17 de febrero de 2007

¡Juntos se transformaban en peligrosos psicópatas!

La espeluznante historia de amor de los asesinos de los corazones solitarios

El amor ha inspirado bellas historias como la de Romeo y Julieta y la de Tristán e Isolda, pero también crímenes como los de Martha Beck y Raymond Fernández, que hicieron de su relación una orgía de sangre.

Rafael Menjívar Ochoa
Publicado en La Extra, México, 1997.


¿Ha visto el lector, en revistas y periódicos, anuncios en los que hombres y mujeres solicitan conocer a personas afines para mantener relaciones de amistad, de amor o simplemente para pasar un buen rato? ¿Se ha visto tentado a responderlos o, más aún, los ha respondido?
¡Cuidado! A lo largo de las décadas, muchos de los más terribles y prolíficos criminales de la historia, como Belle Gunness y Landrú, se han valido de este tipo de anuncios para desvalijar a los imprudentes de su cartera, de su orgullo y hasta de la vida. Y es que siempre han existido corazones solitarios que se anuncian en busca de amistad o de su pareja ideal, y nunca han faltado quienes estén dispuestos a esquilmarlos y a segar sus vidas a fin de evitar complicaciones con la justicia… o por simple placer.
Tal fue el caso de Martha Beck y Raymond Fernández, los más famosos y extraños asesinos de corazones solitarios. Durante décadas, los psicólogos estudiaron sus expedientes a fin de esclarecer la pregunta que podría dar una respuesta definitiva acerca de las motivaciones de los criminales: ¿qué es lo que convierte a un ser humano normal en un asesino despiadado?
Los psicólogos llamaron a este fenómeno follie à deux, es decir “locura entre dos”: Beck y Fernández, por separado, eran personas relativamente normales. Quizá ella sufría por su gordura y fealdad, quizá él no fuera el tipo más honrado del mundo (pendía sobre él la sospecha de un asesinato), pero por separado no hubieran sido capaces de matar con la saña que mostraron hacia sus víctimas. Juntos eran capaces de verdaderas atrocidades.
Éste es su historia de amor y muerte.

EL VIVIDOR Y LAS SEÑORAS
Se dice que Ramón Fernández, español nacido en Hawaii en 1914, sufrió a los 31 años un accidente que cambió radicalmente su vida. Era un hombre trabajador, buen ciudadano; amaba a su esposa, con quien vivía en España, y no había nada que lo diferenciara de una persona común y corriente.
En diciembre de 1945, mientras realizaba un viaje en barco, una escotilla se desprendió y lo golpeó en la cabeza. Estuvo tres meses en el hospital, y al salir se había transformado en otra persona.
Se dice, aunque las versiones son contradictorias, que a raíz del golpe su apetito sexual se volvió más intenso, casi descontrolado, y que adoptó ciertas manías. Por ejemplo, decía que tenía fuertes poderes hipnóticos, mediante los cuales era capaz de controlar a las personas.
Fernández abandonó a su esposa, se mudó a Nueva York, reclamó la ciudadanía estadounidense y cambió su nombre por el de Raymond. Su vida se volvió bastante desordenada, y visitó la cárcel un par de veces. Lo cierto es que, aunque no era particularmente apuesto, tenía muchas amantes, la mayoría de edad madura, con las que no sólo satisfacía sus necesidades físicas, sino también las económicas: descubrió que había una buena cantidad de damas solitarias dispuestas a desprenderse de su dinero a cambio de un poco de amor.
En 1947 se dio cuenta de que los periódicos eran verdaderas minas de oro, y comenzó a responder los anuncios de los clubes de corazones solitarios. Una y otra vez se enredó con mujeres de mediana y avanzada edad; una y otra vez las despojó de tanto dinero como pudo. Cuando la mina estaba agotada, desaparecía de sus vidas.
Ese año conoció a Lucila Thompson, una mujer que vivía de la renta de las habitaciones de su departamento. Raymond tomó una y en poco tiempo estaba involucrado con ella. En el mes de octubre ambos viajaron a España, por supuesto a expensas de Lucila, y se hospedaron ni más ni menos que en la casa de la esposa legítima de Fernández. Lucila Thompson no pudo soportar la idea de compartir a Raymond, y comenzaron las peleas.
Al día siguiente de un pleito especialmente agrio, Lucila Thompson amaneció muerta en una habitación de hotel. Había ingerido una fuerte dosis de digitalina, utilizada para enfermedades cardiacas, que el propio Raymond había adquirido en una farmacia. El médico diagnosticó un infarto provocado por una gastroenteritis y, aunque rodeado de sospechas, Fernández quedó libre de cargos.
Días después, Raymond se presentó en Nueva York con un documento firmado por Lucila Thompson que lo declaraba dueño del departamento de ésta. La madre de Lucila no cuestionó el documento, a pesar de que podía ser falsificado; la única condición para no hacer problemas fue que Fernández la dejara seguir viviendo en el que sería el centro de operaciones de su fructífero negocio.
Fue poco después de tomar posesión del departamento que conoció a Martha Beck, a través del club “Mother Dinene’s Friendly”, uno de los más importantes de la época.

LA ENFERMERA IMPACIENTE
Martha Seabrook siempre aseguró que ella no había colocado el anuncio, sino un amigo suyo, para hacerle una broma pesada.
Martha siempre había sufrido de desajustes en la glándula pituitaria. Nacida en la Florida en 1920, a los nueve años era una mujer físicamente hecha y derecha; su madre debió vigilarla desde esa edad para evitar el acoso de los hombres y, sobre todo, para evitar que ella les correspondiera. Aun así, la vigilancia de su madre al parecer no fue suficiente: se dice que Martha fue violada a los 13 años pors u propio hermano.
A medida que la muchacha crecía, su desajuste se fue convirtiendo en una obesidad incontrolable. Tampoco era una mujer guapa, ni siquiera agradable, y ello le causó problemas no sólo amorosos, sino también a la hora de conseguir empleo; durante un buen tiempo tuvo que dedicarse a lavar cadáveres en una empresa de pompas fúnebres. Tampoco la ayudaba el hecho de que, ignorada por los hombres a causa de su aspecto, se dedicó a buscar parejas eventuales en las paradas de autobuses y, en los momentos de mayor desesperación, recurrió al acoso sexual.
De una de sus aventuras tuvo un hijo, y otro más de Alfred Beck, un chofer de autobús con el que se casó, y que le dio su apellido. El matrimonio duró seis meses. Después de su divorcio, Martha fue nombrada directora de un centro de ayuda a niños minusválidos; de pronto pareció que la vida comenzaba a tratarla bien.
Raymond Fernández viajó a la Florida para conocerla, buscando —como siempre— algo de sexo y todo el dinero que pudiera sacarle. Pero ocurrió algo inesperado, al menos para Raymond: se enamoraron a primera vista. Él no buscaba una relación estable, y menos aún con una mujer pobre.
Fernández se quedó un par de días en la Florida y, con profundo pesar, regresó a Nueva York. Mantuvo con Martha una intensa correspondencia, en la que ella le declaraba su amor de mil maneras. Un mes después, Raymond le envió una carta en la que sorpresivamente le decía que había confundido sus sentimientos, que no sentía amor por ella, sino respeto.
Al recibirla, Martha llevó a sus hijos con una vecina, puso en el correo una nota de despedida para Fernández y trató de suicidarse metiendo la cabeza en el horno mientras dejaba escapar el gas. La vecina sintió el olor y llamó a la policía, que la rescató de la muerte.
Cuando recibió la nota suicida, Raymond la invitó a visitarlo en Nueva York. Ella acudió de inmediato y pasaron juntos un par de semanas en las que conocieron el amor más intenso. Cuando regresó a Florida, Martha descubrió que se había sabido de su affaire con Raymond, de su intento de suicidio, que ya no tenía su trabajo y que no podría conseguir otro gracias al escándalo que se había generado. Desesperada, y aprovechando las circunstancias, tomó a sus hijos y viajó con ellos a Nueva York, en busca de Raymond.

CELOS, DINERO Y MUERTE
Raymond, cuando vio en la puerta de su casa a la mujer con sus hijos, supo que tendría que responder a sus declaraciones de amor. Pero no lo haría sino bajo ciertas condiciones.
Lo primero fue advertirle a Martha que no podía casarse con ella: se dedicaba a esquilmar mujeres solitarias y a veces era necesario que se casara con ellas. (Raymond olvidaba que en España ya tenía una esposa legítima.) Ella no sólo lo aceptó, sino que se ofreció a ayudarlo. Lo segundo fue decirle que no quería nada con sus hijos. Martha ni siquiera vaciló: le habló por teléfono a su madre y los envió de regreso a Florida. Esa sería la última vez que los vería.
Martha también tenía una condición que imponer: que la madre de Lucila Thompson se fuera del departamento. Raymond accedió, y se prepararon para iniciar, juntos, una corta aunque espeluznante carrera criminal.
En realidad, según los planes originales, nadie debía morir. El modus operandi, tal y como estaba planeado, era sencillo: Fernández respondería al anuncio de una mujer solitaria, la seduciría, le sacaría todo el dinero que pudiera y luego él y Martha —que se haría pasar por su hermana— desaparecerían. La operación se realizó varias veces, y consiguieron algo de dinero. Martha moría de celos al ver cómo Raymond seducía a otras, pero debía soportar si quería conservarlo.
Uno de los primeros trabajos importantes que hicieron juntos tuvo como protagonista a Esther Henne, viuda y maestra jubilada. Raymond vio muchas posibilidades en la relación, y se casó con ella en 1948. El matrimonio no duró mucho tiempo: Fernández la presionaba para que le cediera sus pólizas de seguro y le endosara su pensión. Ella comenzó a sospechar cuando los vecinos de Raymond le contaron acerca de su relación con Lucila Thompson y sus sospechas acerca de la muerte de la mujer. Un día la señora Henne. huyó. De todo lo que Raymond la había despojado, sólo logró recuperar su automóvil y trescientos dólares, además de conseguir un discreto divorcio.
Fernández se dio cuenta de su mala fama en el vecindario y decidió que era hora de mudarse. Además, una de las mujeres a las que estafaba había quedado embarazada y le exigía matrimonio, así que vendió el departamento y fue junto con su hermana Martha en busca de otra víctima, Myrtle Young, de Arkansas, con quien se casó en agosto de 1948.
A pesar de que había aceptado las condiciones de Raymond, los celos de Martha ya eran incontrolables. En la mismísima luna de miel hizo una verdadera escena y, por si fuera poco, Raymond no fue capaz de consumar el matrimonio.
Al tercer día, Myrtle Young murió de una sobredosis de barbitúricos. Martha y Raymond la colocaron en un autobús, aún viva, y horas después fallecía de una hemorragia cerebral. El resultado de la operación: cuatro mil dólares en efectivo.
Para la Navidad Martha y Raymond estaban en la miseria; poco les había durado lo que habían obtenido por la casa y lo que le habían estafado a Myrtle Young. Pero ya habían escogido la siguiente víctima, Janet Fay, de 66 años, en cuya casa se persentaron el primero de enero de 1949.
El dos de enero, Raymond le propuso matrimonio; la señora Fay aceptó… y le endosó un cheque por 2,500 dólares, que se unirían a los 3,500 que le daría el día siguiente.
Janet Fay durmió la noche del tres de enero con Martha, a quien interrogó emocionada acerca de la vida de su futuro esposo. Martha estaba celosa, terriblemente celosa, e hizo perder los estribos a Janet. Ésta le aseguró que, así fuera la hermana de Raymond, no viviría con ellos cuando se casaran. Martha tomó un martillo y la asesinó a golpes en la cabeza, con toda la saña acumulada por todas las aventuras de su amado.
Raymond no quería que las cosas terminaran así, pero ya no había marcha atrás. Colocaron el cadáver en un baúl, rentaron una casa en Queens y lo enterraron en el sótano. Para ese entonces ya tenían en las manos una carta de la que sería su siguiente víctima: Delphine Brown, una viuda de cuarenta y un años de Michigan, madre de una niña de dos años.
Esta vez no hubo matrimonio: Raymond y Martha simplemente se mudaron a la casa de Delphine y comenzaron con ella y con su hija una “vida de familia”.
Martha dormía en la habitación de al lado de la nueva pareja. Noche a noche Raymond y Delphine se entregaban al placer de los cuerpos; noche a noche Martha sufría la interminable tortura de los celos.
A finales de febrero, Delphine estaba embarazada. Martha le ofreció unas pastillas para abortar; en realidad se trataba de una fuerte dosis de barbitúricos, similar a la que mató a Myrtle Young. La locura de ambos se desató y esa noche Raymond colocó la funda de una almohada en la cabeza de Delphine y la asesinó con una pistola, mientras Martha se ensañaba con su cadáver. Cuando la orgía hubo terminado, enterraron a la mujer en el sótano.
Estaba el problema de su hija: ¿qué hacer con ella? Durante unos días trataron de calmarla y mantenerla bajo control, pero fue imposible. Desesperada, Martha la ahogó en una tina para lavar ropa y, quizá frustrada por la ausencia de sus propios hijos, profanó su cadáver.
Durante algunos días, Beck y Fernández llevaron una vida tan normal como la que se puede llevar con dos cadáveres enterrados en el sótano, uno de ellos perteneciente a una niña de tan sólo dos años.
Los vecinos de Delphine, al no saber de ella en varios días, y al ver que Martha y Raymond se movían como en su casa, comenzaron a sospechar que algo extraño ocurría. Dos de los vecinos llamaron a la puerta; la pareja les dijo que la señora Brown y su hija se encontraban de viaje. Los asesinos no detectaron ningún peligro, y se fueron ese día al cine (“A ver una película de sexo”, diría después Fernández). Cuando regresaron los esperaba la policía con una orden de cateo. Bastó una inspección superficial para descubrir los cadáveres en el sótano.

HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARÓ
Martha y Raymond confesaron que habían cometido doce crímenes en el poco tiempo que duró su relación, la mayoría de ellos ejecutados por la celosa mujer, con lujo de violencia y sadismo. Sólo pudieron ser comprobados y documentados los de Janet Fay, Delphine Downing y Reinelle Downing, hija de la anterior, y por ellos se les juzgó y condenó. Aun así, se cree que el número de sus asesinatos fue de por lo menos veinte.
En su primera declaración, rendida el mismo día de su arresto, se culparon mutuamente de lo ocurrido. A medida que fue pasando el tiempo, ambos volvieron a la “normalidad”, y estaban aterrados de lo que habían hecho. No comprendían cómo habían llegado a los extremos que llegaron: una cosa es estafar a viudas solitarias y otra asesinarlas con gran sadismo. Sólo de una cosa estaban seguros: estaban profundamente enamorados el uno del otro.
Sus abogados trataron de evitar una condena criminal alegando locura. Los psicólogos encontraron un fenómeno interesante: por separado, Martha y Raymond eran incapaces de matar a una mosca (aunque pendiera sobre él la sospecha de haber asesinado a Lucila Thompson); juntos se convertían en seres desquiciados, sedientos de sangre. Aunque se trataba de un fenómeno interesante, la corte desestimó el alegato y, luego de un sonado juicio que duró cuarenta y cuatro días, ambos fueron condenados a morir en la silla eléctrica.
Martha Beck declaró durante el juicio: “La mía es una historia de amor, pero sólo aquéllos que han sufrido por amor podrán comprenderme.”
La sentencia se cumplió en la prisión de Sing Sing el 8 de marzo de 1951.



Otros asesinos de corazones solitarios
Belle Gunness (Dakota del Sur, 1900-1908, aprox.).— El número de sus víctimas está a discusión: entre 14 y 125. Desapareció durante el incendio de su casa.
Henri Desirèe Landrú (Francia, 1914-1919).— Los más de 280 anuncios que respondió dieron como resultado 267 muertes, que siempre negó, aunque las confesó a su verdugo en el último momento de su vida. Fue juzgado por una docena de crímenes, y condenado a la guillotina por siete de ellos.


Otras parejas de asesinos
Bonnie Parker y Clyde Barrow (Estados Unidos, 1932-1934).— Estos famosos asaltabancos cometieron una serie de sangrientos asesinatos. Murieron en un tiroteo con la policía. En 1967, el director Arthur Penn hizo la película Bonnie & Clyde, basada en sus tropelías.
Charles Starkweather y Caril Ann Fugate (Estados Unidos, 1957-1958).— Charles era un tipo violento que mató a una decena de personas en ataques de ira, protegido por su única amiga, Caril Ann. Fue ejecutado en 1959, y ella condenada a prisión perpetua, aunque salió libre bajo palabra en 1976.


Otros asesinos celosos
Dennis Muldowney, enamorado de su amiga Christina Grandville (condesa polaca que espiaba para Francia e Inglaterra durante la II Guerra Mundial), la asesinó en un ataque de celos en un hotel de Londres, en 1952, cuando se enteró de que ella mantenía una relación amorosa con otro ex agente. Fue condenado a la horca en uno de los juicios más cortos de la historia: tres minutos.
Elizabeth Duncan había decidido que su hijo Frank jamás se casaría. Éste se enamoró de la enfermera, Olga Kupczyk, con quien se casó a escondidas de su madre. Enterada de la boda, la señora Duncan mandó asesinarla, pero fue descubierta. Fue ejecutada en la cámara de gas en agosto de 1962, junto con los autores materiales de crimen.

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La idea era armar un dossier de asesinos seriales, pero sólo alcancé a escribir dos; el periódico desapareció. Espero que no haya sido por estas notas, que debían estar escritas al estilo de las crónicas rojas sensacionalistas. O más o menos.

4 comentarios:

sandra aguilar dijo...

por demás interesante, siempre han existido esas mezclas medio raretis que producen cosas extremadamente buenas o extremadamente peligrosas, el chiste es encontrar la fórmula para saber la diferencia, o tal vez el chiste es que no hay fórmula...umhhhmmm.... bueno como sea, X.

Saluditos.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Mira a Marie y Pierre Curie: ella murió por radiación y él atropellado por un carretón. Y también descubrieron no sé qué del radio, vaá, algo así como los rayos hertzianos, que les mientan.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Ah: y su ayudante, Ernesto Sabato, terminó de escritor. HAsta él salió dañado.

Nancy dijo...

Ah...los misterios laberintos de la mente humana.

Espero poder llegar el pròximo domingo, ya los extraño.
un abrazo.