11 de diciembre de 2006

Amén

Cuando murió el escritor Anatole France, los surrealistas se echaron la boutade de emitir un obituario en el que destacaba una frase: "Ha muerto un cadáver." Con todo lo graciosa que aún resulta, era injusta: France era el maestro, con un premio Nobel ganado a pulso y un espíritu crítico y una lucidez que André Breton y los suyos rara vez llegaron a demostrar mientras estuvieron en eso del surrealismo. Se convirtieron en lo que tanto atacaron: en gente solemne, en burgueses fácilmente espantables. Breton se quedó allí para siempre, y de eso obtuvo su fama; su obra, si nos ponemos en ánimo, no está menos viva o más muerta que la del cadáver que fallecía. Los vasos comunicantes o Nadja no aportan más que La rebelión de los ángeles o La isla de los pingüinos, pero estos últimos son mucho más divertidos, y hay más frases recordables de France que de Breton. (Borges pedía que alguna frase sobreviviera de toda su obra, sin importar si alguien recordaba su nombre. Ver la conferencia "La inmortalidad", no recuerdo si en Borges oral o en Siete noches.)
Lo interesante del surrealismo, como movimiento literario, ocurrió cuando se deshizo, y los propios conflictos de su disolución son materia de estudio y a la vez de risa. Aragon y Éluard se convirtieron en dos de los creadores literarios más importantes de las letras francesas, y de los "expulsados" del surrealismo salieron algunas plumas importantes, atribuladas y lúcidas, como Georges Bataille --mi favorito-- y Antonin Artaud, ese iluminado rodeado de sombras. Creo que fue Bataille quien aplicó a Breton una lista de epítetos poco académicos, uno de los cuales no he podido olvidar y me produce ataques de risa, por ir dirigido a quien va dirigido: "Tripa nauseabunda." Un tanto tosco --pero previsible, por como funcionan los medios literarios desde siempre-- para una ruptura literaria, a menos que uno se dé cuenta de algo: el surrealismo, de ser una corriente estética, pasó muy pronto a convertirse en una tendencia ideológica, casi en una iglesia en la que había que confesarse y comulgar, o allí venían los inquisidores para aplicar ganchos en los costados y damas de hierro a la dignidad, ni más ni menos que como la frase que le acomodaron a France.
Nada que ver con el humor desaforado, bobo y a la vez profundo de Dadá. No es gratuito que Tristan Tzara se sumara al principio al surrealismo, y pronto huyera de tanta solemnidad a dedicarse a otra cosa. (A escribir sus mejores trabajos, digamos, y a dedicarse a la Resistencia francesa, el Partido Comunista y asuntos de más provecho. Vale la pena leer El hombre aproximativo, un inmenso poema de Tzara en el cual puso en práctica los mecanismos de creación que para otros sólo fueron cosa teórica --escritura automática, sueños, etcétera--; no basta con sostener algo: hay que demostrarlo en el campo de batalla.)
Todo esto viene al caso porque por fin la frase que los surrealistas franceses endilgaron a France ha encontrado por fin un digno --o indigno-- depositario después de ochenta y dos años de emitida: Augusto Pinochet, quien ayer entregó su alma a quien se le entregue ese tipo de cosas. Ha muerto un cadáver, generador de cadáveres, con larga vocación de cadáver, recuerdo de cadáveres y perpetua mirada de cadáver; por algo se escondió tantos años tras sus lentes de ciego.
Lástima que Nicolás Guillén --otro que anduvo muy cerca de los surrealistas-- haya muerto hace tantos años, o e dedicaría un maravilloso poema de los que acostumbraba en esas circunstancias. Como ya no podemos contar con su colaboración ad hoc, transcribo un poema suyo dedicado a otro de los grandes miserables de la historia, el senador Joseph McCarthy, creador de una de las campañas de persecución y terror más abominables de las que se tenga noticia. No asesinó a tantos como Pinochet, porque la democracia estadounidense sólo hace esas cosas fuera de su país, pero igual me gusta la idea de que Guillén pensara en él (que también fue senador, y vitalicio) cuando escribió:


Pequeña letanía grotesca en la muerte del senador McCarthy
(Nicolás Guillén)

He aquí al senador McCarthy,
muerto en su cama de muerte,
flanqueado por cuatro monos;
he aquí al senador McMono,
muerto en su cama de Carthy,
flanqueado por cuatro buitres;
he aquí al senador McBuitre,
muerto en su cama de mono,
flanqueado por cuatro yeguas
he aquí al senador McYegua,
muerto en su cama de buitre,
flanqueado por cuatro ranas:
McCarthy Carthy.

He aquí al senador McDogo,
muerto en su cama de aullidos,
flanqueado por cuatro gangsters;
he aquí al senador McGángster,
muerto en su cama de dogo,
flanqueado por cuatro gritos;
he aquí al senador McGrito,
muerto en su cama de gángster,
flanqueado por cuatro plomos;
he aquí al senador McPlomo,
muerto en su cama de gritos,
flanqueado por cuatro esputos:
McCarthy Carthy.

He aquí al senador McBomba,
muerto en su cama de injurias,
flanqueado por cuatro cerdos;
he aquí al senador McCerdo,
muerto en su cama de bombas,
flanqueado por cuatro lenguas;
he aquí al senador McLengua,
muerto en su cama de cerdo,
flanqueado por cuatro víboras;
he aquí al senador McVíbora,
muerto en su cama de lenguas,
flanqueado por cuatro búhos:
McCarthy Carthy.

He aquí al senador McCarthy,
McCarthy muerto,
muerto McCarthy,
bien muerto y muerto,
amén.

Me da la impresión de que el mundo, desde ayer domingo, es un poco más respirable. Para mí el 11 de septiembre de 1973 es "el" 11 de septiembre. No hay 747 que pueda borrarlo, ni siquiera la tragedia en la que murieron 4,000 personas (más o menos la cantidad de asesinatos directos que se le atribuyen a Pinochet) en las Torres Gemelas. Insensible que es uno.
Por cierto, en la página en la que encontré el poema sobre McCarthy, que está aquí, inmediatamente debajo, hay una cita que me gustó y que viene al pelo: "El patriotismo es el último refugio de los canallas." Pertenece a la película Senderos de gloria, de Stanley Kubrick. Me cae bien Kubrick.

3 comentarios:

Arbolario dijo...

Ha muerto Pinochet. El infierno pesa hoy muchísimo más.

Aldebarán dijo...

El poema le va como anillo al dedo. A ver si de una vez le quitan el dinero mal habido a la familia del ex-dictador.

El-Visitador dijo...

Kubrick no hacía más que citar un común aforismo gringo, originalmente atribuido a Samuel Johnson, quien lo inventó la noche del 7 de abril de 1775.

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Sorprendente es la bulla que le han hecho al difunto; ¿Tanto escozor causa el milagro económico chileno frente al generalizado fracaso del resto de Latam en desarrollarse? ¿Es porque demuestra el comparativo fracaso del estatismo mexicano, argentino, brasileño, peruano?