22 de enero de 2007

Mi papá y yo


Para cuando nos tomaron esa foto, quizá en 1966, con todo y que era el decano de economía de la UES, mi padre llegaba a casa temprano por la tarde dos o tres veces a la semana, me sentaba en sus rodillas y me leía cosas: un día un fragmento del Quijote, otro uno de Romeo y Julieta y, siempre, algún poema del Romancero gitano, de García Lorca. Los más frecuentes eran el "Romance de la luna luna" y "Romance sonámbulo". Los dos primeros libros me los leyó completos a lo largo de meses, quizá años. A veces era algún cuento, como los de Chema Méndez, que era amigo de la casa, o Salarrué. Creo que era un modo de estar conmigo y a la vez hacer lo que más le gustaba, es decir leer. Y a mí me encantaba estar con mi papá, y la literatura era parte natural de eso. Luego de las sesiones de lectura regresaba a la universidad y podía no verlo sino hasta dos o tres días después, en la siguiente sesión de lectura; siempre tuvo agendas apretadísimas y un poco de tiempo para mí.
Los domingos, generalmente, películas mexicanas, tirados en camiseta en el piso. Mi madre enfurecía cuando veíamos las de Tintán; hasta la fecha las detesta, y en ese entonces verlas sin mi padre significaba castigos severos. (Tintán me sigue pareciendo brillante.) Los sábados por la noche, sin falta, Perdidos en el espacio. A veces me llevaba a la universidad, y ya conté algunas anécdotas, como cuando fui el primer niño en la historia del país en recibir un diploma de doctorado. (Puede encontrarse aquí.) A veces, un martes cualquiera, mi padre decía: "Mañana vamos al mar." Despertábamos a las cinco de la mañana, antes de las seis estábamos en el Autoclub de El Salvador, en El Obispo, a las siete y algo desayunábamos en casa, a las ocho a la universidad o la escuela. Hubo una temporada de tres años, más o menos, en que además nos íbamos a la playa casi todos los fines de semana, a una casa que tenía la abuela Mina en San Diego. Hubo un par de años en que mi apodo fue "el negro Menjívar", así de tostado me puse. Y lo de siempre: mi padre en una hamaca y yo en otra, leyendo. A veces leíamos dentro de la piscina, para indignación de mi madre: "Allí no se lee."
Desde los cinco años o seis empezó a regalarme la enciclopedia Barsa: cada ciertos meses dejaba dos tomos en mi mesa de noche. Al despertar tomaba uno y empezaba a leerlo, lo llevaba a la escuela, para el recreo, y leía todos los artículos durante las semanas o meses siguientes. A los ocho años ya me la había leído completa, y sólo después supe que las enciclopedias no son para eso. Mientras, leía versiones abreviadas de Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo y otros.
A los ocho dejé de leer enciclopedias (al menos durante dos o tres años; a los diez u once me reventé la Temática del tío Mauricio) y me puse a leer libros "de gente grande". Lo primero fueron los cuentos completos de Edgar Allan Poe. Entonces comenzamos una dinámica diferente: nos tirábamos en el piso a leer uno cerca del otro, o nos poníamos en una hamaca, en sentidos contrarios, o nos íbamos al jardín y él se sentaba en una silla y yo recostaba la cabeza contra la panza de mi perro Chéster. Después comentábamos lo que habíamos leído, me explicaba cosas que no había entendido y listo, se iba de regreso a la universidad. Incluso cuando estuvo en la rectoría había espacios para platicar, leer juntos, ir al mar a las cinco de la mañana, ver películas de Tintán o Pedro Infante y, desde que tengo memoria, para ver peleas de lucha libre y de boxeo, en especial las de Alí, que comentábamos desde semanas antes y seguíamos comentando hasta la siguiente.
A casa llegaba gente a cenar, a platicar, a pasarse un rato por las tardes: Raúl Castellanos, Fabio Castillo, Chema Méndez, Edmundo Barbero, Schafick Hándal, Manlio Argueta, Roberto Cea, María Isabel Rodríguez, Mélida Anaya Montes, Roberto Armijo... Si llegaban en mi tiempo (supongo que también le dedicaba ratos a mi hermana Ana, que eran sólo para ella), me quedaba en la sala leyendo o jugando o sentado al lado de mi padre, oyendo de lo que hablaban. Y hablaban de cosas de familia, generalmente, y cuando se metían en política no les parecía que el niño fuera a entender o hablaban "en clave". Así me enteré de un montón de asuntos que sólo mucho después alcancé a entender.
Cuando exiliaron a mi padre me rompieron algo importante, y a los 12 años, casi 13, eso tiene un precio. Me volví violento durante algunos años, una actitud poco recomendable para un nerd. Creí que el karate me iba a tranquilizar, y sólo lo hizo cuando dejé a un imbécil con conmoción cerebral; desde entonces no volví a pelear hasta ya muy entrada la adultez, y más por diversión perversa que por otra cosa.
En Costa Rica, donde caímos después de la toma de la universidad por el ejército, había también exiliados de otros países, en especial de Guatemala y Nicaragua. Y allí me topé con una fauna bastante especial: los juniors de la intelectualidad de izquierda centroamericana. No me refiero a los que hacían lo que tenían que hacer (estudiar, trabajar, ir de paseo con la familia, tener novio o novia), sino los que llevaban el peso de sus padres como Pípila cualquiera arremetiendo contra la Alhóndiga de Granaditas, pero sin tea encendida.
Eran curiosísimos. Siempre traían un libro "de izquierda" bajo el brazo, y hablaban de Marcuse, Fannon, Leary, Marx y Lenin --vía Marta Harnecker-- con una naturalidad que me hacía sentir tontito. (Algo he contado aquí.) A mí seguía gustándome Poe, Shakespeare y García Lorca, y gracias a Ítalo López Vallecillos estaba surtido de lo que se estaba escribiendo en Centroamérica. Daba la vida por un libro de Agatha Christie (llegué a tener una cincuentena; ahora sé que mi hermana Lorena los tiene todos: eso se trae en la sangre, porque mi padre también era fanático), y de repente llegaba algún libro de México o Argentina al pueblito que era San José en ese entonces. Traté con Fannon y no terminé de entender qué quería, lo mismo con Leary y Marcuse. Harnecker me ofendió, francamente, y se lo dije a mi padre. Me dio algunas cosas de Lenin y Engels, y lecciones personales de economía política y esas cosas. Allí cambió algo otra vez: ya no me explicaba lo que leía, sino que me daba clases. ¿De qué otro modo puede llevarse un hijo con su papá?
Los juniors hacían grupo para ir al cine a ver películas suecas, rusas y cubanas. (Una vez, me acuerdo, vimos Lucía literalmente llorando. Antes de la función, para sabotearla, el Movimiento Costa Rica Libre lanzó una bomba lacrimógena. Esa vez no iba con ningún junior, aunque allí estaban, sino con mi madre. Lo que hicimos fue mojar trapos y pañuelos con agua, ponérnoslos en la cara y ver la película con estoicismo. Me aburrió un poco, pero fue emocionante lo del gas.) Lo sensacional era después oír los comentarios, la interpretación de cada hecho banal de la película, de alguna expresión incidental de un actor, y casi de la ubicación del puesto de palomitas. El chiste era ser intelectual, y yo no lo era: me gustaba Hollywood, Augusto Monterroso y me encantaba usar los pantalones del uniforme de mi escuela, así que tenía toneladas de pantalones grises. Nada de boinas, mascadas, cortes de pelos raros, modos de mover las cejas, etcétera. No duré mucho en el medio. (Sí, yo era el menor de la bola, pero no por más de un año o así. Eran catorce y quinceañeros bastante bien dotados.) Eso sí, de música estaban bien provistos, y varios de ellos fueron muy generosos al permitirme copiar cosas de Wakeman, Queen y Jacques Loussier.
Hubo otros motivos para alejarme, aunque mi madre insistía en que debía "cultivar" su amistad. El principal fue que descubrí las novias, las discotecas y todo lo que se sale de la fusión de ambas. Eso me alejó un poco de mi padre, que sin embargo exigió que los miércoles por la noche fueran para nosotros: cine, algún sandwich a la salida, pláticas cuando se pudiera. Y casi no se podía, porque yo andaba con las cosas hormonales y la guitarra clásica y él estaba en la fundación de la Escuela Centroamericana de Sociología.
Otro motivo fueron las drogas. Casi todos se dedicaron a meterse lo que se les atravesaba en el camino, a buscar su yo interior, y yo andaba más bien en el exterior. Igual el alcohol. Vi demasiadas tonterías de borrachos y drogados en la infancia y primera adolescencia para querer ser parte de eso. Podía haber aguantado que se drogaran y se emborracharan, y hasta que hablaran de Angela Davis y Tim Leary en ese estado, pero no que se burlaran de mis pantalones grises ni que se pusieran a andar por la ciudad, llenos de hongos, a cien kilómetros por hora. (Sí, lo hacían.)
Y hubo otro motivo más: todos ellos despreciaban a sus padres, y ahora más bien veo que sentían que les quedaban grandes. Como era la onda de la brecha generacional y la ruptura con "lo viejo", decían que iban a ser diferentes a esos señores solemnes que escribían libros, andaban en congresos, se hacían exiliar y, en fin, que también formaban parte del establishment. No había nada peor que la palabra "establishment", excepto ser parte de él, así que se pusieron a buscar medios alternos para ser "diferentes", y a la vez mejores que sus padres, fuera de las reglas del "establishment".
Unos usaban sandalias de llanta y cuero, hacían artesanías que vendían cerca de la universidad y en las fiestas, cuando ya estaban hasta atrás de lo que se hubieran metido, hablaban de Fannon y Reich y el miedo a la libertad. Estaban en colegios buenos, claro (eso lo envidiaba: me tocó el Liceo de Costa Rica y los peores tres años de mi vida), y hasta sacaban buenas notas, pero su destino era otro: ser artistas. No escritores o músicos o pintores. Artistas. Lo que se había visto hasta ese momento no era suficiente, así que uno improvisaba en una flauta dulce --que no sabía tocar-- mientras otro --que no sabía pintar-- hacía figuras con spray de colores, alguien más --que no sabía bailar-- bailaba y otro --que no escribía ni en defensa propia-- improvisaba un poema sobre Vietnam. ¡Y lo hacían en público! En la calle, en la universidad, en fiestas que se armaban para hacer esos ridículos.
Para ese entonces tenía bastantes problemas en el barrio porque estudiaba guitarra clásica; ya se sabe que los músicos y el apocalipsis. Y empecé a tener diferencias serias con mi padre, en especial porque, bueno, era mi obligación como adolescente tener diferencias con él. Pero no veía que el hombre anduviera mal; nomás no sabía muy bien cómo hacer para mediar entre mis cosas y las presiones de mi madre, y a veces se desesperaba. Lo que sabía era que no podía sentir hacia él todo ese desprecio que expresaban los juniors contra sus padres, que ponerme hasta las chanclas y chocarle el carro no era modo de disentir y que, en fin, era mi papá y lo quería bastante, con todo y lo toscos que llegáramos a ponernos. No podía castigarlo castigándome sólo porque el tipo era buen economista y yo nunca lo sería: ¿qué tengo yo que ver con la economía?
En México platicamos muchísimo en la época en que escribía Acumulación originaria y Formación y lucha del proletariado industrial salvadoreño. Más que preguntarme opinión, pensaba en voz alta y, mientras tanto, me seguía dando lecciones extracurriculares. Me tocó pasarle en limpio los manuscritos, para presentarlos como tesis de maestría y doctorado en la UNAM y luego para publicarlos en EDUCA. Por mi parte escribía mis primeras novelas y cuentos, que desde luego no le enseñé. Lo único que conoció, antes del Traidor, fueron unos cuentos divertidos; verlo reírse fue suficiente recompensa para haberlos escrito.
Me casé y seguimos platicando dos noches a la semana, que fueron sagradas hasta que se trasladó a Francia, a principios de 1980. Llegaba a las 10-11 de la noche y nos la tirábamos hasta las tres o cuatro de la mañana. Una de las noches hablábamos de ciencias sociales y la siguiente de literatura. En una yo preguntaba y él explicaba y recomendaba lecturas; en la otra los papeles se cambiaban. Fue impresionante darme cuenta de que mi padre sabía mucho de literatura, pero también tenía severos vacíos (después de todo era economista) y yo podía llenarlos a medida que llenaba los míos propios, y me obligaba a leer más y a enterarme de cosas nuevas y buenas. Y esas pláticas eran muy similares a las de tantos años atrás, cuando me sentaba en sus rodillas a leerme "Verde que te quiero verde", y a veces sentía que era él quien estaba en las mías, con el mismo sentimiento de maravilla que cuando yo era niño. Ocurrió cuando le di a conocer a Papini, a Borges (¡en serio no lo había leído!), a Camus...
Cuando México se llenó de salvadoreños, y mi casa de muchos de ellos, hubo "compañeros" que me cuestionaban por el simple hecho de ser hijo de mi padre: todo lo que hacía o no hacía tenía que ver con eso. ¿Me ganaba un premio? (Sí, me los empecé a ganar a eso de los 17. No, no voy a hablar de eso, ya dije.) Era porque él había movido palancas. ¿Trabajaba en un periódico? Claro, él había movido palancas, porque periodista yo no podía ser. ¿Que abría un concierto, solo o con mi banda? Y cómo no, siendo hijo de Lito Menjívar ha tenido oportunidad de aprender cosas, y así no se vale; además, seguro hasta allí movió sus palancas. Y lo que ya conté sobre El traidor: muchos de mis amigos de ese entonces decían que la novela la había escrito él, y había hecho que la premiaran, y la había puesto a mi nombre para satisfacer mi pequeño ego. (No, no es pequeño.) Y, bueno, eran las mismas presiones que caían sobre los juniors de los que ya hablé, con una diferencia: varios de ellos terminaron en nada ("artistas", pues), y aun ahora, a sus casi cincuenta años, viven de los subsidios de sus papás, a los que siguen despreciando, y siguen siendo de izquierda y viven al margen del establishment, que ahora se llama globalización y antes neoliberalismo.
El abuelo Alfonso murió a los noventa y dos años, cuando mi padre tenía como sesenta. Llegó a México a verme. Parecía un niño desconsolado al que, precisamente, se le acaba de morir su papá. Y eso es lo que fui hace seis años y medio, cuando mi padre murió: un niño desconsolado, y tardé mucho en recuperarme, y aun lo extraño y --como cualquier niño desconsolado-- no entiendo por qué tenía que morirse. No creo que me hubiera sentido diferente si se hubiera muerto al día siguiente a que tomaran la foto que puse allá arriba.
Uno de mis orgullos cuando regresé a El Salvador fue que muchas personas, más de las que pudiera pensar, cuando nos conocíamos, me preguntaban si "por casualidad" no era pariente del doctor Menjívar, el que había sido rector de la UES. Muy poca gente nos ligaba. Y mayor era mi orgullo al contestar que sí, que era mi padre.
A veces me preguntan si no fue difícil ser hijo de "un gran hombre", "una celebridad", "un académico de peso" o lo que fuera; de tarde en tarde algún imbécil sale con el rollo de que mi padre es el único motivo por el cual he logrado "algo", por puras influencias o por puro nombre (con las decenas de Rafael Menjívar que hay en El Salvador); en ocasiones alguien se extraña de que no haya terminado como terminaron algunos de los juniors. E igual hay muchos "hijos de alguien" que son gente bastante productiva y hacen cosas fundamentales (sé de varios casos), pero a ésos les deben hacer las mismas preguntas que a mí, y quizá contesten lo mismo: mi papá no era una celebridad, un buen o un mal tipo, ni era sus libros, y su nombre, pues sí, su nombre. Era mi papá. Nada más eso. Mi papá. Y daría muchas cosas a cambio de platicar con él sólo durante quince minutos más. Platicar de lo que sea. Con mi papá. Y que nos tomen una foto en la que aparezcamos sonrientes y juntos, así ambos estemos viejos y con canas.

12 comentarios:

Dandelion dijo...

Que divertido!!! Aunque no he leido tanto y tampoco en compañia de mis padres, me hiciste recordar cuando yo leia una que otra enciclopedia que me prestaban y muy a menudo, el diccionario. Y tambien del ego, que me crecia mucho...jajaja..

Bien, creo que aun me falta mucho por conocer, pero ahi vamos caminando...

Dandelion dijo...

Y me he propuesto, junto con "el futuro", a leerles a mis hijos desde que esten en mi vientre y cuando crezcan hacerlos leer mas y mas...

aaaaawww... tu y tu papa.. debieron verse so cute../k fresa me oi..jaja/

Denise Phé Funchal dijo...

Me gusta mucho este post, de verdad que quienes te abren las puertas a lo que algún día serás, se extrañan... comprendo muy bien lo de sentirse como un niño desconsolado, a pesar de que han pasado 12 años, algunos días me sigo sintiendo así, desconsolada y lloro como guira, queriendo ver a mi vieja y poder habar con ella de tanto, de mucho, como vos decís, aunque sea 15 minutos... lástima que la guija no sirve para eso. Un abrazo.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Dandelion: Después alguien me prestó el diccionario enciclopédico Uteha y me lo leí también. En 1970 me llevaron a México, y en lugar de jugar --el hijo del dueño de la casa donde estábamos me caía mal--, me aventé El nuevo tesoro de la juventud.
Mi madre debe tener fotos, que no me ha querido dar. Recierdo una en la que tengo no más de un año y estoy reptando en la panza de mi papá, y él leyendo un libro.
Creo que ya conté que me enseñó a decir frases "raras" desde que aprendí a hablar, como "el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos" y "todo cuerpo puesto en movimiento tiende a seguir la dirección y la velocidad en que se mueve". A veces estaba jugando y, en vez de tararear, me ponía a repetirlas, sin que se me ocurriera que tenían significado ni qué rayos querrían decir.
No sé si nos veíamos cute, pero desde siempre hubo cosas muy profundas allí.
Con mis hermanos fue otra cosa. A ellos los trató más como hijos. Digo, obviamente yo era más su alumno que su hijo, o era el modo de demostrarme su cariño: darme lo que era más importante para él.
Y, sí, lo extraño.

Denise: Acuérdame que te cuente una historia con una ouija ahora que nos veamos en Guate. Es espeluznante.

Victor dijo...

Estoy tocado, Rafael. No lo estoy pasando bien con mi papá y leerte me sacó un par de lágrimas.

Otro de tus mejores posts.

Gracias por compartirte.

Victor

Ernesto Bautista dijo...

Hola Rafa, solo te queria agradecer el empujon en las cavilaciones que tenia inconclusas. Cuidate.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Mi padre era un tipo de carácter espantosamente fuerte, y yo también; lo heredamos de la abuela Carmen. por eso siempre nuestras relaciones eran muy suaves y cuidadosas. Cuando algo fallaba, se armaba la de Troya. Pero nunca dejé de quererlo, ni dejó de ser mi papá el de la foto.
La figura más importante es la de Freud: hay que matar al padre para poder ser uno mismo. Metafóricamente, de preferencia. Con el mío nos macheteamos (también metafóricamente) cuando fue necesario, y no dejó de ser mi papá. Nomás así tenía que ser.
Mi hermano, por desgracia, no "lo mató" y ahora, a sus casi 36 años, creo que lo lamenta y le hace falta. También era su papá, y en muchos sentidos más que mío (a él no lo agarró de alumno, sino de hijo, directamente). Va a resolver lo que tenga que resolver, de eso no me cabe duda, nomás que le va a costar, porque ya está ruco y esas cosas deben hacerse mucho más jóvenes, y además el hombre ya se murió.
Como sea, mientras en tu corazón tu papá siga siendo tu papá, todo está bien.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Ernesto: Gracias por escribir. Puse un link a tu blog (no sabía que lo tenías). Y siempre me impresiona esa frase: "I see dead people." Puede ser terrible o maravilloso; ya sabrá uno qué decide. Pero es así y no hay patrás.

Vanessa dijo...

Uyy, y qué les puedo decir? Esa relación (padres e hijos) es la cosa más fantástica y a la vez más terrible que conozco. Ellos te forman y te deshacen. Hubo un tiempo en que pensé que sabían perfectamente lo que hacían, hoy sé que no tienen la más remota idea. Qué miedo no? Y uno con ese gran reto encima. Me conmoviste mucho, "Rafael niño", porque me sorprende cómo un hombre barbado y con mirada retadora puede ser tan dulce de pronto. Saludos.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Vanessa: Por eso como tantas canillitas de leche.
Soy un pollito encerrado en el cuerpo de un oso gris. Y para eso, por suerte, no hay operaciones. La mirada es para que no me chinguen. Y la barba... Bueno... Allí va la otra confesión, ya que estamos en ésas: no me afeito porque nunca aprendí a afeitarme. Las veces que lo he intentado he hecho verdaderas masacres, onda película de John Carpenter.
Uno siempre es el niño que fue alguna vez en su vida. Me gustaría ser el niño de esa foto, pero no me tocó. Por eso esa foto es tan importante para mí.

Aldebarán dijo...

Creo que dejé un comentario por acá ¿Se habrá extraviado en el camino?

Lorena dijo...

Conovedor...!
Me hubiese gustado; aunque por mi lado hice lo mismo!
Mi madre tabién sabe muuucho de Historia y libros!
Besos!!!