30 de noviembre de 2006

Nacer, hacerse, reconocer, reconocerse

Se necesita nacer poeta. Ya luego habrá tiempo para que aprenda a poner en papel lo que siente.

Así dice Hugo Martínez Téllez en un artículo que publicó en El financiero de México (reproducido aquí) hace unos días, al comentar el Viaje al imperio de las ventanas cerradas, de Krisma Mancía, quien para mi orgullo es mi esposa.
No sé si la frase sea cierta; me da la impresión de que sí, con todos los condicionantes que pudiera haber desde el momento de nacer hasta el momento de escribir poesía. (Ya hablé un poco de eso por aquí.) El más importante es tomarse en serio el oficio, y no suponer que porque se nació ya se es poeta, o carpintero o cirujano. Hugo es bastante claro en eso:
Cosa difícil, esto de la poesía.
Se trata de saber versificar, por supuesto.
Se trata de tener cosas que decir, claro.
Pero estos dos requisitos por sí solos no sirven. Puede haber mucha gente que tenga cosas interesantes que decir, y puede haber mucha otra que sepa “hacer versos”. Un pequeño grupo puede tener cosas bellas que decir y puede conocer los secretos de la métrica, el ritmo y la consonancia. Pero eso no hace poesía.
Lo que hace la poesía es... uh... la existencia de un(a) poeta.
Me ha tocado en suerte conocer a varios de ellos, jóvenes que nacieron poetas y ahora están haciendo poesía. Uno de los casos más sorprendentes es Gerardo Chávez, quien comenzó a eso de los 14 años a hacer cosas portentosas. Anoche estuve revisando uno de sus poemas, "Héroe sin título", que publicó la Revista de la Universidad de San Carlos, de Guatemala, cuando acababa de cumplir los 15. Apareció junto a poemas de Alfonso Quijada Urías y David Escobar Galindo y, sin demeritar a éstos, no deja nada que desear. Gerardo sigue escribiendo a sus 17 y, aunque ya tiene un año de no aparecerse por La Casa, por allí llegará un día de éstos con buenos materiales. Es poeta y no puede evitarlo.
Otro caso es Nathaly Castillo, apenas un año mayor que Gerardo. Sus poemas, casi miniaturas, son a veces joyas de la orfebrería. Cada poema le puede llevar uno o dos meses de elaboración, y más meses o años de corrección, pero lo que resulta son cosas como ésta:

INVIERNO
La niebla carcome mi cabello.
El frío congela las uñas
de estas manos que quiebran esqueletos.

El poema es muy bueno por sí mismo, y más si se toma en cuenta que cuando lo escribió tenía 15 años. Con todo y que nació poeta, Nathaly tardó tres años y medio en armar su primer poemario, que está listo desde hace un par de meses. Se va a Cuba el próximo sábado, a estudiar medicina; estoy seguro de que le servirá para madurar poéticamente, en tanto va a madurar también como persona.
Luego están "los hermanitos" Alberto Quiñónez y Herberth Cea, unos meses mayores que Nathaly (apenas están estrenando sus 19 años). Aquí hay algo de Alberto, publicado en el Colatino; tanto él como Herberth están armando unos poemarios que prometen ser portentosos, pero sobre todo llenos de rigor. A muchos los asusta la palabra "rigor" cuando se habla de poesía, pero allí es donde se conoce a los que nacieron poetas: en la capacidad de hacerse poetas a través del trabajo. Alguien que no nació para eso se aburrirá pronto, o no distinguirá un buen poema suyo de un mal poema, también suyo; supondrá que basta con nacer. (Talento y vocación. Allí está lo que marca la diferencia.)
Hay muchos más, pero me ha tocado conocer sólo a algunos, y trabajar con pocos: Vilma, Roger, Mario, Santiago, Ana, Sandra, y que me perdonen los que no menciono, que son varios. (Hablamos sólo de poesía. En narrativa y teatro hay otros casos bien notables.) Lo que me parece es que entre ellos se reconocen, y establecen una relación que se basa más en la alegría de estar juntos, de trabajar acompañándose, que en complicidades que han liquidado a otros que nacen, pero no logran hacerse.
Una de las preguntas que me he hecho desde que abrió La Casa es por qué es tan fácil establecer relaciones de amistad entre los que llegan, o por lo menos de simpatía. Veo que en ese reconocimiento está buena parte de la respuesta.
(Ojo: en todo lo anterior hablo de gente muy joven que encuentra su camino muy joven. Hay quienes nacen poetas y sólo hasta ya entrada la adultez se enfrentan a su vocación, y los resultados son similares o superiores. Lo que pasa es que uno tiende a apostarle a los niños prodigio más que a los adultos; habrá que reconsiderar algo por allí.)
Lo del reconocimiento no se da sólo cuando la gente se conoce en persona; la obra es motivo suficiente. Hace unos días, la poeta española Elena Medel hizo una bonita reseña del Viaje al imperio... en la que se nota esa identificación entre gente que comparte genes literarios. La reseña está aquí. Elena Medel es muy joven (21 años, creo), pero desde los 16 comenzó una carrera meteórica y sólida en la poesía, y a su corta edad es una escritora respetada y digna de consideración en su país. Krisma le escribió para agradecerle la reseña y, hasta donde sé, desarrollaron una amistad inmediata. Ya están intercambiándose poemas y todo.
En serio que me encanta mi trabajo.

2 comentarios:

Vanessa dijo...

Pues muchas felicidades a Krisma, que bien merecido se lo tiene. Muchas concepciones cambiaron en mí, el día en que en casa de Denise hicimos una lectura del Imperio. Saludos.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Es fuerte ese poemario. En general, aunque es fácil de leer, hay que hacer pausas cada cierto tiempo. Intensísimo. A eso de la mitad uno ya está con la garganta tapada.