20 de octubre de 2007

Cosas que han faltado

Aún no he reproducido la portada del libro que fui a presentar a Francia, el Breve recuento de todas las cosas. El diseño, los materiales y la tipografía, excelentes, como todo lo que hace Alain Mala con los libros. Es interesante: me tocó trabajar con unos siete críticos bastante pesados, de lo mejor que hay en la academia francesa, y a casi todos les tuve que responder preguntas comunes:
1. ¿De dónde sale el "estilo" de tratamiento de la muerte? Respuesta: Shakespeare. Es el gran maestro de la muerte como tema literario. Casi podría decirse que la creó.
2. ¿De dóde sale el tema de la mutilación, el dolor, la muerte como arte? Respuesta: ¡De la literatura francesa! La que viene desde Sade y Choderlos de Laclos hasta la primera mitad del siglo XX, pasando por los malditos, Poe (maestro de los malditos franceses) y George Bataille (Madame Edwarda).
3. ¿Dónde aprendí a experimentar? ¡En la literatura francesa! Finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. La cosa de la fragmentación la descubrí con Georges Bataille, con la ya citada Madame Edwarda, y con Juan Rulfo, con el nunca lo suficientemente citado Pedro Páramo. Thierry está convencido de que Rulfo, a su vez, aprendió muchos de sus recursos de Albert Camus, concretamente de El extranjero, que durante años fue una guía para mí. Mi comentario para ellos era que la literatura francesa se ha olvidado de sí misma y no ve toda la riqueza que tiene detrás; está demasiado ocupada viendo cómo hacer el libro del momento o cómo salir de un bache en el que nunca debió caer.
4. ¿Tengo influencia de la Noveau Roman? Respuesta: ¡NO! Me fui directo a los orígenes: Locus solus, de Raymond Rousell --que como su nombre lo indica es absolutamente francés--, quizá quien más me ayudó con el Breve recuento y con Instrucciones para vivir sin piel.

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La Maison del Écrivains Étrangeres et Traducteurs (MEET), de Saint Nazaire, publicó en 2004 una edición bilingüe muy parca y muy bonita --como todos sus libros-- de Comarcas, del salvadoreño Miguel Huezo Mixco. No sé si hizo público en El Salvador; me da la impresión de que no, y me parece injusto. El libro lleva ya --por lo menos-- tres ediciones: una en Panamá, donde ganó el premio Rogelio Sinán; una en Jalapa (México), donde apareció acompañada del poemario Moleskine, y ésta. Quizá Miguel no quiera hacerle propaganda, quizá a los medios y al "medio" no les interesa que se sepa. Bueno, pues allí está.

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No iba a tomar una de las fotos más importantes de mi vida --yo frente a Nôtre Dame-- con una camarita de plástico de El Hombre Araña, así que, en llegando a París, nos fuimos con Thierry a una tienda FNAC a ver qué hallábamos que fuera barato pero aceptable. Lo que hallamos fue una Kodak Easy C713 Share de 7 megapixeles. A 3.2 megapixeles, que es la resolución que uso generalmente, a la memoria incorporada le caben como 25 fotos. Pensé en comprar una tarjeta de memoria de 1Gb, que costaba 13 euros. Por cuatro más podía comprar una de 2Gb, así que mejor ésa. Cuando empecé a tomar fotos me di cuenta de lo que había hecho: le caben unas 3,700 fotos a 3.2 megapixeles. No me he atrevido a ver cuántas le caben a 640x480, la resolución máxima que daba mi primera cámara digital...

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Uno de los temas sobre los que siempre me preguntaban era acerca de La Casa del Escritor: ¿qué significa eso en El Salvador y a qué nos dedicamos? Es un poco difícil decirlo, porque la palabra "taller" puede ser harto engañosa y el uso, referido a la literatura, la ha vuelto aún más equívoca. Pero por allá conocen bien --y casi inventaron-- el concepto de taller medieval, que es bajo el que más o menos funcionamos. Varias de las presentaciones terminaron con un apartado especial, más bien un recital, con poesía de gente de La Casa. Excelente impresión de los asistentes que manejaban el español --la mayoría-- y mucho interés de quienes intentan seguir la literatura en América Latina. Creo que puede haber por allí posibilidades de traducciones para revistas, e incluso para algún libro. Ojalá.

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En 1987, Thierry me envió a México una versión recortada de El extranjero, de Camus, leído por él mismo. Tenía un acompañamiento incidental de flauta, tocado por Jean-Pierre Rampal.
Aunque mi francés --como quedó anotado aquí desde hace años-- es básicamente inexistente, era un texto que casi me sabía de memoria, así que seguirlo no era difícil. Ponía el cassette, apagaba las luces y me ponía a escuchar, y en el tono de Camus encontraba sentidos que nunca le había encontrado a la novela. Muy emocionante.
En Toulouse encontré la versión íntegra de El extranjero, en tres CDs, según el registro de la Radio Nacional Francesa. Aún no lo he oído, pero verlo ya hace que me den cosquillas en la pituitaria. Por desgracia no viene el acompañamiento de Rampal, pero podré vivir sin eso.
Sí, la caja se agrietó en el viaje. Los discos están bien.

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No sé si sea medicina o veneno para el ego, o nomás así sean las cosas, pero durante todo el viaje me tocó ver --y conservo algunos-- una impresionante cantidad de carteles, revistas, folletos y separadores con mi cara, mi nombre y mi apellido. La gente del Festival de Biarritz prefirieron la foto de candidato a alcalde que me tomó hace unos años Víctor Hugo Barrientos, que aparece en el separador de allá arribita. Los de Belles Latinas le dieron prioridad a la que está en el perfil de este blog, tomada por Vanessa Núñez Hándal, pero igual usaron la otra; Alain Mala usó la de Víctor Hugo.
Es chistoso ir caminando por Lyon y de repente ver en una vitrina que uno está allí, y también unos pasos más adelante, y en la entrada de una biblioteca y qué sé yo.
Espero que en El Salvador muchos de mis... uh... críticos sigan siendo como son, para que no se me suba. Además los imbéciles siempre resultan tan divertidos como un cartel con la foto de uno. Llegan a aburrir, por previsibles, pero duran más.

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Estuvimos platicando con Elizabeth Burgos acerca de la traducción tan fea e ideologizada que se hizo al inglés de Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, que ella no aprobó, sino Menchú. Le cedió los derechos en inglés y lo que ocurrió fue no sólo la pésima traducción de Ann Wright --quien desde entonces se convirtió en "especialista", y más cuando tradujo La nieta de los mayas--, sino que la "academia" posmoderna de Estados Unidos convirtió a Burgos en algo muy parecido al demonio de los indígenas. Cuando Menchú ganó el Nobel de la Paz en 1992, puso una demanda a Burgos por los derechos de autor del libro, que desde luego perdió (Menchú), y hubo pocos que desde la izquierda no dispararan baterías contra quien había hecho el libro como un acto de solidaridad con la lucha guatemalteca. Bien enfermo el asunto.
Interesante es que toda la teoría de los "posmodernos" con respecto al testimonio en América Latina se armó no sólo con base en un solo libro --el de Burgos, pero quitándola a ella del mapa: en la edición norteamericana aparece como "editora"--, sino también en la traducción de Wright. Para poner un ejemplo, en algún momento Burgos dice: "...y la dejé hablar", es decir: se quedó callada para que Menchú hablara. Algo muy simple. En vez de la lógica palabra "let", la traducción usa el verbo "allow", que tiene características secundarias diferentes: le "permitió" hablar, condescendió a que hablara, le dio permiso de que hablara. Y una de las aseveraciones de los posmodernos es que el testimonio de los oprimidos sólo es posible si alguien cercano al "centro" (al poder) le permite ("allow") expresarse. Más enfermo aún.
Le comenté a Burgos que no tenía la versión en español de su libro y me ofreció una copia. El que tenía repetido y a la mano es el que se publicó en La Habana en 1983, que ganó el premio de testimonio de Casa de las Américas. "Consérvelo --me dijo--, porque este libro va a ser una rareza. No creo que los cubanos quieran publicarlo otra vez."
Y, sí, lo voy a releer y a conservar. Pocos libros le han valido un Nobel a alguien que no los ha escrito, y han traído tanta cosa fea a quien sí los escribió.

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Desde que puse pie en el aeropuerto Charles de Gaulle traje en la cabeza la canción "C'est si bon", en la versión de Yves Montand, y así durante todo el viaje, obsesivamente.
Busqué un disco de Montand en el que viniera la canción y nada. Hubo gente buscando en sus discotecas particulares y no apareció.
Ayer, Thierry me la envió en mp3, conseguida por Audrey, su novia. Ya la he oído una buena docena de veces, y estoy oyéndola mientras escribo esto. Era bueno, el viejo.

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Y, para terminar, el encanto --entre otros-- de los zapatos que compré en Toulouse es que son marca Texto. ¿Cómo resistirse?

5 comentarios:

Carlos Abrego dijo...

A mí no me lo pediste. Lo tengo en mi colección de discos...
Bueno, ya me dijiste que te lo mandó Thierry.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Es que a ti te pedí el alma a cambio de un salario de ARENA y no sé de quién más. ¿Cómo, después de eso, tendría corazón para pedirte un simple disco, una simple canción?
La verdad es que eres el único al que no le pregunté... Cuando llegué a París aún no había llegado al grado de obsesión, y cuando me fui ya había perdido las esperanzas.
Gracias :)

Silvia Porras dijo...

Miguel Huezo Mixco? el fue companero de la U
Donde puedo adquirir su libro?

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Silvia: No, Miguel es mayor que yo algo así como cinco años, y yo estudié en México. La dirección de la casa editorial es:
http://www.meet.asso.fr/
Las publicaciones están aquí.
Quizá ellos mismos puedan enviártelo. Las otras ediciones no sé dónde puedan conseguirse, excepto en Panamá y Jalapa; y yo tengo ambas porque Miguel me dio una y porque se vendió un pequeño lote --que Miguel trajo-- de la otra.
Gracias por escribir.

Aldebarán dijo...

Desconocía esa publicación de Miguel Huezo Mixco y me alegra que exista.

-*-

Siempre hará falta el acompañamiento de Rampal.

Me iré a buscar el único disco que tengo para escucharlo.