12 de noviembre de 2006

¿Afeitó su ego esta mañana, doctor Freud?

Reuben Fine servía a dos amos rivales. Psicoanalista de profesión, es considerado uno de los ajedrecistas más brillantes del siglo XX, tanto de Inglaterra, su país, como del mundo. Jugó, con excelentes resultados, en competencias de grandes maestros y, a la muerte de Alexei Alekhine, fue considerado un aspirante de peso para ocupar el trono mundial.
En 1948 fue convocado, junto con Reshevski, Smyslov, Keres, Euwe y Botvinik (quien al final se coronaría campeón) a un torneo para ocupar el trono vacío, pero perdió sin combatir: simplemente no se presentó, y poco después se retiró del ajedrez y se dedicó a cosas de gente seria.
Fine dejó al juego ciencia algunos tratados acerca de teoría ajedrecística, que en unos años quedaron superados debido a los avances en la materia. Así, el trabajo con el que pasó a la historia de la literatura ajedrecística es Psicología del jugador de ajedrez, un libro desconcertante: no es frecuente que un artista (si se acepta que el ajedrez es un arte) busque por sí mismo las motivaciones ocultas de su propio arte desde una disciplina extraña a la técnica y la estética.
La Psicología del jugador de ajedrez demuestra algo que es bien sabido desde que el mundo es mundo: el arte y el psicoanálisis son enemigos irremediables. Su forma de encarar las preocupaciones de los humanos son esencialmente antagónicas. A Kafka el psicoanálisis, en su afán de explicar incluso lo que se explica por sí mismo, lo enterró bajo toneladas de patología, ocultando al escritor genial. Algo parecido, paradójicamente, trata de hacer Fine con el ajedrez.
Algunas citas:
“El motivo subconciente que impulsa a los jugadores no es el simple afán de agresividad característico de todos los deportes de competición, sino el más avieso del parricidio. La índole matemática del juego confiere al ajedrez un peculiar carácter sádico-anal.”
“Una combinación de impulsos hostiles y homosexuales se encuentran sublimados en el ajedrez.”
“Constituye una pugna entre dos hombres, en la que intervienen gran número de factores relacionados con el ego. En cierto sentido, roza los conflictos circundantes de la agresión, homosexualidad, masturbación y narcisismo, que alcanzan particular relieve durante las fases de desarrollo anal-fálico.”
“El rey es indispensable, de importancia absoluta, insustituible y, sin embargo, débil y necesitado de protección. (...) En primer lugar, representa el pene del muchacho en la etapa fálica y, por lo tanto, vuelve a estimular el complejo de castración característico de ese periodo. (...) Tercero: es el padre disminuido ante la talla del chico.”
“Al jugador de ajedrez sólo se le permite tocar las piezas de su oponente con fines de captura (...) El tabú del tocamiento tiene dos significados subconscientes o, dicho de otro modo, rechaza dos amenazas. Una es la masturbación (no te toques el pene; no toques las piezas y, si lo haces, apresúrate a pedir excusas). La otra amenaza es la homosexualidad, o contacto corporal entre los dos hombres, en especial la masturbación recíproca.”
Fine ataca el tema del jugador de ajedrez desde varios aspectos comunes del psicoanálisis (la dama y la poderosa imagen de la madre, el peón como representación del niño en pugna con el padre, la aplicación del test de Rorsharch a grandes maestros, las capacidades psicométricas de los jugadores), pero sus conclusiones siempre derivan en el mismo punto: “En una situación en la que dos hombres permanecen juntos, por propia voluntad, durante horas, sin que haya ninguna mujer presente, no queda más remedio que tener en cuenta las implicaciones homosexuales.”
Si uno juega ajedrez y un tipo viene y le dice que está sublimando en el juego sus impulsos homosexuales, uno se carcajea y asunto arreglado. Pero si el que lo dice es un jugador brillante, a sabiendas de que él mismo está bajo la lupa, se tiende a dudar. Y todo porque uno no sabe lo que hay realmente dentro de la propia cabeza...
¡Ah, el subconciente! Uno supone que existe porque de otro modo no se explicarían muchas de las cosas más complejas de los humanos. Pero nadie sabe lo que se esconde allí dentro, y averiguarlo está sujeto a la interpretación de profesionales de una disciplina tan intangible y llena de subjetividades como es el psicoanálisis. Sin contar con que, si la lógica del psicoanálisis es cierta, los analistas también cargan irremediablemente con su propio subconciente y lo proyectan en sus pacientes y en el enfoque de la terapia.
Papini, en El libro negro, hace decir a Freud que en el fondo de su corazón nunca quiso ser médico, sino literato, y que en realidad desfoga sus fantasías y quimeras en trabajos de valor más estético que científico. Quizá allí está la clave de todo y el estudio de Fine no es más que una novela picaresca, y los psicoanalistas ríen a carcajadas cada vez que escriben “envidia del falo” o “complejo de castración”.

(Escrito en 1992, rechazado por varias publicaciones y hasta ahora inédito.)

3 comentarios:

Victor dijo...

"...poco después se retiró del ajedrez y se dedicó a cosas de gente seria."

Me ha causado gracia esa frase porque fuera de aquel maestro de ajedrez que estaba loco y de cuyo nombre no me acuerdo, no me imagino el ajedrez como algo de gente... ¿no-seria?
En fin, que el psicoanálisis tampoco es asunto de gentes muy serias, aunque esa cara se pongan.

Saludos

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Hay varios maestros de ajedrez que terminaron locos: Steinitz y Lasker, los dos primeros campeones mundiales, ni más ni menos. Luego estaba Bobby Fischer, un de los grandes genios, que era absolutamente raro. Lo que pasa es que los campeonatos los ponen serios, pero hay gente con gran sentido del humor, al menos en sus partidas: Tchigorin, el propio Lasker, Alekhine, Reti, Spasski y, creo que en el tope de la pirámide en materia de humor, Tal y Bronstein. El ajedrez, si uno se lo toma en serio, es bien divertido.
El psicoanálisis en general no es de gente seria, sino solemne. Freud era otra cosa, un hombre harto creativo, y escribía como los dioses. Igual... uh... ¿cómo se llamaba? ¡Aaagh! No me acuerdo del nombre... Deja buscar.
¡Jung! Ese hombre andaba en algo. En la Wikipedia se cita una frase de él: "Gracias a Dios soy Jung, no un jungiano."

Arbolario dijo...

Otro ajedrecista que perdió la razón fue Paul Morphy, el mítico jugador estadounidense del siglo XIX. Si no me equivoco, al final de su vida -Morphy se suicidó- padeció de delirio de persecución.