20 de febrero de 2008

Cénomane y la luna a las tres de la tarde

Por fin, orgullosamente, les presento la editorial Cénomane, en Le Mans, del heroico --y buen amigo-- Alain Mala, en una foto que acaba de enviarme Thierry Davo. ¿Ven cómo a través de la puerta se ve una pared al fondo? Pues bien, eso es sólo la mitad; hay otro tanto --igual de pequeñito-- más hacia el fondo. En total tendrá de fondo más o menos lo que tiene de fachada. Todo está lleno de libros por todas partes, y hay cuatro escritorios que no sé cómo han logrado meter con sus respectivas sillas, y libreros del piso al techo. ¡Y hasta tiene un baño! ¿Cómo no publicar en una editorial así, con alguien que pelea con uñas y dientes para mantenerla a flote, y no sólo eso, sino que ha logrado lanzar unos cuarenta títulos, la mitad de ellos de literatura --y cinco míos, válgame?
Queda en un pequeño callejón donde hay tiendas, una librería más o menos del mismo tamaño --la principal distribuidora de los libros de Cénomane en la ciudad--, tiendas, algunos restaurantes...
Precisamente al lado de Cénomane está una pizzería, donde cenamos una noche. Le hacíamos la broma a Alain de que le prestaban un pedazo de la cocina de la pizzería para que allí funcionara la editorial, por eso había que cerrar temprano, para que pudieran lavar los platos.
Todo lo anterior, en serio, lo digo con mucho cariño, gratitud y admiración.
Thierry también me mandó unas fotos de la luna en pleno día. Son una alusión a un pasaje de Instrucciones para vivir sin piel, que dice:


Piensa en la palabra “matar” y recuerda cierta vez en Flagstaff, después del rito anual de amar a la señora Tal y Tal, mientras comía una hamburguesa en un drive–in. Salió del carro porque le pareció una buena idea comer al aire libre, y levantó la vista: vio un cuadrado imperfecto formado por las caudas de cuatro aviones de propulsión a chorro, y casi en el centro estaba la luna.
Vio el reloj: las tres de la tarde con ocho segundos. Las manos le sudaron y debió tirar la hamburguesa y la lata semivacía de Coca-Cola en un basurero porque nadie puede ni debe alimentarse en un lugar donde la luna —en menguante, hay que apuntarlo— está en el cielo a las tres de la tarde con nueve segundos, la misma luna de los enamorados y de los lobos que le aúllan a la luna sin saber por qué. Quizá, sin pensarlo, ese día entendió la gran diferencia entre la vida y la muerte: no es que en la luna no haya vida, sino que allí todo está muerto. La ausencia de vida es algo positivo; la muerte no es carencia, sino exceso. El vacío no existe: eso que usted llama vacío es la muerte en pleno, La Muerte en toda su presencia. Por eso la luna puede salir a pasearse a las tres de la tarde con diez segundos: porque es imposible programar la hora de la muerte, la hora en que debe presentarse la muerte; porque es necesario que la imagen de la muerte vague descontrolada e incontrolable, porque es inevitable. Los astrónomos dirán lo que deseen: esa luna —la Luna— no debía estar allí, por más que los números lo predijeran y demostraran. Esa luna sobre Flagstaff era la negación de la astronomía y de cualquier conocimiento humano. Esa luna era la muerte enmarcada por las caudas de cuatro aviones destinados a estrellarse. No se quedó para enterarse de las noticias, ni compró el periódico en los días siguientes (¿hace cuánto que no compra un periódico?), pero supo que esos aviones se estrellaron o desaparecieron en, por decirlo así, el vacío, esa certeza absoluta.
Desde entonces no ha podido ver el cielo con inocencia o placer, aun en las noches más estrelladas del desierto, aun a las horas en que es importante que la luna esté allí para que los enamorados se besen, los lobos aúllen y el lugar común mantenga su vigencia, es decir: para que continúe la vida de los diez mandamientos, una vida que a veces envidia pero que no quiere desear.
Tampoco en las ciudades más grandes ha podido ver el cielo desde entonces: las antenas de televisión y los rascacielos no lo protegen de nada, sólo le ayudan a ocultarse; el smog lo hace toser y no le deja ver el cielo con claridad. Pero ahora sabe que en cualquier momento, en cualquier lugar, la luna y su impudicia pueden aparecer en pleno día y la vida ya no será lo mismo: la muerte cansa, y por eso está en uno de los mandamientos de la ley de Dios, ese intento de evitar los errores sin los cuales no se puede llegar muy lejos, pero tampoco vivir con el alma entera.


El trozo anterior lo escribí precisamente en Flagstaff, mientras me fumaba un cigarro afuera del Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad del Norte de Arizona. No eran las tres de la tarde, sino las dos. Se me ocurrió levantar la vista y allí estaba la Luna, y en serio me asusté: ¿qué tenía que hacer allí a esa hora? Ya sé que al norte de estas nuestras latitudes las cosas funcionan de otro modo, y lo sabía entonces, pero ver la Luna bien plantada a las dos de la tarde es diferente a saberlo. Y lo de los aviones a chorro es cierto: la luna estaba enmarcada por cuatro caudas hechas por aviones militares. Estaba en ese momento revisando el primer borrador de la novela, y armando el segundo, y escribí lo anterior --y un poco más--, ya basado en el personaje y con lo que el personaje tuviera que decir o pensar. Por esa escena, la novela estuvo a punto de llamarse La Luna sobre Flagstaff, pero no me pareció lo suficientemente fuerte y no me terminó de gustar la idea de ponerle una palabra en inglés, no sé por qué.
Lo de la precisión de los segundos es importante para la novela. En total, la historia dura veintinueve segundos, y dos de ellos, casi tres, se dedican a la Luna. Igual lo de los mandamientos es importante. Se hace un recuento de los mandamientos judeo-cristianos (los de Moisés, pues) desde puntos de vista bien extraños. En eso, el relato se queda trabado en el quinto durante un rato, repite lo de "Quinto: no matar", hasta que llega a desesperar, al menos al personaje, y por fin entra en el tema:
Quinto: no matar. En realidad hemos estado dándole vueltas a este mandamiento durante todo este tiempo, pero desde el extremo correspondiente a la víctima, es decir:
Quinto: no morir.
Y allí se suelta un rollo bien grueso, algo así como "la verdadera historia" de un personaje que trata de enmascararse para que no se conozca qué hace allí, en Flagstaff o en cualquier parte, a las tres con ocho, tres con nueve, tres con diez segundos de la tarde.
La novela está inédita en español. Se admiten propuestas.
Y gracias a Thierry por las fotos.

1 comentario:

María José dijo...

Entre mas leo tu blog mas me emociona saber que tus libros estan siendo publicados. Me encanto el fragmento que encontre aqui.
Que bonito es leer.