lo quieren--, para que lo protejan de los otros niños y, si se puede, para armarse un cuerpo de "amigos" que abusará de quien diga cualquier cosa que no le guste.
Es claro que Chávez se la jugó al todo o nada con el referéndum, y perdió. Le quedan cinco años para tratar de revertir el daño político que se causó a sí mismo. Sus propios aliados --incluso los que reciben sus dulces-- se pondrán a la expectativa, porque una cosa es que les dé cosas y otra que pueda, quiera o deba seguir dándolas, que también por ese lado se puede leer la respuesta del referéndum: ¿cómo anda regalándole pozos petroleros a la gente de fuera, si adentro hacen falta? Fidel hace lo mismo, aun sin petróleo y a mucha menor escala, pero el pueblo está de acuerdo. Y lo hace con dinero de otros: también recibe dulces de Chávez, o talvez no lo apoyaría como lo apoya. No es un asunto de principios: es de sobrevivencia económica, y para muchos allí se vale de todo.
Ya en el plano municipal, me suena tonto eso de andar queriendo romper relaciones con Venezuela, uno de los mayores proveedores de petróleo de El Salvador, entre otras muchas cosas. Todo porque dentro de un año y medio habrá elecciones, y todo porque existe la posibilidad de que gane el FMLN.
Allí hay otro error serio del FMLN: ha puesto a Chávez sobre el tapete como parte de su ideario, y la derecha desde luego que agarra el estandarte y lo usa desde la perspectiva opuesta. Mejor que se pongan a hacer propuestas --de verdad hacen falta-- y dejen el ridículo para mejores ocasiones.
En fin, aquí va la columna. Puede encontrarse en este link.

Tiempo de caudillos y democracia
Rafael Menjívar Ochoa

Instrumentar un proyecto de país; hacer que toda una estructura económica, política y social dé un viraje radical, lleva tiempo, esfuerzos y recursos que pueden parecer ilimitados. Y a medio camino puede aparecer algún “obstáculo” –unas elecciones, digamos–que den al traste con lo que se ha logrado, pues el gobierno resultante quizá tenga a su vez otro proyecto de país que tratará de realizar, y así hasta los comicios siguientes.
En esos estira y aflojes, los avances serán siempre pocos y los retrocesos demasiados. La única posibilidad de que exista una continuidad de proyectos es que las fuerzas políticas y sociales lleguen a acuerdos básicos –y más que básicos– acerca de las necesidades elementales de un país para que éste pueda funcionar gobierne quien gobierne; que tales acuerdos se institucionalicen y que no esté en juego la integridad de la nación, es decir su gente y sus espacios.
La Quinta República francesa logró ese objetivo –con fuertes convulsiones iniciales–, y desde hace cuarenta años, desde De Gaulle, sin importar si el gobierno en turno es de izquierda o derecha, los principios básicos, las instituciones, el sistema de leyes y de beneficios sociales, etcétera, se han mantenido.
En Estados Unidos, cada gobierno puede marcar diferencias radicales con respecto al anterior, y el país puede convertirse en un péndulo casi incontrolable de ires y venires políticos, ideológicos y económicos, pero la integridad de la nación está garantizada, y ya estarán las siguientes elecciones para ajustar –o no– lo necesario.
La tentación más frecuente ante las posibles –y sólo aparentes– veleidades de los electores es “forzar” la continuidad de los proyectos. Las maniobras recientes en México –un eufemismo, quizá, para decir “fraude”– a favor del actual presidente, Felipe Calderón, y en contra de José Manuel López Obrador son historia vieja. Era evidente que la muy joven democracia electoral mexicana viraría hacia la izquierda después de un solo periodo del Partido Acción Nacional, y que la continuidad del proyecto que sustituyó –muy lentamente, porque México es un país muy grande– quedaría apenas iniciado. Al modificar el curso “natural” de la historia, lo que se ha logrado es un gobierno débil, una posible mengua de las instituciones y es bastante probable que haya un viraje hacia el autoritarismo que es, precisamente, lo que el juego electoral busca evitar, o desechar cuando se produzca.
El extremo son los sistemas unipersonales en los que prácticamente se busca detener el tiempo para crear una sociedad diferente de la anterior. Pero el tiempo no se detiene, y durante casi medio siglo el mundo ha atestiguado cómo Cuba se bambolea de un lado a otro, sin un rumbo claro, bajo los impulsos de un solo hombre que trata de hacer un país a su imagen y semejanza. Sus vaivenes emocionales o intelectuales se reflejan, magnificados, en el rumbo del país. Es lógico: una sola persona no puede ser la concreción de una sociedad necesariamente compleja, y un individuo no puede, por simple cuestión anatómica, saber acerca de todo ni decidir todo lo que ocurre bajo su mano.
Lo interesante es que, siempre que se piensa en revoluciones, se piensa en caudillos que se eternizan en el poder, lo contrario de una revolución, es decir: de una sociedad dinámica y cambiante.
En el reciente referéndum en Venezuela, Hugo Chávez intentaba obtener un poder lo suficientemente amplio para permanecer en el poder por décadas, como lo advirtió. El objetivo declarado era tener el tiempo y los fueros para llevar a cabo una “revolución socialista”, y en realidad para instrumentar un proyecto de país que, hasta la constitución política actual, y mediante reformas paulatinas, es digno de considerarse.
La contradicción es patente. Chávez llegó al poder por el hartazgo de la población con respecto a los partidos políticos tradicionales, la corrupción, el mal manejo del poder. Llegó con un proyecto que prometía un nuevo modo de ver la democracia, que los venezolanos han avalado.
Chávez recriminó a tres millones de “sus” votantes por no presentarse para apoyar los cambios a la constitución, como si el pueblo “le hubiera fallado”. Pero todo tiene un límite, y los venezolanos quizá tienen una buena noción del juego democrático: no convirtiendo a un caudillo en la institución más poderosa del país que se llega a ninguna parte. Dentro del juego democrático, Chávez se había movido con comodidad. Sus intentos de crear una “dictadura democrática” indican, además de un ego muy grande, que no se ha logrado institucionalizar lo que se ha avanzado en el nuevo proyecto de país, y eso tarde o temprano lo sabrá el pueblo, que actuará en consecuencia.
Por el modo en que se ha movido el gobierno de Chávez, lo menos que se esperaba era una victoria avasalladora del “Sí”. La derrota se dio por unos cuantos miles de votos, pero hay que sumar los millones que lo avalaron en las elecciones y que en esta ocasión no lo siguieron. Lo que se tenía por seguro antes de la idea del referéndum –la continuidad del “chavismo”, aun sin Chávez– está ahora en remojo; al no saber cuándo detenerse, el presidente venezolano ha echado a andar los complejos mecanismos de la causalidad política, y es imposible detener sus engranajes.

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Nota sin relación con lo anterior: "Exportador de libros con fondos del estado". ¡Ésa está buenísima! Gracias por darme motivos para reírme, que nunca faltan, pero tampoco sobran.

2 comentarios:

Karilú dijo...

Querido Rafa:

Sólo le haría una correción... no es José Manuel López Obrador, sino Andrés Manuel López Obrador... o cómo ves? Ya le cambiamos el nombre???

Besos para tí y la familia.

Karilú.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Querida Karina:
¡Es que hasta el nombre le quitaron al pobrecito!
Igual me equivoqué, pero no lo voy a reconocer eb público.
Un abrazo, como siempre.