26 de julio de 2005

Solaris y el cine de arte

Hace unos días, gracias a Osmín Magaña, vi otra vez la película Solaris, de Tarkovski, luego de... híjole... casi dieciocho años, la edad de mi hija Eunice.
La novela original, del polaco Stanislaw Lem, es quizá una de las reflexiones más profundas y provocadoras acerca de la comunicación y el deseo (el deseo a secas, el deseo de cualquier cosa) que he leído, en un cerrado y asfixiante ambiente como los que tan bien le salen a Lem. (Léanse Retorno de las estrellas, La investigación o La Invencible para que vean a lo que me refiero.) La ciencia ficción, como en los mejores años del género, es para Lem un pretexto para lanzar perspectivas a futuro acerca del desarrollo de lo humano que tenemos los humanos. La conclusión es que la tecnología no es más que otro modo de hacer lo mismo que hemos hecho desde hace un par de millones de años, milenio más, milenio menos.
El tema es más o menos sencillo: existe un planeta llamado Solaris, que contiene un mar vivo, y es descubierto por los humanos. Durante décadas se trata de averiguar qué es eso: un ente inteligente, un ente estúpido, la suma de muchos entes, una especie de dios, un niño caprichoso, etcétera. Saben que es poderoso -cambia a voluntad la traslación del planeta entre tres soles-, y en la superficie pasan cosas raras que nadie entiende. Como se trata de la primera forma de vida extraterrestre de la que los humanos tienen noticia, se impone la comunicación, y se lanza todo el conocimiento de la Tierra para lograrlo. En vano. Décadas y décadas de teorías y esfuerzos y Solaris no parece entender lo que le dicen, ni importarle.
Entonces se fuerza la situación, se lanza radiación sobre el mar y... nada. Excepto que los miembros de la misión Solaris, que dan vuelta alrededor del planeta en una estación, empiezan a recibir "visitantes": seres queridos muertos en el mejor de los casos, sus fantasías más perversas en el peor. No informan de eso; solamente suspenden el contacto con la Tierra, hasta que uno de los científicos, Gibarian, ya desesperado, pide que manden a un amigo suyo a investigar. Lo mandan, pero cuando llega Gibarian se ha suicidado y sólo quedan dos habitantes en la estación, encerrados con los productos de su deseo (un niño y un enano, respectivamente). Por allí anda suelta una mujer inmensa y bella, la fantasía que provocó el suicidio de Gibarian. Mientras trata de comunicarse con ellos, el investigador recibe a su esposa, muerta diez años atrás. Como científico, parte de que ése es el modo de Solaris de comunicarse con los humanos, e investiga en consecuencia; como humano no sabe qué demonios hacer o pensar, porque quiere que su esposa esté allí, pero sabe que debe seguir muerta. (En el transcurso del libro, la relación entre ambos reproduce lo que vivieron en la Tierra y la esposa vuelve a suicidarse, como ocurrió originalmente.) Un libro terrible, obsesivo y bello.
En fin, después de ver la versión protagonizada por George Clooney, que no está mal con todo y las adaptaciones que le hicieron a la historia de Lem, vi la versión de Tarkovski, que recordaba magnífica. Y pasó algo paradójico.
La sensación que me dejó fue la de haber visto algo profundo y excelente. Pero estar viéndola fue una tortura en más de una ocasión. Hay escenas tan minuciosas, en las que el director se detiene en cada detalle de cada cosa; hay tantas reiteraciones, tantas referencias de una escena a otra, tanta imagen que no contribuye en nada al desarrollo de la película, tantas insinuaciones, tantos diálogos en el aire, tantos silencios, que a uno le dan ganas de ponerse a jugar Nintendo o a ver una con Jackie Chan (uno de mis ídolos, por otra parte). La vi con Eduardo, mi hijo, y a ambos nos pasó que nos generó sueño. No es que lo tuviéramos antes; es que nos dio sueño. Yo me quedé dormido en cuatro ocasiones, todas al principio de una escena, y cuando abrí los ojos estaban en la misma escena y no me había perdido de nada. A Eduardo le pasó dos veces.
Creo que originalmente, hace mucho tiempo, me pasó lo mismo, pero había olvidado el proceso de estar viendo la película y sólo me quedé con la esencia. Insisto: después uno sabe que ha visto una buena película... y no extraña los pedazos que se perdieron en las cabeceadas, ni dan ganas de repetírsela.
No es apropiado (como diría Aldebarán) decir lo que voy a decir, pero es cierto: en general me da mucha pereza eso que llaman "cine de arte". Me produce lo mismo que la de Tarkovski, o cosas peores. De Bergman, por ejemplo, me encantan El séptimo sello y La vida de las marionetas, que son de lo más audaz; lo demás lo he visto por cultura general, y no repetí ninguna. La Trilogía y el Decálogo de Kieslovsky se las regalo. Rojo, Azul y Blanco las vi por disciplina, y porque mis amigos dijeron que había que verlas y que tenían que gustarme; no hubo una en la que no me durmiera o en la que hubiera algo que me provocara la mínima emoción. Vi no sé qué números del Decálogo (dos nada más), y de allí me fui a ver alguna de guerra o de karate. Almodóvar me parece una moda para gente light que trata de no serlo; es como un niño haciendo pipí a los pies del pizarrón para caerle bien a los compañeros y mal a la maestra, sin aportarle nada a nadie más que a su poco interesante ego. Uno de los paradigmas, Betty Blue, me pareció una serie de cosas injustificadas, y lo más sensato fue que la mujer se sacara un ojo, porque si no uno no tiene que contarle a los amigos. (Se alaba mucho la escena del principio. Nada que Linda Lovelace o Georgina Spelvin no superen en sus peores momentos, y sin presumir de andar en cosas artísticas.)
Cada cierto tiempo hay gente que me dice que hay un ciclo de "cine francés", así nomás, o de "cine de arte", para diferenciarlo del cine de Hollywood, y me invita a ver un par de películas. Y muy respetuosamente digo que gracias, que tengo que hacer, pero en realidad detesto a los directores que tratan de ser más inteligentes que su público, y de hacer que quede claro. Es el vicio del "cine francés" o del "cine de arte". Hay otro: tratar de hacer las cosas de manera tan diferente a las de "los gringos" que les quedan unos bodrios infumables.
Mientras, me quedo con mis favoritas: Juana de Arco: La ira de Dios, El Ángel Azul de Von Sternberg, Quien le teme a Virginia Woolf, El resplandor y Naranja mecánica de Kubrik, El color púrpura y El imperio del sol de Spielberg, ¿Quién ama a Gilbert Grape? y El sueño de Arizona, con Johnny Depp, varias de Kurosawa, casi ninguna de Woody Allen... además de Star Wars (1, 4, 5 y 6), Indiana Jones (las tres), el cine negro de los cincuenta, Jackie Chan, y las de Bruce Willis. Anoche vi Hostage, precisamente con Bruce Willis. Me la pasé muy bien, aunque me parece que el mejor papel de Willis es El último boy-scout. Hoy toca Constantine, con Keanu Reeves, por segunda vez. Excelente.
Ah: Bird, de Clint Eastwood, está entre mis favoritas, y dura dos horas con cuarenta y cinco, como Solaris. ¿Quieren un consejo? Lean el libro. La de Clooney está bien para divertirse, y le pesca bien el meollo al asunto y hasta se inventa cosas muy buenas, pero se van a perder de lo más importante. Si no lo encuentran en la librería, que es lo más probable, dicen -sólo dicen- que el libro se puede conseguir en Internet, gracias a la maravillosa tecnología del P2P. La de Tarkovski... híjole... No sé si valga la pena toda esa tortura para decir "Qué buena estuvo".

3 comentarios:

Arbolario dijo...

A veces sucede así, Rafa. Es mejor quedarse con el recuerdo de alguna película o libro, pues una nueva visita nos decepciona.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Lo malo es que no puedes saber. He re-visto películas que me han gustado más que la primera vez, y otras a las que les he encotrado cosas nuevas.
Hay varias que no vería ni aunque fueran las últimas en el mundo, como Teorema, de Pasolini, y La luna, de Bertolucci. Quinto elemento la he visto unas 25 veces, más las que faltan...
Saludos.

Aldebarán dijo...

La idea de "El quinto elemento" me parece buena, pero la concreción no me gustó. El papel de Gary Oldman es demasiado... ¿soso? Un malo de película es... de otro modo, no así.
Sin embargo, coincido que el papel de Bruce Willis en "El último boy scout" es bueno.