16 de enero de 2007

Eliot

Mi comercio con T.S. Eliot no fue fácil en un principio, como no lo fue con Borges.
A ambos traté de empezar a leerlos más o menos en la misma época, quizá a principios de 1979. No sé si escogí mal los libros o simplemente era un muchacho tonto; intuyo que se trató de lo segundo. De Borges compré Ficciones, y cuando empecé con "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" no supe lo que me estaba pasando. De Eliot conseguí The Waste Land, primero en español y luego en inglés. Lo que vi fue un modo gélido de escribir y de plantear ideas en bruto, con las que además me pareció que no estaba de acuerdo. Es decir: traté de discutir con ellos, de "entenderlos" y luego de confrontarlos.
Durante año y medio estuve entre dos sensaciones: sentirme estafado y sentirme estúpido. Cada uno o dos meses agarraba Ficciones y The Waste Land y me resbalaba por ellos como sobre un larguísimo tobogán de hielo untado de mantequilla. No se me quedaba nada. No entendía nada. No me gustaba nada. Además, como andaba en eso de la izquierda radical, resultaba que Borges era un fascista y Eliot un aristócrata, y ya se sabe que ambas categorías pueden ser igual de malas en la escala que va de proletario a explotador.
Un día, de repente, en uno de los tantos intentos, entendí el juego de Borges: jugar, nada más. (Claro que para ese entonces ya iba bien avanzado en la lectura de Cortázar y de otros no menos cronopios.) Y me di cuenta de que ese su lenguaje gélido era en realidad de una riqueza y un barroquismo espeluznantes, y que me tocaba lugares que nadie me había tocado antes, y que quizá no había querido que me tocaran. (Uno tiene sus pudores a esa edad. A esta también, pero son otros.) Y no paré hasta que no leí varias veces sus obras completas, sin contar entrevistas, ensayos, conferencias, lo que fuera. Me volví casi un groupie de Jorge Luis Borges.
Entonces agarré The Waste Land y me puse a leerlo a secas, nada más a leerlo, sin tratar de discutir con Eliot. Y me di cuenta de que debajo de toda esa frialdad aparente hay una emocionalidad terrible, una desolación que es capaz de hacer llorar, y que el "discurso intelectual" de Eliot, en su poesía, esconde a veces a un niño sentado en un rincón oscuro que pregunta: "¿Por qué?"
Después me seguí de largo con otros libros suyos, teatro y ensayos incluidos. Me di cuenta de una trampa en la que caen sus traductores: Eliot escribe con una simplicidad, de manera tan directa, que se puede confundir con "prosa cortada", es decir: que está contando una historia y, para darle un cierto ritmo, corta las frases. Y pues no. Su intención es absolutamente poética, y su lenguaje tiene las características del lenguaje poético más complejo. Y la mayor parte de las traducciones de Eliot las hacen traductores, no escritores.
A lo largo de años, de tarde en tarde, me he puesto a traducir cosas suyas para consumo personal o de gente a la que quiero. Mi padre, por ejemplo, no entendía muy bien mi fascinación por Eliot, así que le traduje algunos poemas de Pruffrock y otras observaciones. (En mi otro blog, aquí, he puesto una de esas traducciones, la de "Retrato de una dama", que de refilón se publicó en la revista Alkimia en 2000.)
Y bien, en 1980 compré Four Quartets en una edición rústica de Farber & Farber, en la Librería Británica de la calle de Serapio Rendón (allí me pasaron cosas buenas que alguna vez contaré). Más que amarillento, luego de haber pasado por muchas manos, las hojas quebradizas y sin embargo aún bien encuadernado, el año pasado se lo presté a Mario Zetino para que le diera una (h)ojeada, por ciertas cosas de ritmo que andaba buscando. Se lo llevó a la hermana república de Santa Ana y en la cuadra de su casa, antes de que terminara de llegar, lo asaltaron. En su mochila allí iba mi ejemplar de Four Quartets. Y, en fin, no pasó nada; el poema se puede conseguir en un montón de páginas de internet, y no soy el fanático que necesita de un libro como Dios manda (o eso dicen que manda los que cren en un dios) para disfrutar de un buen texto. De hecho hace unos años traté de traducirlo de un texto electrónico, y la verdad no me gustó el resultado y lo dejé para un mejor momento.
Hace unas semanas, Herberth Cea --por cuyas manos también había pasado el viejo ejemplar de Four Quartets fue a San Francisco y Oregon, y pasó por Big Sur, el último hogar de Henry Miller. Mario, con una vergüenza que en serio no debía tener motivos, le pidió que tratara de conseguir el libro, y ¿qué mejor lugar que Big Sur para comprar el poemario de un sureño estadounidense nacionalizado inglés que se convirtió al catolicismo y era dscípulo de Ezra Pound? Es decir: en Big Sur puede pasar cualquier cosa.
Así que Herberth me lo trajo y ayer por la noche me puse a leerlo. Y no me resistí a intentar otra traducción, así que me vine a la compu y a darle hasta las seis de la mañana, y luego antes de almorzar y después de almorzar.
La primera vez que lo intenté me resultó complicadísimo, y ahora el texto se desliza solo. Hace unos minutos terminé el borrador de la primera parte ("Burnt Norton"); un excelente modo de pasar el Día de la Paz, digo yo.
Herberth también me trajo un disco con la voz de Eliot leyendo sus poemas. Aún no me atrevo a escucharlo y allí está, con su sonrisa de doble intención en la portada. Quizá en un rato más.

5 comentarios:

Aldebarán dijo...

Yo también comencé a leer al Maestro con "Ficciones" y me parece que a una edad un poco más temprana que la tuya, si no la misma.
Recuerdo haber tenido una especie de mareo y dolor de cabeza luego de terminar de leer sobre Tlön. Me tomó cerca de siete años más volver a retomar nuevamente ese libro sin volver a marearme y unos más disfrutarlo.

Por cierto, esos mareos únicamente me han sucedido cuando leí "Alicia en el país de las maravillas", "El hombre que fue Jueves" y "Tlön..." Curioso

sandra aguilar dijo...

lo siento pero no me puedo quedar con las ganas de opinar respecto de uno de los que considero como mis maestros en poesía, y eso te lo agradezco mucho a vos, por compartirlo hace ya un año y pico atrás. Sólo espero que quien se llevó el otro librito, que también pasó por mis manos, sepa valorar el tesoro que se llevó.

Victor dijo...

De tanto leerte que hablabas sobre Eliot, saque un tiempo y lo busque en la biblioteca de la UCA. Encontré Poesías reunidas 1909 - 1962, lo comencé a leer ayer.

Sólo he leído dos o tres poemas suyos, tengo que volverlos a leer y releerlos porque una frase me va fascinando o una estrofa me deja imaginando. Desde que descubrí a Girondo no me pasaba ésto.


Victor

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Aldebarán: Uno tiene libros que le cambian la vida. En mi caso fueron El paraíso perdido, de Milton; Fausto, de Goethe; El idiota, de Dostoyevski, y Alicia en el país de las maravillas. Ésos me pusieron como dices que te puso Borges.
A Borges sentí que me lo gané a pulso, igual que a Eliot. Incluso traducir a Eliot es un modo de tratar de "entenderlo" mejor, de asumirlo. Me queda grande, la verdad.

Sandra: Heroico el librito. Al menos que alguien lo compre en donde sea que vendan cosas robadas, y que le sirva.

Víctor: Debe ser la edición de Alianza Tres. Fíjate que la traducción no es muy buena, pero Eliot sí, y soporta la traducción que le pongan. Mi favorito de él es "Un partodo de ajedrez", de La tierra baldía. Es tristísimo.

rené dijo...

A mi me llega The Dry Salvages.