28 de agosto de 2005

Malpica, Parra y Hernández



A Toño Malpica (alias Antonio Malpica Mauri, a la derecha en la foto) lo conocí hará unos diez años a través de Spin, el mítico boletín electrónico mexicano de Javier Matuk y Jorge Kobeh, tristemente absorbido hace unos años por Terra. Allí, de hecho, conocí a algunos de los que son mis mejores amigos, y a otros que dejaron de serlo y extraño. Desde el principio resultó obvio que el tipo era brillante, y además tocaba el piano muy bien. Armamos una banda de jazz mezclado con rocanrol, blues y lo que se atravesara en el momento, y llegamos a tener ratos memorables, quizá no tanto en lo musical (aunque es un mago de la armonía) como en la sensación de hacer algo divertido y digno de recordarse con una sonrisa.
A veces Toño mandaba algunos relatos a alguno de los foros de Spin, a los que no muchos les dedicaban más de algún comentario casual tipo "vas bien", "me gustó" y "sigue así". Tenía un talento indudable, pero no enviaba lo suficiente para ver qué tanto. De repente presentó una pieza de teatro que se llamaba Séptimo round, que había escrito junto con su hermano Javier. La vi por lo menos seis veces, y llegó a ponerme más de un nudo en la garganta. Seguí su trayectoria a través de internet, y me enteré de que había estrenado otras piezas de teatro, que se había metido de cabeza en la novela y que ganado varios premios de literatura, curiosamente bien merecidos. Lo vi en mayo pasado en México, y ahora vino a la Feria del Libro Centroamericano en calidad de invitado. Y sigue siendo el Toño de siempre: callado, algo tímido, siempre brillante y con el comentario preciso en el momento exacto. Traté de conseguir un piano para ver si tocábamos un rato, pero no fue posible, así que nos dedicamos a platicar de todo junto con los otros dos invitados mexicamos a la FILCEN, que aparecen en la foto.
El que está en la cabecera es Eduardo Antonio Parra, cuentista, responsable de la edición para 2004 de Los mejores cuentos mexicanos, de Joaquín Mortiz, en la que (gracias, gracias) me incluyó. No lo conocía en persona, y fue una buena oportunidad para darle las gracias. Lamento decir que de él he leído sólo dos cuentos, pero quedó en dejarme una novela antes de regresar a México, mañana lunes.
Y el de la izquierda es Jorge Hernández. Voy a dedicar un rato a buscar sus textos, porque me avergüenza no conocerlos. Sé algo: cuenta unos chistes que no sé si sean buenísimos, pero uno no puede dejar de reírse. Su modo de vivir el sentido del humor se agradece.
La borrachera estuvo buena, con más de cinco litros de coca de dieta y varias cervezas para Toño. Tenían ganas de probar las pupusas y, bajo su cuenta y riesgo, compramos un montón donde la Delmi, la mejor pupusería de Los Planes según yo; al menos puedo estar confiado de que no se van a morir de alguna cosa en el estómago. Y, claro, muy a la mexicana, estuvimos platicando como hasta las tres y tantas de la mañana. Salvador Canjura (que tiene el blog Tierra de collares) estaba con nosotros (apenas se ve un trozo de su pierna en el ángulo inferior derecho) y se ofreció a regresarlos a su hotel.
Me alegra reiterar mi amistad con Toño y contar, ahora, con la de Eduardo y Jorge. Ya habrá vida para alguna otra noche como ésta.

Epílogo.


De repente veo este blog y me doy cuenta de que el link al boletín electrónico El ojo de Adrián sigue allí, y que ya no quiero que siga. Pienso en Mayra Barraza y René Rodas ("el editor") y me digo: sí, se han portado autoritarios y hasta orwellianos, pero a lo mejor es una iniciativa cultural que es necesario que permanezca, a lo mejor el intolerante soy yo, porque ya ha ocurrido, y un espacio cultural es un espacio cultural. Y aunque ya no esté con ellos ni recomiende la publicación ni la retransmita a otros amigos, un modo de apoyarlos es dejar aunque sea el link, y allá su conciencia y su ética. Y de repente recuerdo a René Rodas haciendo lo que hizo cierta vez, diciendo lo que dijo, y por lo cual le comuniqué que ya no vivía en mi casa desde ese preciso momento -una noche más bajo el mismo techo que mi hija Valeria era intolerable-, y me dije: al carajo, éste es mi blog y pongo los links que quiera y los quito a discreción.
Estoy amenazado -con puras insinuaciones, y desde luego sin firma- con recibir un par de golpes en El ojo de Adrián 4 y 5. Lástima por Mayra; no necesita de eso para ser quien es.

23 de agosto de 2005

Definición de novela

Hace un rato Claudia Hernández me pidió una definición de novela. Le di ésta:
Una novela es una narración larga. Se escribe como Dios da a entender, y Dios no existe.
Después mejor le mandé la traducción que hice de Aspectos de la novela, de E.M. Foster. Tiene una definición de novela igual de mala que la mía, pero al menos la desarrolla en ciento y tantas páginas.

El ojo y yo. (Epílogo.)

Resulta que en medio de la discusión acerca del anonimato de los editores de El ojo de Adrián el tema se resolvió, conmigo, de la manera más sencilla: hoy por la mañana descubrí que Mayra Barraza, quien maneja el foro Arte con voz en Yahoogroups, me había borrado de la lista justo cuando le pedí que declarara si ella formaba parte del cuerpo editorial de la revista, y luego de reproducir los comentarios que hizo Thierry Davo en el post que está debajo de éste y en el blog de Jacinta Escudos.
La pregunta a Mayra era retórica: todos los colaboradores sabemos que ella y el poeta René Rodas son "el editor", pero no lo admiten públicamente, y por lo tanto no hay modo de reclamarles nada ni de centrar responsabilidades. Lo paradójico es que Rodas trabaja con David Escobar Galindo, en la universidad José Matías Delgado, y él (David) es el primer atacado en el editorial que provocó las protestas de más de un colaborador. (Somos al menos cinco los que pedimos que hubiera un responsable de la revista, con nombre y apellido.) Y precisamente ayer Mayra envió al foro una invitación a una exposición de "libro arte" que se realizará en la Feria del Libro, en la que ella participará. Lo primero que se dice en la invitación es que la exposición está patrocinada por CONCULTURA, el organismo al cual atacan con más fuerza en los editoriales y en la sección de "humor".
Es obvio que "el editor" seguirá anónimo, y que cualquier cosa que diga acerca de los motivos para permanecer así será sospechosa o parcial. Y es obvio que lo que exigen de los demás no es precisamente lo que están dispuestos a dar, entre otras cosas eso que los mexicanos llaman "valor civil". Lástima, porque era una muy buena idea, y Mayra hasta ahora ha sido una persona bastante recta, con una gran credibilidad y una obra más que respetable.

20 de agosto de 2005

Respuesta del editor de El Ojo de Adrián

Recibí esta mañana la respuesta del editor de El ojo de Adrián. Me encantó: me acusa en el primer párrafo de retirarme para no quedar mal en Concultura (donde trabajo) y de tener más de un salario (que no lo tengo), asume la responsabilidad del editorial, pero no acepta que haya caído en el libelo ("Yo no fui, y Teté tampoco"), y de paso se sigue escudando en el anonimato ("Pégale, pégale a quien puedas, porque a nosotros no nos encuentras"). La Mara Cultural Salvatrucha, ni más ni menos.
Lo bueno es que, si reproducen la respuesta junto con mi carta, no hará falta que entre en discusiones. La carta explica todo.
Aquí va la carta del editor:

Estimado Rafael:
Entendemos que por sus numerosos compromisos salariales tenga que distanciarse publicamente del Ojo, aunque nos parezca innecesario. Claramente se establece en el Ojo que los editoriales y textos no firmados son responsabilidad exclusiva del Ojo.
Acusa al editorial de caer en el libelo y en ataques personales. Debemos aclarle que mencionar los nombres de artistas y clasificarles de acuerdo a sus posturas artisticas de ninguna manera consiste en denigrarlos o atacarlos personalmente, a no ser por supuesto que usted considere que esa clasificacion sea por si sola denigrante. Decir que el Dr David Escobar Galindo propone un arte universal en defensa de la belleza, la justicia y la verdad para muchos podria ser considerado un halago.
Por este medio le confirmamos su carta ha sido recibida y sera publicada en la seccion correspondiente del Ojo 4 con copia de esta respuesta.
Atentamente,
EE

16 de agosto de 2005

46

Pues sí, mañana miércoles 17 de agosto cumplo 46 años. Como hombre moderno que soy, tengo una reunión de coordinadores de casas de la cultura a las 8:30, que termina a la 1:30. Luego me queda tiempo para comer e ir a otra reunión a las 3:00, que termina no sé a qué hora (no más de las 5:00, supongo), y a partir de entonces podría celebrar.
Soy injusto: rara vez tengo reuniones, y menos de las maratónicas. Nada más que ésta tocó mañana. Además, en la segunda se va a tratar de unos diseños que van a donar para construir unas instalaciones en la parte posterior de La Casa del Escritor, y hay que precisar detalles, espacios, cosas así. Ya hay contactos para donación de materiales de construcción, y también para conseguir mano de obra. O sea que bien lo vale.
Quizá extraño un poco los tiempos en los que uno cumplia años desde que despertaba y se la pasaba cumpliendo años todo el día, y en medio le daban a uno regalos, y recibía llamadas y visitas y un almuerzo y una cena y todo eso, hasta que quedaba con la panza llena y el corazón contento. Igual un par de los peores días de mi vida han caído en mi cumpleaños, así que no tendría que añorar nada.
Y de hecho no añoro, únicamente pospongo. El jueves Krisma tiene que dar clases por la mañana y recibirlas por la tarde. El viernes, si otra cosa no sucede, nos iremos a comer una buena pasta a Tre Fratelli, y después al cine y después ya veremos, siempre y cuando consigamos con quién dejar a Valeria.
Cada vez está más interesante Valeria. Por eso es bueno que pase el tiempo y que haya que medirlo por cumpleaños y navidades y fiestas patrias.

15 de agosto de 2005

Carta al editor de El ojo de Adrián

Hace un rato envié una carta al editor de la revista electrónica El ojo de Adrián, que reproduzco sin comentarios.

Responsables de

El Ojo de Adrián.

Cuando se planteó el proyecto de El ojo de Adrián, ofrecí mi colaboración porque me pareció importante que hubiera una publicación alternativa e incluyente que reuniera a artistas de diferentes disciplinas y tendencias. Desde el principio noté algo que he señalado en varias ocasiones: en ninguno de los tres números que se han publicado hasta ahora se hace constar quiénes son los responsables de la publicación.
Me parece que, al amparo de este anonimato, se han hecho ataques serios y personales que sólo podrían sostenerse con una firma que los avalara. La impresión que da es que todos los que hemos colaborado con El ojo de Adrián estamos de acuerdo con lo que se dice en el editorial, y no es mi caso. Me parece que en el número tres se ha llegado al libelo y, a falta de un responsable de la publicación, pareciera que comparto lo que allí se dice. Sólo soy responsable de lo que firmo, y el eventual director, editor o responsable, quien sea, lo será de las notas no firmadas, como en cualquier medio de prensa.
Les comunico, entonces, que mientras no haya constancia de quiénes se responsabilizan de la publicación, dejaré de colaborar con ustedes. Espero que se trate sólo de una pausa breve, y espero también que, por coherencia con lo que han declarado desde el principio, publiquen esta carta en la sección correspondiente.

Rafael Menjívar Ochoa.
Escritor.

12 de agosto de 2005

Sin City y otras psicosis

Siempre creí que Frank Miller, el autor de los emblemáticos Return of the Dark Knight (me gusta la traducción del título como "El regreso del caballero oscuro") y Sin City, era un tipo por lo menos sesentón, tirándole a más, como varios de los maestros indudables del cómic. En su biografía resulta que nació en 1957, lo cual no lo convierte en un pollo, pero sí en uno de los historietistas más jóvenes que han influido en la historieta moderna: a él le tocó replantear a Batman y su universo como lo conocemos ahora, en la serie Año Uno, de 1986, aunque originalmente se presentó como una serie autocontenida, sin relación con el canon. El aporte de Miller fue definir el perfil psicológico del hombre murciélago y sus ad láteres, y la perversa relación entre Bruce Wayne -y su monstruo enmascarado- con lo que pasa en Ciudad Gótica, psicópatas incluidos. (Se habla un poco del tema en el post Por fin Batman.)
Cuando se anunció la película Sin City sentí una mezcla de alegría y frustración anticipada, porque ya se sabe que las cosas del cómic pasadas al cine no siempre son lo que deben ser, y Sin City es de lo más difícil de reproducir fuera del cómic. Para frustraciones, allí están el Juez Dredd, que es algo muy parecido a un desperdicio de recursos; hasta cierto grado, los Batman de Tim Burton, y sin duda los prescindibles de Schumacher (Batman inicia es otro cantar). Curiosamente, Daredevil, con Ben Affleck, estuvo bastante bien, y no sé si sea coincidencia que uno de los principales guionistas del cómic haya sido Frank Miller.
No pude esperar el estreno de la película. Hace un par de días conseguí una copia, en resolución aceptable, por métodos alternos (ejem), con desconfianza porque no veía a Robert Rodríguez dirigiendo algo así. El mariachi y Desperado no son las películas que voy a ver cada tres o cuatro meses, ni Spy Kids 2 y 3 (aunque la pasé bien con esta última). Once upon a time in Mexico, me divirtió de lo lindo y la he visto como cinco veces, pero no auguraba automáticamente un buen destino para Sin City. Y me alegro de que mi desconfianza fuera infundada.
Para empezar, Sin City se convierte en un nuevo hito para el cine negro: jamás el género había llegado a tanto. (Mis principales modelos hasta ahora eran Blood simple, de los hermanos Coen; Deep Cover, con Laurence Fishburne y Jeff Goldblum, y algunos clásicos, como D.O.A., en su versión de 1950. No es de despreciarse El último boy scout, del que ya se ha hablado aquí.) Luego, se convierte en un parámetro para el cine, punto. Jamás el cine había llegado a tanto en su relación con el cómic, en su relación con el mundo, en su relación con los personajes y en su relación consigo miso. George Lucas le pegó a algo cuando bautizó como Industrial Light and Magic su empresa de efectos especiales. Eso es el cine: luz y magia (lo industrial es opcional), y Rodríguez le atinó con fuerza. No es gratuito, sin embargo, que Frank Miller aparezca como codirector de la película. Y sí me parece raro que Tarantino aparezca como director invitado: dentro de toda la psicosis que rezuma la película (los buenos sólo se diferencian de los psicópatas en que matan a pura gente mala, porque sus métodos son más o menos los mismos y sus cabezas funcionan más o menos igual), hay un buen gusto visual y en el desarrollo del guión del que Tarantino carece. Quizá un par de las escenas de descuartizamiento, que están a punto de ser excesivas; quizá más, pero Frank Miller logró neutralizar el mal gusto inherente a Tarantino. (No digo que sea malo. Digo que hay mal gusto en todo lo que hace; es su sello.) Quizá Rodríguez sienta un especial aprecio por Tarantino, por su ayuda en Once upon a time in Mexico, y especialmente en Desperado. No sé, y en todo caso el resultado es magnífico. Podría ponerme lírico y empezar a decir ambigüedades, como crítico cualquiera, y no me acercaría a la maravilla que es Sin City. Mejor véanla.
Ah: las actuacines de Bruce Willis, Mickey Rourke, Elijah Wood (¡sí, Frodo como uno de los más terribles psicópatas en un mundo de psicópatas!) y Michael Madsen, de lo mejor. Personal de lujo para una película de lujo.

* * *

Otra película que vi, por casualidad y por el cable, fue la versión de D.O.A. protagonizada en 1988 por Dennis Quaid y Meg Ryan. De la versión original se habla en un post anterior, y sigue estando entre mis favoritas del cine negro. La nueva versión... Híjole... No sabía que existía, y es una pena no haberme quedado en la ignorancia.
Si se habla de recursos, actuaciones, lo que sea, la anterior no tiene nada que hacer con ésta. Está muy bien planteada y muy bien hecha, con los recursos adecuados. Pero eso no hace una buena película. Al final no se sabe qué pasó, porque el tipo no cae brusca y totalmente muerto frente a los policías en la última escena, sino que camina de espaldas al espectador hacia un equivalente rectangular de la luz al final del túnel.
Un problema de esta D.O.A. tiene que ver con la definición del género negro. Para ser simples, se trata de historias que se mueven dentro del mundo del crimen, o de gente que cae en él como langosta en una sopa de res. Ese fue el planteamiento de los padres fundadores, Dashiell Hammett y Raymond Chandler, que este último explica muy bien en el prólogo y el epílogo de El simple arte de matar. La "nueva" versión parece un regreso a las novelas y películas en las que hay un misterio que resolver, y en las que el asesino es el asesino porque fue el único que tuvo la oportunidad de entrar en la biblioteca o porque mató a los demás y fue el único que quedó vivo, el muy estúpido. (Fue el caso.) Aghatha Christie y familia pueden llegar a ser terriblemente repetitivos, aburridos y tramposos, y hay mucho de eso aquí.
Otro problema es el planteamiento mismo: el personaje central tiene 24 horas para averiguar quién lo asesinó con un veneno radioactivo. En la versión original, uno siente el reloj sobre la cabeza del personaje, y sufre porque al pobre tipo lo traen de un lado a otro, lo tirotean, lo persiguen, le hacen de todo, y no tiene tiempo más que para resolver el crimen y entregarse a la policía. En la versión de Dennis Quaid no hay esa sensación. Hasta le alcanza el tiempo para tener un micro affair con Meg Ryan, echarse una siesta y escribirle una nota en la que le da las gracias. No es gratuito que se use la palabra thriller para hablar del género: la angustia es consustancial a las historias del crimen. Incluso cuando no hay angustia ésta se encuentra allí, agazapada.
Y, por Dios, uno no mata a tanta gente para quedar como el autor de la novela de un escuincle de 18 o 19 años, así sea Mishima, y lograr prestigio como profesor de literatura, que es lo que mueve al asesino en la versión de Quaid.
En el cable la están presentando como Muerto al llegar. Ustedes saben si la quieren ver.

* * *

Y anoche vi Casablanca por muchésima vez. Qué maravilla. La parte donde empiezan a cantar La Marsellesa para callar a los nazis no tiene desperdicio. Ni toda la película.
¿Se ha dado cuenta, por ejemplo, que cuando Laszlo y la Bergman están juntos siempre hay algo entre ellos? Una lámpara de techo, una sombra de la pared, lo que sea. Y cuando Laszlo se sube a cantar la Marsellesa (con el vieto bueno de Rick a los músicos de la banda, why of course) uno sabe por qué la Bergman se casó con él, y por qué nunca lo va a dejar. Nunca de los nuncas. Y si se queda con Rick lo va a abandonar como en París para irse con Laszlo, así no lo quiera.
El DVD trae escenas borradas y un par de bloopers, sin el sonido original. Para un fan abyecto vale la pena el gasto, cómo no.

* * *

Otrosí: Con eso del género negro, puse aquí "Cimitero d'automobili", la traducción de Attilio Aleotti a mi cuento "Cementerio de carros", que aparece aquí en su versión en español.

11 de agosto de 2005

Siempre la ficción

En un post anterior, titulado Verdades y simulaciones, se me ocurrió que podía escribirse un libro acerca de uno mismo, estrictamente acerca de la vida de uno mismo, sin caer en el melodrama, la ñoñez o el heroísmo barato, asignándole la vida de uno a un personaje que tuviera las mismas características, paso a paso y arruga a arruga, pero que funcionara como un personaje de ficción. (No era de escribir una autobiografía, porque esas cosas a mí no mucho, sino una novela en la que no hubiera ficción, aunque pensándolo bien la forma literaria ya implica ficción en sí misma.) La idea es que, al escribir sobre uno mismo, uno tiende a justificarse o a ponerse en un plan en el que no estuvo en el momento en que pasaron las cosas, y es porque el ego se siente lastimadito cuando no hay justificación para ciertas cosas, tristes, sórdidas o ridículas.
Lo intenté por las fechas en que escribí el post en cuestión. Armé personajes, les asigné características bien estrictas, los puse a actuar y yo me puse a transcribir lo que hacían. A eso de las veintitantas cuartillas me trabé. No porque no hubiera material suficiente, ni porque los personajes no funcionaran, sino porque me di cuenta de que saldría un libro de lo más aburrido: repetitivo, freudiano (en el peor sentido: el que le han dado los freudianos, no Freud), lleno de efectismo para dar fuerza a ciertas cosas...
Obviamente es una incapacidad mía, o quizá por eso es que hay tantas novelas melodramáticas, ñoñas o baratamente heroicas que hablan acerca de las vidas de sus autores, procesándolas a través de personajes ad hoc. (Nunca he sabido qué tienen que hacer los ápices en esa frase hecha. Por cierto, "frase hecha" es también una frase hecha.) Lo que siento es que a partir de cierto punto hace falta meterle ficción al asunto, o el resultado será flojo o -como casi toda autobiografía- bastante falso.
Hay una autobiografía, por cierto, que es una maravilla: Kill-out (¿o era Kill-off?), del maestro Jim Thompson, novelista negro de personajes excepcionales, a quien le debo más de un punto y coma. (No se pierdan Pop. 1280, traducido como 1280 almas, ni Texas by the Tail, traducido simplemente como Texas.) Allí hay un personaje de vida real que puede convertirse a sí mismo en un personaje de ficción excepcional, y plantearse magníficamente. El problema -de ésa y de otras autobiografías- es que llega un momento en que no hay tensión narrativa: la vida real no es tan interesante como la vida de la ficción, y uno tampoco tiene tanto que contar, así sea Jim Thompson, que las vivió todas.
Así que me pongo a hacer lo mío y voy a ver cómo voy a usar el material que ya llevo escrito. Tendré que esperar, eso sí, a terminar un libro un tanto más urgente que tengo entre manos, algo sobre la historia "reciente" de El Salvador (en realidad la de hace 25 años) que me han encargado. Hace como cuatro años que dejé el periodismo por enésima vez, y me siento contento haciendo lo que estoy haciendo. Tanto así que el primer capítulo, que debía tener unas 30-35 cuartillas, quedó como en 90, y 75 de ellas son de texto propio (lo demás son citas). Del segundo y del tercero ya van 50 de cada uno. Para un libro que debía tener "unas 300 cuartillas" no está mal.
Nunca he escrito algo tan largo. Mi primera novela, Historia del traidor de Nunca Jamás, anda en las 60 cuartillas, por ejemplo, y Los héroes tienen sueño en setenta. Mis récords son De vez en cuando la muerte, con doscientas cuatro. y Réquiem para una señora sin canas, con ciento noventa. Por eso es que no puedo participar en concursos: piden 200 o 250, y no me da el pellejo para tanto.
Ya me dispersé. Cambio y fuera.

7 de agosto de 2005

La gota y el dolor

Ayer amanecí con un ataque de gota. La padezco desde que tenía 26 años, así que no vengan con eso de la vejez. Soy abstemio de tiempo completo y desde siempre; tampoco es el alcohol. Como poca carne, aunque en los últimos días... bueno... tampoco he comido tanta. Ácido úrico, en todo caso, y duele como el diablo. El concepto es bien sencillo: cristales de ácido úrico se concentran en una articulación, generalmente en una mano o un pie. Y ya. En la práctica, un punto del tamaño de la cabeza de un alfiler duele como todo un ejército de muelas bien dañadas.
Un poco de la Colchicina que mi madre me trae de Costa Rica (aquí en El Salvador no se consigue, y lo que hay no pega tan fuerte), un par de analgésicos de caballo y un masaje en el pie con Cofal han menguado bastante el asunto, y ya para mañana sólo quedará algún nervio exacerbado. Me ha ido bien: cierta vez en México, en 1998, un ataque llegó a durarme tres semanas, y de verdad que parecía estar en un Apocalipsis del tamaño de un Aleph.
Con eso de que me gustan los males psicosomáticos, hace unos años una novia que andaba en lo de las medicinas alternativas me regaló un libro, Tú puedes sanar tu vida, de Louise Hay, en una época en que tuve un ataque especialmente fuerte de gota y la migraña no me dejaba ni sudar, sin contar con un par de gripes espantosas y algunas cosas más. (Esa novia no iba a gastar en regalarme un libro, o cualquier cosa, si no hubiera visto que iba en serio.) Fue por el tiempo en que decidí salir de México y, por cierto, tronar con esa novia, después de tres años de altibajos.
En el libro busqué la sección dedicada a la gota y decía que la provoca el temor a avanzar, el miedo al futuro. Me pareció bastante lógico en el momento pues, ciencia aparte, la mayor parte de los ataques memorables han coincidido con decisiones bastante duras que tienen que ver con el futuro. Lo que pasa es que no hay modo de saber: uno siempre está tomando decisiones bastante duras que tienen que ver con el futuro, y no se la pasa cojeando por el mundo. Igual la migraña puede dar -en la lógica de Hay- porque uno no quiere pensar, y el dolor de espalda porque el peso del mundo. (Para la gripe no se me ocurre nada, y no tengo el libro de Hay a la mano.) Igual es el ácido úrico, una hernia de disco y falta de vitamina C. En toco caso, cada vez que siento que puede venir la gota, me veo en el espejo y digo: "¿Miedo al futuro? Naaa." A veces funciona.
De lo que quería hablar era del dolor de la gota, parecido a la ira de Dios, pero más agudo. En 2000, cuando murió mi padre, escribí un ensayo que se publicó en Costra Rica y El Salvador, y hubo una parte relativa al dolor que transcribo aquí. Hablaba del dolor del alma, pero cuando escribí esos párrafos sólo se me ocurrió la gota como medida posible.

El dolor es egoísta. Siempre. Sin excepciones.
El doliente no puede pensar más que en sí mismo. Por eso es tonto esperar que los suicidas tengan compasión de sus familias (“Su hija lo encontró, pobre niña, por qué no pensó en ella”), o que los depresivos terminales hagan algo más que ver la pared, o que los bebés con cólico dejen de llorar, llorar, llorar.
Puede no ser egoísta cierta aceptación de sufrir dolor, digamos, por una causa noble: el héroe que salva a una o tres o cuatro personas del incendio, la madre que protege al hijo con su cuerpo en la erupción del Etna. O trabajar excesivamente para que las cosas mejoren –la situación económica propia, la miseria de tanta gente–, sin importar las consecuencias ni el cansancio que, de verdad, en algún momento dejará de sentirse.
Pero llegado el dolor sólo hay egoísmo y retraimiento. Por eso detesto a los mártires profesionales: necesitan de los peores dolores o del deseo de las peores torturas para que su vida tenga sentido, y cada vez que dicen “Estoy dispuesto a...” sienten el dolor anticipadamente y se retuercen de placer. El pueblo, o la religión, o la patria –siempre una generalidad: ¿cómo puede individualizar un egoísta?– son el motivo declarado de su dolor futuro, que sin embargo disfrutan de antemano. Para el mártir el dolor no es un riesgo: es un objetivo.
Los que verdaderamente “están dispuestos a...” no se andan con justificaciones: simplemente hacen lo que tienen que hacer, y saben que todo tiene un precio; si pueden, se abstendrán de pagarlo. No son gente enferma: son gente que vive a secas, al igual que la gente que “no está dispuesta a...”, esa mayoría respetable.


Mi madre ha pasado por varios dolores extremos. Dice que el de parto es fuerte, pero que uno sabe que va a pasar en algún momento, y que uno puede hacer cosas para que pase. El cólico nefrítico, el peor, paraliza y llega un momento en que desaparece, de tan agudo que es. El de la gota -sí, lo heredé de ella-, según su definición, es "exquisito". El simple roce de una sábana de seda hace que uno se retuerza, un cambio de posición parece una explosión nuclear, el toque de una mano hace que uno vea rojo y pierda todo rastro de racionalidad. Y se mantiene constante durante horas y horas y horas, sin aumentar ni disminuir, pero no hay modo de olvidarlo o de lanzarlo a un rincón de la mente. Eso cuando no comienza a palpitar...
Mi madre no es una persona especialmente expresiva, pero cuando habla de dolores es una verdadera sibarita. Tampoco es que sea masoquista. ¿Qué sé yo lo que es mi mamá?

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Nota bene: recién publicado este post, cuando vi la fecha, me di cuenta de que hoy es el quinto aniversario exacto de la muerte de mi padre, y que sin pensarlo agarré el artículo sobre el dolor y puse aquí un fragmento. Con razón tuve una gripe la semana pasada, y estuve un par de días malo de la panza y qué sé yo... Silvia Castellanos, mi madre honoraria y médica de la familia, habla de los síndromes de aniversario y dice que después de la pérdida de alguien, durante años, pasan cosas en los días cercanos a la efemérides. Parece cierto. Había olvidado que mi padre murió en agosto, el día 7 para se precisos, y que ha sido uno de los peores días de mi vida. En honor suyo, voy a poner en mi otra página el ensayo completo que escribí en aquel entonces, publicado por la revista Forja de Costa Rica en su número de septiembre de 2000 y por Alkimia de El Salvador en diciembre.
Qué raro es uno...

5 de agosto de 2005

Nosferatu, Callighari, el Golem y más

En una de las visitas de rutina al Prelinger Archive, encontré que tienen entre sus títulos, listo para descargarse gratuitamente en varias resoluciones, el Nosferatu, de Murnau, una de las maravillas del cine expresionista alemán, filmado en 1922. Lo pueden encontrar aquí. (Si quieren más información, aquí está la ficha de IMDB.) También está El gabinete del doctor Caligari, quizá el producto más audaz de esa tendencia, y el más influyente, filmado entre 1919 y 1920 por Robert Wiene. (Aquí la ficha de IMDB). Puede hallarse asimismo El Golem, de Carl Boese y Paul Wegener, una maravillosa fantasía acerca del ser de la mitología judaica que puede ser creado (y destruido) utilizando las letras del nombre secreto de Dios. La película está basada en la también mítica novela de Gustav Meyrink. (Aquí la ficha de IMDB.)
Quizá haya algunas cosas más del cine expresionista alemán (cuya cumbre y final es El Ángel Azul, de Von Sternberg, una de mis cinco favoritas), pero no he tenido tiempo de buscar; aproveché las vacaciones de agosto para trabajar en proyectos personales pendientes, y me remuerde la conciencia si descanso demasiado. Por favor avisar si encuentran algo.
No está todavía, en resolución para DVD, Un chien andalou, de Buñuel y Dalí; sólo puede bajarse una copia en QuickTime, un formato que detesto casi tanto como el Real. Al que no le moleste, aquí está. Y aquí pueden encontrar The General, de y con Buster Keaton, otra maravillita del cine mudo.
Y ya que empezamos con Nosferatu, los que gusten de todo lo que tenga que ver con vampiros pueden hallar aquí The Vampire Bat, y aquí su respectiva ficha en IMDB. (La reseña trata bastante mal la película, pero ¿a quién le interesan las reseñas ante una buena película clase B?)

31 de julio de 2005

Detector de fantasmas por USB

Las personas a las que desprecio en el universo no pasan de tres, y no creo que lleguen a dos. A ésa que queda siempre la monitoreo, porque el desprecio es un sentimiento de lo más tonificante y, en las dosis adecuadas, bastante bueno para el hígado y para el ego.
El caso es que en el blog de mi ser despreciable personal vi una maravilla: un radar de fantasmas que puede conectarse al puerto USB de la computadora. "Los fantasmas -dice en la presentación del producto al que el despreciable hace referencia- pueden estar detrás de usted, observando todo lo que hace. O alrededor suyo, esperando o atrapados en el más allá, o perdidos en un rincón del tiempo. ¿Son amigables y buscan una conexión? ¿O sólo tienen hambre?" Un discurso que a uno le hubiera gustado escribir.
El aparatito, que puede verse aquí, tiene una serie de botoncitos y de "modos" para monitorear energías y presencias alrededor de la computadora, una especie de médium personal mezclado con alarma contra robos de almas. No sé en lo que hará falta creer para tomárselo seriamente, pero sin duda valdría la pena comprarlo, para tener un tema de conversación -lo menos importante- y para pegar un buen brinco a eso las tres de la mañana, mientras uno escribe una página especialmente absorbente, porque la alarma de activó.
Habrá quien piense que se trata de un fraude. A mí me gusta más creer que es un juego, y que la magia y la tecnología, como desde que se descubrió el fuego, siguen yendo de la mano.
La misma empresa vende memorias USB en forma de patito (vea aquí) y en forma de sushi, en presentaciones de rollo de pepino, salmón o atún (vea aquí). Hay más productos en esta tienda, y una mayor variedad de patitos, rollos de sushi, pastelitos, camarones fritos y dedos mutilados.

La mancha en la pared

Para los que no se han dado cuenta, he abierto otra página en Blogspot que se llama La mancha en la pared, como la que tenía antes en Geocities y que no supe en qué terminó. Estoy poniendo por allí algunos textos de creación literaria. Hasta el momento van un texto rarísimo llamado "Espejos", "Reliquat" (traducción de "Ripio", de Terceras personas, realizada por Thierry Davo), un cuentecito llamado "Los bárbaros están en febrero" y un fragmento de la novela Trece. Ahora voy a poner el "Ripio" en español, para que no se diga. Visítenla. Voy a actualizarla cada semana, a más tardar. La próxima entrega será el cuento "Cementerio de carros" y su traducción al italiano por Attilio Aleotti, que se publicó en la revista Crocevia.

28 de julio de 2005

Por fin Batman

Uno de los personajes más fascinantes de la ficción es Batman, el vigilante pscópata que sale todas las noches a buscar al hombre que mató a sus padres un cuarto de siglo atrás, y regresa todas las mañanas sin haberlo encontrado.
A Batman no lo mueve la sed de justicia, ni siquiera la idea abstracta de justicia: lo mueven la obsesión y el miedo. No tiene poderes más allá de su extraordinaria fuerza física, su preparación para el combate, su voluntad de sobrevivencia y la necesidad visceral de que ya nadie muera, de que ya nada malo pase, de que todos puedan vivir en paz: Batman es apenas un niño asustado vestido de monstruo.
Bruce Wayne es otra cosa. Quizá él sí piense, en la burbuja de cristal en que lo mantiene Alfred Pennyworth, su mayordomo, que "hay que hacer algo" para que Ciudad Gótica -de la que es dueño- funcione un poco mejor; lo piensa como podría pensarlo un filántropo, no como el superhéroe que no es. Su modo de combatir "el crimen" es la ciencia, la tecnología... y mantener a Batman, su demonio, equipado con lo necesario para que haga el trabajo sucio.
El punto de reunión entre Batman y Wayne es la baticueva. Allí Wayne, el científico genial, planea lo que hará Batman, el niño sufriente e hipertrofiado. No hay comunicación directa entre ambos; Alfred es quien pasa los recados, y quien de algún modo logra mantener el equilibro entre las partes de ese ente desequilibrado. (En algún momento Wayne y Batman, mientras el primero se pone el traje, pueden llegar a coincidir en el mismo cuerpo, pero creo que ambos vuelven la cara hacia otro lado, con vergüenza de sí mismos y de su alter ego.)
Desde uno de sus encuentros con Szaz, el asesino serial, cuando casi lo mata a golpes, Batman se dio cuenta de algo: no puede matar. No porque no lo desee -lo desea con toda el alma: otro motivo de sufrimiento-, ni porque tenga un especial respeto a la vida: si mata no podrá detenerse, y será igual que los criminales a los que combate, en especial a uno, al asesino sin rostro de Thomas y Martha Wayne, sus padres. Y él no quiere ser como el asesino de sus padres, así de simple.
Se menciona más arriba un hecho clave: Bruce Wayne es el dueño casi absoluto de Ciudad Gótica. Es su ciudad en el sentido económico, y también en el moral. Ciudad Gótica es uno de los engendros más portentosos de la irracionalidad urbanística, herencia de la Metrópolis de Fritz Lang: autopistas con estatuas a la altura de un piso 25, y debajo un vacío que marea; rostros ciegos de pìedra que se asoman por las ventanas, callejones que llevan a callejones que llevan a callejones que no llevan a ninguna parte, cines que aún exhiben La marca del Zorro, con Douglas Fairbanks, la película que vieron Bruce y sus padres el día en que mataron a éstos; una cantidad imposible de criminales psicópatas que persiguen a Batman por el placer de perseguirlo, con todas esas perversiones de la arquitectura como escenario... Ciudad Gótica es, ni más ni menos, el mapa de la mente de Wayne y el lugar donde a Batman no le queda más que perderse, asustado, siempre asustado. El eje de todo ese laberinto es el asilo Arkham, dirigido por un psiquiatra esquizofrénico: en Ciudad Gótica los criminales no van a la cárcel, sino a Arkham.
Sólo hay, en medio de ese pandemónium, un ser racional, que trata de mantener las cosas en un nivel mínimo aceptable: James Gordon, el comisionado de policía, otro ser sufriente pero al menos consciente de sus dolores. Gordon es la conciencia de Ciudad Gótica. Sabe que Batman es un criminal disfrazado de otra cosa, sabe que Batman es Wayne desdoblado, sabe que Batman es el único que tiene el poder de poner las cosas en orden al menos provisionalmente, porque Ciudad Gótica es un reflejo de su mente y de su corazón. Entre ambos hay una especie de amistad, y más parece que Gordon hace las veces de padre de Batman -no de Wayne; para él está Alfred- y que Batman es para Gordon lo que a él mismo le gustaría ser si no tuviera todos esos principios. (El bien y el mal vestidos de murciélago.)
Y por fin existe una película que se acerca bastante a esta idea trazada en las épocas originales de la serie (los números de Detective Comics de los años cuarenta), que se perdió en los años sesenta y setenta y que en 1980 DC Comics retomó con Año uno y Año dos, los emblemáticos capítulos de la saga del murciélago. (Comienzan, precisamente, con la llegada de Gordon a Ciudad Gótica: él es el relator oculto de la saga.)
Las dos películas de Batman filmadas por Tim Burton tenían lo suyo, como todas las películas de Burton. Lo más importante de ellas fue la ambientación, el trazo de Ciudad Gótica, la ciudad irracional y macabramente bella en la que se mueve Batman. El Comodín, Gatúbela y en especial el Pingüino fueron hallazgos notables. El problema fue Michael Keaton: es un muy buen Batman, pero como Bruce Wayne deja que desear. Alfred Pennyworth es sensacional.
La tercera no vale mucho la pena mencionarla. El director Schumacher no entendió de qué se trataba, y Val Kilmer otro tanto. Al ver a Batman sonriendo dan ganas de salirse del cine, y ese amor por la psicoanalista no viene al caso. Batman no puede enamorarse, punto. El hallazgo fue Dick Grayson, el primer Robin, que Chris O'Donnel interpretó bastante bien. Los trajes son de lo menos adecuados: no son las armaduras de guerreros, sino modelos de algún desfile de modas gay. (Nada contra los desfiles de moda gay; sólo que Batman es otra cosa, pese a lo que insinuara la pésima serie televisiva de los sesenta, con Adam West y Burt Ward, y los cómics de la época, que se adaptaron a la imagen.)
La cuarta película, con George Clooney, tuvo también cosas buenas. Ciudad Gótica ya es Ciudad Gótica, desquiciada y absurda. Clooney es un excelente Bruce Wayne... y un pésimo Batman. El Doctor Hielo no está mal, Hiedra Venenosa se queda corta y la Batichica no se la cree nadie. (Además, la Batichica original es Barbara Gordon, la hija del comisionado, no una eventual sobrina de Alfred. El Comodín la deja paralítica de un balazo y se convierte en Oráculo.)
En fin, aunque menos espectacular que las anteriores, Batman inicia por fin le hace honor al antihéroe por excelencia. El papel de Gary Oldman como el comisionado Gordon es de lo más notable, aunque Michael Caine no era, ni de lejos, el actor para el papel de Alfred, más allá de su acento inglés. La idea del batimóvil como un vehículo experimental de guerra es novedosa y bastante creíble. Quizá la introducción del personaje interpretado por Morgan Freeman se deba a la debilidad del personaje de Alfred; en todo caso encontraron un equilibrio que permitió que Batman fuera quien es... y también Bruce Wayne.

27 de julio de 2005

Mi compu y yo

Ayer no fue el mejor día en la relación entre mi compu y yo. De algún modo me las arreglé para borrar un archivo oculto que guarda la información de la partición de los discos y no hubo modo de encenderla, reinstalar el sistema operativo o correr uno alterno en compacto. Para terminarla, se cayó el Win XP de mi portátil, y no quiso reinstalar desde el CD-ROM, nomás porque no. No leía el boot y háganle como quieran.
Al final arreglé las cosas como los machos: colgué los discos duros de la compu de Krisma y con toda la minucia posible corregí lo que había que corregir, algunas desde DOS. Y algo más pasó y a mi compu se le arruinó la fuente de poder, y hay que comprar otra... (Krisma me acaba de llamar de Metrosur. Está buscando una igual, porque si no, no cabe en el gabinete.)
Un problema serio fue la tarjeta de video Nvidia que tanto he presumido. Resulta que choca con el programa de instalación de XP, y Linux no sabe qué hacer con ella si se inicia desde CD y se pone bien tonto.
Tengo que grabar unos DVDs, así que me llevo el quemador y los discos duros a La Casa del Escritor. La compu de allí ha soportado de todo en los últimos dos años; si aguanta unas horas más, ya la hice.
Ah: y se ha estado yendo la luz, y se interrumpe todo lo que he hecho. Mejor grabo esto en el blog no vaya a ser que

26 de julio de 2005

Solaris y el cine de arte

Hace unos días, gracias a Osmín Magaña, vi otra vez la película Solaris, de Tarkovski, luego de... híjole... casi dieciocho años, la edad de mi hija Eunice.
La novela original, del polaco Stanislaw Lem, es quizá una de las reflexiones más profundas y provocadoras acerca de la comunicación y el deseo (el deseo a secas, el deseo de cualquier cosa) que he leído, en un cerrado y asfixiante ambiente como los que tan bien le salen a Lem. (Léanse Retorno de las estrellas, La investigación o La Invencible para que vean a lo que me refiero.) La ciencia ficción, como en los mejores años del género, es para Lem un pretexto para lanzar perspectivas a futuro acerca del desarrollo de lo humano que tenemos los humanos. La conclusión es que la tecnología no es más que otro modo de hacer lo mismo que hemos hecho desde hace un par de millones de años, milenio más, milenio menos.
El tema es más o menos sencillo: existe un planeta llamado Solaris, que contiene un mar vivo, y es descubierto por los humanos. Durante décadas se trata de averiguar qué es eso: un ente inteligente, un ente estúpido, la suma de muchos entes, una especie de dios, un niño caprichoso, etcétera. Saben que es poderoso -cambia a voluntad la traslación del planeta entre tres soles-, y en la superficie pasan cosas raras que nadie entiende. Como se trata de la primera forma de vida extraterrestre de la que los humanos tienen noticia, se impone la comunicación, y se lanza todo el conocimiento de la Tierra para lograrlo. En vano. Décadas y décadas de teorías y esfuerzos y Solaris no parece entender lo que le dicen, ni importarle.
Entonces se fuerza la situación, se lanza radiación sobre el mar y... nada. Excepto que los miembros de la misión Solaris, que dan vuelta alrededor del planeta en una estación, empiezan a recibir "visitantes": seres queridos muertos en el mejor de los casos, sus fantasías más perversas en el peor. No informan de eso; solamente suspenden el contacto con la Tierra, hasta que uno de los científicos, Gibarian, ya desesperado, pide que manden a un amigo suyo a investigar. Lo mandan, pero cuando llega Gibarian se ha suicidado y sólo quedan dos habitantes en la estación, encerrados con los productos de su deseo (un niño y un enano, respectivamente). Por allí anda suelta una mujer inmensa y bella, la fantasía que provocó el suicidio de Gibarian. Mientras trata de comunicarse con ellos, el investigador recibe a su esposa, muerta diez años atrás. Como científico, parte de que ése es el modo de Solaris de comunicarse con los humanos, e investiga en consecuencia; como humano no sabe qué demonios hacer o pensar, porque quiere que su esposa esté allí, pero sabe que debe seguir muerta. (En el transcurso del libro, la relación entre ambos reproduce lo que vivieron en la Tierra y la esposa vuelve a suicidarse, como ocurrió originalmente.) Un libro terrible, obsesivo y bello.
En fin, después de ver la versión protagonizada por George Clooney, que no está mal con todo y las adaptaciones que le hicieron a la historia de Lem, vi la versión de Tarkovski, que recordaba magnífica. Y pasó algo paradójico.
La sensación que me dejó fue la de haber visto algo profundo y excelente. Pero estar viéndola fue una tortura en más de una ocasión. Hay escenas tan minuciosas, en las que el director se detiene en cada detalle de cada cosa; hay tantas reiteraciones, tantas referencias de una escena a otra, tanta imagen que no contribuye en nada al desarrollo de la película, tantas insinuaciones, tantos diálogos en el aire, tantos silencios, que a uno le dan ganas de ponerse a jugar Nintendo o a ver una con Jackie Chan (uno de mis ídolos, por otra parte). La vi con Eduardo, mi hijo, y a ambos nos pasó que nos generó sueño. No es que lo tuviéramos antes; es que nos dio sueño. Yo me quedé dormido en cuatro ocasiones, todas al principio de una escena, y cuando abrí los ojos estaban en la misma escena y no me había perdido de nada. A Eduardo le pasó dos veces.
Creo que originalmente, hace mucho tiempo, me pasó lo mismo, pero había olvidado el proceso de estar viendo la película y sólo me quedé con la esencia. Insisto: después uno sabe que ha visto una buena película... y no extraña los pedazos que se perdieron en las cabeceadas, ni dan ganas de repetírsela.
No es apropiado (como diría Aldebarán) decir lo que voy a decir, pero es cierto: en general me da mucha pereza eso que llaman "cine de arte". Me produce lo mismo que la de Tarkovski, o cosas peores. De Bergman, por ejemplo, me encantan El séptimo sello y La vida de las marionetas, que son de lo más audaz; lo demás lo he visto por cultura general, y no repetí ninguna. La Trilogía y el Decálogo de Kieslovsky se las regalo. Rojo, Azul y Blanco las vi por disciplina, y porque mis amigos dijeron que había que verlas y que tenían que gustarme; no hubo una en la que no me durmiera o en la que hubiera algo que me provocara la mínima emoción. Vi no sé qué números del Decálogo (dos nada más), y de allí me fui a ver alguna de guerra o de karate. Almodóvar me parece una moda para gente light que trata de no serlo; es como un niño haciendo pipí a los pies del pizarrón para caerle bien a los compañeros y mal a la maestra, sin aportarle nada a nadie más que a su poco interesante ego. Uno de los paradigmas, Betty Blue, me pareció una serie de cosas injustificadas, y lo más sensato fue que la mujer se sacara un ojo, porque si no uno no tiene que contarle a los amigos. (Se alaba mucho la escena del principio. Nada que Linda Lovelace o Georgina Spelvin no superen en sus peores momentos, y sin presumir de andar en cosas artísticas.)
Cada cierto tiempo hay gente que me dice que hay un ciclo de "cine francés", así nomás, o de "cine de arte", para diferenciarlo del cine de Hollywood, y me invita a ver un par de películas. Y muy respetuosamente digo que gracias, que tengo que hacer, pero en realidad detesto a los directores que tratan de ser más inteligentes que su público, y de hacer que quede claro. Es el vicio del "cine francés" o del "cine de arte". Hay otro: tratar de hacer las cosas de manera tan diferente a las de "los gringos" que les quedan unos bodrios infumables.
Mientras, me quedo con mis favoritas: Juana de Arco: La ira de Dios, El Ángel Azul de Von Sternberg, Quien le teme a Virginia Woolf, El resplandor y Naranja mecánica de Kubrik, El color púrpura y El imperio del sol de Spielberg, ¿Quién ama a Gilbert Grape? y El sueño de Arizona, con Johnny Depp, varias de Kurosawa, casi ninguna de Woody Allen... además de Star Wars (1, 4, 5 y 6), Indiana Jones (las tres), el cine negro de los cincuenta, Jackie Chan, y las de Bruce Willis. Anoche vi Hostage, precisamente con Bruce Willis. Me la pasé muy bien, aunque me parece que el mejor papel de Willis es El último boy-scout. Hoy toca Constantine, con Keanu Reeves, por segunda vez. Excelente.
Ah: Bird, de Clint Eastwood, está entre mis favoritas, y dura dos horas con cuarenta y cinco, como Solaris. ¿Quieren un consejo? Lean el libro. La de Clooney está bien para divertirse, y le pesca bien el meollo al asunto y hasta se inventa cosas muy buenas, pero se van a perder de lo más importante. Si no lo encuentran en la librería, que es lo más probable, dicen -sólo dicen- que el libro se puede conseguir en Internet, gracias a la maravillosa tecnología del P2P. La de Tarkovski... híjole... No sé si valga la pena toda esa tortura para decir "Qué buena estuvo".

21 de julio de 2005

¿Qué personaje de ciencia ficción es usted?

A mí, vanidosamente, me tocó ser Jean-Luc Picard. (Krisma hubiera preferido que fuese Número Uno. Quién entiende a las mujeres.) Apachúrrele a la foto y averigüe su personaje, total es gratis y no tiene que decirle a nadie los resultados si le sale alguien que no le gusta.

Which Fantasy/SciFi Character Are You?



Y a Krisma, por cierto, le tocó ser Wesley Crusher.

Which Fantasy/SciFi Character Are You?

(Me hubiera gustado más de Andrómeda.)

20 de julio de 2005

Manlio otra vez



Pues bien, Manlio Argueta acaba de ganarse una beca Guggenheim para trabajar durante un año en lo suyo, que es la novela. Tomando en cuenta que es uno de los novelistas más prolíficos y constantes del país -unas siete novelas desde 1974, sólo igualado en este municipio por Horacio Castellanos y un servidor-, y quizá el más conocido fuera de nuestra frontera, el asunto es de celebrarse. Hasta donde sé, sólo él y el músico German Cáceres han recibido la Guggenheim entre los artistas salvadoreños.
Y, desde luego, comenzarán las envidias, que Manlio sabrá evadir, ignorar o responder. En 1999, cuando The Modern Library declaró que su obra Un día en la vida era la segunda mejor novela latinoamericana después de Cien años de soledad, y la cuarta en español del siglo XX, basándose en sus ventas en Estados Unidos, sobraron quienes se le lanzaron a la yugular. A la cabeza estuvieron los hermanos Galeas. Marvin escribió una nota titulada La tomadura de pelo de la Modern Library, que entre otras cosas dice:
Definitivamente ni "Un día en la vida" ni la tecnicosa "Caperucita en la zona roja" tienen el nivel de riqueza narrativa que tiene por ejemplo "Un mundo para Julius", de Bryce Echenique. O a lo mejor la Modern Library utiliza con los escritores salvadoreños los mismos criterios que utiliza la Major League Soccer (MLS) para contratar a nuestros futbolistas: El mercado salvadoreño en los Estados Unidos. ¡Vaya usted a saber!
Marvin incluso llega a poner en duda la existencia o la importancia de The Modern Library (que tiene cerca de un siglo de ser una de las grandes; por allí tengo las obras completas de Jane Austen y los cuentos de Hemingway). Hay algo cierto: la Modern Library (subsidiaria de Random House) hizo la clasificación con base en ventas, no en criterios literarios (lo cual no desacredita a Manlio), y no conservó en su sitio en Internet la categoría de las mejores en español (o en francés o en el idioma que sea), como puede verse aquí, sino de las escritas en inglés. Vaya: no aparece ni García Márquez.
También es cierto que Un día en la vida está publicado por Random House, y uno podrá hacer las salvedades que quiera, pero ni Marvin ni salvadoreño alguno ha llegado hasta allá. Y está junto a Cien años de soledad.
Como la ignorancia es audaz, y como Random House nombró en especial a los publicados por sus editoriales, Marvin no se dio cuenta de que esa casa no ha publicado a Alejo Carpentier, Ernesto Sabato ni a Alfredo Bryce Echenique, a quienes menciona para desacreditar a Manlio. La respuesta de éste, en el propio EDH, puede hallarse aquí.
Hubo un par de notas no firmadas de Geovani Galeas en el desaparecido suplemento El búho, entre ellas una entrevista de lo más agresiva, en la que Manlio se zafa con elegancia. No encuentro referencia en Internet a esas notas, pero las tengo en papel. Y desde luego estuvieron los chismes de viva voz, desagradables, verdes e inevitables, de parte de escritores que mejor harían en escribir que decir tonterías que no los hará obtener lo que sólo se obtiene mediante el trabajo.
En fin, estoy contento de que Manlio tenga, por primera vez, el año en que cumple los 70, un bonito apoyo económico, que es a la vez un premio a su trabajo, para seguir haciendo lo que ha hecho toda su vida y de lo que nos ha dado ejemplo: escribir.

Will Eisner



Buscando cosas que no tienen nada que ver, encontré la página de Will Eisner, y me enteré de que murió en enero de 2005. Me sorprendió, porque creí que había muerto desde hacía tiempo; no creo que nadie sobreviva de esa camada, a la cual pertenecieron Hal Foster ("El príncipe Valiente"), Milton Canif ("Terry y los piratas") y qué sé yo. Eisner era el bebé (1917); veo que Foster nació en 1892 y Canif en 1907, pero forman parte del mismo proceso: la creación de la historieta (o cómic) como disciplina con vida, leyes y arte propios.
Los dibujantes en general languidecen arrobados ante "El príncipe Valiente", y entiendo por qué: cada cuadro -al menos los dibujados por Foster- es una pieza de arte, por su economía y equilibrio. En lo particular nunca me interesó demasiado, ni "Terry y los piratas", que conocí de adulto y más como asunto de cultura general.
Pero "The Spirit" fue otra cosa. Fue la revelación. Antes que nada, en efecto, por la realización de los dibujos, que es monstruosamente buena. Luego, por lo que tiene de humana: los personajes pueden pasar de la desvergüenza al ridículo al llanto y al heroísmo con una facilidad que deja sin respiración. El manejo de personajes de Eisner es magnífico, y sobre todo inteligente. Utiliza todos los pastiches del género negro y, de repente, un pequeño giro y ya está uno a punto de llorar por la muerte del malo a quien uno quería muerto, o deseando enamorarse de la maldita de turno.
Eisner utiliza un recurso interesante: su dibujo es ambiguo, a veces caricaturesco, a veces realista, generalmente las dos cosas, y por eso -y porque es un excelente guionista- puede cambiar de "mood" de un cuadro a otro, y que lo agradezcamos. Y hay algo más: uno siente que, si se pone el sombrero y la mascarita, uno podría ser "The Spirit", aunque sabe que es preferible que no, porque se mete en cada cosa...
Descanse en paz don Will Eisner.

19 de julio de 2005

Ahora sí



Alain Mala, director de Cénoname, me envió las pruebas electrónicas de Tierces personnes y la portada definitiva, que lleva (al igual que Instructions pour vivre sans peau) una foto de una de las dramáticas esculturas de Bruce Nauman. La versión anterior no la incluía porque, hasta donde sé, los agentes de Nauman no habían atendido las solicitudes de Cénomane; me alegra que Alain lograra comunicarse.
La traducción de Thierry Davo, como siempre, me encantó. Se preocupa por cada letra y cada palabra y cada giro. Cuando traduce es como si estuviera escribiendo de nuevo el libro, y así lo sufre y lo disfruta. Y así se lo agradezco. Terceras personas es mi libro favorito entre los que he escrito; no sé si el mejor, pero sí del que me siento más orgulloso. Me llevó diez años, entre escritura y corrección, y de allí salió todo lo que he hecho después. La primera versión tenía unas 225 cuartillas corridas; la definitiva, alrededor de 35. Un fragmentario, digamos. Hubo algunas notas académicas acerca del libro y algunos notaron, en la forma. una fuerte influencia de Elías Canetti (me avergüenza decir que no he leído nada suyo), y, en el tema, del Año de la guerra del cerdo, de Bioy Casares... que leí dos años después de publicarse TP, mea culpa.
Ahora Thierry está traduciendo Trece (que previsiblemente se llamará Treize), publicado en México hace como año y medio en una hermosa edición del Instituto Mexiquense de la Cultura.
Pongo en mi otra página, La mancha en la pared, los fragmentos que cierran Terceras personas, un montón de frases e ideas desarticuladas, a veces microcuentos, a veces sólo insinuaciones de cosas que no tengo muy claras. Esa parte se llama "Ripio" en español; Thierry encontró una maravilla de palabra para su versión en francés: "Reliquat."