Lentes nuevos, Grecia y algunas flores

Estuve a punto de no comprar los lentes por un asunto de principios: no me gustan los aros plateados. La vendedora me dijo: "Es que no son plateados, sino celestitos." Y, sí, tienen un muy ligero y agradable tono azul que me convenció.
Los lentes sólo-para-leer que tenía antes me fueron sustraídos en un viaje a Guatemala por una señora que iba al lado mío en el autobús. Ya le había visto intenciones vagas, pero seguras, de que algo quería quitarme, así que abracé mi bolsa, metí en ella todo lo suelto que tenía y me quedé dormido. Los anteojos estaban en el bolsillo de mi camisa, y los multifocales me los dejé puestos. No creí que se atreviera a tanto, pero sí, se atrevió. Cuando desperté ya habíamos llegado a la terminal y ella había desaparecido. Eran lindos los lentes.

a) Haya desistido.
b) Esté trabajando por su cuenta y a solas y un día aparezca con un buen pedazo de novela.
Me gustó ver así a Grecia, con sus quince años y su cuaderno a punto de colapsar. Podría tener setenta años y se veria más o menos igual a como se ve cualquier escritor cuando hace lo suyo, es decir escribir.
En los ocho o nueve meses que lleva en La Casa ha escrito por allí de cuatro capítulos de la novela. Avanza muy de a poco, pero con paso firme. A mí me pareció que iba lento, y que podía desanimarse, pero hace un par de semanas, de repente, alzó la vista del cuaderno, se me quedó viendo y me dijo:
--Me puse a leer todo lo que he escrito y pensé: ¿yo he hecho todo esto? Parece imposible. Lo leo y es como si no fuera yo la que lo ha escrito.
--¿Estás satisfecha?
--¡Sí!
Y siguió escribiendo.



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