14 de septiembre de 2007

Cantona

Entre los estados de Tlaxcala, Veracruz y Puebla, apenas metida en los límites de este último estado, se encuentra Cantona, un centro ceremonial descubierto hace relativamente poco (unos 20 años) y reconstruido hace menos, obviamente (digamos unos 12), por un súper equipo de antropólogos de todas las disciplinas, además de un verdadero ejército de alumnos avanzados en prácticas de campo.
Tiene varias características importantes. La primera es que en todo el asentamiento no hay una sola gota de argamasa para unir las piedras. Caminos, muros, las viviendas de los sacerdotes, varias pirámides, los juegos de pelota (cuando lo conocí había 14), templos y templetes, están construidos por piedras colocadas sobre piedras, entre piedras y bajo piedras, a pura presión. Una tarea nada fácil: Wikipedia dice que Cantona tiene unos 12 kilómetros cuadrados de extensión, pero los arqueólogos calculan que eso --lo que se ha logrado reconstruir hasta la fecha-- es apenas el diez por ciento del área original.
Me llevó una buena amiga tlaxcalteca, Citlalli Xochitiotzin, en 1996. Atravesamos el pequeño estado de Tlaxcala por el lado de Huamantla, el más desértico, y nos metimos por una carretera bastante estropeada e interminable. No había señales para llegar a Cantona; había que saber dónde estaba, y aun estando a unos pasos uno no se explicaba qué hacía un par de pequeñas edificaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en medio de ninguna parte. Aparte de nosotros, había tres o cuatro visitantes, con los que apenas nos cruzamos un par de veces y habremos visto de lejos alguna más.
Fue impresionante caminar por las calzadas, en medio de los templos y viviendas, construidas a diferentes niveles, con canales para el agua y lugares de sacrificio, en medio de silbido de un viento constante, que parecía salir de todas partes y ninguna. De pronto se nos abrió una plaza con un inmenso juego de pelota, flanqueado por dos pirámides alineadas de manera que, a cierta hora del día, guían al sol hacia un punto de la plaza. Nos tocó estar a esa hora, en el atardecer, y toda la plaza se volvió de un color rojo violento y helado.
Nos subimos a la pirámide que estaba en el borde de la ciudad, y resultó que no sólo estaba al borde de la ciudad, sino también del mundo.
Habíamos llegado por un valle interminable, sin muchas hondonadas y con menos protuberancias. De pronto, desde la pirámide, hacia el frente, sin alzar la vista, alcanzamos a ver la cúspide de un volcán, y más de dos kilómetros abajo un hilo muy delgado por el que transitaban algunos automóviles que apenas podían distinguirse por el movimiento. Había nubes debajo de nuestro nivel. No supe cómo habíamos llegado tan alto, pero entendí por qué esa ciudad y esa pirámide en especial debían estar allí. Era una ciudad, si no para dioses, para los mensajeros de los dioses.


Para llegar a Cantona hay que atravesar algunos pueblitos casi sin nombre, casi abandonados. Esta foto me la tomó Citlalli mucho antes de que llegáramos. Regresamos por el lado contrario, en una oscuridad que daba miedo, y nos extraviamos. Llegamos a Tlaxcala casi a las diez de la noche, y estuvimos en su casa, casi sin hablar, sentados y viendo a ninguna parte, hasta la madrugada. Después me fui a mi hotel y soñé con luces que llenaban el mundo y lo consumían.

1 comentario:

H B dijo...

Oiga compadre que chido blog, ya lo anexo a mi lista. Saludosy espero se de una vuelta por mi changarro.