7 de marzo de 2007

Los guardaespaldas

Durante buena parte del día de ayer, el vecino tuvo visita, supongo que importante, porque había como seis guardaespaldas rondando por todos lados, todos armados, uno de ellos con una evidente Uzi. Llegó a casa a visitarnos Aquél Cuyo Nombre Etcétera, y se pusieron nerviosos, y uno de ellos se puso lo más cerca que pudo de la casa, o sea en un arbolito a un lado de la cochera. Natasha, muy en su papel y muy seriecita, se puso a cuidar el carro de Aquél Etcétera, y el guardaespaldas no se acercó más.
Incomodísimo. Además debían estar de pésimo humor, porque hacía un viento de los mil diablos y... bueno... para los estándares salvadoreños, un frío terrible de unos 22 grados. Y más incómodo debió ser porque Aquél me dio un aventón a Los Planes, fue a dejarme a casa y se fue a la suya, todo en cosa de diez minutos. Un hormiguero porque alguien sale a la farmacia a comprar lo que haya comprado. (¡Sufran, víboras, que no voy a decirlo!)
En homenaje a estos servidores, pongo en La mancha en la pared un fragmento del Manual del perfecto transa dedicado a ellos y a sus patrones, con todo el respeto del mundo. (Y con más respeto si se puede; ellos están armados, y yo sólo llevo mis llaves y... uh... el poder de la palabra, chale.)