10 de diciembre de 2007

Georgina y compañía

Las palomitas de maíz tienen una característica especial: se las pone en la olla --de preferencia con un poco de mantequilla--, se enciende el fuego a baja intensidad y se espera. A veces uno se impacienta porque no comienzan a reventar, que es lo que se espera de las palomitas de maíz. De pronto, pop, reventó la primera. Sigue la espera y, pop, viene la segunda. Luego la espera es menor, y viene la tercera. Y en algún momento vienen todas las demás, casi al mismo tiempo, y una vez que empieza el proceso no hay modo de pararlas.
Hay que saber cuándo apagar el fuego, para que no se quemen, y hay que saber seguir esperando para que terminen de reventar los últimos granos de maíz. Tardarán un poco más, pero eso no los hace incomestibles; nada más así es su carácter. Y, claro, siempre hay algunos --pocos, eso sí-- que se quedan como entraron en la olla, otros que reventaron nada más un poquito, otros que, cuando uno está sirviendo las palomitas en el respectivo recipiente, revientan y hacen que todas las demás se remuevan, se desacomoden y un par caigan al piso. Como el piso está limpio --ejem--, uno las recoge, las vuelve a poner en su lugar y se va a la sala a ver una buena película, en buena compañía de sí mismo y sus palomitas.
Dejémoslo allí porque el símil de las palomitas es bueno, pero no el de comérselas. (Es lo malo de los símiles: remiten a consecuencias secundarias, que en este caso no tiene. Aquí las palomitas se comen a sí mismas, aunque no entre sí. Es parte del encanto de estas palomitas.)
Pues bien, después de cinco años y medio de haber comenzado con el proyecto de La Casa del Escritor, cinco de haber iniciado el taller de talentos especiales (de algún modo había que ponerle) y cuatro de haber inaugurado el local en Villa Montserrat, la antigua casa de Salarrué, las palomitas han comenzado a reventar. Aún son pocas, pero creo que estamos llegando al punto de no retorno.
Primero fue Krisma Mancía, la veterana --y ahora mi esposa--, con La era del llanto y, premio internacional mediante, con Viaje al imperio de las ventanas cerradas. Tiene otro poemario listo para publicación, y un cuarto en elaboración. Luego, Denise Phé Funchal, de Guatemala, quien acaba de publicar la novela Las flores, de lo mejor que se ha hecho en Centroamérica en materia de narrativa, y por allí tiene un libro de relatos y está preparando una segunda novela. La semana pasada, Georgina Vanegas ganó la primera mención en el concurso centroamericano de la Univesidad Francisco Gavidia y, hasta donde le han dicho, incluye la publicación del libro, que es muy, muy bueno y muy, muy extraño. El título de la colección de cuentos es El taxidermista. Para el próximo año está programada la publicación de la novela Los locos mueren de viejos, de Vanessa Núñez Hándal (salvadoreña, aunque vive en Guatemala), quien también tiene unos cuentos excelentes en los que ha estado trabajando en los últimos años. Y hay más: por lo menos ocho poemarios de otros compañeros, algunas piezas de teatro, cuatro o cinco libros de narrativa, etcétera. Algunos están esperando fecha de publicación en editoriales de varios países; otros esperan el fallo en concursos --igual ganan o no, pero allí están--, otros aún están en manos de sus autores, que no se deciden a soltarlos.
Eso con respecto a los compañeros formados en La Casa. Hay otros que han llegado a trabajar cosas específicas que también han publicado, están publicando o a punto de publicar, también en varios países. De ellos me resero los nombres, para evitar(les)... bueno... cosas.
Lo más importante de todos ellos es que están venciendo la vieja inercia de muchos escritores jóvenes salvadoreños --y guatemaltecos; el taller de La Casa terminó allá con cinco compañeros, y excelentes resultados--: terminan un libro, más o menos lo corrigen y lo autopublican. El resultado son obras de baja calidad y un montón de ejemplares bajo la cama, que al final deben regalar a quien se deje.
En La Casa una de las condiciones es que está descartada la autopublicación. Y para eso hay otra condición: debe tratarse de obras de calidad suficiente para pasar por el consejo editorial más exigente, en cualquier parte del mundo --o al menos el de habla hispana-- o convencer a un jurado internacional. Un año y medio, dos años, dos años y medio, tres, son a veces necesarios para terminar un poemario, una novela o un libro de cuentos. O más. Hay compañeros que llevan casi cuatro años armando sus libros, y aún les falta. Los resultados, no lo dudo, serán excelentes, sus apuestas son radicalmente diferentes y todos tendrán algo que aportar al país y a la poesía, la narrativa, el teatro, donde quiera que pongan su pluma y lo que salga de su pluma.
Para mí es un verdadero orgullo y un privilegio ser parte de eso. Y de lo que viene: estoy seguro de que 2008 será el año en que las palomitas comiencen a reventar, y no habrá modo de detenerlas. Porque no se trata de jugar a las restringidas --y a veces mezquinas-- reglas del juego salvadoreñas, sino de jugar a la literatura, y de ésa hay en todas partes y en todas partes se acepta... si es buena.
Y ya podrán decir lo que quieran los trolls e imbéciles de siempre: con palabras no van a librarse de lo más importante que tiene un escritor. No, no son las bufandas, la ropa negra, la "bohemia", las actitudes estúpidas, los festivales interminables, declararse ecologistas o feministas o comprometidos, llenar el mundo de malos libros publicados por sí mismos. Es la obra. Tan sencillo.
En fin, reproduzo una nota que escribí para Centroamérica 21 acerca de Georgina Vanegas y sus modos de hacer cuento. De verdad espero que la Gavidia publique el libro; corre el riesgo de convertirse en un buen parámetro, así no haya ganado el primer lugar. La nota puede hallarse en este link.

La geometría extraña y
única de Georgina Vanegas

Rafael Menjívar Ochoa

Alrededor de Georgina parece florecer la geometría. No la geometría de cuadrados, triángulos y círculos, sino “otra”, fractal pero estricta, siempre equilibrada, siempre inteligente. Y así son sus cuentos: de una geometría extraña y única que es capaz de meternos en laberintos de los que no quisiéramos salir.
Georgina Vanegas llegó a La Casa del Escritor hace más de dos años. La llevó Teresa Andrade, su amiga y veterana poeta de La Casa. Ambas estudiaban periodismo –se graduaron unos meses atrás y ahora son reporteras de Centroamérica 21–, y Teresa estaba terminando un poemario que ahora espera publicación en una buena editorial.
Lo que vi fue una muchacha blanca de cabello rizado, muy largo, perfecta y simétricamente arreglado, que con cada movimiento de cabeza se acomodaba y creaba nuevas formas. No es que se moviera demasiado. Tampoco hablaba más de lo estrictamente necesario y, de ser posible, menos.
–Quiero trabajar un cuento –me dijo.
En La Casa se trabaja con los escritores jóvenes a manera de tutoría. Se plantean un proyecto de libro (una “unidad”), se trabajan los textos a manera de taller individualizado y cada uno de esos textos pasa por los comentarios de todos los compañeros. Así funciona en poesía. Sin embargo, llegan tan pocos narradores, y tan de tarde en tarde, que cada uno de ellos es un taller en sí mismo.
Lo de “trabajar un cuento” fue literal. Georgina tenía un cuento escrito, el primero que armaba con todas las de ley, y lo trabajamos durante cerca de un año. Cada vez que llegaba, era el mismo cuento con otros enfoques, desde otros ángulos, con cambios notables en el lenguaje y la estructura. En medio, recomendación de lecturas, pláticas largas acerca de la lógica de la narrativa, la discusión de los detalles que le dan vida a las narraciones y cómo trazar, desde el principio, líneas argumentales que den coherencia al texto.
Y siempre el mismo cuento. Una y otra vez.
Todo texto tiene su propio tiempo de escritura y maduración. Pueden ser horas, pueden ser meses o años; uno sabe que está listo sólo cuando ya está listo y, si se pone a forzar las cosas, el resultado será siempre algo poco memorable, uno de tantos, y Georgina no está hecha para eso: su manía por la perfección de cada frase y la precisión de cada palabra decía que, sí, estaba trabajando a un ritmo adecuado.
Dejó de llegar durante meses y pensé que estaría trabajando en su único cuento y, ojalá, en los borradores de algunos más. O quizá se hubiera rendido, lo menos probable pero siempre posible.
Me llamó hace menos de un año para decirme que llegaría a La Casa, que había terminado un libro de cuentos y quería ver qué tal funcionaban.
Esperaba que llevara “el cuento” ya terminado –después de un año había pasado por una transformación sorprendente– y textos que tardarían por lo menos algunos meses en tomar forma. Me equivoqué.
Lo que llevó fue una colección de cuentos extraños y, como era de esperarse, geométricos. Geométricos de un modo alucinante, lógicos de una manera que sólo puede serlo en el mundo absurdo de Lewis Carroll cuando Alicia pasa del otro lado del espejo: para quedarse en el mismo lugar hay que correr enloquecidamente, para llorar hay que ponerse a reír, cosas así. Con un solo cuento como laboratorio de pruebas, Georgina había logrado terminar todo un libro.
En lugar de conversar acerca de cómo armar mejor los relatos, me encontré discutiendo con ella acerca de por qué comenzar una frase con un gerundio no es lo más recomendable –se puede perder el estado de la acción y se desdibujan los movimientos y pensamientos del personaje, si sirve de algo que se diga aquí–, cómo se utilizan los plurales de las palabras terminadas con equis, cómo evitar descripciones innecesarias –que eran pocas– y cómo violar a veces la gramática para transmitir ciertas sensaciones y lograr ciertos efectos.
Las preguntas, respuestas y comentarios de Georgina fueron iguales a las de los dos años anteriores: precisas, con las menos palabras posibles y sin una sola sonrisa. Ya me había acostumbrado a su seriedad casi de piedra y a la precisión seca de sus frases –totalmente diferentes a su modo ágil de narrar–, y cuando se fue me pregunté si habría asimilado todo lo que hablamos. No porque dudara de su inteligencia, que la tiene para repartir, sino porque... Bueno, el carácter es el carácter, y Georgina tiene bastante, y muy fuerte. No sabía qué tanto había logrado convencerla o que tanto le servirían los trucos que le daba un viejo narrador.
En apenas unas semanas tenía un buen borrador del libro, con la advertencia de que faltaba un texto para que la estructura de la “unidad” quedara completa. En unos meses el libro estaba terminado.
No es el típico libro de cuentos que comienzan con el “Había una vez” de siempre, y de hecho las historias son lo menos importante, aunque son de lo más original que me ha tocado leer. Los ambientes que Georgina Vanegas logra son de los que pueden hacer gritar de desesperación o soltar una risa convulsiva, no demasiado alegre, pero franca.
Es una literatura “de riesgo”. No está hecha para caer bien a nadie, sino para plantear lo que a la autora le interesa plantear. Hay un manejo del tiempo bastante fluido, estrictamente geométrico, y los personajes se mueven según las reglas de un universo alucinado e inflexible. Si lo que se busca es relatos del estilo “Aquel día María se levantó sin imaginar que su vida cambiaría”, hay que buscar en otra parte; lo de ella no son las historias lineales, sino la literatura de experimentación y cuestionamiento. Es de la que a veces no vale la pena someter a concursos, porque hay cosas de una originalidad tal que quizá no sea reconocida como la buena literatura que es. Pero hubo quien sí la reconoció.
Hace unos días me llamó para decirme que había obtenido el segundo lugar en el Premio Centroamericano de Cuento de la Universidad Francisco Gavidia. Fue la primera vez que la oí reírse y no saber qué decir, y gritar, y decir frases a medias y, en fin, ser abiertamente feliz.
Además del orgullo y la alegría que sentí y siento, creo que ese momento de felicidad valió los años de trabajo que Georgina dedicó a su libro. Y creo que no es otra cosa lo que cualquier escritor de buena cepa –ella lo es a sus 23 años; lo demás llega con el tiempo– busca cuando hace lo que tiene que hacer: en algún momento sentir un poco de felicidad que se ha ganado a pulso, y que nadie podrá quitarle.
Por cierto: hasta donde sé, “el cuento” no quedó en la colección de relatos de Georgina. Sigue siendo muy bueno, pero era el único que desentonaba. Así ocurre.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Sabrosa la analogía con las palomitas de maíz. ¿Hay alguna manera de leer lo que escribe Georgina? Thierry.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Sí.

Denise Phé-Funchal dijo...

Ahhh los cuentos de Vanessa, sólo fueron el preludio para esa maravillosa novela, me encanta!!!

Erika Bruzonic dijo...

Mi estimado Rafael,

Donde consigo los cuentos de la escritora Georgina Vanegas? Estoy tristemente desactualizada en literatura centroamericana... mi verguenza! Le agradeceria informacion

Erika Bruzonic dijo...

Estimado Rafael,

Cuenteme, por favor, donde puedo conseguir los cuentos de Vanegas...ande, dese un tiempito para darme la informacion.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Hasta donde sé, muy pronto los va a publicar la Universidad Francisco Gavidia, que convocó al concurso. Yo le aviso.