26 de octubre de 2007

El Castillo de If

Hace unos días cometí una injusticia de la que quiero dejar constancia y pedir la disculpa necesaria.
Estábamos en Marsella --debo decir que andaba enfermito, aunque no me justifica-- y Thierry se puso a ver cómo hacerle para que fuéramos al Castillo de If, o al menos para que yo lo viera desde lejos. Esta última era la opción viable, porque estaban los horarios de salida de los barcos hacia el castillo que chocaban con nuestro horario de salida para... híjole... ya no me acuerdo para dónde salíamos ese día. Ya. Yo me iba a Lyon y él se quedaba un dia con unos parientes, y luego de regreso a Reims.
Habíamos estado hablando del asunto el día anterior. Me desperté un poco tarde, y él fue por la mañana a ver qué se podía hacer. Muy emocionado, llegó con el siguiente volante y me dijo: "Mira. El Castillo de If."

Señalé la parte de arriba del volante y le dije: "¿Éste es el Castillo de If?" "No --me dijo riéndose--. Ésa es Marsella." "Entonces no me interesa", le dije, con un tono más frívolo del que hubiera deseado. Le dije que El Castilo era una piedra en la que habían puesto una construcción demasiado pequeña, que "allí" no pudo haber estado el Conde de Montecristo, que "allí" no cabía un túnel decente, y sí apenas las celdas de Dantés y el abate, y qué sé yo. Me reclamó, con razón; le di las justificaciones que pude y traté de salir del tema sin resultar más desagradable de lo que ya había resultado.
La verdad es que tuve un choque muy fuerte con la imagen del castillo. En el montón de películas que he visto de El Conde de Montecristo (incluida una muy buena con Arturo de Córdova en el papel de Edmundo Dantés, así resulte increíble), en el libro mismo, el Castillo de If para mí siempre fue algo inmenso, oscuro, intrincado, siniestro, interminable: un símbolo del encierro, el lugar del que uno no puede escapar por más que lo intente --siempre hay un lugar así--, la imagen de la prisión que uno lleva dentro, y de la tristeza extrema, es decir la desesperanza. La escena clave es cuando lanzan el supuesto cadáver dal abate --es decir a Dantés-- desde lo alto de la muralla, y es siempre una caída interminable, y uno sabe que la libertad obtenida por ese precio es apenas un poco mejor que seguir encerrado. Apenas.
Cuando vi la foto, vi un castillo... cómo diré... humano. Eso: humano. Hecho por gente, construido por gente, administrado por gente --¡administrado!--, y ahora convertido en monumento nacional, como debe ser.
"¡Era sólo una cárcel!", dijo Thierry en algún momento, y tenía razón. Quizá debí ir para verlo, aun de lejos, y entender que sólo era una cárcel. Quizá no quise romper mi simbología personal. Quizá, nada más, tuve miedo.

-----
Nota 1. La palabra "if" del Castillo de If me remite siempre a su significado en inglés: "Si...", "si acaso..." Y eso lo vuelve más siniestro. No hay "si acaso..." en el Castillo de If. Disculpas, Thierry, de todas las maneras y en todos los casos.
Nota 2. Traigo un cruce de horarios espantoso. A las tres y pico de la mañana, cuando escribo esto, ya he dormido siete horas, que en rigor serían suficientes para ser feliz. Pero aún tengo sueño, y no sé si duerma más. Hay trabajo, en todo caso, y cualquiera de las dos posibilidades es buena.

2 comentarios:

Thierry dijo...

Rafa: no era para tanto ! Macondo y Comala tienen la suerte de no existir, o sea que no pueden decepcionar... Recuerdo haber leído un artículo (creo que del colombiano Samper Pizano) que hiso el viaje a Pénjamo para ver a qué se parecía. Fue toda una odisea, y cuando llegó... uy... la decepción total. Un abrazo

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

¡Yo hice ese viaje a Pénjamo, junto con mi abuela! Fuimos a Guanajuato y luego a San Miguel de Allende (primero hicimos reservaciones, y no era fin de año, como nos pasó a ti y a mí y a las respectivas parejas en 1986) y en una de ésas había un rótulo que decía "Pénjamo". Ni siquiera nos preguntamos nada: nos desviamos un centenar de kilómetros, por lo menos, para ver "sus dos torres chatas / [que] son dos alcayatas / prendidas al sol".
Nos pasamos como media hora buscando la iglesia y las famosas torres y, ¿qué crees?, habíamos pasado como tres o cuatro veces al lado y no las habíamos visto. Una iglesia chiquita, de un cuarto de pelo (las de medio pelo se ven a la primera), un pueblo triiiiste y polvoso, y ni siquiera encontramos dónde comer. Vaya: ni misa había en la iglesia. Ni siquiera estaba abierta, y te juro que era lo más vistoso. Había que ir muy despacio para no salirte del pueblo sin darte cuenta.
¿Que me sirvan las cocas por Pénjamo? Naaa. Algo aprendimos: no hay que hacer mucho caso de la publicidad ni de los charros emocionados.
(Pa mí que la Rosita Alvírez ni era para tanto, tú.)