25 de octubre de 2006

Poetas y solemnes 3

Dentro de un par de días cumpliré cinco años de trabajar en Concultura, y ha sido una de las experiencias más interesantes, más extrañas y más alentadoras de mi vida. Ha habido de todo, desde lo muy bueno hasta lo más o menos malo (no, no me han pasado cosas terribles); desde cosas bien frustrantes hasta orgullos de ésos que hacen que uno no pueda hablar, y sólo un largo rato después logre decir: "Pues sí."
Ya he contado aquí un poco de cómo un par de días después de mi nombramiento me inauguré, en Santa Ana, como coordinador de letras (feo título), en un encuentro de poetas centroamericanos. Después de una sesión de lectura de poemas en el Teatro Nacional local (una belleza de teatro, por cierto), fui a unas ponencias que iban a dar dos invitados de fuera y uno salvadoreño. El salvadoreño también trabajaba en Concultura, pero por algún motivo decidió a última hora que no estaría en la mesa y que se regresaría a la capital. Me pidieron que lo sustituyera, y acepté. Había unas 125-150 personas en el auditorio, en especial poetas de varios talleres y grupos. Todos se presentaban como escritores jóvenes, y más de dos estaban a punto de llegar a mi edad (en ese momento 42 años), la mayoría andaba en la treintena y sólo algunos tenían menos de 25 años.
El que iba a participar en la mesa no se fue para San Salvador; se quedó en segunda fila y no me quitó la vista de encima. Como buen veterano de Concultura, sabía lo que seguía, y yo no.
Y lo que siguió fue que el ponente que estaba a mi derecha comenzó a atacar con especial saña a "algunos escritores" que cuando empezaban a trabajar con "el gobierno" (¿es tan difícil entender que Concultura es una institución de estado?) se olvidaban de los demás escritores, se volvían mediocres o mostraban cuán mediocres eran (por suerte ya declaré mi mediocridad hace unos posts; espero que vaya en mi descargo), se corrompían, hacían negocios a partir de su posición y luego se dedicaban a no hacer nada y a ganar sueldos altísimos a cambio de estar en un escritorio de 8 a 4. El auditorio lo interrumpió varias veces para aplaudirlo, y me di cuenta de que estaba en un problema. Cuando me tocó hablar le pregunté al poeta en cuestión (nicaragüense, desde luego) si se refería a mí.
--A todos --dijo sin verme.
--Tú no me conoces --le dije.
--Todos son iguales.
Allí empezó lo interesante. Me purgó que el tipo me hubiera echado encima a la poetada y ni siquiera me viera a la cara. Y ya que tenía el toro encima, y ya que el toro tenía demasiados cuernos como para pescarlo de ellos, dije que no iba a hablar de lo que tenía que hablar, que prefería más bien conversar con los presentes para saber por qué esos aplausos el nicaragüense y los chiflidos dedicados a mí.
Me tocó de todo. Me acusaron de todo. Me insultaron de todos los modos posibles. Bien bonito. Nunca fui alcohólico (nunca he tomado), pero una vez, por falta de dinero, logré salir de una depresión clínica con el método de AA, y decidí aplicarlo: un tema a la vez, un poeta a la vez. Y aceptar de entrada que estaba derrotado, y que lo que saliera sería bueno. Por de pronto tenía de dos: quedar como un estúpido o quedar como un maldito. Escogí la segunda, más por afán de sobrevivencia personal que como declaración de principios.
Un tipo me dijo que tenía escritos "como mil poemas", y mostró un par de volúmenes monstruosos, empastados, con hojas mecanografiadas y poemas larguísimos. Hizo una pausa para que todos consideraran la cantidad que había escrito, y para demostrar que eso lo validaba como poeta.
--Creo que todos los que estamos aquí te envidiamos --le dije, aprovechando la pausa--. No he conocido en persona a nadie que haya escrito tantos poemas en su vida.
(Ahora me doy cuenta de que no es cierto; hay un par de amigos que han hecho un poema diario durante veinte o treinta años. Uno diario! ¡Qué angustia! ¡Y no los corrigen! ¡Y hasta han publicado y se han autopublicado varios cientos!)
Insistió:
--Más de mil poemas.
--¿Y son buenos? --le pregunté, juro que con poca mala fe; estoy convencido de que uno sabe cuándo escribe bien y cuándo escribe mal.
--No soy yo el más capacitado para decirlo.
--Por supuesto que sí. De esos mil, ¿cuántos son buenos?
--Ése no es el punto. El punto es que en El Salvador no hay posibilidades de publicación. No hay editoriales, y la DPI rechaza a todos y sólo se publican entre ellos. No estimula a los jóvenes.
Le aclaré que yo estaba en la Dirección de Artes, no en la de Promoción y Difusión, y que mi trabajo no tenía nada que ver con publicaciones. (De hecho era un cargo nuevo, y a mí me tocaba ver a qué se iba a dedicar el señor coordinador de letras de allí en adelante, o mientras yo estuviera allí. Mes y medio después plantée lo de La Casa del Escritor.)
--Es que a mí no me interesa publicar --me dijo--. No escribo para publicar, y si me lo ofrecen lo voy a rechazar. Pienso en los demás compañeros, que no tienen ninguna oportunidad de ver que sus cosas impresas.
--Creo que estamos de acuerdo en algo: tú no quieres publicar y yo no tengo posibilidades de publicarte. No veo ningún problema allí. Lo que habría que preguntarse es si el trabajo de los compañeros es de calidad para que los publique no sólo la DPI, sino cualquier editorial, de cualquier país. Un buen libro siempre termina publicándose. Y allí no puedes defender a nadie; en eso cada uno se defiende como puede.
Uno menos, pero brincaron varios miembros de un conocido y respetado grupo literario nacional, que estaban sentados todos juntos arriba, a mi derecha. Uno de ellos (no recuerdo cuál; en realidad me aventé como quince discusiones en un par de horas, y apenas distinguía caras o voces; no sentía lo duro, sino lo tupido) me dijo que yo era igual que los demás, y que de seguro mi línea iría por el mismo lado que la línea de la DPI: iba a querer que todo fuera escrito con métrica, puros sonetos y cosas así. Y, claro, mi papel era tratar de hacer una literatura oficial, que neutralizara las "nuevas tendencias", a las cuales ignoraría y, de preferencia, atacaría. (No sé que la DPI haya tenido nunca una tendencia a publicar puros sonetos, y en lo que a mí respecta no me dedico a promover la creación una literatura oficial; las experiencias de la URSS, Cuba y Nicaragua son lo suficientemente deprimentes para meterme en estupideces.)
--Estás partiendo de un supuesto falso --le dije--: que por el hecho de ser funcionario público soy estúpido. No soy estúpido, o por lo menos no soy de ese tipo de estúpidos. Soy escritor, y en el peor de los casos un escritor estúpido, pero escritor.
El que tenía que estar en la mesa seguía viéndome sin parpadear. En ese momento supe que ese mismo día, a más tardar el lunes (era viernes), pasaría un reporte a mis jefes, y no me iba a hacer el menor favor. Lo menos que diría sería que había provocado un enfrentamiento con los escritores a los que debía acercarme. Y no sería un reporte escrito, porque de ésos quedan pruebas siempre, y siempre me pasaban copia de lo que tenía que ver conmigo. Aún trabajaba en El diario de hoy, porque el nombramiento se había hecho de un día para otro (tras algunos meses de espera) y no había renunciado porque tenía algunas obligaciones pendientes; no me había encariñado con el cargo, porque en dos días es imposible, y menos con lo que estaba pasando, así que bien podía decir lo que tenía que decir del modo en que tuviera que decirlo. (La costumbre se me quedó. Es difícil deshacerse de mañas antiguas.) La declaración, además, la hice viendo a la cara al poeta por el que me habían encaramado allí.
Le hice una propuesta, extensible a todos los poetas presentes: armar una especie de comité con tres poetas internacionales, que evaluarían los poemarios que me darían en las próximas semanas.
--¿Cómo podemos saber que va a ser un comité imparcial?
--No pueden saber, pero es lo que les ofrezco. Si dos o tres de los miembros del comité dicen que un poemario sirve, voy a hacer todo lo posible para que se publique, aunque me corran.
No me iban a correr por hacer mi trabajo, pero había que darle dramatismo al momento. Y vi cómo muchos ojos brillaban; la oportunidad era buena.
--¿Y si el comité lo rechaza?
--Entran a talleres de escritura conmigo.
--¿Va a haber que escribir con métrica? --alcanzó a preguntar alguien con voz finita.
--Si los rechaza un comité como el que planteo, lo menos importante va a ser la métrica --dije ya en plan sádico--. ¿Quién se avienta?
Nadie aceptó en ese momento, y fue una pena, porque en mayo siguiente comenzamos con una serie de talleres bastante buenos (a los que fueron algunos de los asistentes a esa bacanal, hay que decirlo) y en septiembre el taller que tenemos en la actualidad, que ya va por la quinta hornada en cuatro años y tantos. Y no fue una boutade de mi parte: si aceptaban, al día siguiente hubiéramos comenzado.
El tercer ponente ya no alcanzó a decir nada. Se dio por cerrada la sesión y la gente de la UES, que era la que organizaba el asunto (lo inauguró la rectora Rodríguez y todo), me ofreció traerme de regreso a San Salvador.
En el camino del auditorio al microbús se me acercaron varios de los poetas más fieros (otros me vieron muy mal y de lejitos) para platicar un rato y darme sus poemarios, todos autoeditados. (Esa misma noche los revisé. Excepto algunos poemas aquí y allá, eran malos. Había talento en algunos, pero nada firme. La mayor parte decía cosas del estilo "El poeta es..." o "La poesía es..." Roger Guzmán llama a eso "escribir sobre escribir". Una plaga poética: uno no puede hacer algo interesante si se la pasa en una permanente ars poética, es decir viéndose el ombligo y considerándolo el más bonito de todos.) Otros, no pocos, me dieron teléfonos y correos electrónicos para que les avisara de actividades, y en su momento les mandé invitaciones y algunos asistieron a encuentros y talleres. El que se me acercó bastante hostil, pero razonable, fue un muchacho que en algún momento se paró en el pasillo, en medio del auditorio, y empezó a gritarme cosas sin micrófono ni nada. Fue el más fiero y el más difícil de contener; lo peor era que casi siempre tenía razón en lo que decía. Platicamos un rato y creo que más o menos nos entendimos. Aun así, en los meses siguientes, él y otro poeta más se paraban siempre en las actividades que organizábamos de parte de la coordinación y me lanzaban unos golpes bien fuertes y bien acertados, que me zafaba como mejor podía, generalmente con algo de humor. Eran William Alfaro y Osvaldo Hernández, quienes después me ayudaron a trazar algunos lineamientos que siguen vigentes, y con quienes en varias ocasiones he trabajado de lo más bien.
En los días siguientes llegaron varias quejas a Concultura a partir de esa reunión, incluido el "informe verbal" del que sustituí (se regresó a San Salvador al mismo tiempo que yo). La más generalizada era que había atacado a todos y que me había burlado de ellos. Recordé a la patrulla romana de Astérix: "Hemos sido atacados por dos galos numéricamente superiores." La otra, que mi idea de literatura era "elitista". Si se piensa en el mal modo en que se usa el término en ocasiones (para unos pocos privilegiados), sigue sin ser cierto. Si se piensa en lo que dice Eliot en Notas para la definición de la cultura (un grupo que recibe, genera, concentra y redistribuye ciertos conocimientos), sí, es cierto. Por esos días estaba traduciendo ese libro, nada más para entenderlo un poco mejor, y le perdí el miedo a la palabreja. Entre otras cosas, Eliot dice que cada clase social y cada oficio tiene sus propias elites, y que...
Después pongo unos fragmentos, porque no es el tema.
Pasé un reporte escrito a mis jefes, porque así son las reglas, y luego uno verbal. Esa reunión fue de lo mejor que me ha pasado en los últimos cinco años: me enteré de muchas cosas, y después me pasé meses hablando persona por persona con los que estuvieron allí y con muchos más. Algunos aún no me perdonan que les haya dicho cosas como que las autopublicaciones no validan a nadie como escritor, que la actitud personal (ropa negra incluida) y la literatura no tienen nada que ver, que la inspiración es un mito, que los recitales y festivales no tienen ninguna relación con la poesía (si acaso serán una consecuencia extraliteraria), etcétera. No sé si tenía razón, y no sé si la tengo, porque aún lo pienso. En la práctica algunas de esas ideas han funcionado, y otras se han ido afinando o modificando con el tiempo. Y de allí salieron buenos amigos, y poetas bastante buenos.

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No, no tengo ningún club de autoelogios. El que lo dude está invitado a asistir al taller cualquier domingo a partir de las tres de la tarde; que lleve sus trabajos, aprovechando el viaje. Tampoco tengo un taller para satisfacer mi vanidad, sino para... uh... hablar de literatura. De entrada, todos los participantes del taller tienen prohibido leer cualquier cosa mía mientras no hayan hecho su primer libro. No, no formo parte de una elite; nomás soy un escritor que escribe. Sí, ojalá hubiera una, dos, tres elites (al estilo de las que habla Eliot) para que se transmitiera mejor el conocimiento literario. No, tampoco soy parte de ninguna "argolla" o como le llamen. Esas cosas son destructivas. Además qué pereza reunirse los lunes por la mañana con gente amargada para decir:
--¿Qué vamos a hacer esta semana?
--Lo mismo que todas las semanas.
--¿Comer pollo frito?
--¡No! ¡Tratar de arruinarle la vida a algún poeta!
No, ya no soy coordinador de letras, sino Mario Noel Rodríguez. Dejé de serlo a principios de 2003, y pasé sólo al proyecto de La Casa, que se inauguró en octubre de ese año. Es parte de la Dirección Nacional de Espacios de Desarrollo Cultural.
Y, sí, estaba asustado ese día en Santa Ana, y me temo que hice lo que hago cuando me asusto: me pongo a reír. Pero algo aprendí en México, en especial de la gente del Distrito Federal: uno puede perder el honor, la virginidad y hasta la vida, pero si pierde el estilo se lo llevó el diablo. Y si deja de reírse, sobre todo de sí mismo, se convierte en un solemne. Y qué pereza los solemnes metidos a escritores. (Por eso me caen mal D'Anunzio y Céline.)
Cosas de uno, pues.

24 de octubre de 2006

Pueblo bloguero

Mi hermano mayor Hugo Martínez Téllez acaba de avisarme que puso un blog llamado Pueblo bloguero. Ya fui a darle una vuelta y lo recomiendo, cómo no. Siempre habrá allí cosas interesantes y provocadoras, seguramente; lo sé porque en ésas ha andado el Hugo desde siempre, o al menos desde que lo conozco (¡ya son más de 23 años!). Allí ha puesto, entre otras cosas, un post que escribí aquí hace como dos años acerca de él y de su padre, don Hugo Martínez Moctezuma. (No, no compartimos mamá ni papá ni nada, pero eso no quiere decir que no seamos buenos hermanitos. Bueno, sí compartimos un poco a su papá.)
El blog puede encontrarse aquí, y lo he puesto también en los links de allí al lado.

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¡Ah! Hoy es día de San Rafael. Felicidades a mí.

22 de octubre de 2006

Poetas y solemnes 2

Cuando uno piensa en el Siglo de Oro español se le alza la ceja izquierda (alguno preferirá la derecha; a mí no me sale) y dice: "¡Ah! ¡Quevedo! ¡Lope! ¡Góngora! ¡Garcilaso!", y trata de acordarse al menos de un buen soneto para no quedar como ignorante ante sí mismo. Y, aparte de versos como "Un soneto me manda a hacer Violante" y "Polvo serán, mas polvo enamorado", no mucho se viene a la cabeza. De algo está uno claro: eran "excelsos", "sublimes", "inefables" y algunos calificativos igual de ampulosos y allí, señoras y señores, se forjó el buen castilla, y la Real Academia con los manteles largos y la barbilla apuntando en cuarenta y cinco grados hacia la posteridad.
Pero, en medio de tanta solemninad, uno no puede olvidar cómo arreglaban sus asuntos personales los tales clásicos, y uno da un malintencionado aplausito de niño travieso y transcribe:

DESENGAÑO DE LAS MUJERES
Francisco de Quevedo

Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.

Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.

Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado

si de otras tales putas me pagare,
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.

21 de octubre de 2006

Yo, el mediocre

Según el DRAE:
MEDIOCRE
Del lat. mediocris.
1. adj. De calidad media.
2. De poco mérito, tirando a malo
Y la parte de los diccionarios en la que todo se convierte en un asunto "de poco mérito, tirando a malo":
MEDIOCREMENTE
1. adv. m. De un modo mediocre.

MEDIOCRIDAD
Del lat. mediocritas, -atis.
1. f. Cualidad de mediocre.
Veamos qué dice la Biblioteca Multimedia Santillana (que compré en 10 dls. en una feria de libros):
mediocre (del lat. mediocris) adj. De poca calidad, inteligencia, talento, etc. También s. m. y f.
SIN. Vulgar, anodino, gris.
FAM. Mediocridad. MEDIO.
No viene "mediocridad".
Ahora el Gran Diccionario Larousse Multimedia de la Lengua Española (ése sí lo compré a su precio normal, y me "regalaron" el Larousse Enciclopédico Multimedia):
mediocre (del lat. mediocris)
1. Que tiene poco valor o calidad: nos alojaron en un hotel pequeño y mediocre.
2. Que tiene poca inteligencia y no destaca por ninguna cualidad: es un trabajador mediocre.
Sinónimos (según el mismo diccionario): mediano, mezquino, vulgar. Ideas afines: adocenado, corriente, discreto, gris, pelagatos, plumífero, zarramplín. (Este último significa, en su primera acepción, "persona chapucera y poco hábil en su trabajo". En la segunda, desde luego, "mediocre".)
Ahora el Océano Uno Color (éste en papel y sin CD):
MEDIOCRE adj. De calidad media. Bastante malo. MEDIOCRIDAD.
Y no viene la acepción para mediocridad...
No encuentro el disco del Moliner, pero me imagino que no dirá algo muy diferente. Quizá la pista más completa que tengo se encuentre en el Concise Oxford Thesaurus:
▶ adjective ORDINARY, average, middling, middle-of-the-road, uninspired, undistinguished, indifferent, unexceptional, unexciting, unremarkable, run-of-the-mill, pedestrian, prosaic, lacklustre, forgettable, amateur, amateurish; informal OK, so-so, (plain) vanilla, fair-to-middling, no great shakes, not up to much; Brit. informal not much cop; N. Amer. informal bush-league; NZ informal half-pie.
Y el Webster Collegiate Thesaurus:
Synonyms: MEDIUM, average, fair, fairish, indifferent, intermediate, mean, middling, moderate, so-so
Related Words: bad, inferior, poor; common, commonplace, ordinary, unexceptional
Idioms: no great shakes, nothing to write home about
Recuerdo un chiste. Estaba Merrian Webster en la cocina, metiéndose mano con la cocinera, y de repente llega su esposa y le dice:
--¡Querido! ¡Estoy sorprendida!
--No: el sorprendido soy yo. Tú estás desconcertada. O anonadada, que también puede decirse.
Veo todas las acepciones y sinónimos y me pregunto cuáles me quedan, y veo varias, especialmente en las que vienen en inglés. (Uno puede ser mediocre en otro idioma, cómo no.) No porque sean más chic, sino porque vienen más opciones, y nadie ha dicho que un mediocre no puede decidir qué quiere para sí mismo o cómo quiere que lo recuerden (o no lo recuerden, porque ¿quién recuerda a un mediocre?).
Por cuestión de sonido, me gusta "zarramplín". Por cuestión de honestidad, "average", "uninspired" (la inspiración, creo, no tiene mucho que ver con el trabajo, sino el trabajo), "unexciting" (en serio que soy aburridísimo), "run-of-the-mill" (siempre me han gustado los molinos), "pedestrian" (no tengo carro), "prosaic" (escribo novela y la poesía no se me da mucho), "lacklustre" (mis zapatos siempre están sucios y rayados, los pobres), "forgettable" (ojalá), "amateur" (sí, bastante aficionado para lo que hago, por eso hago un montón, para ver si algún día sale algo que de veras valga la pena), "no great shakes" (pero estoy tratando de bajar de peso), "not up to much" (1.76 metros), "nothing to write home about" (casi no le escribo a mi familia, y si lo hiciera no tendría mucho que contarle, excepto que soy feliz siendo lo que me toca ser; esas cosas las familias a veces no las entienden mucho).
En realidad no duele esto de ser mediocre. Voy a ver si me consigo un poco de envidia para poder serlo a conciencia. (La amargura seguro llegará sola.)
¡Plumífero! Ésa palabra me encanta: plumífero. Espero hacer méritos para poder llamarme "plumífero".

20 de octubre de 2006

Arte y parte

Hay críticos y críticos, gente que sabe y gente que más bien busca llamar atención hablando de cosas de las que no tiene idea. A veces uno tiende a generalizar --porque hay muchos de los segundos y muy pocos de los primeros-- y se lleva entre las patas de los caballos a gente de verdad valiosa.
Por ejemplo, después de los posts acerca de mediocres, los prólogos, quién los hace y si deberían existir, me puse a revisar el libro Arte y parte, de Ricardo Roque Baldovinos, que él mismo me regaló en mi cumpleaños de 2002, recién salido --el libro-- de la editorial. Mi impresión es la misma de la primera vez: qué tipo tan inteligente. Bastante ecuánime, acertado en sus juicios y bien ubicado en su carrera y su trabajo. Y con un gran amor a la literatura, algo no muy frecuente entre académicos y críticos. (Ricardo dio para La Casa un taller de lectura de la narrativa de Jorge Luis Borges, a finales de 2002. De verdad disfrutable. No me perdí una sola sesión.)
Releí completos dos de los ensayos que vienen en el libro, uno acerca de la literatura testimonial y otro acerca de Roque Dalton. Hay párrafos clave que me atrevo a transcribir:
La literatura testimonial suele entrañar algunas ambivalencias. Por un lado, parece revestirse de un exceso de humildad. Se suele afirmar que el texto testimonial carece de pretensiones literarias. Esto viniendo de algunos autores de testimonios puede ser una confesión sincera. El testimonio es un primer aporte a la cultura, un aporte "en bruto", sobre experiencias hasta entonces escondidas, negadas. Por el otro lado, sin embargo, los críticos --aquellos que han hecho carrera del estudio del testimonio-- nos presentan la otra faz, y la humildad se vuelve exceso de arrogancia. El testimonio carece de pretensiones literarias porque es "más que literario". El testimonio resulta ser una práctica de escritura que trasciende los asfixiantes límites de la autonomía artística, para convertirse, en pocas palabras, arte vuelto vida.
Al superar los límites del "arte intrascendente", el testimonio queda, por su parte, exento de las tribulaciones del juicio estético. Intentar valorar estéticamente un testimonio es poco menos que una escandalosa obscenidad, una muestra grosera de incorrección política. El texto vale por la veracidad de la vivencia que transmite y, sobre todo, por la corrección de la opción política de su autor. Siendo las cosas así, qué importa si el testimonio está mal escrito? Más aún, estar mal escrito se vuelve un punto a su favor, un elemento que mantiene el aura de autenticidad con que el testimonio se empaca y despacha para su consumo por las almas que simpatizan con las causas progresistas de la humanidad. [...]
Estamos pues ante la literatura que renuncia a la autonomía, es decir que abandona la consistencia interna como criterio de valor fundamental. En cambio, tenemos una literatura plenamente heterónoma, donde la norma la establecen criterios principalmente políticos e ideológicos. La literatura testimonial así concebida encaja perfectamente dentro de la corriente de los estudios literarios que ataca ferozmente la tradición estética que hemos heredado desde el siglo XVIII. Según estos teóricos, el valor estético es una mera ilusión ideológica, cada ideología y grupo de poder produce sus propios criterios de valor y jerarquía. Al negarse la especificidad de lo estético, nos quedamos ante una crítica que evalúa los productos de la cultura sobre la base de parámentros exclusivamente políticos...
Etcétera.
Acerca del tema: en la revista Cultura número... a veeer... 93 viene un documento bien valioso: "Historia de un testimonio", de Elizabeth Burgos, la autora de Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, el libro que le aseguró el Nobel de la Paz a la activista guatemalteca. Después del Nobel, los académicos a los que se refiere Ricardo agarraron guerra santa contra Burgos, y la propia Menchú llegó a hacerle un juicio --que obviamente no ganó-- para que le dieran los derechos de autor. Después vino toda una campaña de desprestigio de "la izquierda" contra Burgos, que también es de izquierda y lo demostró jugándose el pellejo en la guerrilla de Douglas Bravo, en la del Che y con su apoyo a la de Guatemala, entre otras cartas credenciales. Y en Cultura se publica por primera vez completo (ya se había publicado en una versión parcial en Francia) el testimonio de la autora sobre el testimonio de Menchú. Bien interesante y bien importante.
Y ya tengo que irme a trabajar, así que le corto. Consigan el libro; seguro lo venden en la librería de la UCA y donde distribuyan los de Editorial Lis. Vale la pena leer a un crítico de verdad de vez en cuando, para no olvidar que todavía existen.

19 de octubre de 2006

Poetas y solemnes

Anoche estuvimos en la celebración del recital número 200 de la Peña Cultural de Los Tacos de Paco y uno de los temas de conversación entre los amigos fue la antología Trilces trópicos, publicada recientemente por la editorial La Garúa (al sitio de la editorial le hace falta una actualización). El libro recoge a varios autores nicaragüenses y salvadoreños, y algunos de los poetas locales incluidos estaban en Los Tacos, como Susana Reyes, Carlos Clará, Osvaldo Hernández y Krisma Mancía. (Sí, también llevamos a Valeria, que se mojó de lo lindo; ojalá no agarre gripe). Los antologados en cuestión se la pasaron haciendo bromas durante todo el rato acerca del libro y sus alrededores, las reacciones en El Salvador y España por su aparición, lo que sea. Se habló acerca de la nota introductoria de Joan de la Vega, el editor de La Garúa, que les pareció buena, sobre todo porque no se mete en lo que a veces se meten algunos antologadores: el estudio y la interpretación de los textos o la demostración de su valor histórico o "estético" o lo que sea; puras cosas extraliterarias.
En eso las risas se cortaron. Apareció alguien y dijo que el estudio introductorio era importantísimo en un libro de ese tipo, que a veces el estudio introductorio era más importante que la antología misma. "¿Te parece?", le pregunté. "En España así es", dictó. "No me gustaría publicar en un lugar así", le dije. Y, claro, siguieron las bromas y las risas.
En serio: cuando sea más importante lo que cualquiera crea que sepa acerca de la poesía que la obra de los poetas, algo se habrá perdido sin remedio.
No sé de antologadores de poesía que hayan pasado a la historia por sus estudios introductorios, ni por sus sesudos juicios acerca de poetas salvadoreños y nicaragüenses de 35 (37, en realidad) o menos años. Alguien a quien le interese la poesía --como bien hizo notar Krisma-- se saltará generalmente los estudios introductorios, y si acaso los leerá después de ver lo que le da sentido a la poesía, es decir la poesía. Si un poeta necesita de un estudio introductorio para que se aprecie su obra, mejor que se replantee su obra, o que a su vez se dedique a hacer antologías con estudios como los que quiere para sí mismo. (O misma.)
En lo personal me gustó el prólogo de Joan de la Vega, porque no hay pretensión, sino una explicación de lo que allí se pone, de los porqués, de las perspectivas, y santo remedio. Me da gusto también que haya mencionado a dos poetas de La Casa a las que no publicó: Vilma Osorio y Teresa Andrade. Creo que ambas podrían estar incluidas sin que la antología pierda calidad, pero aún no publican un libro, una de las condiciones para aparecer allí, con una sola excepción, supongo que debida a la especial calidad en la obra del poeta de marras. ("¡Suelten amarras!", dijo el capitán. Y Marras mordió a toda la tripulación.)

18 de octubre de 2006

Los mediocres

Nota: agradezco el link que El-Visitador ha puesto a esta nota en su blog. Requiere de valor, porque él es un mucho de lo que entiendo como "mediocre": un anónimo más, con menos ideas que amargura y con una obra hasta ahora invisible. Bienvenidos.
La historia del post anterior (o sea el post–erior) viene a colación porque en los últimos días me he puesto a pensar en la mediocridad, sus alrededores y sus recovecos, a partir de una andanada de cartas similar a la que armó Jorge Ávalos, ahora a cargo de una poeta a la que también conocí en mejor plan,. Nunca he sabido muy bien cómo reaccionar a ese tipo de cosas, y me cuesta definirlas; no sé lo que hace falta para llegar a ese punto, y en verdad os digo que no me interesa averiguarlo. Pero algo se aprende viviendo y observando, y a algunas conclusiones he llegado.
Me parece que, si los mediocres dejaran a Darwin el asunto de su calidad y la ajena, el mundo quizá sería un poco más respirable, y hasta la propia mediocridad sería respetada como lo que es: las intentos de alguien de hacer algo nuevo. Lo que sea, así muera en el intento. Sin embargo no es tan fácil: no es lo mismo una obra de calidad modesta que una obra mediocre. La primera tiene sentido de las proporciones y es honesta, la segunda es mediocre no por su calidad, sino por la calidad del autor, que no deja de reflejarse en lo que hace. (Krisma sostiene que un artista debe ser una buena persona, o su obra será tan desagradable como él. Tiendo a creer que está en lo cierto. Como siempre.)
El problema es que casi todos los mediocres saben que lo son, porque serán mediocres, pero no tontos, y les duele. Y no les duele su capacidad limitada para hacer las cosas o para entender al mundo, sino que las limitaciones ajenas sean menores que las suyas. Milos Forman lo retrata muy bien en Amadeus: Salieri desfallece de emoción ante la música de Mozart, pero se dedica a destruirlo para que la suya propia –ramplona, solemne, altamente perecedera– sea la que se escuche en lo teatros y salones de la corte. Salieri no piensa en que su obra pueda perdurar en el tiempo y en las almas, sino en el momento mismo en que se ejecute ante un público que después aplaudirá. Sabe también que lo de Mozart es inmortal, porque su educación de músico se lo dice, porque su espíritu goza o se angustia. Pero no lo ha hecho él, y muere de envidia. Y sin envidia no hay mediocridad: es su principal combustible.
Y allí hay un par de cosas comunes a todos los mediocres. Por ejemplo, no pueden vivir sin la comparación, y ponen a su alrededor a gente –un séquito, de preferencia– capaz de admirarlos, alabarlos y sobre todo aplaudirlo, aun sabiendo –él, porque los otros lo hacen de buena fe– que no son los jueces más autorizados, o por eso mismo. Por otro lado, no tienen sentido del tiempo. Les importa el ahora. Mañana será otro ahora, como lo fue ayer, y hoy esperan atención y reconocimiento. Ésa es la palabra clave del mediocre: reconocimiento.
Por eso es que su obra será siempre mediocre: le interesa que los demás lo acepten y hace lo necesario para que éste y el otro, todos y cada uno, reconozcan como bueno lo que hace y, si se puede, como lo único posible. Al menor desconocimiento, el mediocre actuará inflamado por la rabia y hará lo que sea para que el reflector (así sea de 15 watts) no se le quite de encima. “Lo que sea”, claro, significa algo que no redunde en peligro real, por ejemplo un golpe en la nariz o una respuesta frontal o un ridículo más evidente del ridículo en el que está metido por su falta de sentido de las proporciones. Porque ésa es otra de las características del mediocre: es cobarde. Así como es incapaz de arriesgarse en serio a la hora de encarar su obra –¡tiene tanta prisa...!–, lo es para afrontar las consecuencias de sus palabras y sus actos.
Cuando su obra no es reconocida por lo que cree que debería valer, el mediocre muestra su más evidente característica: es destructivo por principio. No tiene gratitud, y sus límites sólo llegan hasta un punto (además del que marca la cobardía): el que, de ser traspasado, lo revelaría como un mediocre.
El asunto es que, si la obra dice qué es quién, lo que sea que haga gritará su mediocridad. Pero allí estará el mediocre a mano para explicar lo que realmente hizo y lo que su obra significa para la humanidad (o para el municipio; los hay de corto alcance), y por qué lo suyo es bueno y lo de los demás no. (Otra característica: el mediocre vive de las relaciones públicas. Es su terreno natural, aunque tarde o temprano mete la pata: está en su naturaleza meter la pata.) Para eso citará cartas credenciales que no tiene, mostrará otras rara vez obtenidas por las buenas y magnificará hasta el extremo otras que son válidas, pero sólo tienen el brillo de las cosas de cualquier persona, y el mediocre no quiere que lo consideren cualquier persona. Y siempre habrá buenas almas dispuestas a creerle.
Se ha visto premios Nobel altamente mediocres pero con excelentes relaciones públicas, y gente a su alrededor que jura por la Magdalena que “eso” es la genialidad. Pero una vez mueren o se van de viaje la obra se marchita, o mejor: se muestra cuan marchita era desde el principio, pues sólo gracias a que el mediocre estaba allí para fingir que le echaba agua podían vérsele los colores.
Eso en el caso de que tengan alguna obra, porque los hay que no, como los novelistas que llevan años escribiendo algo que siempre están a punto de terminar, los que publican artículos en los que hablan de que son escritores sin haber publicado nada, o sin haber mostrado más que los artículos en los que dicen que son escritores. Y los más patéticos, pero a la vez más convincentes y que obtienen la mayor solidaridad: los que no han podido desarrollarse como artistas porque “el gobierno” (debería ser el estado, pero esas sutilezas no venden), como un modo de neutralizarlos o de atacarlos (a ellos: el asunto es siempre personal), no les da el apoyo necesario, como becas, aprobación de proyectos, etcétera. Ésa es su bandera de parias, y ser parias no les da de comer, pero sí el reconocimiento que buscan. ¡Y sin necesidad siquiera de escribir o esculpir o actuar o nada!
Y a veces el estado les da becas o les aprueba algún proyecto, pero eso no cambia la situación: aceptarán el subsidio o el estipendio y no cambiarán el discurso una palabra. También incumplirán lo que hayan aceptado cumplir a cambio de lo que les den: ¿cómo van a respetar un trato con algo o alguien que los sabotea sistemáticamente? O peor: ¿cómo se van a vender por tan poco, aunque lo cobren? (Sí, hubo un poeta al que le daban buen dinero para traer poetas extranjeros al país, mantenerlos una semana y presentarlos en espacios del estado. Aunque todo estaba pagado ya, cobraba aparte algunos de los recitales acordados, y en cada presentación comenzaba con el mismo rollo: a pesar de la falta de apoyo, y a veces contra los obstáculos que “el gobierno” ponía en su camino, él, como poeta consciente de la necesidad de llevar alimento al espíritu de los salvadoreños, traía al o la poeta como una iniciativa personal que algún día la historia le reconocería. Lo interesante es que los asistentes le creían, así estuvieran en una casa de la cultura y así afuera hubiera un carro de CONCULTURA esperando a que terminaran para llevarlos a otra parte.)
Los mediocres se juntan con mediocres, como todo el mundo tiende a juntarse con sus iguales, para intercambiar frustraciones y proponer medidas para neutralizar a “los otros”, a los que les echan sombra y no les permiten brillar como merecerían. En general no se escuchan entre sí: establecen monólogos por turnos, y todos felices porque pueden hablar, aunque nadie los escuche: esa mirada de atención, esos “ajás” y esos asentimientos en realidad significan: “Eso te pasa por idiota, a quién rayos le importa, cuando oigas lo que me pasó a mí te vas a ir de espaldas”, o: “Soy capaz de inventarme una mejor. Veamos...”
Pero, con todo, son la sal de la tierra. Sin ellos, sin sus desvaríos constantes, sin sus berrinches de niño, los que sí trabajan no tendrían parámetros y quizá se confiarían demasiado de lo que hacen, no se cuestionarían cosas básicas (“¿Y si tienen razón?”) y a la larga se volverían a su vez mediocres. Pero mediocres sin envidia, y así el juego perdería su encanto.

17 de octubre de 2006

La antología que no fue

Cuando Jorge Ávalos llegó a El Salvador traía una idea interesante para una antología de cuentos salvadoreños. No pensaba ordenarla cronológicamente, sino por seis o siete temas que le darían dinamismo y también mostrarían un panorama del cuento desde un ángulo un tanto raro, pero novedoso. Me dio la antología --conservo una copia del original, por si hay dudas-- y se le envié por correo electrónico a Miguel Huezo Mixco, quien entonces dirigía la DPI.
En la carta le decía dos cosas: que me parecía que la idea era buena, aunque aún había que desarrollarla, y que no sabía si podía confiar en Jorge, pero que al menos se podía platicar bien con él. No me respondió la carta (así es Miguel a veces), pero meses después me dijo que se estaba trabajando en la antología y que qué bueno que se la había recomendado.
Cuando Ávalos llegó a El Salvador no lo conocíamos en persona. (Me refiero a Miguel y a mí.) Nos había escrito por correo para pedirnos permiso para publicar algún poema en una revista virtual que duró un par de meses (lo que tardaba en llegar de Nueva York, donde vivía, a El Salvador), lo comentamos por mail porque ninguno de nosotros sabía de él y, en fin, le mandamos unos textos, que aparecieron allí. La revista se llamaba Avalovara y estaba bien, aunque quizá sin ser más que una colección de textos sin mucho sentido editorial. Jorge se presentó un día en mi casa --le di mi dirección por si llegaba a El Salvador-- y conversamos varias veces antes de lo de la antología. Mientras, él aún no había ido a conocer a Miguel, no sé por qué; lo de la antología le dio pie para visitarlo.
Jorge me pidió ayuda para conseguir algunos cuentos. Por ejemplo, quería publicar uno de René Rodas y, aunque lo conocía, sus relaciones eran pésimas. Como aún era amigo de René, le escribí para convencerlo y, listo, le dio el texto, que se llama "Santiago la Bellita". También me pidió contacto con otra cuentista que protestó cuyo nombre antes estaba AQUÍ. (Este post está editado del original a petición suya.) A ella no le cayó bien, sobre todo porque Jorge la trató como niña boba, no como escritora, pero igual le dije que la idea de la antología, etcétera, y aceptó con todas las reservas. Le di contacto con Cecilia Salaverría, la viuda de Álvaro Menen Desleal, y le dije más o menos cómo localizar a otras personas, más la que él ya conocía. Con eso debía funcionar. También le di otros contactos para que pudiera conseguir algún trabajo, y de algo le sirvieron junto con los suyos. Cuando regresé a El Salvador hubo mucha gente que se portó bastante generosa conmigo, y había que devolver el favor. Incluso le pedí que diera para La Casa --el proyecto tenía apenas unos meses en marcha-- un taller (bien pagado) acerca de contenidos poéticos, que le quedó bien, según me dicen; duró un par de meses y sólo pude ir a tres o cuatro sesiones.
Hubo dos problemas que no me parecieron serios, o que me parecieron incidentales. Antes de iniciar el taller, me dijo que esperaba que el nivel de la gente que asistía fuera un poco más elevado, no "sólo" estudiantes universitarios, público interesado y escritores en formación. Insistió un poco más de lo que me pareció cómodo, y le dije que, si le parecía que no le convenía, lo daría yo, y que le conseguiría algo más. Me dijo que estaba bien, que trataría de adaptarse. Y no sé si se adaptó o si sus objeciones sólo eran un asunto de pose, pero el nivel le quedó bien. La segunda cosa tuvo que ver con ese nivel: en una de las sesiones se puso a hablar de métrica y rima, y cometió un par de errores básicos, que tres estudiantes de tercer año de profesorado de la Universidad Pedagógica le corrigieron. Trató de defenderse, pero Roberto Laínez y yo le dijimos que no, que los chavos estaban en lo cierto. A partir de ese momento cambió un poco la actitud y se puso más flexible, pero debió servirme de advertencia. En ese momento le pedí que no se metiera en cosas de técnica, sino de análisis poético. Conocía algunos de sus poemas y no me parecieron mal, pero su análisis de otras obras me parecía inteligente y acertado.
Terminó el taller y cada cierto tiempo lo veía y le preguntaba cómo iba la antología. Me dijo que bien, que estaba retrabajándola y que andaba en el plan de conseguir los textos. A mí me pidió dos relatos: uno de Terceras personas y otro que ya se ha publicado en algunas antologías. (Antes me conflictuaba, y ahora sólo me da un poco de risa incómoda, el hecho de que nunca he publicado un libro de cuentos y sin embargo me han incluido en varias antologías, en varios idiomas. Por suerte nadie me ha pedido poesía, porque no sabría qué hacer: sucumbir al llamado del ego o sucumbir dolorosamente a la ética literaria.)
En el ínterin me dijo que él estaba coordinando la próxima publicación de una serie de columnas de ciertos autores en La prensa gráfica, y que yo debía participar, que me había sugerido, que hablara con no sé quién. Le dije que sí sin demasiado interés; en ese momento no podría cumplir con una columna semanal, y podía más bien convertirse en motivo de angustia. Lo que vi es que Jorge se comenzó a colocar como crítico de teatro, de danza, de literatura, como poeta y narrador, como artista plástico, y a veces como crítico de artes plásticas. Allí me acordé de lo que le había dicho a Miguel un año y tantos atrás, y decidí no confiar mucho en él, aunque aún me resultaba agradable su plática. El motivo es sencillo: tantas cartas credenciales sólo pueden pertenecer a un genio o a un farsante, y lo que conocía de Jorge no me parecía genial. Tampoco me parecía un farsante, y buscaba una solución intermedia.
Unos días antes de la inauguración de La Casa, Jorge llegó a la casa (nótese lo de las mayúsculas y minúsculas) para almorzar y preguntarme cuáles eran los planes. Fuimos y le dije de un montón de proyectos que había, y que ya había comentado con varias personas. Los oyó sin demasiado interés. (Un par de esos proyectos fracasaron irremisiblemente, quizá ad majorem Domus gloriam; varios han funcionado, otros apenas están arrancando.) Después de la inauguración, una noche fuimos con Krisma a El Atrio para festejar y Jorge llegó. Lo invitamos a tomar algo y muy nervioso nos dijo que se iba, que tenía que terminar su columna para La prensa gráfica; sólo entró un par de minutos y se fue, sin despedirse. Allí olí que algo andaba mal.
Y sí. Un par de días después apareció su columna y se ponía bien raro. Entre otras cosas, decía que la casa de Salarrué sólo podía llamarse La Casa de Salarrué, y ponerle de otro modo era traicionar algo. Y que también debía dedicarse a cosas que ayudaran a la literatura, como por ejemplo...
Y allí puso exactamente los proyectos que yo le había comentado unos días antes, como si fueran ideas suyas y como si La Casa sólo fuera un cascarón que no fuera a servir para más. (Después me enteraría que estuvo "moviendo palancas" para que La Casa se dividiera en dos: la dedicada a escritores, que manejaría yo, y la parte museográfica, que manejaría él. Y en realidad no hay mucho que manejar en la parte museográfica: lo hace el Museo de la Palabra y la Imagen y es una pequeña colección que se adapta al pequeño tamaño de la Villa Montserrat.) El aire doctoral me purgó, y le mandé un correo en el cual le decía que qué falta de ética, sobre todo porque presentaba ideas ajenas como si fueran suyas, y que, bueno, con su pan se lo comiera.
Al día siguiente recibí un correo como de seis o siete cuartillas donde me despedazaba. Había burlas, insultos, descalificaciones, la verdadera explicación de lo que quiso decir y que yo, en mi estupidez, no había logrado captar. Me hacía acusaciones que, de ser ciertas, yo mismo hubiera insistido en que me destituyeran y me metieran a la cárcel. Un cigarro y un poco de filosofía y a almorzar. Ese día llegó Roberto Laínez, le dije lo que había pasado, me recomendó que tratara de arreglar el asunto, le di la razón, almorzamos y nos fuimos a La Casa.
Llamé a Jorge. Le dije que se había puesto bien loco, y que no valía la pena que nos tratáramos mal. Lo que siguió fue un verdadero ataque de histeria. No recuerdo lo que dijo, porque lo dijo muy rápidamente, con voz chillona, y porque para mí eso no estaba pasando. No pude decir nada: un insulto final y colgó. Nada que ver con el modo dulce (un poco demasiado dulce, quizá) que había mostrado todo ese tiempo. Comentamos el asunto con Roberto, pensé que ya se le pasaría y a trabajar.
Apenas se había ido Roberto cuando llegó la pintora Mayra Barraza. La había visto dos o tres veces antes de eso, y no habíamos platicado a profundidad, así que me extrañó. Después de los saludos habituales, me preguntó que cuál era mi problema con Jorge Ávalos. Ninguno, le dije. Y me contó que una amiga le había reenviado el correo largo que me había escrito, y que lo que decía allí era alarmante. Había pensado --mísero de mí-- que se trataba de un asunto personal. Pero no: esa misma tarde recibí tres llamadas más para decirme de la carta, y otro par de visitas de amigos. Haciendo cuentas, Jorge la había mandado a unas cuarenta personas (y éstas a muchas más). Revisé el mail que me había enviado: sólo estaba dirigido a mí, o sea que ni siquiera tenía derecho a saber quiénes eran los testigos de algo tan feo, ya ni hablar del derecho de respuesta. Me llegaron también varios correos en los cuales algunas personas se solidarizaba con Jorge ante la prepotencia de CONCULTURA (o sea mía), decían un par de cosas malas de mí y, sobre todo, buenas de ellos mismos.
En un principio pensé en responder, pero apliqué la regla fundamental que aprendí en 1992, cuando empecé en esto del ciberespacio: nunca contestes cuando estés enojado, porque vas a decir idioteces. Cuando me calmé, usé otra que mi padre me enseñó cuando era niño: no discutas con imbéciles. (Él decía "pendejos", pero no voy a acusar a Jorge de algo así.) Y aprendí otra: hay gente que es capaz de cualquier cosa con tal de llamar la atención, porque lo que hace no da para mucho, y a falta de obra o méritos se valen del escándalo; si no eres como ellos, no discutas con ellos, porque automáticamente los estás convirtiendo en interlocutores válidos. Y Jorge no era un interlocutor válido.
En eso me dio frío: me acordé de la antología. (También tuvo que ver que ya hubiera neblina y que la oficina fuera húmeda. Lo que busco es un efecto dramático.) Fui a mi oficina, escribí una carta y la dejé reposar para mandarla al día siguiente. Mientras, llamé a Miguel Huezo para decirle que me salía de la antología porque no iba a avalar con mi trabajo a alguien como Jorge. Me dijo que lo pensara, que el proyecto era bueno.
Al día siguiente resultó que la carta de Jorge había llegado no sólo a artistas, sino también a gente de CONCULTURA: a Gustavo Herodier, presidente; a mi jefe inmediato, Manuel Bonilla; al director ejecutivo, a los directores nacionales... Así que a ellos también les envié copia de mi retiro de la antología, con todo y que era un asunto personal. (Aquí guardo copia también de eso, como de la carta de Jorge, de la columna original, y de hecho de todo lo que publicó desde entonces.)
Cuando Jorge se enteró de que me salía de la antología se puso como flor súbitamente deshojada. La palabra que usó fue "conspiración": yo había armado una conspiración para sabotear su trabajo, que era también de CONCULTURA, y por lo tanto debía dejar mis textos en su antología. Gustavo me llamó para preguntarme de qué se trataba, se lo dije, y me pidió que reconsiderara. También Miguel Huezo. También Manuel Bonilla. Y a todos les dije lo mismo: como empleado de CONCULTURA, acataría las decisiones que tomaran y, si era necesario, hasta promovería la dichosa antología. Como escritor, ni de chiste. Me dijeron que estaba bien, pero que no siguiera peleándome con Jorge. Y no me estaba peleando con nadie, pero él mismo había regado el chisme de que yo seguía escribiéndole, y él contestándome, y necio con que estaba "conspirando" contra él. La verdad es que no; generalmente las conspiraciones son de gente "de abajo" contra gente "de arriba", y requieren de gente organizada para tal fin, y yo estaba solito y no veía a Jorge ni siquiera en medio de ninguna parte. Además tenía trabajo que hacer, y si algo he aprendido es que el tiempo es el mejor juez de cualquier desacuerdo.
En uno de los correos a René Rodas le conté lo que había ocurrido. De inmediato le mandó una carta a Jorge sacando su texto de la antología. No porque yo se lo pidiera (ahora puede decir lo que quiera), sino porque yo lo había convencido de meterlo y lo estaba dejando en la estacada.
Con nosotros fuera, la antología seguía, y estaba bien: René es poeta y --con todo y lo de las antologías en las que me ponen-- yo soy novelista. Nada importante se perdería.
El problema es que algo le pasó a Jorge y no sólo la corrigió, como se esperaba, sino que la cambió radicalmente. De seis o siete temas en los que la había planteado, pasó a unos quince, y para esas fechas ya iba por los veinte. Algunas de las secciones sólo tenían tres cuentos, según me enteré después. Una de ellas abría con un texto de Salarrué, seguía con uno de Jorge y terminaba con uno de Álvaro Menen Desleal. O sea que se estaba colocando en medio de los dos maestros del género, él que hasta ese momento no había pubicado un solo libro, ni de cuentos ni de nada... Más aún: terminaba la antología con el único cuento escrito por una muchacha que una vez había ido a un taller que él dio. Si una antología es un panorama del cuento en una época, lugar o sector determinado, lo menos que puede esperarse es que la gente que esté allí tenga una obra y una trayectoria o lo que sea (un oficio reconocible, digamos). Pero para ese entonces se trataba de otra cosa. También había metido fragmentos de novela de gente que no había escrito cuentos, y poemas en prosa. Aquello era un desorden.
Allí fue cuando alguien a quien no voy a mencionar nuevamente entró en ira y sacó su texto de la antología. Siendo, como es, fundamental en el género, la antología estaba en verdadera crisis. Aun así Jorge siguió presionando para que se publicara. Se envió al consejo editorial. Poco después me llamaron de la DPI para decirme que el asunto estaba arreglado: que el consejo había dictaminado que debía reestructurarse la antología, que Jorge sacaría su texto y que debía comunicarse conmigo, con *** y René para llegar a un acuerdo y limar asperezas. Me preguntaron si así estaba dispuesto a meter otra vez el cuento, y dije que sí, que cómo no, pero nada más para dármela de moderado. Sabía que Jorge no llamaría, como en efecto no llamó. (Si hubiera llamado me hubiese metido en un lío. Pero hay gente tan previsible...) Lo que hizo, a cambio, fue mandar una carta insultante al consejo editorial --me lo contó uno de sus miembros--, diciéndoles que no tenían la calidad suficiente para determinar lo que había hecho, que no entendían el concepto, que su texto era fundamental para la cuentística salvadoreña (hasta decía los porqués; aquí tengo el cuento y la verdad es que he leído mejores) y que no cambiaba nada.
Ya era un año o más desde que la antología estaba a punto de publicarse. Había visto a Cecilia Salaverría varias veces y no le había comentado del tema, porque no estoy para andar con chismes (o sí, pero de los que son divertidos, y ése no lo era). Siempre me decía de la antología, a ver cuándo salía, que Jorge no se había comunicado con ella. Y un día me preguntó que cuál texto mía iba a entrar. Ninguno, le dije, y le conté por qué. ¿Y de ***? Tampoco.
Unos días después el coordinador editorial, Carlos Clará (ya Miguel no estaba en la DPI), recibió una carta de Cecilia: Álvaro consideraba que *** y yo éramos sus discípulos y continuadores de su obra, y que si nosotros faltábamos no tenía sentido que Álvaro siguiera allí. Cecilia me dio una copia para que me enterara. La antología, en ese momento, estaba muerta. Sin embargo Jorge siguió presionando y presionando, incluso de manera irracional. (Más irracional, quiero decir.) Me pareció extraño, pero no lo era.
Por esos días se ganó el premio Rogelio Sinán de cuento, en Panamá. Y, desde luego, fui a comprar el libro, por puro morbo y para saber de lo que hablaba. A muchos les gustó; de mí sólo puedo decir que, si alguien de La Casa me lo presenta así, tenga la edad que tenga, le digo que aún le falta mucho para terminarlo y le sugiero que le haga una cirugía mayor. No por la pedantería de los textos, que uno tiene derecho a escribir lo que quiera, sino por simple técnica narrativa.
En la contraportada del libro, en el texto de presentación, leí algo que me dio risa: allí se anunciaba que para ese año (2004) se publicaría una "antología general" del cuento salvadoreño y una colección de su obra poética, ambas en la Dirección de Publicaciones e Impresos y ambas de Jorge. Llamé a Carlos Clará para preguntarle y se sorprendió: en efecto, Jorge había entregado un libro de poemas, pero aún no lo había revisado el consejo editorial, mucho menos lo había aprobado y menos aún estaba programada su publicación. Ya era noviembre, así que era bastante improbable que se hiciera para ese año. Hubo entrevistas varias, como una en la revista La Maga, y no me las perdí. Tuve un ataque de carcajadas cuando leí, en esa misma, acerca de su formación como "antropólogo cultural", y lamenté que hubiera perdido su columna en La prensa gráfica: para él fue un asunto de censura que no publicaran una en la que trataba de ignorante y estúpido al editor de la sección de cultura por no haber ordenado que se cubiera una exposición que a Jorge le parecía importante. Yo también lo hubiera corrido.
En una de las entrevistas anunció que se iría a vivir a Panamá, que tenía un buen trabajo allá y que había encontrado el amor. Eso sería en diciembre. Le hicieron una despedida, etcétera, y todo el mundo se extrañó de que en febrero o marzo apareciera como si nada en sus lugares habituales. No, no se había ido. ¿Quién les había dicho que se iba a ir a vivir a Panamá? Esos eran inventos de quién sabía quién.
La antología, en fin, no se publicó. Lástima, porque la idea original era buena. Jorge trabaja actualmente en El diario de hoy, donde le di contactos para que le publicaran sus primeras notas, hace unos años, en Vértice. Ojalá un trabajo de verdad le cambie el carácter y le mejore la literatura, porque hace falta gente sensata y que escriba bien.

16 de octubre de 2006

Video de Denise

Desde hacía meses, Denise Phé Funchal y Renato Buezo tenían la idea de hacer algún video como los que estamos haciendo en el taller de La Casa en El Salvador. Así que, cuando fui a Guatemala para la Feria del Libro Centroamericano, en agosto pasado, aprovechamos para trabajar en uno.
Armamos en guión con Denise en algo que fue más una sesión de tortura que un taller al vapor. El punto de partida para el guión era de lo más sórdido, con implicaciones terribles. De verdad deprimente, aunque muy bueno. Cuando comenzamos a desarrollar las escenas, sin embargo, fue modificándose, y poco a poco se volvió un guión simpático, quizá como autodefensa a lo que habíamos hablado antes, y terminamos reventados de risa.
Venía la otra condición: Denise tenía que actuarlo. Y había que ver cómo meter a Lancelot, su Schnauzer, en el asunto. No es que hubiera que meterlo: es que era inevitable que se metiera, como se verá en el video, y pese a los esfuerzos de Renato. Así que eso quedó más bien al azar.
El problema principal fue que Denise es espantosamente tímida, pero lo oculta con una expresión à la Buster Keaton. Lo bueno es que tiene un valor a prueba de balas. Y el único equipo que había era una Handy Cam, y sólo Renato y yo para hacer lo que se necesitara. El departamento de Denise, a las 10 de la noche, no tenía la muz necesaria para filmar, y de día no se podría, así que nos lo echamos todo en night-shot. Pero no debía parecer night-shot, así que había que virarlo a sepia y ponerle efecto de vejez para ocultar los problemas de imagen.
Filmamos linealmente, como estaba marcado en el guión, para hacer la edición más sencilla. Nada de que primero la escena 7 y luego la 2 y luego la 4. Todo de largo. Si había que repetir, se repetía.
Se suponía que editaríamos allí mismo, en mi Vaio verde (¡sí!, ¡es verde!), pero al final resultó que no reconoció la cámara por USB y que había que usar ILink (y no tenía el cable; lo compré en el aeropuerto de Panamá hace unas semanas) o conseguir los drivers en internet, pero la conexión de Denise estaba fallando porque se la habían cambiado a inalámbrica pero... Etcétera. No se pudo. Tuve que esperar a llegar a El Salvador para la edición.
Y aquí está lo que resultó. Creo que es de lo más fresco que hemos hecho, y perdón por lo que no esté bien, pero faltaban Rebeca con su ojo clínico, Osmín, Carlos, Salvador, Krisma y Nelson para hacer la magia que pudiera faltarme, y que a ellos y a Denise les sobra.


14 de octubre de 2006

La calle de Salarrué

Después de varios meses de gestiones, de conseguir firmas y de todo lo que hay que hacer en estos casos, Johanna Marroquín --la otra mitad del personal de La Casa del Escritor-- logró hoy que la Calle Balboa, conocida como "camino al parque", cambie de nombre.
El alcalde de Panchimalco, Isabel Vega, aprobó ayer viernes la solicitud, avalada por 600 firmas, y la próxima semana comenzarán los trámites para que la calle que pasa frente a la Villa Montserrat --sede de La Casa-- se llame Avenida Salarrué. Allí fue donde pasó los últimos doce o trece años de su vida el escritor más querido de El Salvador.
El anuncio oficial se hará el próximo 21 de octubre, en el marco de las celebraciones por el tercer aniversario de la fundación de La Casa y, desde luego, de los 107 años del nacimiento de Salarrué. (Sí, nació el 22 de octubre, y así lo hemos celebrado en los años anteriores, pero hay ahora asuntos logísticos que nos obligan, etcétera.) Para quien quiera acompañarnos, a partir de las tres de la tarde habrá de todo --música, artesanías, un coloquio--, y se terminará con la exhibición de varios cortos de animación de Cuentos de Cipotes y de los videos de La Casa. (Por cierto, me tocó hacerle la música a "El cuento de la primeritita comuñón de la Menchedita Copalchines", uno de mis favoritos.)
Las actividades estarán a cargo de La Casa y del Museo de la Palabra y la Imagen, que además proporciona la pequeña exposición permanente de cosas de Salarrué que hay en la planta baja.
¿Entonces? ¿Vienen?

12 de octubre de 2006

¿Nace o se hace?

Durante el pasado V Festival Internacional de Poesía se enunció varias veces una frase que es lugar común, y que siempre me alarma: "El poeta nace, no se hace."
Me puede resultar claro que todos tenemos un cierto potencial para algunas cosas (poesía, química, carpintería), que podemos desarrollar o no, y que algunas personas muestran talentos tempranos. Sólo algunas personas: a veces la familia, el sistema educativo, eso que llamamos "entorno" puede filtrar la percepción de lnuestro talento a través de lo que es o no correcto, de lo que es o no deseable (no para uno, sino para los demás), de lo que es aceptable.
Es cierto, también, que si un poeta nace poeta no significa que sea poeta: significa que tiene un cierto potencial, etcétera. Los primeros escritos, los que se deben al talento natural, serán necesariamente deficientes, pero mostrarán señales de que allí hay un poeta que busca hacerse. Y un poeta sólo se hace trabajando fuerte y mucho para potenciar su potencial.
La frase de que "nace, no se hace" me da frío porque he visto decenas de grandes talentos, de todas las edades, con escritos mediocres, malos o bastante disparejos porque suponen que, como nacieron poetas, no es mucho lo que puedan, deban o quieran hacer. Son poetas que no se han hecho, y a medida que pasa el tiempo se ponen peor: no evolucionan, y el mundo sigue avanzando sin ellos.
La semana pasada, en el debate entre generaciones del V Festival, hubo dos posiciones encontradas:
1. La poesía está en todas partes.
2. La poesía está en los poemas.
Me declaro partidario de la segunda, y me alegra que la primera fuera la excepción. Asegurar que la poesía está "en la vida" es soslayar algo importante: se trata de una disciplina que cuenta con herramientas, convenciones y técnicas propias y muy específicas (como cualquier oficio), que desde luego se pueden y se deben violar, pero --como diría Eliot, poeta nacido poeta y hecho poeta-- nunca antes de aprender a observarlas.
Un poema es necesariamente forma, esto es: una forma particular de plantear algo en particular. En esta medida, el contenido no importa mucho, en tanto se "forme una forma". Y para hacer eso hay que estudiar y escribir un montón, hacerse poeta, aunque se haya nacido con la corona de laurel bajo el brazo. Ezra Pound es el ejemplo más claro, y una de las cúspides de la poesía de todos los tiempos.
Suponer que un poeta lo es sólo por detectar la poesía que está en todas partes, y que es capaz de detectarla porque nació poeta, ha dado millones de malas páginas al mundo, que no a la literatura. Y son esos mismos "detectores" los que se quejan de que la poesía "no vende". En realidad lo que no vende es la mala poesía, pero ¿cómo un poeta nacido poeta va a aceptarlo? Sería apostar demasiado a la preparación y muy poco a la sensibilidad, y ya se sabe que la sensibilidad ante todo, y que las boinas y la ropa negra y esas cosas. (Aquí es donde se puede confundir la actitud o la imagen con la literatura, del modo en que se confunde la sensibilidad con la poesía.) Y está el extremo: los que no leen poesía para "no contaminarse" o los que no corrigen sus escritos para que no pierdan espontaneidad. Y en la literatura la espontaneidad no es necesariamente una cualidad, y sólo se logra emularla después de años de práctica. (En mi experiencia personal, mientras más años se dedique a un texto, más espontáneo parecerá. Si uno no lo trabaja lo suficiente, correrá el riesgo de que al menos tenga partes tiesas y desproporcionadas, que se muevan con dificultad. Y la literatura es, en una proporción a veces desproporcionada, esa "contaminación" que tanto temen los que en realidad no quieren trabajar: la poesía está en los poemas, y allí se aprende.)
En ese mismo debate, sólo por provocar un poco mientras se debatía si un poeta se hace o nace, solté un par de frases: "Como dato curioso, el que dirige el taller de poesía de La Casa del Escritor es un novelista. ¿Quién mejor que un novelista para decirle a un poeta lo que es la poesía?" Algunos de los asistentes se pusieron incómodos, y otros creyeron que se trataba de una broma de mal gusto. Una de las asistentes extranjeras preguntó después a una de las compañeras de La Casa y no supo qué decir cuando se enteró de que era cierto.
No estoy presumiendo de nada. Lo que sé es que soy un buen lector de poesía, pero el talento para la poesía --o la cantidad de trabajo que le he dedicado-- no me da para alcanzar, en la comprensión y la ejecución de lo que escriba, a la mayoría de la gente de La Casa, adolescentes incluidos. No nací poeta. Quizá, como humilde admirador de los que sí nacieron para eso, como simple ingeniero de la literatura --la novela es más resistencia de materiales que iluminación--, alcance a ver cosas que un poeta no logra ver, y podré ser juez o testigo --y más bien testigo--, pero no parte, en el proceso creativo de los compañeros que nacieron poetas y se están fraguando a sí mismos como tales.
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Hoy se anunció el nuevo premio Nobel de literatura, el turco Orham Pamuk. Otro más al que no he leído. ¡Es tan corta la vida y tan larga la literatura...!

10 de octubre de 2006

Videos en YouTube

Había estado esperando que los videos de La Casa se transmitieran por Canal 10 (como había instrucciones precisas de la gente adecuada), y por eso no los había colocado antes de YouTube. Pero después de tres meses, y después de leer una entrevista de El faro con Federico Hernández Aguilar, decidí que estaba pecando de esperanzado. En la entrevista, Federico dice:
No, el canal no está muriendo pero va en esa vía pero creo que se puede revertir. Evidentemente hay un problema con el personal, un problema que hay que enfrentar, un problema laboral serio. [...] Hay gente con la que se puede trabajar y hay gente con la que no se puede. Ahí hay gente que a las 3:00 p.m. ya no quiere trabajar. Ahora tenemos en el canal, hemos tenido tres paros laborales desde abril precisamente por esa razón. [...] El Canal 10 no tiene liderazgo y uno de los chascos que me encontrado en esta administración es el poco liderazgo que tiene el canal. Rolando Reyes no ha funcionado como director del canal…
Así que pueden encontrar los videos de La Casa, que iré poniendo en los siguientes días (¡son como 30, con las cápsulas culturales!) en esta página. (Perdón que esté a mi nombre.)
Pongo por acá, con pantallita y todo, el de Cada quién necesita a su asesino, actuado (entre otros) por Salvador Canjura, con guión de Carlos Guardado y la dirección de Rebeca Torres:

Miscelánea

Lo más importante: Renato Buezo, de La Casa del Escritor en Guatemala, se ganó el premio Myma Mac con un relato del libro que terminó apenas en agosto. Felicidades a él y a todos los que estamos contentos por él y lo vimos sudar plomo (como corresponde) durante dos años. Lo bonito es que Renato ganó sin el menor debate de los jueces: el cuento es muy bueno y era el que tenía que ganar.
Luego, hoy fueron las últimas negociaciones con FLACSO para la tercera edición (y versión definitiva) de Tiempos de locura. El Salvador 1979-1981. Será una coedición, y ya hablaremos luego de la otra editorial involucrada. Creímos que aparecería en cosa de un mes, pero al parecer deberá esperar para los primeros días de diciembre. No problemo en todo caso.
Por otro lado, apareció en El faro una nota mía acerca del V Festival Internacional de Poesía, al menos lo que a mí me tocó ver. La pueden encontrar aquí, junto con una nota de Ruth Grégori, y también la transcribo a continuación. (En portada de El faro hay una nota sobre los muerteros que es indispensable leer. Me parece bien hecha. El link directo está aquí.)

El encuentro de dos generaciones
Rafael Menjívar Ochoa

Con su quinta edición, el Festival Internacional de Poesía se convierte en un hito, sean cuales fueren los elogios o las objeciones que quisieran o pudieran hacérsele. Por quinta vez consecutiva, la Fundación Poetas de El Salvador, presidida por Paulina Aguilar, reunió a poetas de varios continentes y, junto con escritores salvadoreños, ofreció recitales en diversos escenarios y para diversos públicos, en un formato que se ha vuelto tradicional en ése y otros eventos nacionales.
Este festival, sin embargo, contó con algunas particularidades que vale la pena destacar, aún a riesgo de parecer –o de ser– juez y parte.
La más notoria es el rango de edades en la que se movieron los participantes. La mayoría se ubicaba en dos grupos: de 18 a 26 años y de 55 a 72, con varios poetas comprendidos en el rango intermedio. Eso significó una brecha de 30 años entre los mayores de un grupo y los menores del otro, y de hasta 55 años entre el mayor de los participantes (el mexicano Marco Antonio Acosta) y los más jóvenes (los salvadoreños Herberth Cea y Alberto Quiñónez, con 18, y Andrés Norman Castro, con 17).
La brecha no necesariamente marcó una diferencia de calidad en el trabajo poético, sino perspectivas encontradas: la de quienes están iniciando sus carreras y la de quienes están en proceso de culminarlas. Para los primeros la literatura, y el modo de asumirla, es aún una hipótesis de vida; los segundos ya saben a dónde los han llevado las decisiones que sus contrapartes todavía deben tomar.
Con esta particularidad en mente, La Casa del Escritor sugirió a la Fundación Poetas (y organizó) un “debate generacional” que se realizó el jueves 5 de octubre en El Mirador, en Los Planes de Renderos. Fue la única actividad que no se pensó para el público, sino para los participantes del Festival, y se abrió a diversos escritores, grupos y talleres, de los que asistieron unas veinte personas.
Se pidió al maestro guatemalteco Marco Antonio Flores que hiciera los planteamientos iniciales del debate, en el entendido de que, dijera lo que dijera, sería fructífero y, antes que nada, provocador. Y lo fue.
Flores comenzó negando –ni más ni menos– la posibilidad de un debate entre escritores de larga trayectoria y poetas de menor experiencia, y trazó lineamientos interesantes acerca del quehacer poético basado en su experiencia de cincuenta años en el oficio. Este paradójico punto de partida, sin embargo, llevó a dos horas de intensa discusión acerca del carácter de la poesía, la formación de poetas, los modos de hacer poesía, la técnica, el talento, la vocación y sus alrededores.
Algunos periodistas que cubrieron el evento notaron que no había un temario previo (el único punto de partida fue el planteamiento de Flores, que no se conocía con anterioridad), y quizá pensaron que algo se había ido de las manos de los organizadores –cuando nunca estuvo allí– o que se suscitó un “desorden” que no debía darse en un evento preparado con tanta minucia y durante tanto tiempo.
Lo que hubo fue una tertulia entre poetas de diferentes edades y con diferentes ideas acerca de la poesía, y derivó en múltiples significados. Fue una “cosa de escritores”, a veces sólo accesible a quienes están inmersos en la lógica y las dinámicas de la literatura.
El significado más profundo, quizá, derivó de la amplia brecha generacional. En un complejo juego de espejos, los escritores mayores discutieron con los jóvenes que fueron alguna vez, y los jóvenes pudieron enfrentarse a quienes, con suerte o no, talvez lleguen a ser en algún momento. Al mismo tiempo, con el simple hecho de tomarlos como interlocutores, los “viejos” reconocieron a los más jóvenes como poetas, así fuera en formación; lo que estuvo siempre en el tapete, y jamás se mencionó, fue la calidad de la obra de los oponentes; todos, o casi, conocían lo suficiente el trabajo de los demás para saber con quiénes estaban hablando.
La discusión en sí, aunque apasionada y a veces en tono elevado, muy rara vez cayó en la descalificación, y nunca en el insulto. En un medio en el que esos recursos suelen sustituir a la argumentación o a la calidad de la obra, el debate también constituyó un hito, en especial para los jóvenes poetas locales.

Más juegos de espejos
Otra particularidad del V Festival fue la participación de diez integrantes o ex integrantes del taller literario de La Casa del Escritor, algunos de ellos con obra publicada no sólo en El Salvador, sino también en antologías y revistas en el extranjero. La gente de La Casa había participado en la tercera y cuarta edición, con tres y dos personas, respectivamente, y en esta ocasión la mayor parte de los jóvenes del Festival salieron de ella, junto con Laura Zavaleta (24 años), reciente ganadora del concurso Letras Nuevas; Luis Benjamín Vargas Mejía (25), Andrés Norman Castro (17), el costarricense Alejandro Cordero (23) y la nicaragüense Alejandra Sequeira (24).
Y otra más fue la participación activa de escritores ya fallecidos, en una actividad realizada en La Luna Casa y Arte el martes 3, titulada “La noche de los poetas muertos”. El acto consistió en la presentación de grabaciones de once poetas salvadoreños ya fallecidos, cuya recopilación fue parte del proyecto “Sólo la voz”, de La Casa del Escritor: Claudia Lars, Quino Caso, Pedro Geoffroy Rivas, Hugo Lindo, Oswaldo Escobar Velado, Eugenio Martínez Orantes, Waldo Chávez Velasco, Mercedes Durand, Roque Dalton, Roberto Armijo y Rolando Elías.
Uno de los objetivos de la actividad fue mostrarles a los poetas extranjeros a algunos de los autores y obras más influyentes de la literatura nacional; otro, que los poetas y asistentes salvadoreños conocieran las voces de algunos de los maestros. Y que las conservaran: la Fundación Poetas lanzó una cierta cantidad de discos con las obras que se escucharon en el recital, como fragmentos de Sólo la voz, de Lindo, y Vida pasión y muerte del antihombre, de Geoffroy grabados por sus autores; un poema leído por Quino Caso en una fiesta familiar, dos de Durand y dos de Elías grabados en programas de radio, etcétera.
La reacción de los poetas extranjeros fue de interés, y en el caso de algunos de emoción. Entre los asistentes salvadoreños hubo verdadera conmoción, y llegaron a rodar las lágrimas.
Hubo otras novedades en el V Festival Internacional de Poesía con respecto a las ediciones anteriores, como el decorado de la inauguración (un café instalado en el escenario, desde el cual los poetas leyeron sus obras) y la clausura (motivos y música de Brasil). Fue un detalle más que interesante la presencia de estatuas vivientes en la inauguración y en “La noche de los poetas muertos”, que generaron un ambiente de calidez y a ratos de humor.

8 de octubre de 2006

Trece y Espejos en Francia


Este año no estará mal en materia de publicación de libros: dos ediciones de Tiempos de locura, y ya va la tercera; Cualquier forma de morir y por allí me han dicho de una reedición, que todavía no es oficial. Ahora Thierry Davo acaba de mandarme la portada de Trece, que ya debe estar impreso y armado en la editorial Cénomane, de Le Mans, en traducción del propio Thierry (¿y quién más?). La portada me parece extraña en relación con las que usaron para Instrucciones para vivir sin piel y Terceras personas, que eran esculturas de Bruce Nauman, en blanco y negro, pero no tengo de qué quejarme. Me gusta. Y, como siempre, me sonrojan las cosas que ponen en la contratapa. Debería haber una ley al respecto.
También me manda Thierry un objeto raro que planeamos junto con Alain Mala, el editor: el catálogo de libros literarios de Cénomane. A Thierry se le ocurrió que, en vista de que soy el autor que tiene más libros publicados en la editorial (cuatro), podría ir un texto mío, así que tradujo Espejos y lo puso allí.
Estoy contento.

Portada y poetas muertos


Raúl Figueroa, director de F&G Editores, me mandó seis posibles portadas para Cualquier forma de morir, basadas en dos diferentes diseños. Es un privilegio, porque en general los editores no consultan (ni es su obligación) los aspectos gráficos con los autores. Y con razón: los hay que se la pasan pidiendo gutos, y después corrección tras corrección, hasta que lo que queda es tan raro, tan malo o tan fuera de línea que sale más fácil no publicar el libro. No es el caso. La sexta propuesta me gustó tanto que la pongo aquí para compartirla, y espero que sea la que use Raúl.
Por otra parte, no sé qué tan legal sea (los derechos de reproducción son de los descendientes, no del dominio público), pero La prensa gráfica puso en esta página, a la izquierda, las voces de los "poetas muertos" que tuvieron su recital el pasado martes 3 de octubre. Es parte del trabajo de recopilación de voces que está desarrollando La Casa del Escritor. Como sea, disfrútenlas.
(Y, sí, estoy trabajando en una nota sobre el V Festival Internacional de Poesía. Luego la pongo por acá.)

3 de octubre de 2006

Cualquier forma de morir

Pues sí, Maneras de morir se llamará Cualquier forma de morir, en vista de que el primer título se le había ocurrido a todo el mundo antes que a mí, como ya había comentado por acá. Es un título que he traído desde 1990. De vez en cuando la muerte se iba a llamar así, pero algo no me sonó y preferí agarrar el título de la canción de Serrat, modificarlo y poner un epígrafe para que no cupieran dudas. (Me gustó pensar que la canción dijera "De vez en cuando la muerte / nos besa en la boca / y a colores se despliega como un atlas. / Nos pasea por las calles en volantas / y nos sentimos en buenas manos.")
El título se lo transferí a Los héroes tienen sueño, que salió de un capítulo eliminado de De vez en cuando..., pero me gustó más Los héroes.... Lo que no sabía (porque mi ignorancia es más enciclopédica que la de Borges) era que Bioy Casares había publicado una que se llama El sueño de los héroes, que por allí tengo desde hace como un año esperando turno.
Ayer, Raúl Figueroa, el editor de F&G Editores, de Guatemala, me mandó la maqueta de la novela para que le hiciera una última revisión, que ya estuvo. No la pude disfrutar mucho, porque la estaba leyendo más bien en plan de buscarle errores que de ver cómo me había quedado. Además está muy reciente la última lectura: en enero de este año le di una revisada equivalente a una cirugía. No muy mayor, pero desaparecieron varios pedazos y otros cambiaron de lugar. Así que llegué de la inauguración del V Festival de Poesía y me puse a darle. Hoy, en La noche de los poetas muertos (¡no se la pierdan!), le pediré a Vanessa Núñez (la mensajera) que lo lleve de regreso, y ya no hay quien pare la publicación. O eso espero. Como ya conté, Norma la tenía en negativos cuando decidí que no la publicaría con ellos, y también la retiré de Alfaguara cuando, según me habían dicho, faltaba como un mes para que se publicara. Pero Raúl es otra cosa. El contrato es muchísimo más generoso, y él me cae bien.
Ahora una confesión, por supuesto.
Cuando empecé a escribir en serio, por allí de los 16 años, mi sueño húmedo era publicar en Guatemala. No un libro, sino algún cuento, o algo. Había revistas excelentes, como Abra y la de la Universidad de San Carlos. Apenas hace como tres años (o sea a los 44) se me cumplió y aparecieron varias cosas mías en la revista de la USAC: cuentos, artículos y algún ensayo de semiótica (¡háganme el favor!). Y tenía que mandar otro hace unas semanas, pero la vida se me puso complicada y tendré que enviar, además de materiales, una disculpa sincera a Rafael Gutiérrez, su director.
Y ahora aparecerá mi primer libro en Guatemala...
Un salvadoreño que no está validado por la Capitanía General no es salvadoreño. Ya dije. Además me alegra trabajar con narradores de por allá, y ver que tres de ellos ya están listos para lanzarse al ruedo y una más está haciendo un trabajo brillante y serio, que pronto dará más que frutos.

Comercial:
No se pierdan La noche de los poetas muertos, hoy a las 7 p.m., en La Luna. Hay un regalito para los primeros 100 o 50 o 200, no sé, porque de eso no me encargué yo. De verdad que vale la pena. Lo que se presentará es parte de un proyecto en el que La Casa del Escritor ha estado trabajando en los últimos cinco años (y eso que La Casa tiene sólo tres años de inaugurada).

2 de octubre de 2006

Nota sobre Marco Antonio Flores

Hoy apareció una nota mía en El Faro acerca de Marco Antonio Flores, uno de los grandes maestros de la literatura en Centroamérica, de quien hablo un poco en el post anterior. La nota se puede encontrar aquí, pero la reproduzco completa a continuación:

Marco Antonio Flores y Los Compañeros,
treinta años después

El poeta y narrador guatemalteco visita El Salvador esta semana para participar en el V Festival Internacional de Poesía.
Rafael Menjívar Ochoa

Una figura fundamental para la literatura centroamericana –participante del V Festival Internacional de Poesía, que se celebra esta semana– es el guatemalteco Marco Antonio Flores. Aunque su trabajo más importante, cuantitativamente, está del lado de la creación poética, su obra más influyente se halla en la narrativa.
En 1976 Flores publicó en México, en la editorial Joaquín Mortiz, la novela Los compañeros, y con ella inauguraba la novela centroamericana. (La seguiría otra novela fundacional, Caperucita en la zona roja, del salvadoreño Manlio Argueta.)
Los compañeros es la primera novela centroamericana que plantea una estética propia, un lenguaje local que logra universalizarse, temáticas acordes con las realidades de la época y una coherencia estructural que no se había visto en las obras de otros escritores centroamericanos, quizá con la excepción del costarricense Joaquín Gutiérrez (Murámonos, Federico, Te acordás, hermano y Puerto Limón), otro grande del género en la región. (En el cuento hubo varios cultores tempranos de gran nivel, como el Salarrué de Cuentos de barro.)
Se dirá que Asturias había logrado grandes alturas en Hombres de maíz o El señor presidente; y hay un premio Nobel para sustentar la afirmación. Asturias probablemente dejó pistas dignas de seguirse y varias de las páginas más memorables de la literatura ya no regional, sino universal (varias escenas de El Señor Presidente, páginas enteras de Leyendas de Guatemala); pero sus carencias técnicas son imposibles de soslayar. (Hay que recordar que Asturias recibió el Nobel por su poesía, no por su narrativa.)
También es importante en Flores –como en la Caperucita de Argueta– una mudanza desde el campo, desde los suburbios (como en Cuentos de cipotes de Salarrué), hacia la ciudad como ambiente central, a los universitarios y guerrilleros como personajes posibles, y el alejamiento de cualquier canon ideológico, en una época en la que tal cosa parecía imposible. Es mucho más importante, para Flores, la construcción de la novela que plantear ideas fuera de las exigencias del texto.
Los compañeros fue recibida por la intelligentsia guatemalteca –y centroamericana en general– como se reciben muchas grandes obras: bastante mal. Habla de la formación y lucha de la guerrilla de los años sesenta en Guatemala y de todo lo humano que hay detrás de los ideales, las organizaciones y sus individuos. Sin piedad alguna –porque la novela no sirve para eso–, Flores narra las tribulaciones de varios amigos, compañeros y “compañeros de viaje”, sus amores y sus traiciones, sus traumas, sus ideales y sobre todo sus derrotas, y cómo de ellas salen fortalecidos o destruidos, héroes, villanos o gente que sólo trata de olvidar algo que quizá fuera lo más importante de su vida.
Hubo varios factores para que la obra de Flores fuera rechazada casi de inmediato y de manera casi generalizada por los guardianes del canon y el buen gusto, aunque el libro se agotó con rapidez. Primero, que aún estaba muy reciente la derrota de la “primera guerrilla” guatemalteca, con los dolores que eso implicaba; luego, que ya estaba en marcha una nueva etapa de insurgencia, que culminaría con su virtual derrota en 1983 y los acuerdos de paz de 1996. También es claro que, en una época de auge revolucionario, la ideologización extrema y la polarización no permitían que los lectores se fijaran de manera prioritaria en valores como la excelente construcción de personajes y el manejo magistral del tiempo narrativo. Y más aún: varios de los personajes de la novela aún vivían, como el propio Flores (el personaje de “El Bolo”), otros habían muerto por errores de la guerrilla (“El Patojo”) y algunos más disfrutaban de interesantes exilios en otros países, en especial México. El modo en que está escrita (su crudeza, su complejidad, su lenguaje sin concesiones) no es precisamente amable, y confronta en cada página al lector y esos valores que siempre se dan por sentados.
Es obvio que, para Flores, la novela tuvo un alto valor catártico, como sobreviviente y “oveja negra” de la primera guerrilla guatemalteca, pero también es de notarse que, pese a la cercanía personal del tema y los protagonistas, logró el distanciamiento gracias al cual una novela es una novela, no un simple ejercicio sadomasoquista. Es otra de las características y de las lecciones de Los compañeros.
En la actualidad Flores sigue siendo una cima de la literatura en Guatemala y Centroamérica. Sin embargo el “medio” literario de su país lo sigue condenando al ostracismo y se refiere a él con una displicencia que no es compartida por los lectores; éstos han agotado ediciones enteras de Los compañeros, y hace unos meses F&G Editores hizo una publicación de homenaje en el trigésimo aniversario de su aparición original. Desde hace varios años es asimismo una de las obras más estudiadas por académicos guatemaltecos y extranjeros.
Si en un primer momento Flores fue rechazado por el contenido de su obra (incidental cuando se habla de literatura), ahora más bien se trata de una mala costumbre o de un reconocimiento claro de que hace falta mucho más que actitudes escandalosas o planteamientos “de ruptura” para ser un buen escritor. Apenas en 2006 se le concedió el Premio Nacional de Literatura de su país, que en lustros anteriores recibieron casi todos los escritores posibles, y algunos incluso imposibles, pocos de ellos con los méritos de Flores y de su obra.
Durante las actividades del V Festival Internacional de Poesía, Marco Antonio Flores será la figura central del debate generacional que se llevará a cabo el próximo jueves a las cuatro de la tarde en la Casa de la Cultura de El Mirador, en Los Planes de Renderos.

Diez poetas y una explicación

Hoy se inaugura a las siete de la noche, en el Teatro Poma, el V Festival Internacional de Poesía. Mi orgullo de papá gallino está bastante exacerbado: diez de los poetas de La Casa del Escritor participarán en él, para un total de 17 salvadoreños. La gente de la Fundación Poetas --que organiza el festival-- me pidió trabajos para evaluarlos, y esperaba que escogieran a dos o tres, como en años anteriores. En 2004, por ejemplo, estuvimos Krisma Mancía, Teresa Andrade y yo, y desde luego hice trampa. Cuando desempolvé mis poemas, me di cuenta de que no llegaba al nivel de Krisma y de Tere, así que saqué fragmentos de novelas y de relatos y eso presenté. Era divertido cuando me preguntaban dónde podían conseguir mis poemarios. Contestaba la verdad: que se trataba de prosa, pero que con gusto les daba los títulos de los libros. Casi todos sonreían y se retiraban sin muchas intenciones de buscarlos. En 2005 les tocó a Roger Guzmán y Vilma Osorio. Para este año tenía pensado enviar a Nathaly Castillo Menjívar, Alberto Quiñónez y Herberth Cea, todos de dieciocho años, pero Paulina Aguilar, presidenta de la Fundación, me preguntó:
--¿Tienes diez?
--Hay diez.
Y no me puse a entrar en detalles, no se fuera a arrepentir. (Lo digo en broma, porque Paulina no es de las que se arrepientan una vez que han tomado una decisión y han dado su palabra.) Así que van a estar los poetas más adelantados, con una excepción: Nathaly, una de las veteranas a pesar de sus 18 años, quien en estos días debe irse a Cuba a estudiar medicina. En cualquier momento la llaman, la suben en un avión y ya nos veremos en seis años. Eso sí, antes de irse terminó su poemario, que está bastante bueno; son tres años y medio de trabajo. Quienes sí estarán --en orden de tiempo de trabajo en La Casa-- son Krisma, Tere, Vilma, Roger, Alberto, Herberth, Sandra Aguilar, Mario Zetino, René Figueroa (no, no el ministro de Gobernación, sino el guitarrista de La Pita Vieja) y Ana Escoto.
Dentro de las actividades del V Festival habrá dos en las que ha participado La Casa: una llamada "La noche de los poetas muertos", que se celebrará en La Luna el martes a las siete de la noche, y el "Debate generacional", que será el jueves a las cuatro de la tarde en El Mirador, en Los Planes de Renderos.
No voy a hablar de "La noche de los poetas muertos" porque me han pedido que sea una sorpresa. Les puedo decir que no se la pierdan; será algo fuera de serie.
Este festival tiene una característica especial: la mayor parte de los participantes andan en dos rangos de edades: de los 18 a los 25 años y de los 55 a los 80. Sólo algunos, muy pocos, están entre los 25 y los 55, un agujero de treinta años, es decir una generación completa, si no más. Le sugerí a la Fundación que hubiera ese debate, porque me pareció interesante que conversaran escritores que apenas están entrando en la literatura (y casi en la vida) y otros que ya están completando su ciclo; la confrontación de perspectivas es en sí misma interesante. Aunque será abierto el público, el debate será entre los propios escritores participantes en el festival, más otros que se sumen y a los que ya hemos invitado.
Algo muy importante es la participación en el festival de uno de los grandes maestros de la literatura centroamericana, el guatemalteco Marco Antonio Flores. Aunque la mayor parte de su obra es poética, creo que es quien inauguró la novela centroamericana moderna, con su libro Los compañeros, publicado en México por Joaquín Mortiz en 1976. (La seguiría, con simlar importancia, Caperucita en la zona roja, de Manlio Argueta, según me da el entendimiento.) A Flores le ha ido mal con "el medio" literario y hasta con el político; sospecho que no es tanto porque Los compañeros sea un libro provocador, sino porque es bueno. Como sea, le pediré que sea él quien marque la pauta de la discusión el próximo jueves; no veo a nadie más adecuado. La nota respectiva, en La prensa gráfica, viene aquí.
Eso sí, este año le dieron --después de merecerlo durante treinta años-- el Premio Nacional de Literatura. Me alegra mucho por él, por la literatura guatemalteca, por la literatura en general y por la decencia.
Y viene la explicación, aunque es innecesaria: sí, le cambié el color y la fuente a este blog. Aniuxa (es decir Ana Escoto) me dijo que ya no leía las notas largas de este blog porque le molestaba el blanco sobre azul y la fuente anterior. Vilma Osorio, por su parte, me dijo que copia el texto en Word para poder leerlo en negro sobre blanco. Y me imagino que habrá otras personas a quienes no les guste, así que lo pongo como lo puse. No me pidan fondo blanco; hasta allí no llego. Este gris está cómodo, me parece.

1 de octubre de 2006

34 años después


El asunto está así: uno no puede extrañar lo que no ha vivido, porque entonces se pasa todo su presente y su futuro en un mundo de especulaciones que sólo pueden llevar a la amargura, la depresión, el pobrediablismo y, en todo caso, a una visión bastante enferma de la vida.
Por ejemplo, ¿qué hubiera pasado si no hubiera tenido un hijo a los 18 años y no me hubiera casado a esa edad, lo que significó ponerme a trabajar duro desde muy chavo, quedarme con pedazos de carreras (música, letras), armarme una que hasta ese momento no me interesaba (periodismo) y otra que sí (escritor de libros) y no llevar una juventud normal (al menos dentro de los estándares de una clase más o menos media), con fiestas y sesiones de estudio en equipo y todo lo que trae la una vida universitaria? No tengo la menor idea, con todo y que algunos parientes cercanos aún me lo recriminan y que varios amigos (y no tan amigos) me han dicho hasta la náusea de todo lo que me perdí. Para mí, desde acá, no hay nada que valga tanto como lo que he pasado con mi hijo Eduardo desde el 9 de septiembre de 1977, y lo que falta. No entiendo la vida de otro modo ni sin él. Mi segundo matrimonio tuvo cosas que quizá pude evitarme, y tomé decisiones terriblemente erradas, pero está Eunice, mi hija, y eso hace que desde el 1 de octubre de 1987 la vida tenga otro sentido. (¡Sí! ¡Hoy cumple 19 años!) Y Valeria anda en su versión 2.3, aunque es otra etapa de mi vida, y me ha tocado disfrutarla con menos dificultades, con un poco más de calma. (Tampoco podría "extrañar" que esa calma y esas "menos dificultades" no me hayan llegado antes; fueron un precio justo.)
Mi padre, unos meses antes de ponerse grave, me decía que lamentaba todo lo que nos había hecho pasar con los líos en los que anduvo metido: la policía siempre vigilándonos, las amenazas de cateos, las llamadas con amenazas de muerte, el exilio y muchas situaciones harto desagradables que nos pasaron en él, como cuando un escuadrón de la muerte nos mantuvo rodeados en México durante no sé cuántas horas, con niños dentro de casa y una angustia que difícil de olvidar. Eso sin contar con todos los desajustes emocionales, los peligros, la violencia siempre como un punto de referencia, las derrotas a veces innecesarias, todos los compañeros muertos y más. Y, claro, se echaba la culpa hasta de cosas que para él eran malas y para mí eran magníficas. Le dije que si quería un pretexto para sentirse mal, que se buscara otro, porque mi vida había sido buena, y que no podía extrañar algo que no conocía. Creo que después de esa plática logró descansar un poco de todo lo que cargaba en el alma (o lo que haya en su lugar).
Y hay más, pero creo que basta con eso para asentar el punto. (Por cierto, acabo de hablar con mi hija Eunice. Platicamos un rato acerca de Pitágoras --me cae bien ese tipo--, los diálogos socráticos y la Poética y la Política de Aristóteles y la Apología de Sócrates, "pero no la de Platón". Allí sí me mató, porque no conozco otra. Como sea, ¿qué más se puede pedir que poder hablar de eso con ella por teléfono, una mañana de domingo? Y hablamos del Prometeo encadenado, pero no nos acordamos del autor. Acabo de buscar en la Wikipedia y se le atribuye a Esquilo, con algunos conques. La voy a llamar de nuevo para decírselo; aunque a estas alturas ya debió verificarlo, va a ser un buen pretexto para platicar otro rato.)
Todo eso viene al caso porque hace unos días, a través de este blog, me escribió Mauricio Ernesto Franco, de quien no sabía desde hace 34 años, ni más ni menos. Nos conocimos en el espantoso colegio Corazón de María, de las seños Sabater, donde nuestros padres nos metieron en primer grado y hasta segundo, porque de segundo a sexto grado era sólo para niñas. La maestra de segundo, una tal niña Mariíta, era una viejita sádica que disfrutaba pellizcando brazos y clavando tacones en las piernas de los niños que se caían al piso. Y se caían porque lo que nos ponían a hacer en el recreo era a luchar los unos contra quien fuera, y ella era el árbitro. Y después que me digan que las seños Sabater eran unas damas piadosas...
En tercer grado nos pasaron al Externado de San José, ad majorem Dei gloriam, y no es que mejorara mucho el trato, pero al menos aprendíamos más y los maestros tenían que ocultarse para abusar de los chavos. Éramos todo un grupo: Ramiro Velasco, Daniel Funes Orellana, Leonardo Heredia hijo, Luis Alberto Aparicio, uno de apellido Quezada, Mauricio, yo y creo que ya.
Lo que nos unía con Mauricio era que leíamos mucho, y no sólo eso: leíamos "libros gordos". Sólo un compañero de apellido Trabanino nos ganó una vez, porque se aventó Los miserables, y francamente tuve que esperar varios años para atreverme. (Por ese entonces teníamos entre ocho y trece años, y casi todos los otros uno más que yo, con excepción de René Figueroa, mi hermanito del alma en ese entonces, que es apenas un mes mayor.) Y yo leí Moby Dick, y aún no lo olvido.
Cuando estábamos en cuarto grado, Mauricio se cayó de no recuerdo dónde ni por qué. Tuvo una conmoción cerebral severa, y se pasó un buen rato en la Policlínica (hoy Pro Familia) y luego otro rato en su casa, en recuperación. Al principio no podía ver, después se le cruzaba la vista, y le costaba hablar y qué sé yo. Angustiante. Fui a verlo un par de veces a la clínica y lo llamé por teléfono a su casa, hasta que apareció otra vez con sus "libros gordos". (Teníamos la misma edición de las obras completas de Mark Twain, la de Aguilar.) Curiosamente, ese mismo año (sería 1969), tuve otro golpe terrible en la cabeza que al parecer me desató los problemas de migraña. No me pasé ni un solo día en el hospital, y sólo me pusieron hielo para que se desinflamara; todavía tengo un reborde en la parte trasera de la cabeza.
Mauricio Franco me llamó anoche por teléfono (se lo mandé en un mail), y nos pusimos a acordarnos de cosas y de gentes. Curiosamente le ha seguido la pista a todos los que fueron nuestros compañeros (Federico Guillermo Guerrero Munguía, Juan Pablo Córdova Hinds, a los que ya mencioné y a otros, como Mauricio Funes, Rolando Marín, qué sé yo), y ha convivido durante años con varios de ellos. Y sentí alegría de que hubiera podido hacerlo, y saber que hay gente a la que conocí hace mucho que pudo llevar una vida menos fracturada (imagino que no menos difícil), más como debería ser. Y me da la tentación de sentir una nostalgia por cosas que no viví, y que no termino de entender, pero qué diablos: el próximo miércoles nos veremos para almorzar (¡después de 34 años!) y ya lo viviré a través de él, que es otro modo de vivir.
¿Y la foto de arriba? Bueno, el del primer plano soy yo, haciendo la primera comunión, en 1967, en la iglesia de San Francisco. Ese día decidí que no había un dios, de una manera bastante boba, pero lógica. Las seños Sabater y la catequista nos dijeron que, en el momento de recibir la hostia, podíamos pedir un deseo, sólo uno y sólo por esa vez, y que Dios nos lo iba a conceder. Me habían puesto un traje bastante grueso, y hacía un calor del carajo. El deseo que pedí no fue la paz mundial, como cualquier Miss Universo, ni que se acabaran los ricos y los pobres o que llegara el reino de Dios; pedí no volver a sentir nunca ese calor. Lo pedí con verdadera fe. Me pasé mucho rato arrodillado pidiéndolo. Y no sólo no dejó de hacer calor, sino que llegué a casa con una deshidratación severa. Así fue como me hice ateo.
Y el que está detrás de mí es Mauricio Franco.