6 de septiembre de 2007

1969


Mi padre se fue a Chile a principios de 1969, a investigar y hacer trabajo de campo para un libro acerca del proceso de reforma agraria en aquel país, impulsado por el primer Eduardo Frei, y regresó en los primeros días de octubre.
Mientras estuvo allá pasó de todo: unos astronautas llegaron a la Luna, hubo una guerra con Honduras en medio de una terrible migración de salvadoreños hacia su propio país, y apareció el su segundo libro, Reforma agraria en Guatemala, Bolivia y Cuba, publicado por la Editorial Universitaria, que entonces dirigía Ítalo López Vallecillos.
Cuando regresó no sólo se había publicado el libro, sino que se había agotado en muy poco tiempo. Alcanzó a ver las pruebas de la segunda edición, cuya portada era exactamente como la de la primera, pero en un bonito color morado.
Un día apareció en casa una carta que venía de Gran Canaria, escrita a mano, con la dirección y el remitente también a mano, en un papel bastante agradable. La abrió con extrañeza. Era de un economista de por allá. Le decía que a través de un amigo había conocido el libro, y quería saber si podía enviarle un ejemplar, que le pagaría a vuelta de correo. No conocía a ninguno de los dos, ni al remitente ni a su amigo, y ninguno de nosotros sabía muy bien dónde quedaban las Canarias; suponíamos que cerca de España, o por allí.
Mientras él leía y releía la carta, me fui al estudio por el tomo necesario de la Enciclopedia Barsa y nos pusimos a ver no sólo dónde quedaban las islas, sino también cuántas eran, cómo habían llegado a manos españolas, y nos seguimos de largo con las otras provincias españolas, los idiomas que se hablan en España, ciencia, cultura, autonomías, lo que hubiera. Luego ambos buscamos en otras enciclopedias y durante los días siguientes toda nuestra plática fue acerca de lo que habíamos descubierto de Canarias en un mundo sin internet.
Tardó varios días en responder la carta. No sabía en qué términos hacerlo; era la primera vez que le pasaba algo así. Al final contestó algo muy corto y muy cálido y envió el libro. Recibió un acuse de recibo y quizá haya intercambiado un par de cartas más con el remitente, aunque me lo hubiera dicho.
Hubo muchas buenas reacciones por el libro, pero pocas se publicaron. Hubo pocas malas, pero bastante estridentes, como siempre: desde las que lo acusaban de comunista hasta las de "los de siempre", que desde luego hubieran hecho mejor el trabajo, y encontraban errores y carencias y todo lo que corresponde en esos caso. Trolls, pues.
Al año siguiente se lanzó a la candidatura por la rectoría y las cosas se pusieron duras. Los periódicos lo atacaban, había llamadas amenazantes, se redobló la vigilancia sobre nuestra casa y sobre nosotros, se publicó el libro acerca de reforma agraria en Chile --con las consecuentes reacciones--, lo eligieron y todavía fue bastante más pesado el clima. (Algún día contaré mis propios problemas en el colegio por sus libros y su trabajo como rector.)
De tarde en tarde, cuando las cosas iban más mal que en los meses anteriores, mi padre abría una caja en la que guardaba papel en blanco, sacaba la carta del fondo, la leía, sonreía y se ponía de buen humor. Creo que fue una de las cosas más importantes y significativas que le pasaron en la vida, o en ese segmento de su vida, y que le daban fuerzas cuando ya no había de dónde sacarlas.
Cuando ocuparon militarmente la universidad, el 19 de julio de 1972, muchas cosas se perdieron, entre ellas la carta y, a la larga, toda la biblioteca. Otra historia digna de contarse, pero no ahora.

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