7 de mayo de 2007

Cincuenta minutos que me cambiaron la vida y una visita a Monterroso

En 1973 me mandaron al psiquiatra porque me pasaban cosas raras. De repente empezaba a ver luces blancas y me quedaba ciego en un ambiente lechoso que casi reconocería en Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Después empezaba a sudar frío y temblaba sin control, y luego me pasaba dos o tres días en cama. Cualquier luz, cualquier ruido, me hubieran hecho gritar, si gritar hubiera servido de algo; era mejor quedarme callado para que no enloqueciera eso que me taladraba la cabeza.
"Eso" me pasaba desde 1969, y siempre fue terrible, pero los médicos a los que me llevaban no sabía qué tenía y sólo me daban analgésicos para caballo y tres días en cama. Un niño muy sensible a los dolores de cabeza, dijeron. Y eso cuando en casa empezaron a creerme; durante un par de años mi madre supuso que era un método muy elaborado que me había inventado para brincarme algunas clases. (Sí, a veces me inventé otros que sí funcionaron, pero no se trataba de eso.)
Para 1973 ya vivíamos en Costa Rica, y se puso peor. Cuando me dio el asunto en medio de una clase de español, la maestra también supuso que lo que quería era brincarme su lección (y lo hubiera hecho con gusto, si me preguntan), y más porque me dio por un lado que le pareció dramático: puse la cabeza entre los brazos sobre el pupitre y no me moví en media hora. Cuando, harta de eso, se puso a gritarme e hizo que levantara la cabeza y vio que debajo había un charco de sudor del tamaño del pupitre, y que estaba tan blanco como ella se puso --a ella no le salió bien lo de los labios morados ni los ojos extraviados--, me mandó de inmediato a la enfermería, que estaba en el segundo piso. No pude siquiera levantarme. Dos compañeros me ayudaron a caminar y allí supe cómo deben sentir las piernas los condenados a muerte.
El enfermero no supo qué hacer y llamó a mi madre. Debió tardar unos minutos, porque vivíamos a unas cuadras del Liceo de Costa Rica, pero para mí fueron horas. Esperaron a que pudiera caminar y me llevaron a la clínica Clorito Picado, donde trabajaba mi otra madre, Silvia Castellanos, esposa de Ítalo López Vallecillos, muy buena médica. Pero tampoco supo lo que tenía. Me mandó a hacer análisis y lo más cercano a lo que llegaron era a que quizá tenía "pequeño mal", o sea una epilepsia de bajo nivel, que quizá se me quitara después de la adolescencia.
Pero yo era gente rara: siempre andaba solo de un lado para otro, me pasaba escribiendo cosas en cuadernos y jugaba con unas niñas de ocho a diez años a saltar la cuerda. (Ellas eran las que jugaban. Yo me ponía a leer sentado en la calle y, para que sirviera de algo, me hacían que moviera la cuerda con la mano que me quedaba libre. Tenían que decirme que parara, que ya le tocaba a otra.) Y no sé qué más habrán visto, pero le dijeron a Silvia que les recomendara a un psiquiatra. Si aquello no era físico, tenía que ser mental.
Silvia llegó a casa y me explicó que visitar a un psiquiatra no necesariamente significaba que estuviera loco, que mucha gente sana va a los psiquiatras y el rollo de siempre. No tuve problema en ir, pero estaba indignado.
El psiquiatra al que me mandó fue Abel Pacheco, quien con los años llegó a ser presidente de Costa Rica. En ese momento era director del Asilo Chapui (el psiquiátrico de por allá), y tenía su consulta particular en Barrio Luján. Había llevado nuevos métodos de México y Estados Unidos y los estaba aplicando, por lo que era atacado a morir por los trolls que nunca faltan. Entre otras cosas, mandó a muchos esquizofrénicos a sus casas, y con algunos de los que quedaban en el asilo armó un equipo de fútbol. El propio Pacheco jugaba con el equipo de los epilépticos.
Cuando me hizo pasar, me pareció que flotaba --él-- cinco centímetros por encima del piso. Irradiaba una tranquilidad espeluznante para alguien que en ese entonces andaba en un rollo hiperactivo reprimido (yo me entiendo), y oírlo hablar bastaba para quedarse sentado esperando que no se callara. Pero hablaba poco. Sólo algunas preguntas y comentarios aquí y allá, hechos como al descuido, en una oficina con olor a tabaco, madera y semipenumbra.
Me oyó durante cuarenta y cinco minutos. Me preguntó en qué circunstancias me daban los ataques, qué hacía en mi tiempo libre, un poco --y muy discreto-- acerca de la historia familiar reciente, cosas así. Los últimos cinco minutos los dedicó a decirme qué tenía y lo que debía hacer.
Lo mío eran vulgares migrañas. Nada grave, aunque sí muy doloroso. (Una de las características de la migraña es que muta. Las que me dan ahora no tienen nada que ver con aquéllas.) Me firmó una receta y me dijo que tomara una pastilla cada vez que fuera a darme un ataque. Le pregunté si no había modo de hacerlas desaparecer, y me dijo que sí, pero sólo provisionalmente. Había tratamientos que duraban entre seis meses y un año, y sólo me garantizaban que podía estar sin migrañas entre seis meses y un año. Mientras el tratamiento durara me mantendría bastante estúpido, y quizá a otra persona se lo recomendaría, pero no a mí. Le pregunté por qué. "Porque sos un muchacho muy creativo. Eso es uno de los precios de la creatividad, y vale la pena pagarlo."
No sabía a qué se refería con lo de creativo, porque no había creado nada. Estudiaba guitarra clásica, pero para eso --en último caso-- sólo se necesita disciplina. También escribía poemitas satíricos --o su equivalente a los trece años-- que eran más copia de otros que cosa propia, mal medidos y mal rimados, de los que llenaba los cuadernos de la escuela. Pero no se lo había dicho. Le pregunté a qué se refería con lo de creativo, y me dijo que no sabía, porque no me conocía lo suficiente, pero que por algún lado iba a brincar.
No me quiso cobrar la consulta. Tampoco se pasó un minuto de los cincuenta que duraba. Me dijo que no hacía falta que regresara, y no volví a verlo. (Cuando era presidente de Costa Rica llegaron a preguntarme mis opiniones acerca de su gobierno, sus medidas, qué sé yo. Nunca pude darlas. Me parecía que lo que dijera sería injusto, y si era acertado me sentiría mal.)
Lo que sí hice fue averiguar quién era. Ítalo López me dijo que había escrito un libro muy bueno, s abajo de la piel, que fui a comprar de inmediato. De paso Ítalo me regaló otro : Animales y hombres, de Augusto Monterroso, de lo primero que publicó EDUCA cuando Ítalo la fundó, en 1971.
Por supuesto que leí primero a Pacheco, y me impresionó. Cuando leí a Monterroso dije: "Yo quiero escribir así." O sea como los dos. O sea escribir.
Empecé a hacerlo, pero también descubrí otras cosas. Después de haberme pasado casi encerrado durante toda la infancia, con un montón de policías rodeando siempre la casa y siguiéndonos a donde fuéramos, San José fue otra cosa. Descubrí las novias y las discotecas. Descubrí el béisbol. Descubrí los violentos partidos callejeros de fútbol. Descubrí el karate --recomendable para el que cumpla los requisitos mínimos para ser nerd-- y el levantamiento de pesas. Descubrí la vida más allá de los libros y, aunque no dejé de leer, lo que menos me interesaba era ponerme a hacer cuentos, francamente.
Poco antes de irnos a México conseguí otro libro, Fábula contada, de Alfredo Cardona Peña. Eran relatos fantásticos y de ciencia ficción. Lo leí varias veces y dije: "Sí, también así quiero escribir." Se lo presté a una amiga y ya no pudo devolvérmelo en las prisas del viaje, pero no me importó: Cardona Peña vivía en México, y de seguro allá se había publicado ese libro junto con los demás. Gran decepción: "lo único" que había publicado allá era su poesía, que era mucha y no me gustó, y más de uno me vio raro en más de una ocasión: "¿Cardona Peña escribiendo cuentos? Pero si él es poeta..."
En fin, al llegar a México sí me puse a escribir, con mis dieciséis años recién estrenados. Y lo primero que hice fueron cuentos cortitos, que no estaban nada mal, pero no dejaban de ser cuentitos de un chavo de dieciséis años. (Hay un par publicados en alguna parte.) Cada vez que terminaba uno me acordaba de Pacheco, y consecutivamente pensaba "tenía razón" o "¿creativo yo?, que no friegue", ya fuera que me saliera bien o mal. De hecho, cada vez que termino un libro me acuerdo de él, y pienso que en esos cincuenta minutos me cambió la vida y me hizo buscar en qué era creativo. Pasé por la música, el teatro y otros menesteres, y al final quedé como escritor. (En 1999 volví a leer Más abajo de la piel. Sigue teniendo cuentos muy buenos. Descubrí que, a pesar de que no lo había leído en veinte años --lo regalé en algún momento a alguien que lo necesitaba más que yo--, casi me lo sabía de memoria.)
Ya en México descubrí que Animales y hombres no era un libro-libro, sino una compilación de La oveja negra y demás fábulas y Obras completas y otros relatos, que compré lo más pronto que pude y leí durante años. (Sigo leyéndolos.)
A principios de 1997, unos meses después de publicar Terceras personas, llegó a México Sebastián Vaquerano, en ese entonces director de EDUCA. Entre otras cosas iba a entregarle a Monterroso un cheque por las regalías de la cuarta o quinta edición de Animales y hombres. (La portada que reproduzco es de una edición de 1997, patrocinada por la Comunidad Europea. Se hizo no sé cuántas bibliotecas completas por cada país centroamericano, creo que con cien títulos, y se donaron a escuelas públicas.) Me preguntó que si quería ir a conocerlo, y en ese momento me puse a temblar y le dije que sí. Y no dejé de temblar cuando pasé por él al lugar donde estaba quedándose, cuando íbamos en el taxi y cuando nos bajamos en Chimalistac y nos pusimos a buscar su casa. Medio había dormido esa noche, y me había despertado tempranísimo, temblando. La cita con Monterroso era a las nueve de la mañana y llegamos en punto.
La casa era hermosa, como todas las de la parte vieja de Chimalistac, en San Ángel. Nos recibió su esposa, Bárbara Jacob, una mujer muy sonriente y amable, y nos explicó que el día anterior habían llegado de Italia, que Monterroso había pescado una conjuntivitis, que estaba durmiendo y no sabía si se levantaría pronto. De todas maneras nos hizo pasar y nos ofreció algo de tomar, y más bien la idea era que quizá nos fuéramos sin verlo.
Pero a los cinco minutos apareció, y allí sí me puse a temblar en serio. Por supuesto que el estilo es el estilo, pero lo más cerca que llegué de eso fue ponerme tieso y decirle "Mucho gusto". Estaba ni más ni menos que frente a uno de mis dioses personales, y eso pesa.
Había leído en sus libros que él mismo decía que era bajito, pero no me imaginé qué tanto. Era verdaderamente bajito. Tenía los ojos absolutamente rojos por la infección, pero la sonrisa no se le quitó en todo el rato. Muchos guatemaltecos a los que conocía me habían dicho que era un tipo vanidoso, déspota, que sólo sabía hablar de sí mismo. Ahora ya tengo experiencia en ese tipo de acusaciones, pero al verlo esperé al menos algún desplante. A cambio, estuvimos platicando durante tres horas con un hombre encantador, con un sentido del humor envidiable, que sabía de todo.
Cuando me vio menos tieso, me preguntó qué onda conmigo, y le conté una parte de la historia que cuento aquí, y le dije que quería darle las gracias por eso. Le di un ejemplar de Terceras personas y se emocionó. Se puso a hojearlo y todo y de repente se levantó y desapareció por donde había aparecido antes.
Regresó con varias cosas. Nos regaló una edición de La oveja negra en español y latín que había publicado la Universidad de San Carlos, unas playeras que hicieron en Cuba con la leyenda "Si es fábula, es de Monterroso", en la que aparece una oveja con boina fumándose un puro de un tamaño que sólo Fidel Castro ha llegado a fumar alguna vez, y Los buscadores de oro, sus memorias de infancia. Ya eran más de las doce del día, y nos dijo que era una buena hora para empezar a echarnos unos tequilas, pero su esposa nos miró de una manera especial y dijimos que gracias, que debíamos ir a hacer otras cosas, que otro día. El viejo estaba contento, pero ya se veía cansado y, además, los ojos no le habían mejorado.
Nos fuimos. No creo que haya hablado en todo lo que tardamos en llegar a la Zona Rosa, donde se hospedaba Sebastián. Desde luego que le di las gracias, y se las sigo dando, y no sólo por lo de Monterroso, sino porque ha sido siempre un amigo excepcional.
Cierro con la dedicatoria que me puso Monterroso en Los buscadores de oro. Seguro habrá puesto lo mismo cientos de veces para cientos de personas, sólo cambiándole el nombre. Pero ésa fue para mí, y significa mucho más que un simple trofeo literario.

4 comentarios:

Arbolario dijo...

Qué suerte tuviste de conocer al maestro Monterroso. Sin duda él es uno de los mejores cuentistas que ha nacido en Centroamérica.

Carlos dijo...

Y "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí."

;-)

Ixquic* dijo...

Que suerte, que envidia..

y "Lo demás es silencio"...

Slds.

Aldebarán dijo...

Me alegra sinceramente lo que cuentas sobre Monterroso. Una parte porque conociste a un buen cuentista, pero sobre todo porque cumpliste uno de esos sueños que uno cree que nunca llegarán a realizarse.