24 de marzo de 2007

Roussel, el tiempo y todas las cosas

Hace unas semanas me llegaron por correo, desde España, unas treinta separatas de un artículo mío que apareció en Cuadernos hispanoamericanos, como se menciona aquí (y de paso se reproduce la nota que se publicó). Me extrañó que no enviaran por lo menos un ejemplar completo de la revista, y pensé en preguntar en el Centro Cultural de España, pero hoy llegó uno a La Casa por "correo terrestre". No sé, la verdad, cómo puede llegar cualquier cosa desde España por vía terrestre, pero debe ser algo así como la caballería en los ejércitos modernos, que tiene de todo, hasta caballos; la terrestridad postal tendrá barcos.
Aparte del dossier acerca de la cultura salvadoreña, sabía que me estaba perdiendo de algo, y sí: un muy buen artículo titulado La fiesta de los maniquíes de Roussel, de Mario Jurado, que trata de tres de las obras más importantes del escritor francés, Locus solus, Impresiones de África y Cómo escribí algunos de mis libros. Debo decir que sólo leí el primero, un par de veces, hace ya muchos años, además de un estudio de Michel Foucault acerca de Roussel, que recuerdo entre brumas, quizá por el desconocimiento de su obra.
En todo caso, Locus Solus fue para mí una extraña revelación, y quizá me puso de frente y bruscamente ante lo que ha sido mi preocupación técnica en todo lo que he escrito: el valor del tiempo en la literatura, el tiempo cronológico, el tiempo narrativo. El manejo del tiempo, pues.
En varias novelas --concretamente en las policiales-- he experimentado con estructuras más o menos simples, más o menos complejas, para armar narraciones falsamente lineales; en "las otras" (las "más literarias"), el tiempo es a veces tan importante como los personajes o lo que se cuenta.
Locus solus (¿lugar solitario?) trata de una mansión de lo más excéntrica que sólo sirve para guardar extrañas maquinarias que no sirven para maldita la cosa, pero que tienen un mucho de enigmático y de sórdido, como su creador, Martial Canterel. La narración es sencilla: Canterel guía a un grupo de amigos por su propiedad, les muestra la máquina y después les explica para qué sirve (o para qué no sirve), todo en un lenguaje casi quirúrgico, sin demasiados énfasis, sin más modulación que la que ofrece la sorpresa de que esos ingenios sean posibles. La casa tiene vida propia, incluso en el modo en que funciona la muerte. (La muerte también tiene su tiempo y su lógica de tiempo.) Mario Jurado describe así una de las escenas clave de la... uh... novela:

Ese equilibrio del sistema, esa imposibilidad del gasto, se muestra especialmente en el cuarto capítulo de Locus Solus, cuando Martial Canterel, usando conjuntamente unos compuestos químicos de su invención (con denominaciones propias de opereta científica: resurrectina y vitalio), consigue que ocho cadáveres vuelvan a la vida y realicen como autómatas los hechos más importantes de su vida, en reproducción exacta y repetida. Este pasaje le sirve al biógrafo Mark Ford de excusa para afirmar que, al fin y al cabo, los proyectos artísticos de Roussel y de Proust coincidían en la búsqueda del tiempo perdido. La diferencia entre ambos, sin embargo, radica en que la labor del científico-mago Canterel niega el discurrir temporal, niega que el tiempo esté efectivamente perdido y, por tanto, supone la implícita afirmación de que cada momento en que un cadáver es traído a la vida, el tiempo continúa siendo el mismo; tanto es así que, según afirma Canterel, los familiares de esos muertos obtienen con esas resurrecciones temporales consuelo de su pérdida. La verdad psicológica de tal argumentación es completamente falaz pero resulta válida si la consideramos desde el punto de vista de la lógica formal. Es decir, tal repetición sólo puede resultar consoladora en un sistema cerrado, en un proceso (procédé) sin proceder, apragmático, irresoluto, sin desarrollo en el tiempo, ya inmerso en la muerte. Puesto que, como afirma Deleuze, «Repetir es comportarse de una determinada manera, pero en relación a algo único y singular que no tiene igual ni equivalente», esa vuelta a la vida incitada por la pseudociencia del nigromante Canterel sólo resulta consoladora si el autómata redivido interacciona, al resucitar, con sus iguales, también autómatas. En este capítulo de Locus Solus la fiesta de los maniquíes que constituyen las novelas de Roussel alcanza su punto extremo.

Los maniquíes de Roussel, más que personajes, son cosas que repiten mecánicamente lo que un personaje hizo alguna vez, y ese personaje es ahora un cadáver. El tiempo tiene un valor diferente: las cosas sólo ocurrieron realmente una vez, pero se podrán repetir casi hasta el infinito --dependerá de la resistancia de los "materiales"-- como un hecho definitivo, único y a la vez tan múltiple como si se colocaran espejos enfrentados y en medio de ellos uno de los maniquíes se moviera como alguna vez, y sólo ésa, se movió. Pero los reflejos en los espejos no son simultáneos, sino desfasados: cada uno tiene su propio tiempo.
La idea de Roussel --entre otras-- me sirvió para armar dos novelas que surgieron del mismo proceso: Instrucciones para vivir sin piel (aquí está el mismo fragmento en francés) y Breve recuento de todas las cosas; la primera está publicada en Francia; la segunda se publica este año también allá, en una de las excelentes traducciónes de Thierry Davo, y ambas se hallan inéditas en español.
Instrucciones tiene una característica especial: la novela transcurre en veintinueve segundos, ni uno más, ni uno menos. (Traté de que fuera en veintitrés, que me gustaba más, pero no hubo modo. Al menos ambos son primos.) La historia es sencilla: un tipo está acostado en una cama de hotel, cambiando canales, mientras espera la llegada de una mujer con la que se reúne todos los años, la Señora Tal y Tal. Se harta de eso, se pone de pie, se sienta en el marco de la ventana y en unos instantes recuerda la historia que lo llevó allí. Abre la ventana y, zaz, se acaban los veintinueve segundos, y de nuevo está en la cama, pasando canales, y así sucesivamente, en periodos de veintinueve segundos. Hay un personaje narrador múltiple --un coro, un grupo de demonios o de ángeles, su conciencia, lo que sea-- que observa su interior segundo a segundo, y es el que narra buena parte de la historia. Etcétera.
La idea tiene mucho que ver con esa escena de Locus solus: marionetas que repiten obsesivamente y sin hilos los mismos actos --que una vez fueron únicos-- fuera del tiempo, en su propio tiempo. Los personajes de Roussel no tienen conciencia; el de Instrucciones está demasiado lleno de ella, y la ha traicionado tanto que no puede salir del loop en el que se encuentra encerrado.
El Breve recuento es un poco de lo mismo, pero desde otra perspectiva: todo ha ocurrido ya. No hay historia que contar, no hay personajes, la trama se desenredó mucho tiempo atrás. Lo que queda de una historia de amor espantosa con algunos documentos, recuerdos imprecisos de un personaje narrador impreciso (la primera parte tiene mucho de la lógica del Canto de guerra de las cosas, de Joaquín Pasos: el predicador en la tribuna que habla de las verdades posibles de la vida y la muerte); un personaje central que es como las marionetas de Roussel, con una diferencia: en el fondo de su cerebro, en alguna parte, hay una conciencia que guía su cuerpo, pero no hay pensamientos ni sensaciones, sino la repetición mecánica de actos. Y esa abolición de la conciencia es paradójicamente una decisión voluntaria, por lo que se cuenta en la novela.
Creo que el tiempo es --o debería ser-- una de los problemas a resolver de cualquier narrador, y de hecho lo es: el devenir requiere de tiempo, y la efectividad de un texto fuerza a utilizarlo de ciertos modos. (El maestro es Kafka, en El proceso). Pero en el fondo no hay narrador que no diera una parte de su obra --no la mejor quizá, pero sí una buena parte-- con tal de ser capaz de abolir el tiempo en por lo menos un texto, que las cosas no ocurran, sino que sean, y que el texto funcione. Es allí donde la puerca tuerce el rabo: cómo lograr que el texto narrativo funcione sin tiempo.
Los personajes de Terceras personas, por ejemplo, viven en un tiempo circular, igualmente repetitivo, marcado por sus obsesiones. (Tienen mucho que ver con los personajes de Poe.) El tiempo se mueve hacia el futuro, pero eso sólo hace que la circularidad tenga más referentes que confirman las obsesiones, y no las resuelven, y no deben ni pueden resolverlas. Allí hay algo del tiempo que ya pasó, de algo irremisible y doloroso a lo cual los personajes se encuentran fijados con pegamento epóxico. El tiempo sigue pasando, y la conciencia lo registra, pero sólo en una lógica obsesiva y circular.
Quizá el mayor experimento que he hecho con el tiempo ha dado una novela que parece más convencional que las que ya cité, Trece, basada en una cuenta regresiva y progresiva a la vez (un tipo se va a suicidar en trece días). Para que la novela no quede paralizada a la mitad (digamos en el capítulo 7, donde se juntan ambas cuentas), es necesario recurrir a otros tiempos, probables, improbables, pasados, otros pertenecientes a un futuro que no será, qué sé yo. Lo difícil es que no se note, o no sería una novela sino un aburrido manual de cómo hacer cosas que a nadie le interesan: lo importante para el lector es leer un libro, no estar viendo cómo se corta, se mide y se cose; eso ya deja el terreno de la literatura y entra en el de la vanidad o la torpeza.
Me he divertido leyendo la revista, y ese artículo en especial. Hay otro acerca de un libro alemán que trata de las peores películas que se han filmado, obviamente destinado a irritar y a hacer pensar en la validez de los hiconos hinexpugnables (las h son de Cortázar) del Séctimo Harte.
Por cierto, Thierry ha decidido traducir el título Breve recuento de todas las cosas como Bref inventaire de toutes les choses. Me resulta raro, pero me gusta. Deberá estar impreso para septiembre en Cénomane, de Le Mans, como siempre, y presentarse a finales de ese mes.

2 comentarios:

Nelson Ochoa dijo...

Foucault, estoy leyendo "La verdad y las formas juridicas", el tipo tiene su punto y conecta casos literarios con resoluciones procesales y hasta principios de indagacion judicial y fiscal, todo en un solo libro, es decir, segun el señor Foucault, ninguno de nosotros deberia estudiar las materias procesales. Basta con saber como tener una verdad, por medio de la indagacion que ha su vez tiene principios historicos y caracteristicas mas o menos similares en cada periodo

No he terminado de leer.

Saludos

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Mi favorito de él es Vigular y castigar. Habla del panóptico, y no sólo de la cárcel, sino de cómo toda la sociedad funciona bajo ese esquema bajo ciertos esquemas de poder. El individuo se vigila y se castiga a sí mismo, en muchos casos, y si no, allí están los demás. Y si falla, entra el poder en acción, que siempre "vio" lo que pasaba. Grueso el asunto.
Cuando estuvimos en Costa Rica, el año pasado, fuimos al Museo del Niño, que está en la antigua penitenciaría. Es un panóptico clásico. Disfruté mucho viendo su estructura, la distribución de las cosas, etcétera. Lecumberri, en México, es otro edificio así, mucho más grande y mucho más simple; allí tienen ahora el Archivo General de la Nación.