8 de abril de 2007

La abuela Mina


La abuela fue la hija número 20 del matrimonio formado por Rafael Molina y María López. No todos esos hijos sobrevivieron; varios murieron en la infancia. (Me hablaba de uno al que quería en especial, la mitad de unos gemelos, fallecido a los quince. La otra mitad se fue a buscar mejor suerte y no volvió a saber de él.)
Aunque fue la menor (nació en 1914), no fue la última. Su madre estaba embarazada de la hija número 21 cuando ocurrió la erupción del volcán de San Salvador y el terremoto de 1917. Murieron en el parto. Su padre murió unos años después.
Los hermanos se dispersaron, y sólo algunos siguieron unidos: la tía Tere (la mayor de todos, a la derecha en la foto superior), el tío Lico (también en la foto), la tía Concha, el tío Leo y la abuela. (He hablado de ellos y de su tumba en este post.) El bisabuelo tenía una pequeña finca en la que hacía de todo para mantener a su pequeño ejército: sembraba, domaba animales y hacía jabón de cuche. El truco de su papá para hacer buen jabón, me decía la abuela, era que no usaba cerdos, porque no hacían espuma, sino perros. De niño me perturbaba la imagen de un perro completo hirviendo en un inmenso caldero. De su madre no se acordaba, pero sí vagamente de su padre. Decía que por las tardes, después del trabajo, llegaba su hora favorita: ponía a los hijos en hilera y los saludaba según su edad y sexo. A la abuela le tocaba abrazo, beso y frases cariñosas. Después se iba a cenar, y supongo que estaría en la mesa de los menores, la más aburrida y lejana del padre.
A la muerte del bisabuelo ocurrió lo que debía ocurrir: su hermano (es decir el hermano del bisabuelo) hizo lo necesario para quedarse legalmente con la finca y dejó a los hermanos en la calle.
La tía Tere hizo lo más sensato: se casó, tuvo hijos y le dejó la responsabilidad a los que seguían. El tío Lico se hizo cargo, supongo, del tío Leo, uno o dos de años mayor que la abuela, y a la abuela le tocó Lo Peor: quedarse con la tía Concha, a quien siempre detestó minuciosamente. La tía la tomó de sirvienta, la golpeó como a su esclava y evitó que aprendiera a leer y escribir. Los fines de semana se iba con el tío Lico y el tío Leo, y ellos le enseñaron los rudimentos de la escritura y las operaciones matemáticas. Alguna vez la tía se enteró y la desolló a golpes, pero no se detuvieron las lecciones; con una golpiza que iban a parar a la abuela.
Hay muchas anécdotas, demasiadas para un blog, acerca de su infancia, como la vez que casi hizo quebrar la tienda de raya de la que su hermana era encargada. Más bien lo era su esposo, Ernesto Medrano, hermano del siniestrísimo general José Alberto Medrano, creador en los años sesenta de los primeros escuadrones de la muerte, entre otros con un hijo del tío Lico, del que ya hablé aquí. Lo curioso es que el hermano del Chele Medrano murió en la rebelión campesina de 1932, y no asesinado por los indígenas, sino por la Guardia Nacional, "por error". El hecho de que El Chele dirigiera treinta años después la Guardia no deja de ser, al menos, una paradoja.
La abuela, pues, sufría la muerte en rebanadas con la abuela Concha, y al cumplir la mayoría de edad se hizo novia del abuelo Miguel Ochoa. Se casó a los diecinueve, en 1934. (Su cumpleaños era en diciembre.) Al tiempo necesario, correcto y requerido, en octubre de 1934, nació mi madre, y un año y medio después el tío Mauricio.
El abuelo y la abuela no se llevaron bien. Ella dice que era tacaño, a pesar de que no le iba mal en el comercio de joyas. Él no me dijo nada, porque apenas hablaba con su voz rápida de chalateco. Así que la abuela se puso a coser vestidos para niña; el oficio lo aprendió de la tía Concha, que además era sastre.
Empezaron a pedirle más, porque era una diseñadora nata, e hizo la primera audacia de su larga vida de audacias: fue a la distribuidora de Singer y sacó doce máquinas de coser casi sin garantía. Contrató también a doce costureras, a las que pagaba por pieza. La abuela diseñaba los vestidos, cortaba y las demás cosían. No eran cosas de gran diseño: ropa para gente pobre, de materiales baratos, pero buena hechura. (A los nueve años de su edad mi madre comenzó también a cortar y a coser. Uno de los dolores de toda la vida fue que ese año le regalaron su primera máquina de coser, y a su hermano una bicicleta. No se lo perdonó a la abuela.)
Como con esa producción lograba excedentes, alquiló un local en el mercado de Santa Tecla, y, además de los vestidos, comenzó a vender tela por yardas. Cuando se quemó el mercado perdió buena parte de lo que tenía, y cambió otra vez de giro: con lo que le quedaba rentó un pequeño local en la calle Rubén Darío y puso el almacén El Trébol.


Aquí aparece en el almacén, en 1970, con Carolina, una empleada que la acompañó durante años y años, hasta su retiro (el de la abuela), ocurrido en 1994, si no me equivoco.
Vendía telas por yardas o por cortes (de dos yardas y media y de tres yardas y media, salvo que le pidieran otra cosa.) Trabajaba en especial con vendedores que llegaban de todo el país: se llevaban una cierta cantidad de tela, botones, tira bordada, cosméticos, se iban a sus cantones y regresaban una semana después para pagar. No compraban demasiado: diez o doce cortes, algún polvo para la cara, un par de paquetes de botones, cinco o seis rollos de tira bordada. Pero eran muchos, porque la abuela era justa en sus tratos, y logró ahorrar lo suficiente para vivir bien: se construyó un par de casas, compraba joyas, cambiaba de carro cada dos o tres años y, sobre todo, viajaba.


Recorrió buena parte del mundo en tours de los que arman las agencias de viajes, pero no de los de tres días y dos noches, sino los de un mes. Por lo menos una vez al año se iba a correr mundo y a tomarse fotos, que rotulaba y veía cada cierto tiempo para recordar. Por aquí conservo algunas de ellas: subida en el mismo camello en el que se fotografían todos los turistas con la pirámide de Keops como fondo, sentada frente al Partenón, en la Expo 70 de Japón, en Buenos Aires o Lima o en las calles coloridas del San Francisco de los años sesenta... No es que acumulara una fortuna: es que se gastaba todo en viajar y en comer bien.

Creo que aquí le corto por ahora. Hoy se cumplen tres años de su muerte, y es la primera vez , desde entonces, que hablo de ella con más de algunas palabras. Todavía la extraño, y me imagino que seguiré extrañándola; fuimos muy buenos amigos.
Para cerrar, arriba, una foto de familia, tomada en enero de 2003. De izquierda a derecha, mi hermana Ana, la abuela Mina, mi madre, mi tía Irma (que se llama María Antonia; es toda una historia) y Krisma.

3 comentarios:

Claudia dijo...

Te felicito por el relato...muy lindo. Me gustó mucho. Esa es la memoria histórica de tu familia ...la cual no debes de perder nunca.
De nuevo..me gustó tu post.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Hola. Gracias por escribir.
Mi padre siempre me decía que uno no debe olvidar quién es ni de dónde viene. La abuela, a su vez, me contaba muchas cosas de su vida, al igual que mi padre. Ambos eran los "políticamente incorrectos" de la familia precisamente por eso; entre otros familiares y el otras ramas había más bien la tendencia a olvidar. Y pues no.

Chuck Guzman dijo...

era usted relacionado al Chele Medranlo pregunto porque supuestamente mi abuela lo era