15 de julio de 2005

Después de escrito el post sobre el martirio de Pedro, se me ocurre una posibilidad literaria à la Borges. Uno no anda ensayando su muerte ni sus últimas palabras, y si lo hace nada garantiza que salgan bien en la sesión de gala, que además es la única. A lo mejor en el momento del martirio -si ocurrió- a Pedro le pareció que ser crucificado de cabeza era un modo de ser humilde -más humilde que Cristo; allí es donde la teoría se cae- y, zaz, le cumplen el antojo. Y quizá, mientras moría, se dio cuenta de la metida de pata teológica, pero ya era demasiado tarde para solucionarla. Los soldados romanos no iban a voltear la cruz sólo para darle gusto, y no hubo quien recogiera sus palabras de arrepentimiento. O a lo mejor alguien las recogió, pero, ya se ve, incluso su crucifixión no deja de ser un mito, y en el mejor de los casos una posibilidad que se acepta por dogma, no por historia.