20 de enero de 2007

Los impublicables

Tengo un montón de cuadernos y otro montón de archivos electrónicos con textos que nunca voy a publicar, y algunos que nunca voy siquiera a terminar. (Uno de los impublicables, curiosamente, era Espejos, publicado en la revista mexicana Castálida en 2003, en Los mejores cuentos mexicanos en 2004 y en una linda edición en Francia en 2006, en religiosa traducción de Thierry Davo.) No sé otros escritores, pero a mí me funciona mucho menos de la mitad de los textos que comienzo, digamos un generoso treinta por ciento. Con el resto pueden pasar varias cosas:
  • Se quedan guardados durante años hasta que un día los reviso y confirmo que, en fin, no funcionan por más que les haga. Igual sigo revisándolos periódicamente; nunca se sabe.
  • En alguna de esas revisiones encuentro que allí hay algo que puede servir para otro proyecto: un personaje, unas frases, una ambientación, un tema secundario, lo que sea.
  • Veo que algo puede salir de allí, pero no es el momento de trabajarlo, o aún no estoy preparado, y espero lo necesario. (Pasó con unas notas escritas en 1989: se convirtieron en la segunda parte de Breve recuento de todas las cosas.)
  • Los leo, los disfruto y encuentro que están en un registro que no me interesa trabajar: no es mi tema, no es mi estilo, no tengo nada más que decir que esas notas o borradores.
En general pasa que me pongo a buscar un tema y, cuando parece que lo hallé, empiezo a escribirlo. En algún momento llego a un callejón sin salida y lo dejo por la paz. Por ejemplo, me parece que no da para mucho, o hay que ponerse truculento, o los personajes no dan el ancho, me aburren o no están de acuerdo con la situación. También puede ser que me haya metido en un tema que no manejo, o que no quiero manejar, o que tendría que forzar para que funcionara, en cuyo caso los personajes se pondrían a hacer tonterías. Respeto demasiado a los personajes para hacerles eso; serán de ficción, pero lo menos que uno puede hacer es darles una cierta dignidad, incluso a los que nacieron para ser ridículos.
En mi otro blog, aquí, he puesto algunos textos fallidos e impublicables que sin embargo han sido bastante útiles. (Hay otros que no tengo en formato electrónico, y no tengo paciencia por ahora para copiarlos.) Si les interesa abrir una ventana aparte del post en cuestión, a lo mejor pueda hablar no tan en el aire.
Por ejemplo, luego de fallar en una novela policial que había escrito, me puse a escribir inicios de novela negra clásica. Sólo los inicios, montones de primeros párrafos, de los que sobrevivieron cuatro. La idea era encontrar un lenguaje particular, que desde el inicio diera un ambiente especial y delineara a los personajes con un par de brochazos. Del primero de esos textos cortos y del que empieza con "Estaba muerta...", etcétera, salió la primera escena de De vez en cuando la muerte, que en su versión final empieza así:

–Es ella.
–¿Estás seguro? –preguntó el de la voz ronca.
–No –le dije–. Sólo la vi un par de veces, hace años. Pero el lunar es el mismo.
–¿Cuál lunar? –preguntó el de la voz aguda.
Era una pregunta estúpida. A los policías les gusta hacer preguntas estúpidas, y uno tiene que contestarlas. El lunar en la mejilla izquierda de la muchacha saltaba a la vista. Ni el lodo ni las manchas de sangre ni las heridas habían logrado taparlo. Un par de días antes quizá hubiera sido un lunar agradable; la cara era bonita. Ahora, con la muchacha echada sobre la plancha, llena de todo lo que uno puede llenarse cuando lo atropellan bajo la lluvia, resultaba siniestro.
Sacudí la cabeza. Era demasiado guapa para una morgue. No me gustaba verla tan desnuda y tan muerta frente a los policías y al enfermero, o como quiera que se llamen los tipos de bata que atienden en las morgues. Los tres hombres eran siniestros; parecía que a la menor provocación empezarían a dar picotazos. Eran buitres. La expresión de sus ojos era la de los buitres. Pasar tanto tiempo entre cadáveres afecta la mirada de cualquiera.
–Ese lunar –señalé la mejilla de la muchacha.
–Dale vuelta –le dijo el de la voz ronca al enfermero.
El enfermero obedeció. La movió como un carnicero mueve un trozo de vaca. El cuerpo se quebró a la altura de la cintura y sobre las nalgas apareció una masa de carne triturada, músculos y grasa.
No sentí asco. Tampoco miedo, ni lástima ni mareo. No sentí nada. Sólo me volví y vomité. Fue como si alguien me hubiera agarrado el estómago con la mano y lo hubiera apretado.
El policía de la voz ronca se echó hacia atrás. Uno de sus zapatos quedó pringado de los trozos de galleta y del café que me había tomado una hora antes en casa de Cristina, la madre de la muchacha muerta.
–Pendejo –dijo.
Esperé que me golpeara, pero no lo hizo. O sabía controlarse o le encantaba que le echaran porquerías en los zapatos.
–¿Y este lunar? –preguntó el de la voz aguda.
–No sé –dije sin ver el cadáver.
Una mano me agarró del pelo y mi cara bajó casi hasta besar una pierna de la muerta.
–Te hizo una pregunta –dijo el ronco.
Abajo de la nalga derecha había otro lunar, parecido al de la cara. La misma textura, el mismo color. Miré de reojo hacia arriba del cadáver; las nalgas tapaban el destrozo de la cintura.
–Voy a vomitar –dije.
–Ni se te ocurra, cabrón –amenazó el ronco.
Me aguanté.

No sé si es el mejor inicio, pero es lo que salió. (El capítulo continúa.)
El texto que empieza con la frase "-El comandante lo espera..." fue de lo más útil. Originalmente la idea era escribir acerca del asesinato de la comandante Ana María en Managua, la primera semana de 1983. El gobierno mexicano, que había apostado a la revolución sandinista y a la salvadoreña, manda a alguien para que recopile información; su primera entrevista es, desde luego, con el Ministro del Interior. Mientras está en Managua se produce el suicidio del comandante Marcial, el asunto se complica, etcétera. No me gustó el tratamiento; hubiera necesitado demasiada truculencia y, como toda novela que habla de hechos reales y cercanos, de una cierta posición ideológica y hasta moral que no me interesaba adoptar.
Cuando de un capítulo de De vez en cuando la muerte me puse a escribir Los héroes tienen sueño, el personaje de ese borrador me cayó al pelo: él es el narrador de la historia, un narrador anónimo. (Después, en Cualquier forma de morir, uno se entera que le llaman "El Profesor", y que es frío "como una culebra que hubiera estudiado matemáticas".) No sólo eso: Los héroes es, de algún modo, una visión metafórica (y no creo que apegada a la realidad, aunque sí posible) de las pugnas entre Marcial y Ana María. Quizá por eso el borrador salió con tanta rapidez, en sólo cuatro días: todo estaba pensado desde antes, incluidos otros borradores y textos a medias que casi sólo fue cuestión de transcribir y adaptar.
El último de los textos, Epílogo, es uno de los borradores del personaje que más trabajo me dio en De vez en cuando la muerte, Cristina, la mamá de la muchacha que aparece muerta en el fragmento citado allá arriba. Comencé a buscar al personaje desde... híjole... quizá desde 1987. Escribí unas tres o cuatro versiones del romance entre el personaje central (un periodista) y ella, y unas treinta cuartillas se convirtieron en un par de párrafos en un capítulo y en una plática en otro. La segunda novela que escribí, ahora desaparecida, trataba de ella también, pero era un personajes demasiado complejo para mis 18 o 19 años de edad. (Mi primera novela publicada, Historia del traidor de Nunca Jamás, fue la cuarta que escribí.) Lo que necesitaba era pintar a una mujer con principios básicos, pero sin escrúpulos, e hice "Epílogo". Evidentemente no lo iba a publicar; demasiado "clásico", un tanto predecible, muy lineal, sin misterio. Pero el personaje me funcionó, y McCall me cayó bien. A veces lo leo y me divierto; quizá así escribiría si no me hubiera enamorado de la novela negra.
Habrá quien crea que toda historia es contable, y la cuente, y le salga bien. Habrá quiem crea que todo texto iniciado deba terminase, y después publicarse. Habrá quien crea que la frescura y la espontaneidad se logran corrigiendo poco los textos para que las ideas no se alejen de uno temporal o emocionalmente. En verdad los envidio; a mí no me funciona. Por cada texto que logro terminar y publicar, hay tres o cuatro que nunca pasarán de un trozo, un capítulo, un borrador. (He desechado libros completos, terminados y corregisos. Ni modo.) Eso sí, nunca serán trabajo desperdiciado; en todo texto hay algo que vale la pena, si uno sabe verlo, o si tieme la paciencia necesaria para que encaje en un rompecabezas mucho más grande.
O así me ha tocado.