2 de junio de 2005

La señora López y Manolito Gafotas

Hace unos meses, una señora llamada Virginia López-Ballesteros envió una circular por internet ofreciendo sus servicios como agente literaria, para escritores que quisieran ser representados en España y Francia. Estaba apenas abriendo su agencia, y la carta sonaba muy amable y prometedora.
Aun sabiendo lo que pasa en estos casos, porque tengo un par de experiencias tragicómicas al respecto, no resistí la tentación y le escribí. En un par de días me dijo que, merced a la circular, le habían llovido muchísimos manuscritos, que tenía poco tiempo para revisar los míos pero que enviara un par de novelas para más o menos saber de qué se trataba, que me contestaría en tres o cuatro meses. Le interesaba en especial una que ya habían aprobado Norma y Alfaguara (Maneras de morir), pero que retiré cuando las respectivas editoras se pusieron en plan perdonavidas. Eso pasa con los editores respecto de los escritores centroamericanos: si no se ponen perdonavidas sienten que están haciendo algo mal. Y bien, le mandé Maneras de morir y Trece, la primera una novela negra y la segunda un tanto más negra, pero sin el elemento policial, publicada en una linda y pequeña edición en México hace año y medio. Acusó recibo del envío, que hizo la querida Tania desde Barcelona, y listo, a esperar.
La semana pasada, cuando ya (casi) había olvidado el asunto, recibí una carta de la agente:
Estimado Rafael,
Lamento comunicarle que la valoración de sus dos novelas no ha sido todo lo positiva que esperaba. Le ruego no se desanime, no carece usted de talento narrativo, pero no puedo representar unas obras de las que no estoy plenamente convencida.
Agradeciéndole la confianza depositada en nuestra Agencia, le saluda atentamente,
Virginia López-Ballesteros
Bien merecido me lo tuve, por mandarle textos a personas que no conozco y de las que no tengo referencias. Por supuesto que esas cosas no se quedan así (generalmente se hinchan), así que le contesté, entre otras cosas:
Le pedía que me ayudara a manejar cosas que están en marcha, no que aprobara mi obra. Ésa está aprobada desde hace años por gente con credenciales literarias amplias y suficientes. Me parece que usted busca otra cosa, y espero de corazón que la encuentre. Yo, por mi parte, busco algo que usted no ofrece. Mucho he ganado al saberlo, y se lo agradezco.
Me sentí un poco mal, porque le estaba diciendo que de literatura no sabía nada, y lo estaba diciendo a priori; a lo mejor en serio mis textos no son buenos y la señora está haciendo lo que debe hacer, y el que no se da cuenta soy yo, por egoísta y soberbio, como dice el post que está debajo de éste. Así que me puse a buscarla por internet, y encontré la página de su agencia, que puede visitarse aquí.
Me enteré entonces, de entrada, que había nacido en Washington D.C., y que aprendió a escribir en París. Me mató: a mí me tocó nacer en San Salvador (concretamente en la Policlínica Salvadoreña; era cara, pero me imagino que no tanto como una de DC), y aprendí a escribir con la seños Romeri y Chayito en el Colegio Corazón de María, del cual me sacaron en tercer grado para meterme con los jesuitas. En segundo grado me tocó de maestra una viejita psicópata, la niña Mariíta, que se entretenía clavándoles los tacones en las piernas a los niños que se caían al piso durante el recreo.
Donde casi terminó de matar mi ego fue en la parte en la que dice que se licenció de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Yo no me licencié de nada, debo confesarlo, y apenas pude asistir a la carrera abierta de letras en la UNAM, además de algunos semestres en la Escuela Libre de Música (el presupuesto y el tiempo no me daban para más).
Cuando leí que se dedicaba a la traducción literaria, dije: "¡Ah! ¡Por fin un punto de identificación! Quizá aún sea tiempo de caerle bien; me ha tocado traducir algunas cosas de Eliot, Edgar Lee Masters, Virginia Woolf, G.K. Chesterton, qué sé yo, y así le demuestro que no soy tan tontito como decía la niña Mariíta. Le escribo, me disculpo, le pido consejo acerca de cómo mejorar mis libros y listo, a lo mejor me gano una segunda oportunidad." Pero leí un párrafo que me hundió desde entonces en la más profunda de las depresiones y en una irrecuperable caída de la autoestima. Transcribo:
Como lectora de las obras españolas que se recibían en Gallimard, descubrió a Manolito Gafotas y tradujo todos los títulos del personaje de Elvira Lindo, publicados en la colección Folio Junior...
No había punto de identificación. No podía comparar lo que yo había traducido con el descubrimiento y traducción de todos los títulos de Manolito Gafotas. Vaya: ni siquiera me puse a tratar de conseguir su novela, El otro barrio, para ver si alguna de las ocho o diez mías lograba alcanzar aunque fuera el valor de su dedicatoria.
Ya lo decidí: me retiro de la escritura. Sólo voy a permitir, con vergüenza, que se publiquen cinco libros este año, nomás porque ya estaban contratados: Tierces Personnes y Treize en Francia, con el humanitario apoyo del Centro Nacional del Libro; Un buen espejo en México (dos tirajes en un par de meses; acaba de salir el segundo) y ya no me acuerdo dónde van los otros dos ni cuáles son. Por desgracia aún aparecerán algunos más en 2006 y 2007, y espero que el tiempo pase pronto para terminar de una vez con lo que me queda en stock. (Acabo de terminar otra novela policial. Malhaya.)
Ahora que mi carrera literaria ha fracasado sólo me queda un camino: poner una agencia literaria. Espero que mi difunto padre logre comprender, y que mi mamá me llame por teléfono más seguido porque por fin encontré un oficio serio.

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Nota bene: Quien quiera leer las aventuras de Manolito Gafotas traducidas por Virginia López Ballesteros, que recomiendo ampliamente aunque no haya leído, siga este link. Hay también un libro con un título muy sugerente (P.D.: ¡Contéstame, vida!) aquí. Y, desde luego, uns historia de la moda francesa aquí. Sólo por injustificado orgullo, y para que vean que somos compañeros de librería con la señora López, aquí hay también una novela mía, Instrucciones para vivir sin piel, que espero sepan perdonar. Algo debo decir en mi favor: aún no se ha publicado en español, un idioma que sólo aprendí a escribir en San Salvador. (De francés, ni gota.)