14 de enero de 2008

Cosa varia y columna

Entre el trabajo de las últimas semanas ha estado la recopilación de las "unidades" (poemarios, libros de cuentos, etcétera) de los compañeros de La Casa del Escritor, para hacer un recuento después de cinco años y medio de taller, cuatro de ellos en Villa Montserrat. Además de lo que ya está publicado o por publicarse, de los compañeros que aún trabajan en sus "unidades", etcétera, ha salido una docena de libros de muy buena calidad. (¿Debería haber de otros?)
Son más, claro; sólo estoy contando uno de Nancy, que ya lleva dos; no estoy contando ninguno de Krisma, que ya lleva dos publicados, otro terminado, otro en corrección y uno recién empezado, ni el de Denise (Las flores), publicado hace poco en Guatemala (¡en serio que hay que leerlo!), ni la novela de Vanessa a punto de publicarse, ni...
Bueno, una docena es lo que tengo en las manos, y me da bastante gusto y orgullo. Imagino que habrá a quien le parezca poco una veintena de libros para tanto tiempo de trabajo, y está bien. Lo que pasa es que no se trata sólo de escribir un libro, que eso --está comprobado-- casi cualquiera puede hacerlo, con o sin faltas de ortografía: se trata de que es el producto de un proceso de profesionalización intenso, fuerte y en ocasiones largo. No son algunos domingos y unos pocos ejercicios lo que harán a un escritor. Tampoco asistir a La Casa, eso es obvio: los que llegan ya son escritores, sólo les falta desarrollar ciertas habilidades técnicas, algunos métodos de trabajo y (aprovechando el tema de mis columnas de esta semana) una buena conceptualización de lo que hacen. Es una apuesta posible, y ha funcionado. Seguro hay más por allí, con trabajos también de muy buena calidad.
Cuando se publiquen los libros --ojalá sea pronto-- se verá que los compañeros se han matado heciendo lo suyo, y siguen en lo mismo. Un primer libro --que es el límite del taller de La Casa-- es apenas un primer libro; de allí para adelante queda el resto de la vida. Y, por lo que sé, todos los compañeros que han terminado su "unidad" están trabajando en nuevos textos, con la misma disciplina, goce y amor que necesitaron para lo primero.
Emocionado, pues.
Me emociona también una nota que publicó la escritoria boliviana Erika Bruzonic en su blog, La Lola, acerca de los cuentos de Georgina Vanegas, quien hace unos días ganó una mención en el concurso centroamericano de cuento convocado por la Universidad Francisco Gavidia de El Salvador. La nota puede encontrarse en este link. De hecho, no se pierdan el blog de Erika; es buenísimo. Sin conocerla aún puse por aquí un link hacia él; ahora lo voy a promover de la sección "Otros blogs" al de "Amigos y hermanos". Los motivos por los que hemos hecho amistad los contaré quizá en unos meses, cuando venga al caso; adelanto que es una amistad que debo a un viejo amigo que murió hace muchos años, con quien compartí cosas tan importantes como la literatura y desvelos hablando de cualquier cosa, en las lejanas épocas en las que aún tomaba café. (Para quien no lo recuerde o haya llegado tarde, hay tres posts en este blog en los que platico de por qué dejé de tomar café en 1982. Pueden seguir los links a la primera, segunda y tercera partes.)
Y ya reestructuré otra vez la novela que estoy escribiendo. Moví de lugar cuatro capítulos, y hasta donde veo van a ser doce, no trece como parecía. Estoy corrigiendo lo que ya llevo escrito y quizá en estos días de descanso (lunes y martes), más los ratos perdidos, escriba el capítulo que me falta y termine dos en los que he avanzado lentamente. Lo que no tengo idea es de qué tratará la segunda parte; tengo algunas imágenes, un par de frases y no mucho más. Quizá la tercera trate acerca de los Barrios Lejanos. (Yo también quiero saber qué son los Barrios Lejanos, por eso se me antoja escribirla.)
Volviendo a lo anterior, hace unos días conversaba con Herberth Cea y Alberto Quiñónez cómo comenzó el taller de La Casa, la primeritita sesión. Fue en la gasolinera que queda entre el Parque Infantil y el Centro de Gobierno, a eso de las seis de la tarde, en agosto de 2002, y estábamos sólo Krisma y yo, con refrescos de por medio en una de las mesitas de fuera. Habíamos visto unos poemas suyos --y ya nos habíamos visto mutuamente con bastante agrado-- y le pregunté: "¿Sabes qué es un verso?"
No es que yo fuera un experto en el asunto, aunque algo sabía. Nada más no se me había ocurrido pensar en una definición para "verso". En ese momento hizo falta y, zaz, la definición llegó solita. Y es tan obvia que no la voy a poner aquí. El que quiera averiguar que vaya a La Casa o que me mande diez dólares y una estampilla y le enviaré la respuesta a vuelta de correo. No se admiten reclamaciones.
Como empecé a trabajar con varias personas individualmente, y no al mismo tiempo, me harté de hacer la misma pregunta varias veces en la semana, o de echarme el mismo rollo una y otra y otra vez. Así que el 22 de septiembre organizamos la primera reunión colectiva. De siete personas (cuatro mujeres y tres hombres) sobrevivieron sólo las mujeres, a quienes se sumaría en noviembre Teresa Andrade. Todas ellas han terminado por lo menos... uhm... dos "unidades". (También el concepto de "unidad" tiene su encanto. Creo que ya hablé de eso en algún post perdido, así que puedo mandar la definición junto con la de "verso" a quien mande los 10 dólares.)
Curioso: con todo lo simple que es la definición de verso, con todo lo obvia que resulta, es una de esas cosas que uno tardará mucho tiempo en encontrar si no se la dicen, y a veces quizá no la llegue a conceptualizar. En general es la primera pregunta que se hace a la gente nueva, y hasta resulta divertido oír aquello de "Bueno... es algo como... pues dar un efecto, una sensación y... este... ¿cómo lo explicaría?", etcétera.
Si quieren ahorrarse los diez dólares y no quieren ir a La Casa, léanse el Canto de guerra de las cosas, de Joaquín Pasos. Allí es más que obvio. O Altazor, de Huidobro. O Nostalgia de la muerte, de Xavier Villaurrutia. Ni se les ocurra preguntarle a Neruda; es dueño de los peores cortes de verso que he visto, quizá con la excepción de los Veinte poemas y los Cien sonetos, y eso porque usa métrica.
Y va la columna de esta semana en Centroamérica 21, que puede encontrarse en este link. (La de Krisma está aquí.)

Concepto, plagio y mediocridad (y 4)
Rafael Menjívar Ochoa

Un novelista no lo es porque tenga la intención de escribir una novela, porque sea capaz de exponer las ideas que podría desarrollar o porque su concepto de literatura resulte audaz: lo es porque escribe novelas. Y aun así está en cuestión la calidad del producto –y el status del novelista–, según parámetros técnicos a partir de los cuales pueden trazarse juicios de valor. Lo mismo con un artista plástico: el concepto de una obra sólo vale en la medida en que ésta se encuentra bien ejecutada, y la propia ejecución es el concepto. Lo demás es ejercicio, apunte, juego... o farsa.
El amplio mundo del llamado “arte conceptual” está plagado de gente con poca o nula preparación técnica y profesional –con raras y tristes excepciones–, pero que logra insertarse en un mundo creado para y por ellos, con “críticos” formados en “el concepto” –a falta también de una preparación adecuada, quizá– y espectadores capaces de especular acerca de manifestaciones que en general son obviedades forradas con papel de regalo de no muy buena calidad.
Esto no es privativo de El Salvador. Desde que Andy Warhol (quien hizo lo que hizo, y ésa fue su apuesta) dio el disparo de salida, toneladas de personas, con sólo una idea vaga de lo que es el arte, han encontrado un nicho a veces jugoso, a veces magro, pero que siempre les dará algo de notoriedad.
El propio Warhol, no sin ironía, dictó que todos en el mundo tienen derecho a quince minutos de fama. Se refería, sin duda, a quienes gravitaban a su alrededor, que fueron considerados genios por la “intelectualidad” formada en el “concepto”, y de quienes no sobreviven los nombres ni la obra, salvo contados casos. Lo que estableció Warhol fue un homenaje a la mediocridad, y a la vez decretó su abolición al darle un tiempo de expiración.
El arte –cualquier arte– es eminentemente forma, una forma que busca la originalidad, la unicidad, la identidad entre ella y su autor. En el arte “de verdad”, el concepto no sólo se aplica a obras individuales, sino al producto de toda una carrera. En el “arte conceptual”, la originalidad se aplica –quizá por falta de una estructura mental y espiritual adecuada– sólo a obras individuales: se tata de tener “una idea” y aplicarla –con lo cual coincidiría con cualquier pieza de arte–, pero sin una noción de sistema, como un hecho aislado, no como un planteamiento vital, que sería lo que se esperaría.
Varios ejemplos que tienen que ver con la municipalidad “conceptual” salvadoreña.
En 2001, luego de los atentados contra el World Trade Center, un artista conceptual anunció que realizaría un homenaje a los muertos. Ante la Casa de la Cultura del Centro llegaron autoridades de Concultura y de la embajada de Estados Unidos, y durante un buen rato se dedicaron a ver cómo el artista en cuestión pintaba decenas de pequeñas y torpes cruces (más bien parecían equis) a lo ancho de la Primera Calle Poniente, en colores blanco y amarillo, con pintura de aceite. Hubo los discursos de rigor, en los cuales las autoridades salieron lo mejor libradas que pudieron, y el artista vio su fotografía en varios medios al día siguiente.
Las cruces permanecieron allí durante años, sin valor y sin sentido: lo que quedaba era una calle que alguien había manchado, a reserva de que se quiera ver un simbolismo en los miles de veces que las cruces fueron pisoteadas por el constante flujo de transporte colectivo. Sin el artista presente para explicar “el concepto” a quien quisiera oírlo, hasta el día en que se repavimentó la calle, aquello era uno de los tantos detalles que afean el centro de San Salvador.
Hace mucho menos tiempo, se realizaron varias actividades también en el centro de la capital. Una de las artistas pasó con un carrito comprando cosas en varios de los puestos informales de la calle Rubén Darío y después se fue a trocarlos, en un parque, por lo que le quisieran dar a cambio. Mientras, otro colocó una pistola dentro de una caja con cristal en un poste, para esperar la reacción de “la gente”. Lo que ocurriera sería la obra estética. Etcétera.
Si se ve, sin la explicación de lo que “realmente” significa cada “hecho artístico”, éste no tiene un valor propio. Y hay una constante: aunque se dice que es un modo de llevar el arte “al pueblo”, éste sólo juega un papel como parte de la escenografía, en la que el “artista” es el eje, y la “obra” un pretexto para que lo sea.
En “El libro negro”, el millonario Gog, el personaje de Giovanni Papini, hace escarnio de un escultor que propugna lo efímero: esculpe sobre hielo con un soplete, y sólo durante algunos segundos puede verse algo que lejanamente recuerda una escultura. “¡Mírelo ahora –dice–, o se perderá para siempre!” Lo que buscaba el escultor, como muchos de los personajes que pululan por el libro, era patrocinio para seguir ejerciendo su arte. Y Gog, a cambio de la decadente diversión, le da unos cuantos billetes, más a manera de humillación que de apoyo.
Al parecer la idea de Papini pegó en muchos “artistas conceptuales”, y se dedicaron a hacer esculturas, pinturas, performances, happenings y similares bajo el signo de lo efímero. Si se lo piensa bien, es darse por vencidos de entrada: ¿para qué hacer una obra duradera y de rigor, para qué gastar la vida aprendiendo cómo hacerla, si será imposible alcanzar a Rembrandt, Miguel Ángel, Rodin o Klee?
No muy en el fondo lo importante es lograr el status de artista, así sea durante los quince minutos que Warhol decretó. Y a veces parecería un tiempo excesivo.

6 comentarios:

bonampack dijo...

"Lo mismo con un artista plástico: el concepto de una obra sólo vale en la medida en que ésta se encuentra bien ejecutada, y la propia ejecución es el concepto."

La medida o la calificación, es bien y demasiado subjetiva,Liechtenstein
hizo excelentemente sus muñequitos y se gano buen dinero,quiza hablar de
originalidad donde todo se parece a todo se mete uno, a esos cuartos de espejos.No le termino de entender su comentario porque se mete zancadilla antes de valorar
aspectos que solo por su excelente factura, no le da pasaporte de calidad,yo he visto obra ejecutada con calidad pero sin objeto,"sera"
que lo tenga que tener pero una ejecución excelente no asegura sentido a una obra.Picasso con las
señoritas Avignon no dejo ni la retina ni los dedos,pero cambio el arte queremos o no ,asi que le entiendio lo de la vivianada de
pintar botellas de sprite de azul y decir que es arte.pero es el "concepto"valgama semejante cheque
Bonampack.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Liechtenstein es otro que no me cae muy bien. Lo que hizo fue nada más cuadros imitando cómics, pero en grandote. Cualquier dibujante serio de Marvel o DC (o ambas, porque ahora son una sola empresa) puede darle lecciones al señor.
Fue un poco lo mismo de Warhol: pintó lo obvio para que otros explicaran que "eso" no era ua pipa. Lo que hizo Liechtenstein fue "llevar" la cultura popular a gente que se creía por encima de ella, y que la veía como se ve una cabeza reducida por algún amazonense enojado.
Y, no, algo de excelente factura no garantiza calidad, eso es cierto. Pero sin técnica no creo que se pueda llegar muy lejos, así se tenga todo el talento del universo, y habrá que quedarse en... uh... el concepto.
Lo de Picasso, como lo de Miró o Mondrian, es resultado de mucho trabajo formal y de mucha experimentación. Es un modo propio de decir las cosas. Allí se llega. Si uno trata de partir de allí, está frito.

Anónimo dijo...

Lo de Picasso, como lo de Miró o Mondrian, es resultado de mucho trabajo formal y de mucha experimentación. Es un modo propio de decir las cosas. Allí se llega. Si uno trata de partir de allí, está frito.

Y sera que solo los artistas plásticos tienen que sufrir esa evolu
cio,porque poete y escritores parten de verso libre y corriente literiariasmuy "actuales",asi que el poeta que empize con coplas a la muerte de su padre? podran?la dinamica es comun entiendo y no
le refutare que enel libre hay cosas sublimes pero en que quedamos

bonampack

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Fíjate que hemos llegado a la conclusión --a través del trabajo de cinco años y medio-- de que la técnica "tradicional" (o sea la métrica) es sólo una técnica posible. Conocerla te ayuda, pero no te garantiza nada; hay también el inconveniente de que lleva mucho tiempo manejarla con cierta destreza, para resultados a veces no muy interesantes, y cuando ya más o menos estás en ésas tienes que cambiarte al verso libre, para no restringirte.
En mi caso, toda mi poesía --que es poca-- es métrica, o casi toda, pero combino metros y qué sé yo.
La mayor parte de los compañeros de La Casa hace verso libre, que en realidad no es tan libre si uno se lo toma en serio. Implica técnicas y recursos harto diferentes de la métrica, no menos complejos, con una desventaja: casi cada poema debe usar recursos diferentes, o caes en la monotonía o en lo previsible.
Me han pedido que haga una especie de "manualito" acerca de cómo funciona técnicamente el verso libre, y en ésas estoy, pensando. Me baso en buena medida en el trabajo de La Casa, que ha sido bien enriquecedor; han salido buenos trucos, buenos recursos y se ha sistematizado cosas que los teóricos --al fin teóricos-- no tienen aún muy claras. Para saber de eso hay que haberlo hecho.
Krisma dice que no hay verso libre, sino "métrica libre". Tiene sentido, y es totalmente demostrable con un buen poema al frente. También con un mal poema: falla porque no sigue reglas básicas, para empezar, y porque el o la que lo escribió no maneja conceptos tan básicos como "verso", "corte de verso", "adjetivación" y no se ha leído una gramática para ver qué son las preposiciones y para qué sirven. Las preposiciones son fundamentales para una buena poesía, ya sea que las uses bien o les retuerzas el cuello para que funcionen como tú quieres. Allí encuentras buena parte de la precisión.
No sé. Creo que en unos días voy a comenzar a redactar el manual. Sería para publicarse más o menos pronto, digamos antes de fin del año.

Anónimo dijo...

fijate que vos decis que lo libre esta estupendo , pero si cualquier poema en verso libre fuera como el jazz (ya no diriamos free jazz a lo zappa que tanto te gusta)le daria absolutamente e inmensa
te la la razon,pero 5 años hombre es
pero que? y mira la metrica es jodida igual que echarse una de Paganini y con cuerda en sol,yo respeto y admiro tu trabajo pero "Como dice el abuelo
hay quienes quieren y otros que pueden" y entonces en la plastica con que empiezo?

Bonampack

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Es cierto lo que dices: hay quienes no pueden con la métrica. No sé por qué; es así.
Pero a estas alturas de la vida hay buenos parámetros del verso libre, de mucho rigor. En La Casa usamos el Canto de guerra de las cosas, Altazor y algunos más, pero también parámetros con métrica (Miguel Hernández, Quevedo) y gente que le hace a ambos, como Vallejo, García Lorca, etcétera. Si te das cuenta, son parámetros de por lo menos 50 o 60 años de antigüedad (también le entramos a Khayyam, para irnos mil años para atrás), y se trabaja con algunos de sus recursos.
El resultado, hasta donde nos han dicho de fuera, es poesía con bases "clásicas", pero muy moderna en sus planteamientos, en su modo de hacer metáforas (o de no hacerlas; cada quién tiene su apuesta), etcétera.
En su momento, García Lorca hizo eso: formas muy tradicionales (como el romance y el cante jondo) que servía como recipiente a algo de lo más avanzado que se hacía, y que se sigue haciendo; el tipo tiene lo suyo aún.
¿En artes plásticas? Bueno, aprender a dibujar es un buen inicio, como Miró, que era un gran dibujante. ¿Parámetros? Los que te gusten: Rembrandt, Miguel Ángel, Bruegel, hasta llegar a Magritte, Dalí, Klee, Chagall, Kandinsky... Ésos son los parámetros nada más. El asunto es lo que tengas que decir. Si no tienes mucho que decir, no habrá técnica ni parámetros que te sirvan. Si no estás dispuesto a pasarte años moviendo el lápiz y el pincel y tirando toneladas de papel y lienzo, te queda el arte conceptual.