11 de enero de 2007

De vez en cuando la muerte


En general disfruto escribir lo que sea que escriba. De vez en cuando la muerte es el único libro que he sufrido, como he contado aquí. (Hubo otro, pero por otro motivo: una escena tan fuerte que tenía que dejar pasar meses antes de poder siquiera darle una lectura. Me tardé dos años sólo en ese capítulo, a pesar de que lo tenía bien claro desde el principio. Ya hablaré de eso cuando el libro se publique, talvez este año.) También tuvo, para mí, un significado especial: de la serie de novelas policiales "maxicanas", fue la primera con un tema mexicano, no salvadoreño, a pesar de que todas están ambientadas en el Distrito Federal.
Para Los años marchitos me basé en un par de "leyendas urbanas" salvadoreñas. La principal, que el popularísimo cómico radial Guillermo Hernández (Albertico Limonta) había sido asesinado por la Guardia Nacional (en realidad se suicidó), durante un operativo de cateos en la colonia Centroamérica. El motivo del supuesto asesinato fue que, por su don para crear e imitar voces, había grabado la confesión con la que habían condenado a un guerrillero en 1971. (La verdad es que el guerrillero grabó la confesión él mismo.) Albertico habría tratado de chantajear a la gente de la Guardia y, zaz, lo mataron.
Albertico era mi héroe. Desde que tuve mi primer radio (uno portátil, pequeñito, japonés por más señas) oía todos sus programas: el de chistes de la mañana y el de la noche (que se suponía sólo para adultos; se llamaba Chistes manganzones y me ponía audífonos debajo de las sábanas), sus comentarios deportivos en la personalidad del Che Gambardela y su radionovela Limpiaos Tutuy (no se llamaba así, pero no recuerdo el título).
Su último programa de chistes fue espantoso. Duró quince minutos en lugar de la media hora habitual, y no contó un solo chiste. Estaba evidentemente borracho y enojado, y decía que "ya iban a ver los invers", que iba a ir a buscarlos con su pistola para golpearlos y matarlos. Por "invers" se refería a los "invertidos", es decir homosexuales, y me parece que no se refería a ellos por sus preferencias, sino como un modo de insultar a gente que nunca mencionó. Al siguiente día se pegó un tiro frente a su esposa, jugando a una perversa ruleta rusa. A unos metros había en efecto un operativo de la Guardia Nacional, y al oír el disparo cayeron sobre su casa como cualquier guardia nacional cuando oye un tiro mientras está en medio de un operativo militar.
La muerte de mi héroe de infancia, a los 11 o 12 años de mi edad, fue de verdad traumática. Durante años pensé en escribir sobre el tema, pero no había modo: la página siempre se quedaba en blanco. Y un día, después de leer La tía Julia y el escribidor, encontré el modo de tratarlo: el malo de las radionovelas es contratado para grabar la confesión de un guerrillero que ha secuestrado a un industrial, justo en los días en que muere Javier Solís y muere también la estrella de los radioteatros, con la que "el malo" había trabajado durante veinte años, y de la que descubre que está enamorado. No lo había descubierto antes porque la mujer pesaba doscientos kilos o algo así, y en la muerte puede idealizarla. Etcétera.
No conocí el México de 1967, así que me lo inventé. Hay dos personajes desagradabilísimos, "el Calvo" y "el hombre de la poltrona", que me quedaron bastante bien. Mucha gente que leyó el libro hace años todavía se recuerda de "la gorda", o Guadalupe Frejas, la actriz muerta.
Allí pasó algo interesante: la usé en el primer capítulo para dar algo de ambiente y la maté en el primer párrafo del segundo porque ya no la necesitaba. Cuando terminé el primer borrador, encontré que la mujer había permanecido "viva" durante toda la novela, que era una presencia tangible, así que la reforcé, armé el enamoramiento del personaje principal y la última línea es para ella.
En fin, un tema salvadoreño adaptado a un México que no conocí.
Los héroes tienen sueño tuvo que ver con un capítulo eliminado de De vez en cuando la muerte, como dije en el post anterior, pero al final también tuvo que ver con otro suicida: Salvador Cayetano Carpio. Mi idea siempre fue que alguien como él, y él en particular, no tenía derecho de pegarse un tiro así nomás. Y por supuesto que me puse a especular con los motivos, los modos, etcétera, más allá de las versiones que conocí, las considerara ciertas o no. De eso me di cuenta también cuando ya estaba terminada la novela, y reforcé algunos puntos. Es, digamos, una fantasía literaria acerca de lo que pudo ocurrir en el caso de Marcial, aunque estoy convencido de que no pasó eso ni así.
Con De vez en cuando tomé varios temas, pero tres en particular. Uno, el atropellamiento y muerte de una ex compañera de trabajo a la vuelta del periódico en el que trabajaba, a principios de 1984, en la calle de Madrid, en el Defe. Su madre había sido presa política y lo atribuyó a una venganza del "sistema" contra ella. El asunto al parecer fue más sencillo: la muchacha iba a la cafetería del periódico, a buscar a su novio (que trabajaba conmigo). Estaba lloviendo a torrentes. Trató de atravesar la calle, se resbaló y un carro que venía a toda velocidad le pasó por encima. No sé si habrán encontrado al responsable, pero los testigos dijeron que se trataba de un Mustang verde. Los que hayan leído mis novelas policiales recordarán que uno de los personajes, "el Coronel", usa un Mustang verde; allí está el motivo.
Otro tema fue una extraña relación que tuve con una mujer a la que conocí en un cine. No voy a hablar de ella, pero hay algo cierto: no tenía demasiados escrúpulos. La vi de manera recurrente a lo largo de una buena cantidad de años y de tres matrimonios suyos.
El tercer tema fue una entrevista con Goyo Cárdenas, el asesino serial y a la vez héroe mexicano, cuando apenas lo habían soltado de prisión después de treinta y tantos años. Hubo frases de la entrevista que me impresionaron. Por ejemplo, pedirle a los periodistas que lo dejaran en paz, que lo único que deseaba era olvidar los crímenes que había cometido, que tenía esposa e hijos y quería llevar una vida normal. Poco después el Congreso lo homenajeó, con una medalla, aplausos y todo, por el trabajo que había realizado desee su primeros años como presidiario en Lecumberri: había sacado de la cárcel a cientos de personas encerradas injustamente, y eso siguió haciendo hasta el día de su muerte.
De vez en cuando la muerte me ayudó a resolver problemas técnicos que enfrenté en Trece. Se alargó tanto el proceso de su escritura, que decidí usarla como laboratorio de pruebas.
El principal fue el tiempo. Aunque aparentemente es lineal, hay una buena cantidad de saltos temporales no sólo entre capítulo y capítulo, sino también dentro de algunos de ellos. Luego, el armado. Son dos historias diferentes que jamás se juntan, pero la idea era que parecieran una sola; hay otras tres historias que tampoco tienen que ver con las demás, pero el objetivo era que todo pareciera lo mismo. Las cinco historias como si fueran una sola, los saltos temporales que dieran idea de linealidad y que, a la vez, se leyera con mucha facilidad, que el lector tuviera toda la información clara y no debiera regresar unas páginas atrás para saber qué había pasado. Creo que es la novela más fácil de leer entre las que he hecho, con todo y que la estructura es harto compleja.
Ayudó mucho que el personaje fuera un periodista, al que ya habían matado en Los héroes tienen sueño y al que volverán a matar, cuando se publique, en Al director no le gustan los cadáveres.

1 comentario:

Vanessa dijo...

Este post sí está enredado, y tiene muchas claves interesantes. Me gusta como los presonajes se mueven a través de tu literatura. Son siempre los mismos y recurrentes. Ya con Denise habíamos concluido que todo lo que uno cree será en definitiva tratamientos distintos de los mismos temas... y eso me parece interesante y apasionante. Cada vez más profundo, cada vez un conocimiento más propio, más íntimo. Y ok, debió tomar mucho tiempo concluir en eso. Gracias por hacerlo más rápido. Saludos,