24 de septiembre de 2007

Marcel Marceau, la música y columna

Foto de Yousuf Karsh.

En 1980 estaba en pleno trabajo, en la sección internacional del periódico El día, cuando apareció el editor del suplemento Metrópolis, Lorenzo Ordaz Gómez, para decirme: "Vamos a ver a Marcel Marceau". Le dije que no tenía dinero, que por eso no había tratado siquiera de comprar una entrada, y me dijo que él me invitaba. Sin pensarlo, le encargué a alguien más lo que me faltaba de trabajo --la ventaja de ser el subjefe, así fuera a los 20 años y todos los demás fueran bastante mayores que yo--, tomé mis chivas y nos fuimos.
Llegamos al Teatro de la Ciudad, en la calle de Donceles, una maravilla de edificio, de decoración y de escenario, y le dije que dónde estaban las entradas, o dónde pensaba conseguirlas. Se sonrió y me enseñó su credencial del periódico: íbamos a dar charolazo.
Me pareció poco probable que nos dejaran entrar a los dos, y más aún porque ninguno trabajaba en la sección de espectáculos. Y todavía más porque en ese momento aparecieron dos reporteras de espectáculos y un compañero de la redacción nacional, credenciales en mano. Saqué la mía y nos fuimos a la puerta, donde el encargado lidiaba con varias docenas de periodistas. (Aun no era la hora para que entrara el pueblo en general.)
Usamos la peor táctica: los cinco de El día llegamos juntos y sacamos las credenciales al mismo tiempo. El tipo puso cara de desesperación --ya la traía-- y se rió. "¿Cinco? ¿Están locos?" "Es que es para diferentes secciones", dijo sin mucha convicción el de Nacionales. El tipo nos pidió las credenciales, las examinó, se dio cuenta de que estábamos mintiéndole --odié un poco a Ordaz-- y me las dio a mí. "¿Por qué no nada más me dicen que se quieren colar y nos quitamos de problemas?" "Nos queremos colar", le dije, y los demás asintieron muy solemnes. El tipo abrió la puerta y nos dejó pasar. "No le digan a nadie. Váyanse a uno de los palcos de la derecha." Le dimos las gracias y se quedó peleándose con el resto de los periodistas; ya habíamos visto cómo despedía a algunos por lo mismo que nosotros estábamos haciendo.
El teatro estaba a rebalsar, pero había varios palcos para la prensa, que fue donde nos envió el de la puerta. Nos recibieron unas edecanes, nos dieron los programas de manos y un par de comunicados y nos encerraron en un palco que era precisamente para cinco personas. No hablamos de lo que acabábamos de pasar, porque podía romperse la magia, el tipo podía arrepentirse o nos íbamos a despertar o algo. El asunto es que, después de ver desde niño los documentales y videos de y acerca de Marceau, de haber visto la película muda de Mel Brooks (llamada precisamente Silent Movie) en la que es el único que habla, y lo que dice es "¡No!" (los créditos completos se encuentran aquí), estaba a unos minutos de ver a alguien a uno de los pocos artistas a quienes consideraba genios, y sigo en las mismas.
(Ese mismo año estaría a un metro de Borges y hasta me diría que no me iba a dar una entrevista, María Kodama mediante; suficiente para mí. En el mismo lugar estaban Günter Grass, Allen Ginsberg --quien sé me respondió algunas preguntas--, Octavio Paz, Vasko Popa y otros poetas. También me tocó ver, en Bellas Artes, los dibujos anatómicos originales de Leonardo da Vinci, a Herbert von Karajan dirigiendo a la Filarmónica de Berlín con no recuerdo qué cosa de Beethoven y algunas gracias más. De nada.)
Y apareció Marceau.
Recuerdo vívidamente detalles de la representación, las cosas que había visto en la tele y en el cine ahora a sólo unos pasos de distancia, con un cincuentón que tenía un cuerpo admirablemente sumiso y a la vez vigoroso. El personaje central, como siempre, era Bip, el hombre de la Luna, pero él solo, en ese inmenso escenario, les daba vida también a personajes secundarios con sólo cerrar los ojos y hacer algún gesto con la mano. Magia pura.
Hubo una rutina que me impresionó en especial: la del mesero y sus tribulaciones de mesero. Después de salir del trabajo, el mesero va por la calle, ve a un organillero y se sienta a su lado a escucharlo. En un segundo, el mesero ya es el organillero y toca y toca y toca hasta que se apagan las luces y se cierra el telón. Fin de la primera parte.
A la salida nos fuimos comentando lo que acabábamos de ver con los compañeros del diario, y hasta nos fuimos a tomar un chocolate para el frío. Les dije que me había impresionado lo del mesero, cómo se convertía en organillero y cómo la música se había quedado hasta que ya Marceau se había ido.
Ordaz se me quedó viendo extrañado. "No hubo música", me dijo. "Claro que sí", le dije. "No hubo música en ningún momento." No le creí mucho, porque Lorenzo usa un aparato para la sordera desde niño. Puse a los demás como testigos. "No hubo música", dijeron todos al mismo tiempo, y también de a uno por uno.
Sigo estando seguro de que sí hubo música, pero sólo era para quien quisiera oírla. Para muchos con verla fue suficiente, y no los culpo.
Tuve la oportunidad de ir a verlo cuando vino a El Salvador, en 1999 o 2000, y no quise. Prefería recordarlo en el Teatro de la Ciudad, en una noche de mucho frío y con esa música que no estaba allí. No sé si hice bien, pero gracias a eso conservo estos recuerdos intactos y puedo platicarlos con ustedes.
En fin, que Marceau murió anteayer a los 84 años de edad, según se lee en El país de España. Su filmografía puede hallarse aquí.

* * *

Va la columna de esta semana en Centroamérica 21. Una observación: "desastroza" en realidad se escribe "desastrosa". Es la tercera semana que espero que lo cambien en el titular y ya no puedo más. De verdad, ya no puedo. No puedo. No.

¿La universidad del pueblo?
Rafael Menjívar Ochoa

La doctora María Isabel Rodríguez ha sido una de las personalidades científicas más importantes que ha tenido el país, y como tal era de esperarse que sus dos periodos al frente de la Universidad de El Salvador fueran notables, como lo fueron. Sus logros han sido mayores que los fracasos a los que la orillaron una política opositora no siempre bienintencionada, y una inercia en la que lo académico, por definición, no ocupó la primera prioridad.
Quizá sus apuestas más audaces fueron lograr que se utilizara la UES como sede de los Juegos Centroamericanos de 2002, con lo cual logró que se actualizara una infraestructura casi abandonada desde treinta años antes, cuando ocurrió la primera de una larga cadena de intervenciones militares y, alternativamente, la utilización del campus como un virtual cuartel general de la insurgencia.
Hubo mejoras en lo académico, pero hubo también casos en los que los propios maestros se opusieron a programas presentados por la rectora para el mejoramiento en la enseñanza. Hubo uno en particular en el que se buscaba traer a gente del extranjero para mejorar la planta y a la vez capacitar a los maestros que lo necesitaran. No hubo modo de traspasar una barrera formada por temores personales, basados en la baja preparación de muchos maestros.
Las exigencias salariales y laborales a veces fuera de proporción se sumaron también al boicot contra un vital préstamo del BID, bajo el insostenible argumento de que se buscaba privatizar la universidad, cuando los términos del acuerdo eran clarísimos. Una vez rechazado el préstamo, los opositores se fueron echando atrás en sus alegatos, pero ya era tarde; habrá mucho que quede pendiente para los que sigan, y siempre un daño contra la universidad. Motivos similares a los del rechazo habrá tenido el intento de desarticular el programa de jóvenes talentos matemáticos, otro de los logros de la administración de la doctora Rodríguez.
Hay mucho más que decir, pero lo importante es que, en seis años, la UES avanzó más que en los treinta anteriores. Sin embargo, a la nueva administración le quedan, como retos, varias materias pendientes. Una de ellas es que la UES de la posguerra ha dejado de ser lo que aún se dice que es: la universidad del pueblo.
En términos prácticos, esto significa que cualquier salvadoreño puede estudiar una carrera universitaria de calidad, de acuerdo con sus posibilidades y necesidades, y que la UES le facilitará las cosas si su desempeño es el adecuado.
En tiempos aún no muy lejanos, los horarios de clase eran lo suficientemente flexibles para que los alumnos que trabajaban durante las largas horas del día pudieran encontrar acomodo en algún aula y en cualquier carrera. Recibir lecciones a las diez de la noche era tan natural como hacerlo a las dos de la tarde o las nueve de la mañana, porque ése era el carácter y la misión de la UES.
Ahora ha dejado de ser lo que se llamaría una “universidad solidaria”. Académicos que estudiaron en los horarios extraordinarios a que se ven obligados los trabajadores se han rehusado, desde hace años, a dar lecciones fuera de horas burocráticamente pertinentes, amparados en logros laborales y olvidando cómo llegaron a ser lo que son.
La UES casi se han convertido en una universidad exclusiva para alumnos de tiempo completo. Son las universidades privadas las que cumplen el papel de ser flexibles y dar la oportunidad de que “el pueblo” se eduque, a precios razonables y con facilidades ahora impensables en la Nacional.
Porque también se ha instaurado una irrompible burocracia que pone todas las trabas posibles y necesarias –o innecesarias, según del lado que se vea– a alumnos que desean graduarse. Hay cotos de poder grupales, individuales, a veces partidarios, que se unen y desunen, se alían y se pelean, para obtener un pedazo de esa UES que es de todos, a veces por interés monetario –así sea sólo conservar el trabajo–, a veces por un poco de poder, tan pequeño como el tamaño de su alma, tanto o más nocivo como lo que dicen combatir, que es –curiosamente– que la UES deje de ser “del pueblo”.
El legado de la doctora Rodríguez está allí. Depende de la comunidad universitaria que se conserve y se amplíe, por el bien de todos, no sólo de algunos, y en realidad demasiado pocos.

* * *

Trato de entrar al blog El Trompudo, como cada ciertos días, y encuentro que ahora hay dos requisitos para verlo:
1. Registrarse con la cuenta de GMail.
2. Haber sido invitado a leerlo.
El mensaje está de antología. En la barra del browser, hasta arriba, se lee Blogger: permiso denegado. Y a renglón seguido:

Este blog sólo admite a lectores invitados.

El Nuevo Trompudo
http://cerotazo.blogspot.com/

No parece que te hayan invitado a leer este blog. Si crees que se trata de un error, es posible que desees ponerte en contacto con el autor del blog y solicitar una invitación.

No, no es un error. Más bien es un alivio.
Espero que les funcione muy bien su nueva época.

7 comentarios:

Thierry dijo...

¿Hubo música o no? Es muy interesante. ¿Llovía o no llovía el día en que mataron a Santiago Nasar? Los que recuerdan que llovía están segurísimos de que sí llovía. Los que no, también. «El recuerdo no es la negación del olvido. El recuerdo es una forma del olvido» (Kundera).

Y qué raro que haya callado para siempre el hombre más mudo del mundo...

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Según el resto del teatro, no hubo música. Según yo, sí. Era la música del organillo que estaba tocando Marceau.
Según yo, no llovía cuando mataron a Santiago Nassar, pero no podria jurarlo a pesar de que he leído la novela unas 25 veces.
"El recuerdo está hecho de olvidos", decía Borges. Habla de que, cuando uno lee un libro, está comenzando a olvidarlo. Se queda con una imagen que con los años se va modificando, y cuando uno vuelve a leerlo es un libro totalmente diferente. Decía que ése es un principio básico de creación del lector. En otras palabras, mucho más sabias, claro.

carlos dijo...

por lo del blog del trompudo al parecer y digo esto porque nada es seguro aun. ha sido hakeado, todos sus post borrados y ya aparece un video con un manifiesto del supuesto hacker.

inicialmente al tratar de entrar daba un mensaje de error el blog no existia, luego lo que tu mencionas que solicitaba permiso o ser invitado para leerlo y ahoar ya esta de nuevo pero supuestamente no es el mismo.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Me imagino que no nos enteraremos nientras no lo abran... Lo que sé es que es condenable cuanquier ataque a cualquier blog. Eso no se vale.

Ricardo dijo...

Totalmente de acuerdo. La univerdiad se ha vuelto una cuna de oportunistas y haraganes (me duele decirlo).

Diego Ordaz dijo...

Gracias por publicar esta historia, le trajo recuerdos a mi padre. El recuerda bien el que una vez se metió él, un amigo y otros tres por la puerta de atrás del Teatro y vieron a Marcel Marceau. Mi padre es Lorenzo Ordaz Gómez. Te manda saludar.

Diego Ordaz dijo...

Mi papa recuerda bien esta historia, y amedio olvidada, pero gracias a ti la recordó. Aun vive, Lorenzo Ordaz es mi papa. Gracias por publicarla, ahora ya hay otra historia que contar para la familia. Sigue diciendo que Rafael fue el único que escuho la música esa noche