17 de julio de 2007

La Semana de Bellas Artes

Uno de los suplementos culturales más interesantes y de mejor calidad que he conocido fue La semana de Bellas Artes, que empezó a aparecer en México en la época del presidente José López Portillo, con Juan José Bremer como director del Instituto Nacional de Bellas Artes, el escritor Gustavo Sáinz como director de literatura del INBA y... bueno... he encontrado en internet a varios que dicen que la dirigieron; en el ejemplar que tengo a la mano (16 de abril de 1980) consta que los coordinadores editoriales eran Ignacio Trejo Fuentes, Sergio Monsalvo y Arturo Trejo Villafuerte. No se habla del director.
Según Sáinz, el suplemento tiraba 350,000 ejemplares y se distribuía en el periódico El universal. No creo que ese diario vendiera tanto, así que es seguro que se repartiera también en los demás medios nacionales, de manera gratuita. Aparecía los miércoles, y sólo por él valía la pena comprar el que fuera.
Recuerdo algunos números en especial, que guardé durante años, y algunos de ellos aún deben estar en casa de mi hija Eunice en México, en alguna caja. El único que llegó conmigo a El Salvador fue uno dedicado a Roland Barthes, con textos suyos y acerca de su obra, que releeré en estos días. No sé por qué ése en especial; lo encontré hace unos días en un fólder con borradores y recortes viejos.
Por ejemplo, en La semana publicaron unas excelentes traducciones de Las quimeras completas, de Gérard de Nerval, con varios estudios sobre la obra. Hubo números dedicados a poesía visual --no sé si en rigor haya algo así; en México se desarrolló bastante desde finales de los setenta--, a compositores, mexicanos y extranjeros y a lo que a uno se le ocurriera. No había un formato específico o secciones fijas, y cada número era una sorpresa. A veces se trataba de números totalmente monográficos, a veces había misceláneas de lo más heterodoxo, a veces pequeñas notas, poemas, cuentos...
Todo eso se sumaba al trabajo de Bremer como director del INBA, que era excelente. En esa época pude ver a la Sinfónica de Berlín dirigida por Von Karajan, los dibujos anatómicos de Da Vinci (¡sí, los originales!), la colección Armand Hammer, a Marcel Marceau... No había semana en que no hubiera algo digno de no olvidarse, y mucho de ello era gratis los miércoles y domingos, la entrada era barata y, si se tenía suerte, uno tenía una credencial de periodista que funcionaba muy bien, así fuera de una sección internacional. El paraíso para un chavo provinciano --como yo-- que quería ver, oír y leer todo.
Un día, en 1982, ya en las postrimerías del gobierno de López Portillo, apareció una nota en La semana de Bellas Artes que dejó helado a más de uno:


La nota se refería, sin pudor, a la primera dama de la República, doña Carmen Romano de López Portillo, y ya se sabe que nunca es sano hablar en esos términos de la esposa del presidente.
Doña Carmen, con el debido respeto, era parte del folklore político mexicano. Casi siempre iba envuelta en pieles, con ropa de colores un tanto excesivos y poca tela en los lugares estratégicos, maquillaje nada discreto y un cortejo amplio e igualmente excéntrico.
Ningún medio de prensa se hubiera atrevido a publicar ya no lo que se lee en la nota de María Velázquez Pallares, sino siquiera una insinuación acerca del color de sus uñas. Ella no era mucho de aparecerse en actos artísticos, y la Feria Nacional de San Marcos no lo es; está dedicada al jaripeo, el ganado y la producción de vinos y brandys. La pregunta siempre fue: ¿cómo diablos llegó esa nota a las páginas del suplemento? Se salía totalmente de registro, por el tema, por el mal gusto y por lo suicida.
El rumor es que la periodista escribió la nota como una broma y la repartió entre los de la redacción, y alguno la publicó a espaldas de los editores para dañar a quien correspondiera.
Le correspondió a Juan José Bremer: tuvo que renunciar a Bellas Artes. Gustavo Sáinz también debió irse, se retiraron los ejemplares que se pudo, y de un miércoles para otro el suplemento desapareció, obviamente sin la menor explicación oficial. De los pocos ejemplares que lograron repartirse, se sacaron miles de fotocopias de la nota en cuestión, que circuló de mano en mano. A mí me llegó y también pasé algunas, para no cortar la cadena.
Hace un par de años, Sáinz contó su versión de los hechos en el diario La jornada, y es tan sencilla que se me ocurre que es cierta. Puede encontrarse aquí.
Conocí a José Tlatelpas --a quien Sáinz menciona-- por allí de 1980. Tenía una especie de taller de poesía, un grupo de jóvenes que se reunía en una librería a la que yo era adicto --me hacían buenos descuentos--, y me invitó a participar. Fui un par de veces, la primera por curiosidad y la segunda por compromiso. Leyó algunos de mis poemas, le gustaron --allí empezó a no gustarme el asunto-- y me dijo que había chance de publicarlos no sé dónde. Antes de mi primer libro sólo publiqué tres o cuatro textos en revistas, y esos poemas no estuvieron entre ellos.
Busco en Google cualquier referencia a María Velázquez Pallares y no la encuentro. ¿Sería un pseudónimo? ¿O tan grave fue lo de la nota?

4 comentarios:

Vanessa dijo...

Pues para lo aburridos que son los textos de Barthes debo decir que no se veía tan mal. Cincuentón (no, cuarentón quizás) interesante, no? Nunca había visto una foto de él.

Hugo Martínez Téllez dijo...

Maestro Menjívar:
Recuerdo mu bien ese episodio y yo soy uno más de los que extrañamos el suplemento (durante algún tiempo guardé algunos números dedicados enteramente al cuento) de Bellas Artes.
Entonces trabajaba en el Unomásuno y los compañeros de la sección de cultura comentaban que la nota del conflicto la había escrito, con seudónimo, la novia de Sáinz (Alejandra Luiselli, una escritora que no levantó el vuelo).
Que yo sepa, nadie murió por ese incidente. Aunque a López Portillo no le quedaba de otra que hacerse el ofendido, en realidad su esposa la valía gorro... ya andaba con Sasha.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Vanessa: Esteee... Mejor no digo nada.

Hugo: Benditos los ojos que te leen.
Busqué el nombre de la chava y encontré una... uh... crítica sobre un libro de Sáinz aquí. Le falla de la puntuación parriba.
Lo que no sé es para qué haya escrito la nota con pseudónimo, si se suponía que no se iba a publicar, y tampoco sé si sea cierto lo que dice Sáinz sobre Tlatelpas. A menos que quisieran volarse a Bremer. Fue una pena, en todo caso.
De vez en cuando veo a Sasha M. en Cine Latino, mesmamente como Nuestro Señor la puso en el vientre de su mamá, en películas de pulquerías y similares, nomás por pura nostalgia. Entiendo que anda ahora peleando la herencia de JLP.

Hugo Martínez Téllez dijo...

Supongo que la nota se firmó con seudónimo porque sí se iba a publicar, a pesar de lo que diga Sáinz (a quien no conozco... es decir, no sé si sea mentiroso o no).
Y en ese asunto de las grillas, ya sabes que todo mundo es capaz de cualquier cosa para joder al de arriba o al de al lado.
Un abrazo, maestrísimo