21 de enero de 2007

Mujer en la ventana y otros descuartizamientos

Entre 1979 y 1981 escribí un texto de unas 15 o 20 cuartillas titulado Mujer en la ventana. Todavía estaba aprendiendo a usar las armas básicas del oficio, y ahora sé que estaba destinado a fallar, precisamente porque falló, pero en su momento fue un texto importante y le aposté lo que tenía y un poco más.
El tema era en realidad tres temas:
  1. La búsqueda de un personaje. En el texto, el personaje debe morir, y se le pone en situaciones de las que sin embargo sale bien parado, o que evita, o que sólo lo dejan maltrecho. No porque yo lo decidiera así, sino porque le ponía situaciones y obstáculos y él se las arreglaba para salir bien. En un principio, se trataba de que el personaje debía morir mientras veía un desfile, que le recordaba un desfile de su infancia. (El desfile en el que me basé fue real. Lo vi desde el desaparecido restaurante La Vaca Negra, que estaba en Insurgentes Centro y Antonio Caso, como se menciona en el texto. Iba allí porque era barato, quedaba a media cuadra del periódico El día, donde trabajaba, y vendían unos asquerosos hotdogs de 30 centímetros, casi tan peligrosos como las hamburguesas olímpicas, unas cosas de dos pisos con mucho queso y harto colesterol. Allí nos íbamos a cenar y a platicar a veces con Nicolás Doljanin --mi hermano en muchas cosas-- y René Bascopé, que en paz descansa.) Pero algo ocurrió y el personaje no murió. Entonces pensé: lo voy a poner en ese mismo desfile, pero él ya murió en el pasado. Y pues tampoco. Y así sucesivamente, como seis o siete veces, en diferentes tiempos. Y el tipo seguía viendo el maldito desfile como si nada. Así que puse al personaje narrador a pelearse directamente con el protagonista; el primero le reclamaba al segundo, pero éste simplemente no le oía, porque un personaje de ficción no puede escuchar a su creador o se arruinaría todo, como se ha comprobado a lo largo de cientos de novelas olvidadas. (Algunas habrán sobrevivido para confirmar la regla.)
  2. Una historia de infancia que sólo recuerdo vagamente.
  3. Ligada a la anterior, una historia en la cual el personaje se enamora de una mujer a la que nunca conoce, ni podrá conocer. Es una muchacha que se asoma todas las tardes a una ventana y se queda allí durante un rato. El personaje la espera escondido detrás de un árbol, y se extasía viéndola, y el mundo se le borra y todo lo demás.
Hubo muchos motivos para que el texto no funcionara. El principal es que no logré la tensión suficiente para que al lector pudiera interesarle el pleito entre el autor y el personaje, porque en realidad no es un tema interesante. Algo así como los poetas que escriben sobre la poesía y sobre lo que es ser poeta ("escribir sobre escribir", lo llama el compañero Roger Guzmán): lo único que cambia es lo que sigue después de la fgrase "la poesía es...", "el poema es..." o "el poeta ve a la luna (o las estrellas o un niño descalzo o una mujer golpeada) y..." Es un recurso bien socorrido para ganar juegos florales e impresionar en festivales, pero para los que saben de poesía (o de narrativa, en el caso de mi texto) son triviales, previsibles y generalmente de mal gusto.
Me di cuenta de lo que pasaba desde que tenía el primer borrador, por allí de finales de 1979 o principios de 1980, pero tenía un recurso que no podía fallar: pirotecnia. Una estructura de lenguaje "original", un manejo del tiempo en forma de espiral y otros juegos.
Como no tenía suficientes armas para lograrlo --lo intenté--, en 1980 escribí un libro de cuentos ahora desaparecido, en el cual jugaba con esas cosas y otras. Varias me sirvieron para algunas de las partes de Historia del traidor de Nunca Jamás, como ya conté; otras, en especial el manejo de lenguaje, las usé para Mujer en la ventana.
Terminé el texto a principios o mediados de 1981, cuando estaba también terminando El traidor. A éste le cambié el final y un par de meses después, al revisarlo en frío, me di cuenta de que le faltaba el principio. Es decir: comenzaba en lo que quedó como el capítulo 1 y seguía bien hasta el final, pero al cambiar éste se había reacomodado toda la estructura y la novela cojeaba. Hacía falta una especie de introducción. (Con lo que odio las introducciones. Quizá allí me empezó.) Y pues no se me ocurría qué hacer, porque ya me había acabado todos los recursos que tenía. Dije "El traidor no sirve" y me puse a revisar otros textos, y en eso agarré Mujer en la ventana, y allí estaba lo que necesitaba. No el texto en sí, sino el modo de decir las cosas.
Aquí he puesto algunas líneas que sobreviven de Mujer en la ventana, y que hoy encontré en mi computadora. No sé si tenga el texto completo en alguna parte; creo que lo dejé en México. Aquí está el texto de la "introducción" de Historia del traidor. La lógica de la narración me parece similar; en todo caso, para eso sirvió un texto que me llevó dos años y todo un libro de cuentos al que le invertí... no sé... ocho o nueve meses. No daba para mucho tampoco.
Pero hubo más: en 1985-86 revisé Mujer en la ventana, mientras escribía Terceras personas, y me di cuenta de que la historia de infancia le caía al pelo a "El viejo no durmió esa noche" (la parte de la mamá y el sargento), así que la agarré, la adapté y listo. ("El viejo" era originalmente una pequeña novela policial en la que al final se descubre que el protagonista ha asesinado al anciano de manera horrible, y también a su novia, con todo y que está contado en primera persona. A la hora de desarmar y reconstruir, la sorpresa me pareció trivial y desde el principio se dice que él mató al viejo --o se insunúa--, y antes a la novia en un hotel de paso. Al cambiar el objetivo, cambiaba todo lo demás, y la historia de la mamá y el sargento cayó al pelo.)
Y todavía más. La historia del adolescente que se enamora de una mujer a la que no conoce, que sólo ve desde detrás de un árbol y ella, indiferente, ve desde su ventana hacia cualquier parte, me pareció muy buena y muy tierna, pero con ella sola no podía hacer nada. Le faltaba sustancia y podía quedar como una simple anécdota, una estampa, y en todo caso un texto sin interés. Por allí de 1990, cuando compré mi primera computadora, comencé a pasar a formato digital lo que tuviera escrito y más o menos valiera la pena. Traté de pasar Mujer en la ventana, pero me dieron bostezos y la dejé. (Es el fragmento que he reproducido.) En 1997, cuando estaba armando Trece, vi que me hacían falta algunos trozos para dar el retrato completo del personaje y, voilà, lo que necesitaba era la historia de la mujer en la ventana. Revisé otra vez el texto (cada vez me pareció más débil), rearmé la historia y la puse en la novela como parte de un capítulo. El texto puede encontrarse aquí. (Hubo una novela fallida en 1984-86, Retrato del desconocido y su señora, en la cual también metía la escena. No quedaba mal; lo que no funcionaba era lo demás. También revisé ese texto para Trece y usé algunas escenas para De vez en cuando la muerte: allí también había un personaje que me sirvió para la amante del protagonista, la misma de la que hablé en el post de ayer.)
En suma, Mujer en la ventana funcionó como un donador de órganos o como un carro chocado del que se saca lo que aún funcione, igual que otros textos que no han funcionado. Aún no he usado la escena del desfile, pero a lo mejor un día de éstos.
El recuento de obras --fallidas o no-- que he estado haciendo en las últimas semanas, y que espero no aburran demasiado a los eventuales lectores de este blog, me hacen pensar en todo los procesos complejos que puede haber en la elaboración de una novela. (Quizá pase lo mismo con los libros de cuentos y poemarios; de eso no sé mucho.)
Por ejemplo, El traidor trata acerca de un falso caso de traición, que salió de un par de recortes de periódicos. Pero la chispa fue una página de Caperucita en la zona roja, de Manlio Argueta. Pero también trabajé ciertas estructuras temporales de Los compañeros, de Marco Antonio Flores. Pero también usé varios textos desechados para algunos capítulos. Y así.
Los héroes tienen sueño salió de un capítulo desechado de De vez en cuando la muerte. Pero también es una visión posible del suicidio del comandante Marcial. Pero también se usan los personajes de una novela que escribí alrededor de 1986-87 y que falló. Pero también de allí, de un capítulo desechado de Los héroes, salió un cuento, "El cubano".
Y así sucesivamente. Quizá Trece es la que tenga más pedazos de cosas fallidas que cualquiera de mis novelas, pero a la hora de ponerlas juntas tuvieron por fin sentido. También hay fragmentos desechados de Trece que alguna vez trabajaré; en los nueve años que pasé escribiéndola hubo mucho que no venía al caso y se quedó esperando su oportunidad.
No sé. Es la primera vez que hago un recuento como éste; los últimos treinta años me he pasado recopilando material para poder hacerlo, supongo. (Treinta y un años ahora. Empecé a escribir "en serio" en enero de 1976: fue mi propósito de año nuevo. Sí, en esa época hacía propósitos de año nuevo, y a veces funcionaban. Como ahora.)

3 comentarios:

Vanessa dijo...

Hola Rafael. Este día apareció recomendado en la Revista D (revista cultural de Prensa Libre)tu novela Cualquier forma de Morir. Se invita además a la presentación del mismo para este martes en Sophos. Qué alegre! Un abrazo. Vanessa

Astrolabio dijo...

Interesante historia de "carpintería" literaria. Prueba de que las piezas tienen un lugar adecuado. O de que el inconciente trabaja partes por anticipado. Como sea, grata lectura, Rafael. Y me pareció gracioso que dijeras que las mujeres también escupen cuando se enojan. Saludo.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Vanessa: ¿Me puedes guardar una copia para la egoteca?

Astrolabio: En mi caso, para escribir cuatro libros, he tenido que hacer como veinte, de los cuales hay unos diez que no sirven y los otros podemos discutirlos. Pensaba ser escritor de pocos libros, la verdad, y al lado de Simenon lo soy, pero Simenon no es medida, en serio...
Y yo no dije lo de las mujeres, sino el personaje. Es de los más desagradables que me ha tocado tratar. El texto me gusta, con todo y todo.
Y gracias por escribir.