25 de octubre de 2005

Homenajes involuntarios

Algunos homenajes llegan en frascos extraños, pero no son los peores, y generalmente resultan los más divertidos.
Por ejemplo, hay un foro en Yahoo, formado por varia gente interesante (a varios de ellos los quiero un montón, y hasta soy correspondido), en el cual se puede hablar de todo y puede entrar todo el mundo, y sólo tiene una restricción: soy el único que no puede suscribirse. De los motivos, impuestos por tres o cuatro personas, quizá hable alguna vez; en general son mezquinos, y ése es el encanto: todo lo que se haga en ese foro tiene que ver conmigo, así nadie me mencione (porque también está prohibido mencionarme). Mi ego de Leo con ascendente Escorpio se infla a niveles de estallido.
Ése es un homenaje permanente, pero hay otros un tanto más coyunturales. Por ejemplo, hace una semana, en su programa Universo crítico, de Canal 10 Geovani Galeas entrevistó a Federico Hernández Aguilar, presidente de Concultura, y a Luis Alvarenga, director de la revista Cultura, y se puso bien raro con respecto a mí. (Y pensar que hace un par de meses nos echaron juntos de una cantina... Hablo en serio. A él con su cerveza y a mí con mi coca de dieta.) Protestó porque en el número 89 vienen dos trabajos míos (no uno solo, como a los demás autores): un ensayo sobre Roque Dalton titulado Un artículo levemente odioso (el número estaba dedicado a RD) y el texto Espejos. (Necesito actualizar mi otro blog pero no he tenido ganas.) El primero se publicó en Nueva Orleans, en una antología de ensayos preparada por Rafael Lara Martínez y Dennis Seager, y el segundo --como se ha dicho aquí hasta el cansancio-- en Los mejores cuentos mexicanos 2004. Hubo tres argumentos de Geovani que me encantaron:
1. Que Espejos no es un cuento.
2. Que iba a necesitar leer no sé cuántos libros de filosofía para entenderlo.
3. Que habiendo tantos narradores en El Salvador, ¿por qué publicar un texto mío precisamente?
En el primer punto estoy de acuerdo con Geovani: eso no es un cuento, y tuve a bien decírselo a Eduardo Antonio Parra, el compilador, y antes de eso a quienes lo publicaron en la revista Castálida, de donde salió para la antología. Lo dije también en este post, y si Geovani quiere estoy dispuesto a protestar junto a él donde sea necesario y a firmar lo que sea preciso para que nadie lo considere un cuento.
En lo de los libros de filosofía está el verdadero homenaje, que acepto con tanta humildad como me es posible --poca, si somos francos--, porque no consulté uno solo para escribirlo o corregirlo, de filosofía ni de nada. Lo que pasó fue que un día de diciembre de 2o01, aprovechando las vacaciones, me encerré en un cuarto vacío de la casa donde vivía, con un cuaderno, una mesita y dosis industriales de coca de dieta y cigarros y me puse a darle a la pluma. (Sí, salía a comer y al baño; espero que no sea tomado en mi contra.) Una semana y media después estaba listo el borrador, y me pasé el año siguiente corrigiéndolo junto con otros textos: Trece, Instrucciones para vivir sin piel y lo que llevaba de Breve recuento de todas las cosas, en el que no avancé mucho. (Lo terminé hará cosa de un año.) En 2003 mi amigo Hugo Ortiz me pidió "algo" para publicar en Castálida, se lo envié con la advertencia de que no era un cuento, lo puso en el número de diciembre de 2003 y de allí lo agarraron para la antología. Nada tenebroso, oculto ni terriblemente egomaniaco, sólo el proceso natural de todo texto.
De hecho creí que no se publicaría, porque no tenía esa intención y porque en efecto es rarísimo. Por esos días estaba bien malo de los nervios, en las secuelas de la muerte de mi padre, y tenía ataques de pánico y me despertaba a gritos en las noches y cosas así. Todo el síndrome de estrés postraumático. Espejos fue un modo de entender algunas cosas, y de algo habrá servido, aunque la solución fue un tanto más brusca: unos meses después mandé todo al diablo y volví a empezar.
La pregunta de que "habiendo tantos narradores en El Salvador" por qué me publican a mí trae incluido su propio antídoto: soy uno de esos tantos narradores, y en algún momento iban a publicarme, supongo. La respuesta de Luis Alvarenga fue más parca, pues él es bien parco: "Porque es bueno."
En el fondo supongo que Geovani lamenta que no hayan publicado un texto suyo acerca de Roque Dalton, porque se considera uno de los especialistas del tema. O un cuento, en su defecto, y cree que le quité el espacio. No sé los motivos de los editores, y no está entre mis fueros saberlo. No conozco ningún cuento de Geovani y no podría decir si es tan bueno como los de los "tantos" narradores que hay en el país. (En realidad somos bien poquitos. No me atrevo a contar con una mano porque me da miedo de que me sobren dedos.) Lo que le puedo asegurar es que no fue mi intención que publicaran dos textos míos en Cultura (¡dos!), y de habérmelo dicho me hubiera opuesto, para no herir susceptibilidades. Me pidieron materiales, envié algunos que tenía listos (varios ya publicados) y ellos sabrán cómo los distribuyen. Francamente lo que me dio más gusto fue que pusieran tres poemas de Teresa Andrade, una de las "poetas niñas" de La Casa; fue un orgullo aparecer junto a ella.
Por de pronto, me gusta que hablen mal de mí en la tele, frente a un montón de gente, y mientras más acusaciones me hagan, mejor. Me hace sentir más sexi.