4 de febrero de 2007

Menjívar, Mengíbar y Menjíbar

En noviembre de 2004 --según mis registros-- entregué un artículo acerca de la narrativa contemporánea salvadoreña, pedido por Carlos Cañas Dinarte para publicarse en la revista española Cuadernos hispanoamericanos. Se suponía que debía publicarse en tres o cuatro meses, en un dossier acerca de El Salvador y su cultura, pero apareció apenas en diciembre pasado.
Había varios problemas para escribirlo: yo mismo soy narrador, con un buen bulto de libros publicados por todos lados, y eso de ser juez y parte siempre resulta difícil. Lo resolví del mejor modo: me saqué del mapa. He visto artículos de otros escritores en los que se incluyen y, en general, los resultados van de lo incómodo a lo patético. Otro era a quién mencionar, es decir qué parámetros utilizar. Se me ocurrieron dos, bastante severos: que se dedicaran de manera profesional a la literatura (eso significa entre otras cosas nada de autoediciones) y que tuvieran alguna trascendencia internacional. (En ese entonces no sabía que David Hernández se había ganado el mismo premio que yo me gané, el mismo año y en lugar mío, como se cuenta aquí, en la segunda parte del post, o seguro que lo hubiera mencionado. Por cierto: ¿alguien tiene una copia de Berlín. Años guanacos para ver si en su biobibliografía aparece el premio latinoamericano de EDUCA, ganado en Costa Rica en 1990? No encuentro mi ejemplar.)
El viernes pasado me llegó un paquete del Centro Cultural de España con unas 25 o 30 separatas bien bonitas con mi artículo, y cinco más con uno de "Carmen Morillas Tamacas" bajo el título "De los gigantes de papel a la era multimedia". En la portadilla aparezco como Rafael Menjíbar, lo cual sólo está equivocado a la mitad, se vea desde España o desde El Salvador. Porque en El Salvador se escribe Menjívar, pero en España (concretamente en Andalucía) el apellido es Mengíbar. Hasta hay un pueblo que se llama así, a unos minutos al sur de Jaén.
Al ver el artículo de Cuadernos hispanoamericanos uno se entera de que los apellidos están bien firmados, y que Carmen Molina Tamacas y yo nos seguimos llamando como siempre. Lo curioso es que me mandaron el montón de separatas, pero no una revista completa... Voy a llamar para preguntar por qué, y también para recordarles que había algo de un pequeño cheque que no me caería mal en este principio de año.
Reproduzco el artículo, que dos años después parecerá incompleto, además de que el espacio que daban era muy pequeño (como 1,500 palabras).


La narrativa salvadoreña contemporánea
Rafael Menjívar Ochoa

LOS PADRES FUNDADORES
La literatura salvadoreña ha mostrado desde sus inicios dos características que no la definen, pero ayudan a explicarla:
1. Hasta tiempos recientes, la mayoría de los escritores ha adoptado las letras como un oficio secundario, no como una opción profesional prioritaria.
2. Buena parte de la literatura nacional está destinada, por su temática, sus alcances estéticos o su lenguaje, al consumo interno.
Por “profesionales” no se entiende a escritores que viven del producto económico de su trabajo, porque no existe en el país un aparato editorial y comercial –incluso un público– suficiente. El término implica una dedicación prioritaria, una preparación técnica sólida y una producción continua con la calidad necesaria para introducirse entre lectores de otras latitudes o capaz de influir en las letras nacionales.
El fundador de las letras salvadoreñas, Francisco Gavidia (¿1865?-1955) se corresponde con esta definición. Periodista, catedrático y funcionario, su prioridad fue la literatura, como lo demuestra la cantidad de sus obras poéticas, narrativas y dramáticas, además de sus trabajos históricos y filosóficos. También puede aplicarse a Salvador Salazar Arrué (Salarrué, 1899–1975), uno de los más leídos y queridos en El Salvador, también periodista y pintor.
Hubo, desde muy temprano, una buena cantidad de poetas dedicados profesionalmente a su disciplina, como Claudia Lars (1899–1974), Pedro Geoffroy Rivas (1908–1979), Hugo Lindo (1917–1985) y Roque Dalton (1935–1975). Entre los narradores, el primero que planteó la literatura como un modo –de manera ideal un medio– de vida fue el cuentista y dramaturgo Álvaro Menen Desleal (1931–2000). Aunque se dedicó a la publicidad, el periodismo –fue uno de los creadores de los noticieros televisivos en el país– y el servicio público y diplomático, su prioridad fueron las letras. Obtuvo premios literarios como medio declarado de ganar dinero, se dedicó a la escritura free–lance y buscó una trascendencia internacional que, antes, sólo había llegado de manera eventual. (Salarrué publicó sus Cuentos de barro en Editorial Nascimento de Chile, en 1943, y hubo una edición masiva centroamericana en 1960, pero no mucho más. Hay obra de Menen Desleal traducida a cinco o seis idiomas.)
En una entrevista con el autor de estas líneas, en 1999, Menen Desleal señaló que él, a su propio juicio, había aportado a la literatura salvadoreña tres elementos básicos: rigor técnico, universalidad en el tratamiento de los textos y temáticas acordes con la modernidad, que se sumaban a la continuidad en el oficio literario.
Con las excepciones mencionadas, y pocas más, la mayoría de los narradores, hasta Menen Desleal, fueron autores de uno o dos libros, producto de una actividad secundaria. Esto influyó de alguna manera en la concepción de muchos escritores hasta la actualidad, más que el ejemplo de Gavidia o Salarrué, y quizá de allí el carácter local de mucha narrativa nacional.
Hubo otras circunstancias influyentes. En los años ochenta, más por el calor de la guerra que por vocación, hubo escritores “de emergencia” que encararon, sin mucha elaboración, temas como la ideología, las violaciones de los derechos humanos y el heroísmo. Muy poco, si algo, sobrevivió a los acuerdos de paz. Desde las cúpulas de las organizaciones revolucionarias se intentó un viraje en la concepción literaria, que implicaba el desplazamiento de la novela por los testimonios de guerra. Tampoco sobrevive demasiado de ello.
Hubo una pérdida importante durante la guerra: el narrador Mauricio Vallejo (1958–1982), secuestrado y asesinado por paramilitares. Su única novela, Balta, aún inédita, lo ubica en ese momento como el más interesante talento de su generación.

LA NOVELA CONTEMPORÁNEA
Correspondió a Manlio Argueta (1935) la fundación de la novela salvadoreña contemporánea, con Caperucita en la zona roja (1977). Poeta de origen, se convirtió a la narrativa con El Valle de las Hamacas (1967, publicada en 1970), antecedente para una de las obras de mayor valor literario que ha dado el país. La experimentación con el lenguaje y las estructuras temporales tiene la audacia que en su momento debió tener Salarrué. Pero cuando apareció comenzaba la guerra, y se exigía algo más de los escritores. En 1980, con Un día en la vida, Argueta dio respuesta a esas necesidades. La novela es la más conocida de cualquier salvadoreño, con traducciones y ediciones en una veintena de idiomas; en Estados Unidos sólo ha sido superada en ventas por las de Gabriel García Márquez, si se habla de literatura latinoamericana, según The Modern Library. Pero, aunque cuenta con páginas de factura magnífica, la obra de Argueta perdió el impulso marcado por Caperucita. Esto no pretende invalidar la obra del maestro, sino ubicarla, con el respeto debido.
A partir de Argueta, como de Menen Desleal en el cuento, hay una tendencia a afrontar la novela como una profesión, no como el trabajo eventual o una tarea de poetas en busca de nuevos caminos (como en el caso de Dalton, de Ricardo Lindo y de Alfonso Quijada Urías, que tienen en su haber interesantes acercamientos).
Horacio Castellanos Moya (1957) es quien ha logrado llegar más lejos dentro de los novelistas que están produciendo su obra de madurez. Aunque inició su carrera como cuentista, con ¿Qué signo es usted, niña Berta? (1981), y ha publicado varios libros de relatos (como Perfil de prófugo, 1987; El gran masturbador, 1993, y Con la congoja de la pasada tormenta, 1995), en 1988 publicó la novela La diáspora y a partir de El asco y Baile con serpientes (ambas de 1997) se desplazó hacia la novela, con buenos resultados: ha publicado en México, España, Alemania y Francia. Mucho de su producción tiene que ver con temas de la posguerra, como los cambios en la idiosincrasia nacional, los marginados de dichos acuerdos, la novela negra e historias fantásticas y de amores excéntricos.
Carlos Castro (1950), con una sola novela, El libro de los desvaríos (1997), es uno de nuestros novelistas más originales. Historiador de oficio, la falsa biografía del prócer nacional Gerardo Barrios le dio la oportunidad de crear un El Salvador mítico y escarbar en los entresijos de las clases dominantes. El manejo de lenguajes, personajes y estructuras es de lo más fino que ha visto el país.
Jacinta Escudos (1961) ha escrito uno de los libros de cuentos más importantes, Cuentos sucios (1997), prefigurado en el volumen Contracorriente (1993). Su incursión en la novela ha sido irregular. La primera, Apuntes de una historia de amor que no fue (1987), mostró su talento de narradora. En El desencanto (2001) encontró una solución ingeniosa a un problema complejo: ante la falta de manejo de estructuras largas, realizó una serie de relatos unidos, con algunos enlaces temáticos, hasta formar una novela. En A–B–Sudario (2003) no logró un control efectivo sobre el texto, aunque posee una excelente técnica narrativa.
Hay un novelista que ha logrado un importante impacto entre los salvadoreños en Estados Unidos: Mario Bencastro (1949). Sus principales novelas son Odisea del norte (1999), sobre las tribulaciones de los inmigrantes indocumentados, y Un disparo en la catedral (1990), acerca del asesinato del arzobispo Oscar Arnulfo Romero. No cuenta con un planteamiento estético definitorio, pero su obra es emblemática entre más de la cuarta parte de la población salvadoreña y ha encontrado un buen nicho en Europa, especialmente en Italia.
Entre los novelistas más recientes puede mencionarse a Mauricio Orellana (1965), quien comenzó su carrera literaria a una edad relativamente madura (treinta años). Hasta la fecha sólo ha publicado un libro (Te recuerdo que moriremos algún día, 2000), pero varias de sus novelas inéditas podrán redefinir la narrativa salvadoreña.

EL CUENTO: DE LO BUENO, POCO
Menen Desleal fue el creador del cuento contemporáneo salvadoreño, en una severa ruptura con sus maestros, en especial Salarrué. Dedicó buena parte de sus esfuerzos a la escritura de un centenar de cuentos fantásticos con un rigor extremo y un sentido del humor pocas veces visto. Aunque comenzó a publicar sus libros a principios de los sesenta, algunos aparecieron alrededor de la época de su muerte.
Pocos han logrado satisfacer los estándares fijados por él, y antes por Salarrué. Los cuentos más notables en la época contemporánea (si se coloca a Castellanos Moya del lado de los novelistas) han salido de manos de dos mujeres: Jacinta Escudos (con Contracorriente y Cuentos sucios) y Claudia Hernández (1975), con Otras ciudades (2001), Mediodía de frontera (2002) y Olvida uno (2005).
Las une el rigor técnico de sus relatos. Pero mientras que Hernández es seguidora directa –y depurada– de Menen Desleal, en la vertiente fantástica del cuento, Escudos explora el absurdo a través de lo cotidiano, con estructuras más abiertas de las que el cuento fantástico exige, pero igualmente efectivas.
Hay más narradores en El Salvador, en activo y en formación, pero se requeriría de mucho más espacio para reseñarlos. Se menciona a algunos de los más importantes, según los criterios planteados al principio: la dedicación prioritaria a la narrativa y su trascendencia internacional.
La narrativa salvadoreña aún depende de individuos para definirse; su desarrollo no alcanza para hablar de tendencias, corrientes o escuelas. Pero, tras el desconcierto de más de una década de guerra y otra de posguerra, existe un desesperado resurgimiento de las letras que en algunos años dará variados y buenos frutos.

6 comentarios:

Astrolabio dijo...

Siempre es un gusto y un aprendizaje leerte, Rafael. Me gusta lo poco que conozco de Roque Dalton, Salvador Salazar y Jacinta Escudos, de entre todos los que nombras. ¿Será que "Edicions Casa del Escritor" tiene una misión que cumplir con los Mauricios, Vallejo y Orellana? Saludo cordial.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Hola. Gracias por escribir.
Si hubiera unas Ediciones Casa del Esritor, seguro tendría esa misión entre otras, pero no puede haberlas por ahora. No por falta de presupuesto --que de todas maneras no hay--, sino porque se convertiría en juez y parte.
Ahora es en especial un centro de formación de escritores, y tener una editorial propia obligaría a publicarlos. La idea es más bien que hagan trabajos (libros, unidades) con la calidad suficiente para que puedan publicarse en cualquier editorial, bajo cualquier norma de calidad, en cualquier país. Profesionalizarse, pues.
Y vamos bien. Este año habrá tres personas de La Casa que publicarán en España, por lo menos una en Guatemala y veremos si en El Salvador, donde curiosamente es mucho más complicado, por el modo en que se mueve "el medio". La gente de La Casa no es de lo más popular entre los "del medio", y lo habrás visto en algunos comentarios en este blog.
La novela de Mauricio Vallejo la he propuesto en la Dirección de Publicaciones e Impresos, la editorial del estado, por un asunto de simple justicia literaria. Mauricio Orellana me parece que está un poco retirado de la literatura, y es una pena. Conozco cinco novelas suyas, y dos me parecen excelentes, dos bastante buenas (y harto provocadoras: maneja muy bien la temática gay, si existe algo así) y una es la que publicó, la primera que escribió, donde veo todas las herramientas del escritor, pero aún poca fluidez. Yo lo propuse para su publicación en su momento (lo "descubrí" en unos juegos florales), y propuse otro texto. Pero el editor es el editor, y él decidió. No es mala novela, para nada; me parece que no le hace justicia a lo que conozco de él. Ojalá empiecen a salir las que faltan.

Aniuxa dijo...

Me gustó el artículo, me hubieras regalado uno!

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Aniuxa: Haberlo pedido... No creo que haya multitudes pidiendo una copia durante esta semana, así que el domingo recuérdamelo.

Carlos dijo...

Bueno, el problema que le veo a este artículo es que lo has escrito vos, y al hacerlo te borrás del contenido. Por lo tanto, no puede ser completo, porque no logra ubicar tu trabajo como narrador y su importancia en las letras de El Salvador. ¿Cómo resolver ese problema, Rafael? Parece que parte del lío es la ausencia de críticos literarios en ES, ¿no creés?

Un cordial saludo.

Carlos

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Uhm... Creo que lo importante de la nota no es a quién poner, sino el establecimiento de parámetros un tanto menos municipales. Quizá en la biobibliografía de los autores hayan puesto un poco acerca de lo que hago, y eso compensaría, pero no me llegó la revista completa. Y en todo caso no es importante.
A lo mejor a eso se refirió CCDinarte cuando me dijo que "me autoexcluí" del Diccionario de Autoras y Autores...
Críticos literarios, en efecto, no hay. Escritores que quieran hacerse cargo del paquete, pocos. Y eso que la literatura (en segundo lugar tras la puntura) es de lo que más ha avanzado en el país...