31 de enero de 2008

Periférica Blvd., de Adolfo Cárdenas

Adolfo Cárdenas: Periférica Blvd. Ediciones Gente Común, 2ª edición, La Paz, Bolivia, 2006.
Éste es un libro de los que le caen a uno en las manos y lo hacen pensar dos cosas al parecer contradictorias:
1. Que, de no leerlo, podría vivir sin él.
2. Al leerlo, que es necesario para poder seguir entendiendo ciertos aspectos importantes de la literatura.
La escritora Erika Bruzonik, quien tuvo la gentileza de enviármelo, tiene un punto de vista particular con respecto a él, que puede leerse en este link, y que quizá no comparta del todo. Lo cual, desde mi punto de vista, es bueno: el libro tiene vueltas por todos lados, y ése es el encanto de un buen libro.
Ella plantea a Cárdenas como un seguidor del Joyce de Ulysses --sin duda lo es--, y la novela como un viaje por la marginalidad de la ciudad de La Paz, ilegible para quienes no sean paceños y no tengan mucha idea de lo que se mueve en ese submundo de policías, criminales baratos, prostitutas, vedettes sin futuro y de dudoso y aburrido pasado, almas buenas encerradas y oxidadas en un mundo que pareciera estar en otra parte, no allí, dando vuelta a la esquina en el rótulo que dice Periférica Blvd. En su comentario habla del lenguaje mejor de lo que pudiera hacerlo yo; quisiera, pues, meterme en otros aspectos.
Para la izquierda que ha sobrevivido a la... uh... posmodernidad, la marginalidad ha sido básicamente la misma desde que Marx la planteó y decenas de corrientes marxistas la desbrozaron, buscando más la confirmación de lo que decía el maestro que lo que estaba ocurriendo en las calles y en los campos. Para muchos, sólo cambian algunas formas, de manera más cosmética que de fondo, y las cosas son y siguen siendo las mismas que en la Inglaterra del siglo XIX, con diferentes nombres.
Pero los márgenes no sólo se actualizan, sino también se mueven junto con el resto de la historia, del entramado social; y la literatura --como la izquierda--, al elegir sus temáticas, corre el riesgo de caer en la estampa más que en el retrato vivo, en el estereotipo más que en el devenir.
La analogía con Ulysses es totalmente válida en tanto se trata de un viaje por ciertos escenarios, y sobre todo por ciertas gentes que ocupan esos escenarios por derecho propio, por destino, por azar o por lo que diablos sea. Pero toda novela es un viaje desde alguna parte hasta otra quizá no muy diferente, desde la cual las cosas pueden verse desde otra perspectiva, hacia atrás en el tiempo y desde una cierta distancia que da alguna conciencia de las cosas. O no; en literatura a veces es más importante el camino que el punto de llegada.
El lenguaje de la novela, en efecto, puede ser incomprensible si uno busca --precisamente-- comprender de qué material está hecha esa marginalidad suburbana en un lugar específico. Pero igual, a la vuelta de nuestra esquina, hay mundos y submundos que no entendemos --¿quién para descifrar el lenguaje de señas de las maras, en las que el lenguaje articulado encuentra su abolición, por ejemplo?--, la lógica del pensamiento, los porqués, y sólo somos testigos de hechos puros y simples que, en nuestra lógica --usemos el término-- pequeñoburguesa no tienen ni pueden tener sentido alguno, más allá del rechazo o, peor, de creer que "eso" es la caricatura de algo que no nos incluye, que no somos nosotros. Y ésa no deja de ser nuestra caricatura, como en muchos momentos somos la caricatura de alguien más, y así sucesivamente.
Allí veo uno de los aciertos de Periférica Blvd.: ese lenguaje mezcla de "lo autóctono" con "lo moderno" con cualquier cosa, caótico en apariencia, en realidad tan exacto como si lo hubieran cortado con un bisturí ligeramente desviado, pertenece incidentalmente a las periferias de La Paz, pero podría uno leerlo en la ciudad de Guatemala o de Buenos Aires, en sus lenguajes marginales particulares, y el resultado sería más o menos el mismo.
La primera impresión es que se trata de una caricatura, de un libro divertido que narra las peripecias del teniente Villalobos y el policía raso Severo Fernández por bares, burdeles, fiestas y narcotráficos en pequeño, de los cuales forman parte por origen, necesidad, vocación y fatalismo. Pero es un libro trágico, en el que uno se ríe como se reiría de primera intención ante el tipo que se resbala en la cáscara de plátano y sufre fracturas múltiples de cadera, nada más que uno no se queda a ver el desenlace, ni le interesa. Y ésa es una de las posibles lecciones del libro: ¿a quiénes, entre los escritores que tratan "temas sociales", les interesa de verdad esos temas? ¿Qué tan lejos están dispuestos a llegar, y para qué?
Me parece que Cárdenas ha llegado tan lejos como ha podido y, sí, a veces se engolosina con el lenguaje y su capacidad de retorcerlo, y habrá un par de capítulos por los que uno transitará a trancos, esperando que siga lo que sigue. Aun así es un esfuerzo excelente y vale la pena meterse de cabeza en "eso", sea lo que sea, esté donde esté.
Algunas frases que me gustaron o me llamaron la atención:
...esa guata que te traiciona como si no te hubiera visto comer aviones de cuatro en cuatro, empujándolos con cerveza, dos más para mi general, mi general, sírvase para curar el ch'aqui de la farra a la que fuimos anoche y donde todo ha corrido por mi cuenta, hasta las putas que se sorprendían ante sus calzoncillos de jerga y sus preservativos camuflados mi general, no me había dado cuenta que es usted igualito que mi general Barrientos que Dios nuestro Señor, que es de derecha, lo tenga en su santísima gloria...

***

...cuando era changuita iba a recogerlo a su jovato a las chinganas donde cañoneaba todas las noches; ronqueteando en cualquier parte y aguantando su rayasos, hasta que en uno de los más fuleros, dice que le baja el calzón y la estupra, como dicen en la prensa, ¿no? y al darse cuenta de la gran cagada que había hecho dice que gritaba:

Peredón cariñito amado
Anagel adoraaaado, dame tu peredón

Pero a ella, bien asustada, lo único que se le había ocurrido hacer era pirarse, hacerse gamba porque creía que se podía embarazar y tener un hijo que además iba a ser su hermano y el padre que al mismo tiempo sería el abuelo y sus propios hermanos serían los tíos y a la vez los hermanos del crío y ella como conviviente de su padre llegaría a ser la abuela de la criatura o sea que su propia madre y de ahí le había nacido el odio contra su padre, porque él era el ditecto causante de todo ese despelote.
Esta segunda cita habla de un viejo cantante de boleros, conocido como El Hombre Que Supo Amar. En el interrogatorio al que lo someten los personajes centrales, sólo atina a responder con letras de boleros. Extrañísimo y a ratos conmovedor.
...dice: ¡Ahí, mi teniente... ahí está la sastrería Borda, lo que hace que frene de golpe y el chif se dé contra el vidrio soltando un disparo así fortuito y que le pesca al rrope que se lanzaba contrel auto, en plena cabeza y lo deja tan seco que ni siquiera se cae hasta pasado un buen rato.

***

Hubiera podido decir que para algo ha servido la cosa ahí colgada junto al crucifijo, obsequio de mi madre, hasta ayer, pero aurita ya no sé querido diario, si hasta me dan ganas de desprender esa vaina de la pared, estrujarla contra mi corazón y escribir varios poemas de amor o una canción desesperada que diga más o menos:

Te vi partir, partir lejos de mí
allí donde se escucha bufar al viejo tren
y un perro adivina que estoy triste.
Como olvidar tu pelo
como olvidar tu aroma
si me tocaste diciendo:
creo en el tacto por tales y cuales razones
...quien no ha de tener fe en el tacto.

Sola estoy aquí en la ciudad
paso entre la gente como un zombie
desandando los bulevares de la soledad
por donde cada tira que pasa
con un libro en la mano
me traerá tu nombre
como en aquel verano...

Buenas noches, mi teniente, donde quiera que esté. [...]

Nota encontrada en la agenda del coronel de policía Narciso Campero, licenciado en filosofía y letras. La construcción del canto, de aparente simplicidad formal, posee sin embargo una estructura apoyada en los formatos Vestales, es decir una primera estrofa de tres versos, una segunda de cinco y la tercera y última de siete.
En cuanto al tramo temático, a partir de la mención de Tupelo en el primer verso de la segunda estrofa se nos remite al pequeño pueblo de Mississipi, cuna del gordo de América Elvis Aaron Presley, celebrado en primera instancia en América Latina por el vate popular Leonardo Favio y de quien se toma el texto para repetirlo con conocimiento de causa. Este es apenas uno de los ejemplos más notorios entre los varios niveles de intertextualidad que se manejan en el poema.


***

...dicen ques su hermano del cantante de Los Lobos que justo está en l'otra tarima dedicando su canción: ...a Renecito Bascopé en el cielo con cariño... y no sé pss quien será ese Renecito, algún pariente seguro...
René Bascopé Aspiazu es un viejo y gran amigo, cuentista, ingeniero civil y periodista, muerto en 1983 a los 30 años en un accidente de armas, mientras andaba clandestino como director del semanario Aquí. Gracias a él entré en contacto con Erika Bruzonic y ahora escribo acerca de Periférica Blvd.

30 de enero de 2008

Por fin Nueva Palabra

Pues sí, después de casi cuatro años, la DPI convoca de nuevo a los escritores jóvenes para publicar en la colección Nueva Palabra. Lo interesante es que apenas hay un mes para enviar los libros, esto es: hay que tener obra escrita y armada para tener posibilidades de ser publicado. Quizá suene banal, pero no lo es; ya me ha tocado ser jurado en varios premios y convocatorias y llega cada cosa...
Las bases completas son las que siguen:

NuevaPalabra

El Consejo Nacional para la Cultura y el Arte, Concultura, a través de la Dirección de Publicaciones e Impresos, DPI, abre la convocatoria para aquellos escritores que estén interesados en publicar en la colección nuevapalabra, libros de narrativa o poesía. Los interesados deberán cumplir los siguientes requisitos:

1. Podrán concurrir poetas y narradores salvadoreños, residentes o no en el país, no mayores de 35 años ni menores de 18 años de edad.
2. Cada autor podrá presentar un solo título, cuyos derechos no estén comprometidos con editorial alguna ni esté pendiente de fallo de ningún premio.
3. Los libros, en triplicado, se presentarán en un sobre en cuyo exterior se haga constar que optan a pertenecer a la colección nuevapalabra. Este se hará llegar a la sede de la Dirección de Publicaciones e Impresos, 17 Av. n.º 430, San Salvador, dirigidos al Departamento Editorial. No se aceptarán envíos mediante correo electrónico.
4. Tampoco se aceptarán libros con seudónimo. Los datos del autor, nombre, dirección, teléfono de contacto, se incluirán en la última hoja de cada original.
5. Para poesía, los libros deberán tener una extensión mínima de 40 páginas y máxima de 80. Para la narrativa –novela o colección de cuentos- se solicita entre 60 y 100 páginas. En ambos casos la fuente tipográfica deberá ser Arial 12 puntos, a doble espacio.
6. La Dirección de Publicaciones e Impresos publicará en la colección nuevapalabra los originales que a juicio de la Comisión Editorial sean los de más altos méritos literarios.
7. Para la versión 2008, se elegirán seis libros: tres de narrativa y tres de poesía.
8. La fecha para la recepción de los trabajos cierra el viernes 29 de febrero.

29 de enero de 2008

¿Poesía soy yo? y no columna

Hace unos días me pidieron unos poemas míos pata el portal Arte poética, y no resistí la tentación de enviar algunos.
Los primeros pertenecen a un poemario inédito; el que empieza "¿Qué hago sin gato aquí...?" es uno suelto que escribí en 1999, creo, y que se ha publicado en varias partes. Los textos finales son más bien cuentos, según yo... Se pueden encontrar aquí.
Y hoy no voy a poner aquí mi columna. Mejor vayan y léanla aquí, en Centroamérica 21; me da la impresión de que estoy quitándole clientes a la revista, y eso no se vale. (Le he quitado clientes durante 40 números... Son un montón ya.) Trata acerca del viejo y peliagudo tema de las relaciones entre los escritores y la izquierda que, por ejemplo, dejaron a Maiakovsky con un agujero de más y a El Salvador con un Roque Dalton de menos.
La columna de Krisma puede encontrarse en este link. Interesante la posición de ruptura con "los viejos" que dicen --cada cierto tiempo ocurre-- que todo está escrito, que no hay modo de encontrar nuevas formas y temas y que a los jóvenes sólo les queda algo muy parecido a la mediocridad. Y pues no.
Me desperté hace un rato por motivos desconocidos y ya me dio sueño otra vez. Nos vemos luego.

27 de enero de 2008

Sobreviviendo Guazapa

La verdad esperaba una película mala, muy mala, en especial después de leer el comentario --harto ideologizado, hay que decirlo-- que Alluro puso en su blog El Tenampa, y tras los posts de algunos compañeros --como Aniuxa y Carlos--, sin contar con el omnipresente prejuicio a lo que tenga que ver con el cine nacional, si es que existe un cine nacional.
Lo que encontré fue una película de ficción con un guión decente, actuaciones un tanto disparejas --el actor que hace de soldado se lleva la película, hay que decirlo-- y, en fin, una producción en la que se hizo lo que se pudo, supongo que con un presupuesto no muy elevado. En todo caso es un planteamiento que vale la pena tomar en cuenta, y es un primer esfuerzo serio por hacer cine salvadoreño de ficción con todas las de ley.
Traté de encontrarle, con todas mis fuerzas, hacia dónde iba el sesgo ideológico de la película, y no lo vi por ninguna parte. Vi a dos personajes a los que se echó a andar en ciertas condiciones y en cierta dirección, que armaron su propia historia y que terminaron como en circunstancias similares podían terminar, según el medio en el que estaban metidos. Una pieza de ficción, pues, con un guión que no tenía por qué ser condescendiente, y no lo fue.
El problema que quizá tengan algunos al ver una película de este tipo es la búsqueda de símbolos: el guerrillero representa el bien --o el mal, o lo correcto, o al pueblo-- y el soldado representa el mal --o el bien, o la lucha contra la amenaza comunista o de nuevo al pueblo. Como la gente en la vida real, los personajes sólo se representan a sí mismos, si es que están bien construidos, y una historia es simplemente una historia. La gente de la ficción no deja de ser gente; son lo que Kundera, en El arte de la novela, llamó "egos experimentales", y los de Sobreviviendo a Guazapa se mueven como deben moverse.
Hay errores por toneladas. Por ejemplo, en la caminata inicial, los guerrilleros van demasiado juntos y no sólo dan un blanco excelente, sino también corren el riesgo de lastimarse mutuamente. Los actores se mueven con poca comodidad, del modo en que se moverían con poca comodidad unos guerrilleros en las mismas condiciones. Luego, al fuego de metralla de los soldados, responden con ráfagas interminables, ¡y sin siquiera recargar las armas! El director no logró que diera la impresión de que cada sesenta disparos tuvieran que cambiar el cargador; lo resuelve poniendo a algunos soldados a hacerlo, pero no pasa lo mismo del lado de los guerrilleros. No veo mala fe en eso; nada más un error. Y es sabido que los guerrilleros, con muchos menos recursos, tenían prácticamente prohibido disparar en ráfagas. Luego, el guerrillero pierde su arma y deja la de su hermano en el lugar donde cayó muerto. La cantidad de sanciones que hubiera enfrentado por todo eso hubiera bastado para que prefiriera emigrar a Estados Unidos, que es la idea que trae desde que comienza la película. Etcétera.
La escena del guerrillero protagonista ante el cadáver de su hermano, insufrible. De lo peor que he visto en varios años, tomando en cuenta que evito como la peste las telenovelas mexicanas y venezolanas (las colombianas pueden tener sus buenos momentos, aunque también las evito). Los efectos especiales --helicópteros digitalizados, explosiones también digitalizadas--, aún torpes, pero se puede vivir con eso.
El guión se alarga demasiado en ocasiones, en especial en el momento en que comienzan a interactuar el soldado y el guerrillero. Muchas palabras y muchas agresiones verbales para dar a entender que, sí, son enemigos y que, sí, su relación comienza a cambiat en medio de una situación que corre el riesgo de volverse cada vez más dura. Pudo haber dos motivos --no excluyentes-- para algo así: que la película durara un mínimo de tiempo que la calificara como largometraje y convencer al espectador de que "eso" podía pasar. En el segundo caso, era innecesario: llega a resultar tedioso la recurrencia de frases, las entradas y salidas al tatú, una especie de impasse del que parece difícil salir, hasta que se mandan mutuamente al diablo por primera vez.
¿Que un guerrillero --otro, no el protagonista-- usa a la niña como rehén para que el soldado y su compañero se entreguen? Pues sí, se dieron casos de comportamiento bien feo de guerrilleros, en especial ante gente que desertaba. ¿Que los soldados se portaron bien con la niña? Pues sí, hay testimonios de que pasaban cosas así. Nada jalado de los cabellos. No veo motivos para considerar eso como una falla de la película; a lo sumo resultará incómodo reconocer que la gente, durante las guerras, no deja de actuar como gente.
Hay casos en el cine en el cual dos enemigos mortales, por motivo de las causas que defienden --sean suyas o no--, terminen colaborando y siendo amigos, más por cuestiones humanas que por el famoso "síndrome de Estocolmo". Quizá la obra maestra sea Infierno en el Pacífico, del director John Boorman, autor de varias películas sensacionales, actuada de manera magistral por Lee Marvin y Toshiro Mifune. En su momento recibió críticas demoledoras tanto en Estados Unidos como en Japón: a muchos les resultaba inconcebible que un norteamericano y un japonés, puestos en una isla desierta, pudieran llegar a colaborar y a ser amigos, cuando su obligación era matarse. (Y lo intentan.) Si uno piensa en ese ejemplo, es mucho más fácil digerir Sobreviviendo Guazapa, aunque no sea necesario. Baste ver la película sin actitud caníbal y como se vería Cars o alguna de aventuras.
De que vale la pena verla, vale la pena verla. De que tiene deficiencias, las tiene. De que una nueva película del mismo equipo puede ser mucho mejor, sin duda. Nada más hay que verla como lo que es: una historia de ficción, no un documental ni el producto de una conspiración de la derecha para lograr fines inconfesables a través de la distorsión de... uh... no sé de qué. Es un discurso que no me sale bien.

26 de enero de 2008

De tropeles, tropelías, lavadoras y pupusas


A principios de 1972 la Editorial Universitaria publicó la primera edición del libro De tropeles y tropelías, de Sergio Ramírez. Mi padre llevó un ejemplar a casa cuando aún no terminaba de imprimirse la edición y me lo regaló.
La edición la había dejado lista Ítalo López Vallecillos, quien desde el año anterior se encontraba en Costa Rica fundando y echando a andar la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA), precisamente con Sergio Ramírez como director del Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA).
El libro fue para mí una revelación. Hablaba de Somoza, refiriéndose a él como "el Señor Presidente", con una ironía y un desenfado que me parecía mucho más efectivo que un montón de estudios que demostraban que el señor era lo que era (un pinche dictador grotesco) y todas las denuncias contra sus satrapadas.
Los cuentos eran muy cortos y muy efectivos. Fue un libro del que me enamoré, y anduve con él a cuestas desde que apareció hasta que salí de México, en 1998. Tuve que dejarlo allá, pero al llegar a El Salvador encontré, en la librería Segunda Lectura, un ejemplar de aquella primera edición. Escaneo uno de los cuentos, quizá el más corto que, como todos, es un gancho al hígado. (El símil boxístico es de Cortázar.)

Después de los cuentos, viene una "Suprema ley por la que se regula el bien general de las personas, se premian sus acciones nobles y se castigan sus malos actos y hábitos, dictada en XIV parágrafos". ¡Es sensacional! Es una especie de compendio --irónico-- de muchas leyes que los dictadores militares emitieron a principios del siglo XX y finales del XIX para regular la vagancia, el tránsito de personas, la prostitución, etcétera, como si el país fuera un cuartel. Y lo era, claro, y siguió siéndolo incluso después de que esas leyes fueron abolidas y en las Constituciones se trataba de ser sensato y democrático. Pero ya se sabe.
Es mi libro favorito de Sergio Ramírez, y es extraño que a veces no aparezca en su bibliografía, no sé si por instrucciones suyas o porque a alguien se le va. No tiene cuentos tan buenos como los de, digamos, Charles Atlas también muere (que releí hace un par de meses), pero como libro, como unidad, quizá sea el mejor logrado.
Hay algo extra que tuvo esta edición: las viñetas. Ésas se deben a Ítalo López Vallecillos.
Ítalo era un recortador compulsivo. Donde fuera, si veía una imagen interesante, pedía que lo dejaran recortarla y la guardaba no sé dónde, pero debía tener miles. En su momento sacaba la adecuada y la ponía en el libro al que le faltaba precisamente esa viñeta en la portada o en interiores. Éstas son algunas de las que usó en De tropeles y tropelías, y seguro le llevó años recopilarlas:

La historia familiar con Sergio Ramírez es más o menos larga. Un par de anécdotas.
En 1972, cuando el ejército ocupó la Universidad de El Salvador y apresaron a las autoridades (entre ellas a mi padre, que era el rector), Sergio se encontraba en El Salvador casi por casualidad. Había llegado el día anterior y se había reunido esa mañana con mi padre en la rectoría. La reunión se suspendió hasta la tarde porque mi padre tuvo que ir a la Asamblea Legislativa, donde se iba a destituir a las autoridades universitarias por una ley de 1951 que habían descubierto que no estaba bien --algún tecnicismo--, y por lo tanto todo lo que se había hecho desde ese momento era anticonstitucional. La onda era destituir a mi padre, al secretario general, Miguel Sáenz Varela; al fiscal, Luis Arévalo, y a quien se pusiera en medio. En el momento en que se daba la destitución, ya estaba publicado el decreto en el Diario Oficial --¡qué eficiencia!--, el ejército iba rumbo al campus de la UES y las autoridades iban rumbo a la Policía Nacional, bajo el delito de... bueno... aún no me he enterado. Pero para allá iban.
Sergio de inmediato llamó a los rectores de las universidades centroamericanas, de quienes recuerdo a Carlos Tunnerman, de Nicaragua, y Eugenio Rodríguez, de Costa Rica. Al de Honduras no lo dejaron entrar, por hondureño, pero lo intentó. De inmediato se comunicó con la presidencia de la república y, además de exigir respeto a las vidas y la integridad de los capturados, pidió ir a la rectoría, con el pretexto de que había dejado allí su maletín --era cierto-- y que contenía documentos vitales. La presión fue fuerte, y creo que gracias a eso mi padre y los demás no sufrieron torturas --más que algunas psicológicas-- y varios hasta salvaron la vida.
En 1974, Sergio se fue con su familia a Alemania, con una beca Guggenheim, y con la intención de volver. Tulita, su esposa, dejó encargados los muebles ya artefactos con amigos, y a nosotros nos tocó la lavadora.
Mi madre la cuidaba bastante para que no se rayara, no se ensuciara y qué sé yo. La usaba de vez en cuando, en especial en los días de mucha lluvia, para que la ropa saliera casi seca. Acercarse a aquella lavadora podía ser motivo de regaños severos y castigos para mis hermanos, que eran niños, y para mí por lo menos de una mala mirada.
Cuando los Ramírez regresaron de Alemania, mandaron una mudanza a recoger la dichosa lavadora. Los de la mudanza empezaron rayándola contra la puerta de la cocina. Mi madre, en el infarto. Cuando estaban subiéndola al camión, a alguno de los cargadores se le resbaló, la lavadora dio en seco contra el pavimento y se partió en dos trozos milimétricamente iguales.
No sé qué habrá pasado después, ni me atreví a preguntar, porque mi madre se puso de un humor de perros durante varios días. Hace un par de años lo conversaba con Tulita en Costa Rica y, sí, era el final previsible para una lavadora que había sido tan bien cuidada durante casi dos años.
Otra más: a Sergio le encantaban las pupusas, y Tulita quería prepararle algunas. Le pidió una receta a mi madre, y la invitó junto con mi padre a cenar esa noche. Pupusas, claro.
Las había hecho de harina de maíz, pero era lo único que tenían en común con las pupusas. Adentro les había puesto jamón, tocino, queso amarillo, cosas así, y las había puesto a freír con muchísima grasa. Todos las comieron, cómo no, pero mi madre tuvo que explicarle que, en fin, el concepto era otro, eran otros los materiales y supongo que Tulita habrá aprendido a hacerlas después. Tendré que preguntárselo la próxima vez que la vea.
Y siacabuche.

25 de enero de 2008

Entre 7:30 y 9:00

Hoy por la noche va a aparecer una entrevista que me hicieron para Canal 21, un "perfil", como acostumbran decir. La hora es en algún momento entre las 7:30 y 9:00 de la noche. A ver qué dije. Estas cosas generalmente las hago en automático, porque me dan terror las cámaras.

23 de enero de 2008

Sala Salarrué

Ayer fue el nombramiento de la Sala Nacional de Exposiciones en honor de Salarrué, quien la ideó, la fundó y fue su primer director. La incansable --o siempre cansada, pero activa-- Marielos Portillo, jefa de relaciones públicas de Concultura --creo que ése es su cargo--, fue la resoponsable del acto, y tuvo una idea: mezclar la lectura de textos de Salarrué con coreografías hechas a propósito.
No creí que funcionara: había muy poco tiempo para hacerlo, y me pareció que una cosa interferiría con la otra, y al final terminaría en revoltijo. Me equivoqué: Francisco Centeno, director de la Compañía y la Escuela Nacional de Danza, hizo un trabajo notable junto con su gente, y el resultado fue agradable. Una muchacha muy joven del Centro Nacional de Artes acompañó a los bailarines con un violín solo. Tocó cosas de Vivaldi y Bach, especialmente, porque para poner música propia no había tiempo; pero funcionó, y las coreografías fueron originales.
Eso sí, hubo que llegar una hora y media antes para hacer un ensayo rápido y coordinar con la lectura de los escritores a los que nos tocó escoger un texto de Salarrué. La mayor parte de textos, tres, fueron de O'Yarkandal. Hubo dos de Cuentos de barro, uno de Trasmallo (ése lo leí yo), uno de Cuentos de cipotes y un solo poema, escogido por Salvador Canjura, del libro Mundo nomasito.
Van algunas fotos:

Ensayo con Krisma, a quien le tocaría leer primero.

Ensayo con Aída Párraga. Aída se vistió especialmente para la lectura de su texto; aquí aparece en ropa de civil.

Ensayo con Salvador Canjura. Centeno, Marielos Portillo y un bailarín revisan la programación. Durante los ensayos no habían llegado todos los que leerían, y Salvador tuvo que trabajar tres o cuatro textos con los bailarines.

Después de la develación de la placa (de la que no tomé fotos; estaba cuidando a Valeria), la Compañía Nacional de Danza empezó con una pieza clásica; no recuerdo cuál, perdonarán la mala memoria.

Los fotógrafos de prensa haciendo su trabajo. Me gusta fotografiar fotógrafos.

Eleazar Rivera leyendo "Nochebuena". Pasó algo interesante: entre los presentes estaba el nuncio apostólico. Sentí algo especial cuando el cura le dijo a la mujer del cuento: "Para vos nuay, para vos nuay."

Yo, pues. Ya tengo que recortarme la barba.

Jorge Galán leyó "Semos malos", uno de los mejores cuentos del universo conocido. Lo había escogido yo, pero él lo pidió y Marielos me preguntó si quería cambiar el mío o pedirle a Jorge que cambiara el suyo (que eran el mismo, ejem). Escogí "Trasmallo" porque hubo una compañera y amiga a la que invitaron, pero no podía ir. Es su favorito, y fue un modo de que estuviera presente de algún modo.

Roberto Laínez leyó "El cuento del gringuito regalante, da zapatos y no guante".

Roxana Méndez se tapó la cara con el pelo y desde mi ángulo, con Valeria en las rodillas, fue lo mejor que pude hacer.

La Compañía terminó la velada con "Andalucía".

Y nos tomamos una foto casi todos; ya Salvador Canjura se había retirado. De izquierda a derecha, Aída Párraga, Krisma, Vale, yo, Federico Hernández Aguilar (presidente de Concultura), Roberto Laínez, Roxana Méndez, Jorge Galán y Eleazar Rivera.

La placa con el autorretrato de Salarrué fue hecha en bronce por el propio Salarrué. Estaba en la bodega de la Sala Nacional de Exposiciones, y se restauró para la ocasión. Está bastante impresionante. Está basada en un autorretrato muy conocido, del que tenemos una copia en La Casa.
En fin, una noche agradable y entre cuates.
(Pobre Pipo Rey...)

22 de enero de 2008

Salarrué y Sánchez Cerén (¡ !)


Hoy a las 7 de la noche habrá un acto para nombrar la Sala Nacional de Exposiciones con el nombre de Salarrué, su "ideador". Han invitado a varios escritores (entre ellos Jorge Galán, Salvador Canjura, Elezar Rivera, Krisma y yo) para leer textos de Salarrué. Van a hacer coreografías y todo, así que habrá que estar más temprano para un ensayo, etcétera.
Al principio, en automático, pensé en el caso de Roque Dalton: le han puesto su nombre a cosas de lo más disímiles, desde grupos estudiantiles universitarios hasta un teatro ("Por Los Aportes Fundamentales De Roque Dalton Al Teatro Salvadoreño...") y una pinacoteca ("Por La Contribución De Roque Dalton A La Plástica Nacional...").
Pero no. Salarrué sí se ganó que le pusieran su nombre a la Sala Nacional, no sólo porque fuera su idea, sino --sobre todo-- porque ante todo tiene una obra plástica con la cual sus apólogos pueden responder. (Para los que no sepan, excepto en sus épocas de estudiante, Roque Dalton no hizo teatro, y menos aún pintura, a menos que ya hayan elevado a la categoría de arte los apuntes y monitos que hiciera mientras hablaba por teléfono. Arte conceptual sería...)
Interesante: a algunos --no a todos, porque las dobles morales, etcétera-- escritores y artistas que trabajamos con Concultura, por ese hecho, nos acusan de vendidos, agentes de organizaciones secretas y menos secretas y cosas parecidas. Salarrué trabajó buena parte de su vida para "el gobierno", e incluso fue diplomático de gobiernos militares represivos, y lo alaban por su intachabilidad... Supongo que en su momento le habrá ido mal, pero ya se sabe que la muerte pone a la gente en planos en los que nunca quiso colocarse. Y, no, no pienso morirme nada más para que dejen de joder.
(¿Nos veremos hoy, Pipo?)


* * *

Anoche me habló una amiga para avisarme que Salvador Sánchez Cerén estaba hablando acerca de Salvador Cayetano Carpio en el 33 y, después de buscar cuál es el canal correspondiente en Amnet (el 7; buen número), me puse a ver lo que decía.
Ya no usa el discurso espantosamente... uh... irrespetuoso para referirse a Marcial, pero tampoco dice nada claro. Lo que estaba haciendo era presentar su libro de memorias en el programa de Narciso Castillo, el cual compraré --el libro-- sin falta para ver qué tal es su memoria de mediano plazo y comparar lo que dice con lo que ha dicho a lo largo del tiempo acerca del tema. Y de otros temas; el libro se ve grueso.
Así, a priori nomás, me da la impresión de que en el libro --no lo veo escribiendo un libro, me perdonarán-- tratará de dar una imagen especial para las elecciones de 2009, en las cuales será candidato a la vicepresidencia. Diga lo que diga, creo que dará temas y flancos a los que les toque atacarlo, porque seguro que le va a llover cuando empiece la campaña de verdad, y que un cotejo de su libro con los datos duros dará ecuaciones irresolubles. Quiero ver, por ejemplo, lo que dice acerca de Mayo Sibrián, el comandante psicópata de San Vicente, a quien protegió durante años, hasta que no quedó más que fusilarlo por matar a un montón de combatientes, colaboradores y gente en general. Y a ver si no le sale por allí algiuen desmintiéndolo en lo que diga acerca de Carpio. Y a ver si no quiere que la historia se repita si llega a ser "sólo" vicepresidente y el presidente se le salga un poco del huacal... Eso es lo que más temor me puede dar si llega a ganar Mauricio Funes, la verdad sea dicha.
En fin, después de ver la entrevista --en la que Nacho Castillo se portó bien complaciente, contrario a lo que hizo con Funes--, llegué a una conclusión: no voy a votar en las próximas elecciones, porque tendría que hacerlo por el FMLN, y por alguien así no voto, punto. No por su pasado, sino por su presente. El tipo es absolutamente desarticulado. No hila tres ideas, y con dos ya le resulta difícil. Repite y repite lo mismo, casi del mismo modo, y no le veo como demasiada profundidad a lo poco que repite y repite. (Chávez al menos tiene voz fuerte...)
Cuando Nacho le preguntó si se definiría como marxista, dio una serie de vueltas no muy graciosas para caer en que no, él más bien sería democrático, que ésa era su vocación. Su largo paso por la dirigencia del FMLN no ha demostrado eso. Lo siento: no soy voto duro, así me caiga bien Funes, y no me gusta que me digan cosas que la evidencia muestra que no son así. He dicho.

21 de enero de 2008

¿Golpe de estado? y columna

Resulta que en Baja California Norte (en realidad Baja California a secas, sin detrimento de Baja California Sur, que sí se llama Baja California Sur) el ejército mexicano ha tomado en sus manos la persecución al narcotráfico. Abrió una línea telefónica para denuncias y se comprometió a combatir a los narcotraficantes.
El pequeño problema es que se trata de una medida anticonstitucional, porque la persecución del crimen (organizado o no) es competencia exclusiva del Ministerio Público, ya sea estatal o federal, según el delito del que se trate, y en su caso de las policías municipales. Según la Constitución, los militares --como en El Salvador-- sólo están para defender la soberanía nacional y para ciertas labores internas, que se dan bajo condiciones específicas y que no incluyen la persecución del crimen. Ya ha habido cuestionamientos por la existencia de la Policía Federal Preventiva, conformada por militares que son dados de baja para que puedan pasar, precisamente, a la PFP.
Uno de los factores que impiden que el ejército se meta en cuestiones policiales es el derecho al debido proceso: no está facultado para determinar quién puede ser acusado y quién no, por cuáles delitos y por cuáles no, y no puede someter al fuero militar a civiles. En términos simples, si agarran a un narco, están violando su derecho al debido proceso, y el tipo quedará en libertad, punto. Luego el Ministerio Público tendrá que armar el caso y volver a empezar, con suerte. (Me dice CMH que, además, México --como El Salvador-- es signatario de la Convención Americana de Derechos Humanos, y debe responder a ésta en el caso del que se habla aquí. Es decir: no se puede por ningún lado.)
La jornada pone énfasis en el aspecto anticonstitucional de la medida, pero hay otros factores que pueden tomarse en cuenta.
En lo anecdótico, el presidente Calderón ha tratado de quedar bien con el ejército; no sólo se vistió de comandante en jefe --le queda bastante mal, si me preguntan, y pocos presidentes mexicanos se han vestido de militares desde 1917--, sino que apareció en el desfile del Día de la Independencia con sus hijos vestidos de mayor y de coronel, algo no sólo anticonstitucional también --de lo cual él es responsable, como padre de menores de edad que caen en falta--, sino también de mal gusto. Y ha querido apoyarse, con no muy buenos resultados, en la PFP que, como se dijo, está conformada por soldados y oficiales dados de baja.
Es cierto que maneja un discurso bastante autoritario, pero resulta curioso que el ejército haya "asumido" las labores policiales en Baja California sin siquiera mencionar que fue por órdenes del único que podría darlas, así fuera anticonstitucionalmente, o sea el comandante en jefe del ejército. Calderón tampoco ha dicho nada, aunque de seguro pronto lo dirá, ya sea para dar muestras de poder o para justificar la medida y no verse débil; quizá se trate sólo de un tiro de prueba de él mismo para ver si es chicle y pega, y puede militarizar las zonas de conflicto, como Guerrero o Sinaloa.
Por el modo como se da el asunto, y por las experiencias en estos nuestros países bananeros (con la desventaja para El Salvador de que no tiene bananos, por una plaga que hubo por allí de los sesenta), el asunto suena más bien a que los militares están "haciéndose cargo" del poder en al menos una parte del territorio mexicano, con o sin el aval del presidente. Y en ambos casos cualquiera podría pensar en un golpe de estado local (o estatal si se quiere, por el sistema federado que hay en México). En el peor, es otro tiro de prueba, pero no del presidente, sino de los militares, para ver la factibilidad y viabilidad de un golpe de estado de verdad.
¡¿Golpe de estado en México?! Suena a paranoia. También me sonaba a paranoia, antes de que ocurriera, la posibilidad de un fraude electoral para que --precisamente-- Calderón llegara al poder.
Como sea, el asunto muestra una terrible debilidad del gobierno mexicano actual, ya sea porque tiene que recurrir al ejército para labores policiales, aun sabiendo que será infructuoso --a menos que se pongan a matar narcos in situ, pero no: suena a paranoia--, o porque el ejército asume por sí mismo tareas que no le corresponden.
Aunque se encuentra dentro de la estructura del Poder Ejecutivo, como en todas partes, el ejército se cuece aparte, con reglas y poderes aparte, y de allí el peligro de integrarlo o que se integre a labores que no le corresponden, como ocurrió en El Salvador con los planes Mano Dura y Súper Mano Dura. El poder militar es algo que los salvadoreños vivimos durante varias décadas del siglo XX, y me imagino que habrá quien quiera que eso regrese, pero mejor no, la verdad.
Una excepción interesante fue inventada en la primera mitad del siglo XX, creo que por el dictador hondureño Tiburcio Carías, contemporáneo del salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez y del guatemalteco Jorge Ubico. Lo que hacía era nombrar militares a los que conspiraban en su contra y a los opositores más peligrosos. Y no sólo los nombraba militares, sino también generales. Así, en el momento de alzarse contra él, los acusaba de alta traición y caían bajo el fuero militar, con lo que podía no sólo meterlos presos --y además degradarlos: ¡ah, la gloria efímera...!--, sino hasta fusilarlos. (Aquí está la entrada de Wikipedia, que no lo menciona; quizá se trata de otro dictador. Y aquí dice que el estadio nacional de fútbol lleva su nombre, lo que son las cosas... No, no conozco Honduras, si exceptuamos las veces que he pasado por tierra hacia Nicaragua.)

* * *

Y va la columna de esta semana en Centroamérica 21. Puede encontrarse en este link. La de Krisma --que está bastante ácida, por eso me cae bien esa mujer-- puede hallarse aquí.
(Esta semana en CA21 hay cosas bastante interesantes, como la nota de Jacinta Escudos acerca de Alfonsina Storni, en su serie sobre escritores suicidas. También hay un recuento de Tere Andrade acerca de las elecciones presidenciales desde 2004, que esta de leerse. Esta semana aparece la segunda parte, dedicada a las elecciones de 1999, y la pasada trató obviamente de las de 1994. Hay también un comentario acerca de cómo el FMLN está pasando por encima del CD en materia de alianzas electorales, y cómo el CD lo aguanta; me gustaría escribir acerca de eso para la próxima. Hay varias notas que aún no he leído, por eso no las menciono; ésas valen la pena.)

Tácticas y estrategias
Rafael Menjívar Ochoa

ARENA lanzó, a finales de 2007, una andanada de salva para forzar al FMLN a adelantar el anuncio de su fórmula presidencial para las elecciones de 2009. Apenas se oficializó que estaría compuesta por Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén y se preparó la proclamación, se desinfló de un día para otro la carrera que habían iniciado la vicepresidenta Ana Vilma de Escobar y el ministro de Seguridad Pública, René Figueroa, aunque la primera reitere sus intenciones.
Hay quien habla que las pugnas internas han frenado el nombramiento de un candidato en el partido de gobierno. Las pugnas existen, y por primera vez desde 1994 son más evidentes que las de la izquierda institucionalizada, en vista de que el FMLN ha logrado moderarse ante sí mismo de un modo que no se había visto en toda su historia. Pero no han sido esas pugnas las que han detenido a la derecha en los momentos decisivos, y más bien las apuestas parecen ser otras.
ARENA, en efecto, forzó la proclamación de la fórmula efemelenista, de manera prematura, con varios objetivos posibles. El principal –que hasta ahora no ha funcionado– fue dejar que el propio FMLN hiciera el trabajo sucio que generalmente le corresponde a los operadores de la derecha: que saltaran las evidentes incompatibilidades entre el candidato Funes y la dirigencia del FMLN, en especial con el candidato a la vicepresidencia. Y no es que en las filas de la izquierda haya concordia, sino que se ha dejado los desacuerdos internos para mejor ocasión o lugar, o quizá la falta de presión de la derecha ha evitado males mayores.
Ligado a esto, seguramente ARENA buscaba el desgaste de la fórmula Funes–Sánchez Cerén ante la opinión pública. Pero este último se ha mantenido en un casi silencioso segundo plano, y Funes ha aprovechado no sólo para hacer proselitismo entre los salvadoreños en el país y en Estados Unidos –con todo y que es contrario al espíritu de la ley electoral, así la letra dé cabida a tecnicismos–, sino también para hacer lobby con empresarios y políticos del país del norte.
Aquí hay un factor que quizá justifique el inicio adelantado de la campaña de la izquierda y el retraso de la de ARENA: las perspectivas para las elecciones presidenciales en Estados Unidos, en noviembre próximo.
Las probabilidades dan una derrota al Partido Republicano, más que una victoria a los demócratas, cuyas piezas más fuertes son una mujer y un afroamericano, algo impensable para ese país en otras circunstancias. En teoría, la actitud de Washington ante un gobierno de izquierda en El Salvador sería menos severa que con el actual presidente, y la figura de Funes puede ser importante si se le da el tiempo y los espacios necesarios, esto es: si el FMLN no cae en lo de siempre, es decir sabotearse a sí misno. El desgaste previsto podría trocarse por una actitud menos desfavorable de Estados Unidos.
Por otra parte, a ARENA le conviene ver cómo se mueven las tendencias en Washington antes de comprometerse con el votante más poderoso del mundo. La cercanía del presidente Saca con George W. Bush, la guerra de Irak –uno de los puntos clave para un posible triunfo demócrata– y el envío de tropas salvadoreñas, con todo y el rechazo de mucha población y de otros países, pueden ser factores que deban considerarse y, quizá, revertirse. Y eso requiere de planificar una estrategia para obtener, si no el apoyo abierto del gobierno resultante, al menos la confianza en el mantenimiento del establishment.
Allí hay una gran diferencia, con respecto a Estados Unidos, entre ARENA y el FMLN: el primero sólo tiene que planear un buen lobby, mientras que el segundo debe contraer compromisos que implican cambios radicales en su modo de decir las cosas, y también de hacerlas o de dejar de hacerlas. Está en el juego de convencer de que no planteará cambios más allá de lo “aceptable” por el sistema estadounidense, que no depende necesariamente del partido en el poder. Funes podrá convencer de que su actitud es la “adecuada”, pero hay un partido detrás de él con principios y objetivos declarados que quizá no sea una opción para demócratas o republicanos. Y también la población salvadoreña –la principal involucrada– esperará algo similar.
Otro de los motivos por los que ARENA habría retrasado su fórmula presidencial podría ser para esperar que se defina cuál será la relación –si la hay– entre el FMLN, el CD y el FDR. Se ha tomado como un axioma que el FMLN no puede ganar solo las elecciones, y que necesita de una alianza para atraer votantes. La alianza, como se planteó en un principio, implicaría la adopción parcial del ideario de los partidos de centro, y en ese sentido el CD fue firme en un inicio. Ahora, más que una alianza se ve la búsqueda de una simple repartición de cargos dentro del probable futuro gobierno y en ciertas alcaldías del país.
El FMLN sigue partiendo de que el triunfo será suyo. Por el momento nada lo desmiente y, al contrario, las encuestas dan como favorito a Funes. Pero hay dos factores fundamentales: ARENA aún no ha nombrado a su candidato y la campaña electoral aún no ha comenzado. Funes es un excelente candidato, pero por el momento va solo. Seguro que pronto comenzarán a salir los ases de debajo de la manga, y tendremos talvez la elección más intensa que haya vivido El Salvador de la posguerra.

19 de enero de 2008

Ágata

Ágata es uno de los dos personajes de Breve recuento de todas las cosas (hay dos más, pero son incidentales, más el desdoblamiento de uno de ellos), y cuando aparece en escena ya está muerta. Muy muerta. El otro personaje la ha hecho morir (no, no la ha matado: la ha hecho morir), y después trata de hacer con su cuerpo una obra de arte, una escultura, como ella se lo pidió. (Ver el capítulo 3, "Nostalgia del cadáver". El 1 y el 2 tratan de otras cosas, aunque traten de lo misno. Hay que leer el libro para entenderlo, pero créanme que así es.)
Claude Esnault, director de la compañía de teatro l'Actelier, de Le Mans --debo un post acerca de su representación de Trece-- usa en sus montajes "objetos" que representan aspectos de los personajes, y a veces a los personajes mismos, que están "doblados" por actores de verdad (y muy buenos actores, hay que decirlo y agradecérselo).

Pues bien, ésta es Ágata según Claude Esnault. Me encantó.
Eso quiere decir que ya están en el montaje de la pieza, con la que armarían una trilogía con Instrucciones para vivir sin piel, Trece y Breve recuento de todas las cosas. Ojalá lo graben en video para poder ver el trabajo; Breve recuento es de verdad fuerte y siniestro. Si tardé seis años en escribirlo fue porque me producía a la vez miedo entrar allí.

Y aquí los involucrados en el asunto: la actriz Annick Philippe (será una excelente Ágata, lo juro), Alain Mala, el heroico editor de Cénomane; Claude Esnault con Ágata; Alain Arbé, quien hará al personaje masculino, nada fácil, y Thierry Davo, quien dejó un texto bastante notable en francés.
Puras noticias y cosas buenas para empezar el año. (En su momento hablaré de las demás, que no son pocas.)

18 de enero de 2008

Pruebas y otras fotos

Raúl Figueroa, de F&G Editores, ya está jugando con las primeras pruebas para la portada de Trece, que se publicará a finales de febrero. Y ésa, señoras y señores, es la famosa foto que compré en Arizona por dos dólares con cincuenta expresamente para que sirviera de portada para Trece. Da un aire de tristeza y de soledad que va mucho con la idea de la novela.
Me gusta la idea de la tercera portada, con los colores de las otras. Y que la palabra TRECE quede exactamente rozando los márgenes laterales, o de plano que la T y la E queden más cortadas aún. Es una buena idea, en todo caso.
Y Carlos Ábrego me mandó hoy unas fotos que tomó en mi último día en París. Va para el ego trip:

Aquí estoy en el jardín del Museo Rodin. (En el maletín está mi Vaio de combate, que creo haber hecho notar que es verde.) Lo curioso es que, en la foto que estaba tomando (que es la siguiente), aparece Carlos Ábrego tomándome a su vez la foto anterior...

Allá al fondo está Carlos, con sombrero y todo. (Hacía un frío aún no muy intenso, pero sí respetable; eran como las cinco de la tarde.) Y, sí, esa escultura valía la pena fotografiarla por los cuatro lados. Es sensacional.

Aquí, caminando por el mismo jardín con la doctora Elizabeth Burgos.

Y aquí en La Coupole donde, además de Carlos, Thierry, Alain y yo, alguna vez estuvieron André Breton, Jean Paul Sartre, Carlos Gardel y gente así. (Ejem.) Por supuesto traigo puesta La Camisa, en su versión verde. ¿Qué otra cosa podía traer puesta?
Deliciosa la carne. Demasiada gente para mi gusto: hay una sola hilera de sillas, gabinetes y mesas, y uno está codo a codo con el cliente de al lado. Y yo con mi juguito de durazno, como corresponde.

17 de enero de 2008

La tía Carmen


La tía Carmen Menjívar, de quien hablé aquí hace unos meses, falleció el 30 de diciembre pasado, y fue enterrada el día 31, según me avisó desde Estados Unidos el primo Wilfredo Calderón, hijo de la tía Julia Menjívar y nieto del tío Francisco Menjívar, hermano --al igual que la tía Carmen-- del abuelo Alfonso.
La tía Carmen cumplió 98 años el pasado agosto. Es la que más lejos llegó de sus hermanos. La tía Mercedes Menjívar murió a los 96 por allí de 1997, el abuelo Alfonso a los 91 en 1995 y el tío Francisco a los 30, hace obviamente muchísimos años.
Al primo Wilfredo no lo conozco en persona; nació después de que me fui de El Salvador. La tía Julia me habló de él y me mostró fotos y todo; sólo conocí a la prima Cecilia, la mayor, que me cayó especialmente bien.
Hace unos días Wilfredo me escribió para preguntarme si éramos parientes, y me dio sus coordenadas genealógicas. Le di las mías y hablamos de cosas de familia. Como yo le mencioné a la tía Carmen con cierto desparpajo, me dijo de su muerte.
En fin, el primo Wilfredo es periodista, y más de alguno lo habrá visto cuando trabajaba en TCS. Ahora tiene su propia empresa en California y produce comerciales y un noticiero del que se puede ver algo aquí. En los cuadritos que están abajo de la pantalla grande, él es el primero de la izquierda.
Que descanse, pues, la tía Carmen. Mi padre la quería muchísimo y, si hay algo del otro lado, allí estarán recordando cosas. Como la vez en que ella, el tío Neto y la tía Sara desaparecieron misteriosamente y toda la familia se puso a buscarlos desesperada, con llamados a la policía y todo. Los encontraron al día siguiente encerrados en el cuarto al que nadie entraba, con varias botellas entre pecho y espalda y bolsas de papitas y chicharrones, divertidísimos.
En fin...

16 de enero de 2008

Miscelánea de imágenes

A veces uno se guía, para las novelas, más que por cosa literarias o "de la vida", por otro tipo de estímulos. En mi caso a veces tiene que ver con la música (Terceras personas lo estructuré a partir del Cuarteto para el fin de los tiempos, de Messiaen), pero también con imágenes. Por ejemplo la siguiente.

Ésta era parte de una exposición que había en una universidad de Lyon donde me tocó hablar en el Festival Belles Latinas. No registré de quién era, o está perdido en algún papelito dentro de algún folleto, de los que me dieron varias docenas y por allí andan. Antes vi e imaginé varias escenas y personajes en circunstancias de lo más circunstanciales. Por ejemplo, cuando iba bajando del tren que me llevó de Toulouse a Lille (creo que así fue), vi a una persona que estaba sentada en la última fila del vagón en el que yo iba. Pensé: "Así que eso es un metrosexual de verdad..."
Lo que vi fue un señor de estricto traje y corbata, camisa rosa discreta y cara, lentes de carey muy delgados, perfectamente rasurado --y más bien depilado--, con las cejas bien definidas, el cabello impecable, qué sé yo. Tendría unos cuarenta y tantos años. Cuando pasé junto a él me di cuenta de que no era hombre, sino mujer --vaya, la señora estaba muy bien dotada--, y no recuerdo haber pensado en nada especial, sólo que me reí muy para mis adentros. Para mis afueras, nada más bajé del vagón; fue sólo un vistazo. Había encontrado el personaje de la Inspectora Jefe, y de algún modo el "espíritu" de los personajes femeninos de la novela.
Me llamó la atención que "el hombre" no sólo estuviera rasurado, sino depilado. Imaginé alguien a quien depilan torpemente desde que era adolescente, para hacerlo parecer mujer, y de allí salió el psicópata. La historia de la Directora y de la forense joven es otro rollo, y la Segunda Forense es alguien a quien conozco, muy maternal, con carnes maternales y carácter de lo mismo. Esa "alguien" se funde en varias personas, aunque para mí es bien claro lo que tiene de cada una de ellas.
El cuadro que fotografié en Lyon (con la camarita del Hombre Araña, válgame) da el ambiente que he tratado de dar en algunos de los capítulos. Creo que, si no lo hubiera visto, no hubiese logrado algunos "colores" de la novela.

Y está en McDonalds del barrio coreano en Los Ángeles, que es un punto central para la historia, en especial para el desenlace de la primera parte y el inicio de la segunda. (No, aún no sé de qué irá.) Lo que me impresionó, como dije en algún post, fue ver a los ancianos sentados todo el día en las mesas de fuera, las que están debajo del toldo. La foto fue tomada alrededor de las cinco de la mañana, antes de que abrieran, y ya había algunos ancianos allí, como se puede ver. Se van a sus casas o a donde se vayan --cetera is paribus-- a eso de las ocho de la noche. Todos hombres. Todos coreanos. Todos solos. Y todos peleando silenciosamente el espacio con cualquiera que trate de sentarse en "su" zona. No lo hacen con violencia, ni siquiera con palabras, pero es bastante claro que no quieren a nadie más a su alrededor. Eso no sólo me dio una escena muy buena, sino también el carácter de los hombres de la novela.
Hay más, pero eso es lo que se me ocurre contar ahora.
Ahora, algunas fotos curiosas:

El lavabo es de un cuarto de baño del restaurante en el que estuvimos la penúltima noche de mi estancia en Francia. (Afuera me esperaban Thierry Davo, Alain Mala y Carlos Ábrego, más el encargado de literatura latinoamericana de la librería donde había estado firmando ejemplares.) El baño era realmente minúsculo. De hecho, cuando entré, con el solo hecho de entrar, activé el secador de manos. La palanquita que se ve abajo se activa simplemente moviendo la pierna, y sale agua por el grifo. (Y, sin que uno quiera, se vuelve a activar el secador de manos.) Ingenioso, pero angustiante. Si uno se sienta en el excusado, seguro que las rodillas rozan la palanca, o quedan en medio de las piernas de uno, así que un movimiento brusco y tendrá aire caliente en la cabeza y agua saliendo por el grifo. Pensé en alguna escena inédita de La fiesta inolvidable, con Peter Sellers.

Me mandaron un libro desde Bolivia, una novela bieeeen rara de Adolfo Cárdenas que se llama Periférica Blvd. Erika Bruzonic ha hecho una reseña que puede encontrarse aquí, y yo por mi parte ya leí cuatro capítulos, y voy por los que siguen. Además de la novela, me emocionó ver las estampillas dedicadas al Che Guevara. Conocía algunas cubanas, pero ni de chiste bolivianas; mi padre tenía de esos billetes cubanos en los que él --el Che, no mi padre-- firmaba como ministro de economía o lo que haya sido. Johanna Marroquín me pidió que se las regalara, y se las di después de escanearlas. Pero hay algo más: la estampilla de abajo está dedicada a Francis Harrington, fundador en 1906 de la Iglesia Metodista de Bolivia, homenajeado por el presidente Evo Morales, según se lee en este link. El servicio postal hace extraños compañeros de carta...

Ésta la tomé en la parte medieval de Le Mans, a donde me llevó Gérard, el papá de Thierry. Y ¿qué más representativo de la medievalidad francesa que una auténtica cantina mexicana, con sombrero, cactus y todo? Ese día andaba bien enfermo, así que no me metí en detalles, o sea que no fotografié el menú. Lástima. Seguro había pasta.

Esta la tomé en la UCLA, donde me pidieron que diera una clase acerca de novela o algo así. Para los que no saben inglés, más o menos traduzco:
Razones para unirse a UCLA MED LEYS
Música a capella
#25
Regalamos galletas en las audiciones
(En serio, eso hacemos)

Roque Dalton dice que Jorge Arias Gómez llegó a la poesía a través de la revolución, mientras que él llegó a la revolución a través de la poesía. Alguien habrá que llegue a la música coral a través de las galletas...

Y éste es un detalle de un friso en una de las puertas de Nôtre Dame. Obviamente el tercero de izquierda a derecha es Juan el Bautista, que tiene que cargar su cabeza, y además ponerla en cierto ángulo para salir en la foto. Lo que me pregunto es por qué la expresión sonriente de los o las que están a sus lados. No pido que lloren, pero por lo menos que respeten...

Carpe diem


Estadísticamente, las probabilidades de que amanezca son altísimas. También lo son de que desde la puerta de casa se vea algo parecido a lo que aparece en la foto, árbol más, campana menos.
Aunque haya sido así al menos durante los últimos 48 años --me refiero a la recurrencia de los amaneceres-- y durante los últimos dos y medio --el hecho de que viva aquí y vea lo que se ve desde mi puerta--, nada garantiza --excepto la estadística, insisto-- que mañana vaya a ocurrir lo mismo; ya se sabe que los cataclismos cósmicos están a la orden del día, aunque no se me ocurren casos citables a esta hora y recién despertado; mi cerebro empieza a funcionar por allí del mediodía. Baste decir que en la zona de la Osa Mayor se alcanzan a ver unas cincuenta galaxias, además de las estrellas dispersas de la nuestra, y allí deben estar pasando cosas a diario; y en la Osa Menor está la estrella de neutrones más cercana a la Tierra, lo que debe ser peligrosísimo, según se infiere de lo que dice Wikipedia:
Una estrella de neutrones es un remanente estelar dejado por una estrella después de agotar el combustible nuclear en su núcleo y explotar como una supernova tipo II. La masa original de la estrella debe ser mayor que 9-10 masas solares y menor que un cierto valor que depende de la metalicidad. Para masas menores que 9-10 masas solares, la estrella degenera en una enana blanca, formando a su alrededor una nebulosa planetaria, mientras que para masas mayores al límite superior, la estrella degenera en un agujero negro.
Visto así, me agarra un cierto sentimiento de autoculpa por haberme pasado buena parte del día de ayer absolutamente dormido: ¿qué tal si nos cae algún cataclismo y mañana --o sea hoy-- no amanece ni hay campanas a la entrada de casa? Y me doy cuenta de que aquello de Carpe diem tiene sus límites: no podemos carpediemizar todos los días como si fueran el último, o el cansancio de tanta emoción nos volvería locos o, en efecto, nos llevarían muy rápido a que no hubiera amaneceres nuevos ni viejos ni de ningún tipo.
Ayer, pues, producto del cansancio de andar en lo del Carpe, me pasé dormido una cantidad vergonzosa de horas, que por algo era el segundo día de mi descanso, y en el primero trabajé lo bastante para merecerlo. (De hecho el lunes tuve una reunión que estuve preparando durante dos meses, y la última semana fue de mucha tensión, como resultaba lógico.) Eso sí, terminé el día viendo con Krisma cuatro capítulos seguidos de la serie Héroes (o Heroes para quien lo quiera en inglés): el último de la primera temporada y los tres primeros de la segunda. Igual los vamos a ver en la tele, con subtítulos y comerciales, y cuando salgan en cajita seguro los compramos, pero no pudimos resistir la tentación de hacer uso de la tecnología *.torrent para saber de las tribulaciones (y asteriscos) de Hiro Nakamura y compañía.
Lo que más culpa me produce es que no trabajé en la novela, aunque no suelto el cuaderno naranja por si hay chance de meterle mano. Pero, bueno, una novela es sólo una novela, y si cae lo del cataclismo ya no tendrá importancia si la terminé o no.
Así que es miércoles de nuevo y tengo reunión en un rato para un proyecto bien interesante que podría involucrar al taller de video; luego tengo que bajar corriendo a San Salvador, y regresar del mismo modo, para estar después del almuerzo en La Casa. Mañana, taller desde las diez de la mañana. Viernes, taller de novela, más lo que se presente en medio de ambas cosas, que casi siempre se presenta algo o alguien, y luego el sábado lo del video y el domingo lo del taller de poesía. Y otra vez estaré el lunes pensando: "Ah, amaneció y no nos tragó el agujero negro de la Osa Menor", aunque quién sabe qué haya pasado en las constelaciones de la Mayor. Y el miércoles quizá ponga un post similar a éste.
Lo que sé es que la presentación del libro de Denise, Las flores, será el próximo 26 de febrero en la librería Sophos, de Guatemala, y se espera que esté allí. Y yo espero estar allí, cómo no. Según las probabilidades, tendría que pasar, pero no garantizo que no se acabe antes el universo, desde ya lo advierto.
Carpe diem, pues, y a lo que viene.

14 de enero de 2008

Cosa varia y columna

Entre el trabajo de las últimas semanas ha estado la recopilación de las "unidades" (poemarios, libros de cuentos, etcétera) de los compañeros de La Casa del Escritor, para hacer un recuento después de cinco años y medio de taller, cuatro de ellos en Villa Montserrat. Además de lo que ya está publicado o por publicarse, de los compañeros que aún trabajan en sus "unidades", etcétera, ha salido una docena de libros de muy buena calidad. (¿Debería haber de otros?)
Son más, claro; sólo estoy contando uno de Nancy, que ya lleva dos; no estoy contando ninguno de Krisma, que ya lleva dos publicados, otro terminado, otro en corrección y uno recién empezado, ni el de Denise (Las flores), publicado hace poco en Guatemala (¡en serio que hay que leerlo!), ni la novela de Vanessa a punto de publicarse, ni...
Bueno, una docena es lo que tengo en las manos, y me da bastante gusto y orgullo. Imagino que habrá a quien le parezca poco una veintena de libros para tanto tiempo de trabajo, y está bien. Lo que pasa es que no se trata sólo de escribir un libro, que eso --está comprobado-- casi cualquiera puede hacerlo, con o sin faltas de ortografía: se trata de que es el producto de un proceso de profesionalización intenso, fuerte y en ocasiones largo. No son algunos domingos y unos pocos ejercicios lo que harán a un escritor. Tampoco asistir a La Casa, eso es obvio: los que llegan ya son escritores, sólo les falta desarrollar ciertas habilidades técnicas, algunos métodos de trabajo y (aprovechando el tema de mis columnas de esta semana) una buena conceptualización de lo que hacen. Es una apuesta posible, y ha funcionado. Seguro hay más por allí, con trabajos también de muy buena calidad.
Cuando se publiquen los libros --ojalá sea pronto-- se verá que los compañeros se han matado heciendo lo suyo, y siguen en lo mismo. Un primer libro --que es el límite del taller de La Casa-- es apenas un primer libro; de allí para adelante queda el resto de la vida. Y, por lo que sé, todos los compañeros que han terminado su "unidad" están trabajando en nuevos textos, con la misma disciplina, goce y amor que necesitaron para lo primero.
Emocionado, pues.
Me emociona también una nota que publicó la escritoria boliviana Erika Bruzonic en su blog, La Lola, acerca de los cuentos de Georgina Vanegas, quien hace unos días ganó una mención en el concurso centroamericano de cuento convocado por la Universidad Francisco Gavidia de El Salvador. La nota puede encontrarse en este link. De hecho, no se pierdan el blog de Erika; es buenísimo. Sin conocerla aún puse por aquí un link hacia él; ahora lo voy a promover de la sección "Otros blogs" al de "Amigos y hermanos". Los motivos por los que hemos hecho amistad los contaré quizá en unos meses, cuando venga al caso; adelanto que es una amistad que debo a un viejo amigo que murió hace muchos años, con quien compartí cosas tan importantes como la literatura y desvelos hablando de cualquier cosa, en las lejanas épocas en las que aún tomaba café. (Para quien no lo recuerde o haya llegado tarde, hay tres posts en este blog en los que platico de por qué dejé de tomar café en 1982. Pueden seguir los links a la primera, segunda y tercera partes.)
Y ya reestructuré otra vez la novela que estoy escribiendo. Moví de lugar cuatro capítulos, y hasta donde veo van a ser doce, no trece como parecía. Estoy corrigiendo lo que ya llevo escrito y quizá en estos días de descanso (lunes y martes), más los ratos perdidos, escriba el capítulo que me falta y termine dos en los que he avanzado lentamente. Lo que no tengo idea es de qué tratará la segunda parte; tengo algunas imágenes, un par de frases y no mucho más. Quizá la tercera trate acerca de los Barrios Lejanos. (Yo también quiero saber qué son los Barrios Lejanos, por eso se me antoja escribirla.)
Volviendo a lo anterior, hace unos días conversaba con Herberth Cea y Alberto Quiñónez cómo comenzó el taller de La Casa, la primeritita sesión. Fue en la gasolinera que queda entre el Parque Infantil y el Centro de Gobierno, a eso de las seis de la tarde, en agosto de 2002, y estábamos sólo Krisma y yo, con refrescos de por medio en una de las mesitas de fuera. Habíamos visto unos poemas suyos --y ya nos habíamos visto mutuamente con bastante agrado-- y le pregunté: "¿Sabes qué es un verso?"
No es que yo fuera un experto en el asunto, aunque algo sabía. Nada más no se me había ocurrido pensar en una definición para "verso". En ese momento hizo falta y, zaz, la definición llegó solita. Y es tan obvia que no la voy a poner aquí. El que quiera averiguar que vaya a La Casa o que me mande diez dólares y una estampilla y le enviaré la respuesta a vuelta de correo. No se admiten reclamaciones.
Como empecé a trabajar con varias personas individualmente, y no al mismo tiempo, me harté de hacer la misma pregunta varias veces en la semana, o de echarme el mismo rollo una y otra y otra vez. Así que el 22 de septiembre organizamos la primera reunión colectiva. De siete personas (cuatro mujeres y tres hombres) sobrevivieron sólo las mujeres, a quienes se sumaría en noviembre Teresa Andrade. Todas ellas han terminado por lo menos... uhm... dos "unidades". (También el concepto de "unidad" tiene su encanto. Creo que ya hablé de eso en algún post perdido, así que puedo mandar la definición junto con la de "verso" a quien mande los 10 dólares.)
Curioso: con todo lo simple que es la definición de verso, con todo lo obvia que resulta, es una de esas cosas que uno tardará mucho tiempo en encontrar si no se la dicen, y a veces quizá no la llegue a conceptualizar. En general es la primera pregunta que se hace a la gente nueva, y hasta resulta divertido oír aquello de "Bueno... es algo como... pues dar un efecto, una sensación y... este... ¿cómo lo explicaría?", etcétera.
Si quieren ahorrarse los diez dólares y no quieren ir a La Casa, léanse el Canto de guerra de las cosas, de Joaquín Pasos. Allí es más que obvio. O Altazor, de Huidobro. O Nostalgia de la muerte, de Xavier Villaurrutia. Ni se les ocurra preguntarle a Neruda; es dueño de los peores cortes de verso que he visto, quizá con la excepción de los Veinte poemas y los Cien sonetos, y eso porque usa métrica.
Y va la columna de esta semana en Centroamérica 21, que puede encontrarse en este link. (La de Krisma está aquí.)

Concepto, plagio y mediocridad (y 4)
Rafael Menjívar Ochoa

Un novelista no lo es porque tenga la intención de escribir una novela, porque sea capaz de exponer las ideas que podría desarrollar o porque su concepto de literatura resulte audaz: lo es porque escribe novelas. Y aun así está en cuestión la calidad del producto –y el status del novelista–, según parámetros técnicos a partir de los cuales pueden trazarse juicios de valor. Lo mismo con un artista plástico: el concepto de una obra sólo vale en la medida en que ésta se encuentra bien ejecutada, y la propia ejecución es el concepto. Lo demás es ejercicio, apunte, juego... o farsa.
El amplio mundo del llamado “arte conceptual” está plagado de gente con poca o nula preparación técnica y profesional –con raras y tristes excepciones–, pero que logra insertarse en un mundo creado para y por ellos, con “críticos” formados en “el concepto” –a falta también de una preparación adecuada, quizá– y espectadores capaces de especular acerca de manifestaciones que en general son obviedades forradas con papel de regalo de no muy buena calidad.
Esto no es privativo de El Salvador. Desde que Andy Warhol (quien hizo lo que hizo, y ésa fue su apuesta) dio el disparo de salida, toneladas de personas, con sólo una idea vaga de lo que es el arte, han encontrado un nicho a veces jugoso, a veces magro, pero que siempre les dará algo de notoriedad.
El propio Warhol, no sin ironía, dictó que todos en el mundo tienen derecho a quince minutos de fama. Se refería, sin duda, a quienes gravitaban a su alrededor, que fueron considerados genios por la “intelectualidad” formada en el “concepto”, y de quienes no sobreviven los nombres ni la obra, salvo contados casos. Lo que estableció Warhol fue un homenaje a la mediocridad, y a la vez decretó su abolición al darle un tiempo de expiración.
El arte –cualquier arte– es eminentemente forma, una forma que busca la originalidad, la unicidad, la identidad entre ella y su autor. En el arte “de verdad”, el concepto no sólo se aplica a obras individuales, sino al producto de toda una carrera. En el “arte conceptual”, la originalidad se aplica –quizá por falta de una estructura mental y espiritual adecuada– sólo a obras individuales: se tata de tener “una idea” y aplicarla –con lo cual coincidiría con cualquier pieza de arte–, pero sin una noción de sistema, como un hecho aislado, no como un planteamiento vital, que sería lo que se esperaría.
Varios ejemplos que tienen que ver con la municipalidad “conceptual” salvadoreña.
En 2001, luego de los atentados contra el World Trade Center, un artista conceptual anunció que realizaría un homenaje a los muertos. Ante la Casa de la Cultura del Centro llegaron autoridades de Concultura y de la embajada de Estados Unidos, y durante un buen rato se dedicaron a ver cómo el artista en cuestión pintaba decenas de pequeñas y torpes cruces (más bien parecían equis) a lo ancho de la Primera Calle Poniente, en colores blanco y amarillo, con pintura de aceite. Hubo los discursos de rigor, en los cuales las autoridades salieron lo mejor libradas que pudieron, y el artista vio su fotografía en varios medios al día siguiente.
Las cruces permanecieron allí durante años, sin valor y sin sentido: lo que quedaba era una calle que alguien había manchado, a reserva de que se quiera ver un simbolismo en los miles de veces que las cruces fueron pisoteadas por el constante flujo de transporte colectivo. Sin el artista presente para explicar “el concepto” a quien quisiera oírlo, hasta el día en que se repavimentó la calle, aquello era uno de los tantos detalles que afean el centro de San Salvador.
Hace mucho menos tiempo, se realizaron varias actividades también en el centro de la capital. Una de las artistas pasó con un carrito comprando cosas en varios de los puestos informales de la calle Rubén Darío y después se fue a trocarlos, en un parque, por lo que le quisieran dar a cambio. Mientras, otro colocó una pistola dentro de una caja con cristal en un poste, para esperar la reacción de “la gente”. Lo que ocurriera sería la obra estética. Etcétera.
Si se ve, sin la explicación de lo que “realmente” significa cada “hecho artístico”, éste no tiene un valor propio. Y hay una constante: aunque se dice que es un modo de llevar el arte “al pueblo”, éste sólo juega un papel como parte de la escenografía, en la que el “artista” es el eje, y la “obra” un pretexto para que lo sea.
En “El libro negro”, el millonario Gog, el personaje de Giovanni Papini, hace escarnio de un escultor que propugna lo efímero: esculpe sobre hielo con un soplete, y sólo durante algunos segundos puede verse algo que lejanamente recuerda una escultura. “¡Mírelo ahora –dice–, o se perderá para siempre!” Lo que buscaba el escultor, como muchos de los personajes que pululan por el libro, era patrocinio para seguir ejerciendo su arte. Y Gog, a cambio de la decadente diversión, le da unos cuantos billetes, más a manera de humillación que de apoyo.
Al parecer la idea de Papini pegó en muchos “artistas conceptuales”, y se dedicaron a hacer esculturas, pinturas, performances, happenings y similares bajo el signo de lo efímero. Si se lo piensa bien, es darse por vencidos de entrada: ¿para qué hacer una obra duradera y de rigor, para qué gastar la vida aprendiendo cómo hacerla, si será imposible alcanzar a Rembrandt, Miguel Ángel, Rodin o Klee?
No muy en el fondo lo importante es lograr el status de artista, así sea durante los quince minutos que Warhol decretó. Y a veces parecería un tiempo excesivo.

12 de enero de 2008

Las señoras de

Me encontré este artículo en algún lugar del disco duro que no revisaba desde hacía tiempos. Se habrá publicado a finales de 1999 o principios de 2000 en Vértice, y provocó una pequeña andanada de cartas de protesta, llamadas telefónicas y compañeras de trabajo y amigas que, en fin, reivindicaban su derecho de llamarse como se les pegara la gana.

Quizá sea un prejuicio, pero cuando veo en el periódico columnas o declaraciones de alguien que se presenta como Señora de Tal, paso de largo sin averiguar qué escribió o dijo; me da la impresión de que voy a leer las opiniones de su esposo. Lástima. Los “señores de” no escriben ni dan declaraciones, o no usan sus nombres de casados. (¿Cómo saber si lo están? ¿Importa saberlo?)
Supongo que las señoras en cuestión tendrán un apellido tan propio como sus opiniones, y que el hecho de entregar una parte de su identidad personal (un nombre es mucho más que un dato) me hace creer que han entregado otras cosas, que sin el “de” (un aval, después de todo) no podrían expresarse como lo hacen.
Bajo la firma de “señoras de” he leído titulares interesantes, por ejemplo defensas de los derechos de la mujer, alegatos en contra de la promiscuidad sexual (léase: del derecho de los jóvenes de tener una vida sexual normal) y –lo admito– algunos relativos a problemas sociales que ha sido difícil pasar por alto.
La tradición es respetable, claro, y es ella la que indica que la esposa debe usar el apellido del esposo. Y más: en El Salvador, hasta hace pocos años, era obligatorio que las mujeres utilizaran el apellido de su esposo. Pero también estaba la fórmula “Socialmente conocida como...”, que pudo utilizarse en bien de la identidad propia. Pero resultaba que la “Señora Fulana de Tal” era socialmente conocida como “Señora Fulanita de Tal”, y lo que se ganaba era el dudoso beneficio de un diminutivo.
Hay países (Suiza, Italia) en los que los maridos pueden adoptar el apellido de sus esposas; los hijos, pues, continuarán la estirpe materna, y las hijas tendrán hijos con el apellido que decidan con sus parejas. En Colombia se permiten ya los matrimonios entre homosexuales y entre lesbianas, y se está en el proceso de permitirles la adopción de hijos, que no podrían llevar apellidos maternos o paternos sino de manera simbólica. El “Señor de” y el “Señora de” no tendrían que ver con su sexo, sino con... Bueno, la ley ya lo habrá previsto.
En mi mundo ideal, cada quién podría llevar su propio apellido, entre parejas del sexo que fuera, y todos felices. Y quizá no me perdería de interesantes artículos y declaraciones, que es en realidad lo que más me molesta. Lo que son los prejuicios.
(Me adelanto a eventuales preguntas: No, no he estado casado con nadie que quisiera llamarse “Señora de Menjívar”. Tampoco lo haría. No, no soy homosexual ni lesbiana. No, no me molesta que éstos se casen y adopten hijos. No, no me enoja que haya ”Señoras de”; cada quién hace con su nombre lo que mejor le convenga. No, no propongo el libertinaje ni la disolución de valores. En realidad no propongo nada: sólo expreso una opinión personal.)

8 de enero de 2008

El Quijote y Cien años de soledad

Hay pocas cosas que deteste. Bueno, a lo mejor son varias más de las que creo, pero entre ellas están las ediciones anotadas de Don Quijote, que son las más, en especial las que salen de las manos de la Real Academia Española o sus especialistas en Cervantes, que parecen ser todos. Recuerdo en especial la edición de un señor de apellido Casalduero --ya lo habré mencionado en este blog--, con la que Alianza Editorial celebró el número 1000 --y 1001-- de su edición de bolsillo. Era casi imposible leer un párrafo sin que hubiera cinco o seis llamadas al pie para explicar cosas que en el texto quedaban clarísimas. El colmo es cuando un pastor lee la carta suicida de un amigo que se ha matado por una mujer que no hace caso de sus requerimientos. A media carta, Casalduero llama al pie y señala: "El pastorcillo sabía leer." Era obvio que estaba leyendo, y que por lo tanto sabía leer. Pero unas líneas más adelante, en el cuerpo del texto, el propio Cervantes dice textualmente, también pecando de obvio: "El pastorcillo sabía leer." Y así cientos de notas, además de las de rigor (pero ¿es que hacen falta?) en las que se aclara el significado de alguna palabra en desuso.
Eso por no hablar de los estudios introductorios, de los análisis sesudos de cuanta cosa se les ocurra (el estado de la moneda en épocas de Cervantes, porf ejemplo; hablo en serio), interpretaciones acerca de lo que Cervantes quiso decir y el desciframiento de cuanto símbolo se pueda ver en el texto, al gusto del ensayista. Si a eso se le suma el mal enfoque que le dan al libro en las escuelas, en las lecturas obligatorias, y todo el rollo acerca de que es La Más Grande Obra Escrita En Lengua Española, uno detesta al Quijote y a Cervantes desde mucho antes de haberlo abierto, y quizá no lo lea jamás.
En mi caso, en la escuela, busqué los nombres de los protagonistas, les pregunté a algunos compañeros de qué iba la cosa, leí algún ensayo acerca de la obra y me saqué un buen diez en el examen, sin haberlo leído. Claro que mi padre, cuando era muy niño, me sentaba en sus rodillas y me lo leía, pero era otra cosa: allí estaba con mi papá y lo importante era estar con mi papá riéndome no sólo de lo que pasaba, sino también de sus explicaciones disparatadas --tenía un sentido del humor bastante desaforado en ocasiones-- y del hecho de estar juntos. Cuando me pusieron en mármol a Cervantes, con hojas de laurel crudas, no hubo modo de que le hincara el diente, la rodilla ni nada.
Leí El Quijote (en la malhadada edición de Casalduero, saltándome todas las llamadas al pie) apenas en 1986, o sea a los 27 años, en un viaje del Distrito Federal a la Comarca Lagunera, en Durango. Catorce horas de diversión legítima. Pocas veces me he reído tanto con un libro, y me di cuenta de que quienes dicen que don Alonso representa la locura y Sancho la cordura, o lo que digan, están hablando tonterías. El libro es mucho más profundo que eso, y a la vez más simple. Es un libro para reírse y pasársela bien, no para levantar cejas ni para ponerse en el plan de "Según mi humilde criterio"..., que nunca es humilde y que de criterio tiene muy poco. Lo que haya dentro, detrás, en medio y a consecuencia del libro --las "enseñanzas", si se quiere-- es parte de la novela, y parte de su humor, inseparable de todo lo demás.
Así que cuando Alfaguara, con el patrocinio de la Asociación de Academias de la Lengua Española, sacó una edición muy bonita del Quijote, con todos los estudios introsuctorios y los epílogos que se quiera, la compré con gusto (¡por sólo 10 dólares!) y con dos intenciones.
1. Leer la novela nuevamente. Aún no lo he hecho; sólo he tomado pasajes aquí y allá, mis favoritos y algunos al azar, y de verdad que me he reido.
2. No leer las notas al pie, así no entienda el significado exacto de las palabras, y pasarme por alto los estudios acerca del libro, aunque confieso que (h)ojeé la parte dedicada a cómo se armó la edición; vicios del oficio.

Cuando apareció una edición análoga de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, también por Alfaguara, también patrocinada por las academias de la lengua española y también a diez dólares ($9.95, para dar la impresión de que se está más cerca de los nueve que de los diez), pensé un poco diferente. Vaya: podría ser interesante leer el ensayo de Vargas Llosa (supongo que una selección de su famoso libro Historia de un deicidio, que nunca conseguí), lo que tuvieran que decir Carlos Fuentes y Álvaro Mutis y los pormenores de esa edición.
Con todo el respeto del mundo, después de haber leído completa la novela unas cuatro o cinco veces, más las lecturas parciales; después de treinta años de dedicarme a escribir y luego de lo que usted guste y mande, lo de Vargas Llosa me sacó bostezos, lo de Mutis se me hizo una apología de un buen amigo --que francamente no necesito-- y lo de Fuentes me pareció más o menos innecesario. Ni qué decir de los otros ensayos, y hasta la nota acerca de la edición, de cómo está corregida con respecto a la primera, de cómo se sortearon erratas acumuladas a lo largo de decenas de ediciones y de cómo García Márquez le metió mano para que quedara una especie de versión definitiva.
Lo que hice fue ponerme a leer la novela en varias sentadas --estoy en mi propia novela y en el trabajo de La Casa, que este año se pondrá bien interesante--, a disfrutarla y a armar mis propios criterios, que por algo --como diría Borges-- me la he pasado leyendo la vida más que viviéndola.
Pasó algo obvio: después de varias lecturas y de desarmarla de varios modos para aprender recursos, mi lectura ya no fue inocente, y me puse a ver las costuras, es decir: cómo está armada, cómo trata a los personajes, el lenguaje, etcétera. Y sigue pareciéndome que García Márquez es un narrador excepcional. En plan de hilar mucho más fino, me parece que la novela va decayendo después de la segunda mitad, quizá más en el último tercio, desde poco antes de la matanza en la bananera (uno de los episodios más impresionantes). En algún momento me pareció que el objetivo de contar el destino de la familia Buendía, de su casa y del pueblo se convierte en un objetivo demasiado obvio, y pierde el poder de la primera mitad. Se salva precisamente por la extraordinaria capacidad fabuladora del autor.
Noté algo: García Márquez crea personajes poderosísimos y de pronto, zaz, los mata unos párrafos después. En lo personal, me parece que, cuando los personajes comienzan a tomar una autonomía "peligrosa" (o sea necesaria), se deshace de ellos para no meterse en demasiados líos y para que la historia no se vea afectada. También pasa que otros personajes se le llegan a acartonar, precisamente porque los ha destinado a cumplir un papel dentro de la historia, no para que hagan lo que quieran. Los últimos están hechos ya casi sólo de palabras, y funcionan por la fuerte inercia que le ha logrado dar a la historia. La parte que siempre me molestó fue cuando el propio García Márquez y sus amigos de juventud aparecen en escena, casi al final, junto con el sabio catalán. Durante algunas decenas de páginas la novela pierde tensión, y puede ser difícil no desertar, aunque eso implique perderse páginas sensacionales y un final-final (una última frase) como pocas veces se ha escrito.
Puedo sonar soberbio o ingrato, y no es mi intención, sino hablar de una novela en la cual uno aprende mucho más que herramientas básicas, y que además --y sobre todo-- es muy divertida. Y muy subversiva, es decir peligrosa, como El Quijote.
Siempre me ha dado la impresión de que muchos ensayos que se escriben alrededor de las grandes novelas tienen dos objetivos:
1. Que se luzca el que los escribe.
2. Tratar de quitarles peligrosidad. Si algo es explicable "científicamente", pierde la magia. Y Cien años de soledad es magia pura. Vaya: muy pocos, y entre los mejores García Márquez, se ha puesto a escribir tal cantidad de disparates, todos ligados y sin dar respiro, que resultan tan naturales como para seguir leyendo, fascinados. Eso lo confirmó en El otoño del Patriarca (¡se llevan el mar numerado y cuadriculado para cobrar deudas de dinero!) y un poco en El amor en los tiempos del cólera. Mi favorita, por perfecta, es Crónica de una muerte anunciada. La última parte de su producción, como Diatriba de amor contra un hombre sentado, y en especial Memoria de mis putas tristes, me parece prescindible; El general en su laberinto me aburrió, aunque la leí dos veces (la segunda para confirmar que no es lo mejor que ha escrito), etcétera. La increíble y triste historia de la cándida Eréndira me parece fundamental, y La mala hora es una excepción notable: es una novela negra ubicada en la selva, cuando el canon dice que ese género es neta e indisolublemente urbano.
En fin, me la pasé muy bien releyéndola completa después de unos diez años, quizá doce. Me alarma que la RAE pueda convertirla en lo que da a entender que es El Quojote: un ladrillo pesado e insalvable. Ninguna de las dos lo es.
Hay varios pasajes que marqué. Uno de ellos es de cuando agarran preso al coronel Aureliano Buendía. La descripción suena mucho a la captura del Che Guevara (p. 146):
La tropa pugnaba por someter a culatazos a la muchedumbre desbordada. Úrsula y Amaranta corrieron hasta la esquina, abriéndose paso a empellones, y entonces lo vieron. Parecía un pordiosero. Tenía la ropa desgarrada, el cabello y la barba enmarañados, y estaba descalzo. Caminaba sin sentir el polvo abrasante, con las manos amarradas a la espalda con una soga que sostenía en la cabeza de su montura un oficial de a caballo.
Y también lo de que muchos de los que participaron en la muerte del Che fueron muriendo de manetas "misteriosas". (Si uno se fija, más bien se trató de asesinatos bien planificados, en la mayoría de los casos.)
"No se quieren acostar con un hombre que saben que se va a morir", le confesó ella. "Nadie sabe cómo será, pero toso el mundo anda diciendo que el oficial que fusile al coronel Aureliano Buendía, y todos los soldados del pelotón. uno por uno, serán asesinados sin remedio, tarde o temprano, así se escondan en el fin del mundo..."
Hay un pasaje que define muy bien lo que llega a pasar con los que se ponen a pelear contra los militares (miren si no cómo se comportan muchos ex guerrilleros, triunfantes o no). En esta escena Aureliano Buendía está con el coronel Moncada, conservador y amigo de la familia, con quien tantos favores se deben y tantas cosas han compartido.

El general Moncada se incorporó para limpiar los gruesos anteojos de carey con el faldón de la camisa. "Probablemente", dijo. "Pero lo que me preocupa no es que me fusilen, porque al fin y al cabo, para la gente como nosotros esto es la muerte natural." Puso los lentes en la cama y se quitó el reloj de leontina. "Lo que me preocupa --agregó-- es que de tanto odiar a los militares, de tanto combatirlos, de tanto pensar en ellos, has terminado por ser igual a ellos. Y no hay un ideal en la vida que merezca tanta abyección". Se quitó el anillo matrimonial y la medalla de la Virgen de los Remedios y los puso junto con los lentes y el reloj.
--A este paso --concluyó-- no sólo serás el dictador más despótico y sanguinario de nuestra historia, sino que fusilarás a mi comadre Úrsula tratando de apaciguar tu conciencia.
Hay una observación acerca de la vida, la gente y la guerra que me parece magistral:
Al cerrarse la puerta, José Arcadio Segundo tuvo la certeza de que su guerra había terminado. Años antes, el coronel Aureliano Buendía le había hablado de la fascinación de la guerra y había tratado de demostrarla con ejemplos incontables sacados de su propia experiencia. Él le había creído. Pero la noche en que los militares lo miraron sin verlo, mientras pensaba en la tensión de los últimos meses, en la miseria de la cárcel, en el pánico de la estación y en el tren cargado de muertos, José Arcadio Segundo llegó a la conclusión de que el coronel Aureliano Buendía no fue más que un farsante o un imbécil. No entendía que hubiera necesitado tantas palabras para explicar lo que se sentía en la guerra, si con una sola bastaba: miedo.
Hoy es martes. A seguir en lo que haya que seguir.