9 de octubre de 2007

La moronga como platillo de alta cocina y otras borracheras


Lo que se ve en segundo plano es la catedral de Reims, donde fue coronado John Malkovich por conspiraciones, entre otras, de Faye Dunaway. Y Milla Jovovich, desde luego, a la hoguera.


7 de octubre
Hay algo seguro en los últimos días: estoy viviendo ayer. Hoy, domingo a las 6:20 de la tarde, es apenas sábado a otra hora; lo sé porque me desperté a las 2 de la tarde y era aún de madrugada.
“Ayer” es otro día, y sé que mañana es lunes porque me dijeron que mañana lunes tengo que ayudar en unas clases a Thierry en Reims –ahora voy en el tren de Le Mans a Reims–; sé que anoche fue sábado porque me puse una borrachera espectacular.
Lo voy a escribir otra vez: anoche me puse una borrachera espectacular. Salí del restaurante donde cenamos abrazado de la esposa de Alain, rebotando en las paredes y cantando por las calles de Rennes aquella de Tom Waits que dice

And the piaaaaano has been drinking,
and the piaaaaano has been drinking,
and the piaaaaano’s been drinking,
and the piaaaaano’s been drinking,
not me,
nof me,
not me.
Y, para no variar el tema y ser consecuentes con el país, una de Boris Vian:

Je bois
sistematiquement...
La borrachera fue porque hubo fiesta de nuevo después de la presentación de mis libros, y había que celebrar, como en los días anteriores. A veces han sido dos fiestas en un día, al mediodía y por la noche. Y las agradezco, porque sé que hay generosidad en quienes las hacen, y se la pasa uno bien conversando y riéndose... hasta un cierto punto. Ese cierto punto es que para ellos es la cena especial o el almuerzo especial de la semana o la quincena o el mes; a mí me están tocando todos los días y llega un momento en que agota.
Y el francés. Cada vez lo entiendo mejor, y hasta suelto algunas palabras o frases para no dejar. Al estilo de Thierry, a ratos me pongo a hacer juegos de palabras: “Merci” para dar las gracias y aceptar algo, “Mernó” para dar las gracias y no aceptarlo y “Mertalvez” en caso de duda. Y hay un momento en que, zaz, algo se desconecta en la cabeza y dejo de entender francés, inglés –hay con quien hablo en inglés– y español y todo se vuelve un mazacote de sonidos, y las palabras son lo mismo que la música a todo volumen y que el sabor de la comida, etcétera.
Y así llegó la borrachera. Porque hasta ese momento me la había pasado tomando agua pura, y desde ese momento no tomé más que lo mismo, excepto cuando no resistía la tentación y pedía un jugo de melocotón, mientras alrededor corrían las botellas de vinos de varios países latinoamericanos, como en los días anteriores lo han sido franceses.
A la salida estoy legalmente borracho, por primera vez en mi vida, sin haber tomado una gota de alcohol. “And the piaaaano has been drinking...”

El día anterior, o sea 6 de octubre
Y todas las cenas han sido excelentes. Ha habido de todo: comida italiana, oriental en diferentes variantes y versiones, sudamericana, especialidades de cada restaurante... Me doy cuenta de que algo habrá que pueda llamarse “comida francesa”, pero más bien se trata de un concepto, de una libertad para hacer las cosas de la culinaria y que Dios nos premie o la patria nos lo demande. Hasta ahora, en serio, no ha habido nada que demandar o lamentar: el 5 fue comida tailandesa, con la gente de la Casa de los Escritores Extranjeros y Traductores (MEET, de la que ya he hablado), en Saint–Nazaire, y en esa misma ciudad, por la mañana, Alain tenía que hacer algún trabajo con ellos mismos. Así que me quedé esperando, muy seriecito, viendo la cantidad de libros de excelente factura y hojeando las revistas anuales (a mí me tocó publicar en la 2 o 3) que se han convertido en una institución, y allí estaba Comarcas, de Miguel Huiezo Mixco. Y Miguel que nunca lo ha dicho en público, o nadie se ha dado cuenta, o ambos... En edición bilingüe. Bonito libro. Otro día hablaré de él con constancia de portada, textos y todo lo demás.
El asunto es que había que almorzar antes de regresar a Le Mans, y el restaurante favorito de Alain estaba cerrado porque eran las dos de la tarde. (¿A qué hora almuerzan los franceses? Las dos es aún una hora sensata... Claro que estábamos en los muelles, y ya se sabe que en los muelles las cosas son de otro modo, y hasta me enseñó una instalación que, durante la II Guerra Mundial, servía como base para los submarinos alemanes. Y lo de siempre: después de las siete, que no se le ocurra a uno comprar una aspirina o un chocolate. Todo está cerrado.) Sólo había, en los alrededores, un restaurante abierto y con comida, y a comer lo que hubiera. Los platos eran dos, no negociables:
1. Pescado con puré de papa y ensalada.
2, Cerdo con puré de papa y manzana.
Algo me pasa con el pescado en estos días y sé que, aunque traigo la panza débil de tantas comidas exóticas y deliciosas, no me va a caer bien. Así que pido cerdo, y espero que me lleven un trozo de lomo o de pierna, algo de gravy, nada del otro mundo.
Y lo que me llevan, con toda solemnidad, colocado en medio del plato con mucha solemnidad, es un orgulloso embutido de color negro. Morcilla. No la morcilla española, seca, ruda pero sabiamente condimentada, sino morcilla fresca. Lo que en El Salvador y México se llama moronga: sangre de cerdo cocida y embutida, rodeada de un minucioso puré de papa y trozos de manzana horneada.
Debo confesar que me gusta comer de esa morcilla, pero rara vez lo hago; en los últimos años la he visto nada más en el centro de San Salvador, al aire libre, metida en baldes y vendida al menudeo a quien se atreva a ver de frente un buen prospecto de tifoidea. Allí, en Saint–Nazaire, tuvo un sentido diferente, y quizá sea uno de los platos que más he disfrutado desde que llegué, junto con un spaghetti con mariscos que hizo Alain y otro que hizo Thierry al día siguiente en Reims. (O sea dos días después de este día, que es el 6 de octubre.)

9 de octubre
Veo el ansia de muchos escritores (de algún modo hay que llamarles) que mueren por estar en festivales y todo lo que éstos traen y no mucho entiendo cuál es el encanto. Un par de horas de trabajo y el resto del tiempo en fiesta permanente, tanta fiesta como uno quiera o soporte, y los he visto que no se bajan de allí en semanas. De un festival a otro, de un país a otro, compulsivamente.
Yo voy por la mitad de mi tour, que tiene una agenda bastante apretada, como corresponde en estos casos, y ya estoy pidiendo esquina, con todo y que no tomo aunque me emborrache, que como lo menos posible aunque es imposible no comer mucho y que converso lo menos que se pueda aunque lo poco que se puede es intenso e interesante. La noche de la borrachera, por ejemplo, estuve conversando con el traductor del español Fernando Marías acerca de la extraña relación que existe entre el traductor y el autor: es una relación de todo o nada. Uno acepta la obra del que traduce como es o simplemente se busca otro. Casi como una esposa o esposo o su equivalente literario: uno no lo / la quiere a pesar de sus defectos, por sus defectos o con sus defectos. La / lo quiere y punto. Los defectos son parte natural de la ecuación, no algo en lo que uno se la pase poniendo énfasis, o allí habrá material para por lo menos un crimen literario o físico de lo más feo, un mal divorcio en el mejor de los casos. (Sí, me quedé afónico, porque mientras tanto todo el mundo hablaba en voz alta acerca de literatura latinoamericana, Hugo Chávez, mis libros, la imagen del Che Guevara como liberación o como opresión, lo que se les ocurra.)
Y, aunque los libreros con los que he trabajado y la gente de los festivales se ha portado en verdad amable al extremo, he disfrutado estar en casa de Thierry y Audrey oyendo música, comiendo comida casera o universitaria (ayer me tocó estar en una clase y luego conversar con alumnos avanzados y maestros acerca del oficio de escribir y otras hierbas) y más bien descansando de tanta fiesta. (En un rato me voy a Lille para otra presentación. Mañana me toca en Lyon, y así sucesivamente.)
Anoche, además, pasó algo conmovedor. Fuimos a casa de una ex alumna y amiga de Thierry, Natalie, maestra de la escuela de un pequeño pueblo de Champaigne, a unos kilómetros de Reims. En su escuela ha armado una exposición acerca de El Salvador –me incluyó en ella– como parte de actividades simultáneas que está haciendo con una escuela en Chalchuapa. La idea es armar un intercambio y, por de pronto, está recogiendo útiles escolares para enviarlos allá. Su contacto –y yo no lo sabía– es una compañera de La Casa, a quien se lo agradeceré cuando la vea. (No, señores trolls, no les voy a dar el gusto de mencionarla.)
En fin, que en los últimos cuatro días me puse muy mal de salud, hasta el grado en que hoy vino un médico más o menos de urgencia y me revisó lo que tenía que revisar. Estrés, nada más, con algunas consecuencias psicosomáticas. Nada de síndromes raros, tumores, cosas mal puestas... Que tome unas medicinas y que descanse lo más que pueda. No puedo descansar tanto como quisiera, pero creo que se acabaron las fiestas.
En serio no tengo idea cómo le hacen los festivaleros para pasársela durante buena parte del año en este régimen de excepción. Y, sobre todo, a qué hora escriben, y con qué energías. Supongo que hay gente para todo, pero que no me vengan después con que lo que les sale de entre las manos es literatura, o que para ser escritor hay que “conocer mundo” del modo en que lo han conocido.

3 comentarios:

Aldebarán dijo...

ah! "Esa" catedral. Al fin me ubiqué.

Aniuxa dijo...

Por un momento pensé que era borrachera de verdad y no lo podía creer. No esperaba menos del post... Ya casi que cuando vengás no tendrás mucho qué contar... (yo digo que sí, pero será mucho menos, te ahorrarás saliva)

Nancy dijo...

Interesantes los post de tu viaje .
La catedral es preciosa.
Que estes bien. Un abrazo