9 de noviembre de 2006

Los santos son gente triste

Porque de veras no hay nada más triste que los muertos viejos. Vea si no al beato Sebastián de Aparicio, en Puebla, allí encerrado en su urna y sin corromperse, con la cabeza de ladito (eso sí, sobre un cojín de lo más cómodo) y a la vista de todo el que no tenga nada más que hacer que ir a verlo y a veces a rezarle.
Durante cuatrocientos años, Sebastián de Aparicio no ha hecho más que estar muerto. Su muerte ha sido más larga que su vida –como toda muerte–, y su único mérito para que la gente llegue y le pida cosas es que la naturaleza y las bacterias anaeróbicas, por algún motivo que sólo ellas saben, no cumplieron con su trabajo. Simplemente su cuerpo no se corrompió. “¡Ah, milagro, milagro!”, dijo alguien, y lo pusieron a exhibir su muerte –ese acto tan íntimo– y ahora la gente compra estampitas con su foto y hasta aparece en las guías turísticas, él que renunció a las vanidades terrenales.
También en Puebla, en la catedral, existe una capilla con unas urnas en las que hay pedazos de gente. Si el mundo fuera de otro modo, esos pedazos hubieran sido enterrados junto con el resto del cuerpo en el momento oportuno, o sea al morir los dueños de los pedazos. Pero pertenecían a la categoría de los llamados “santos”, y a ninguna autoridad judicial se le ha ocurrido hacer una investigación acerca de los motivos del descuartizamiento ni de cómo llegaron allí los pedazos ni ha enjuiciado a nadie por inhumación ilegal. No sólo eso: los guías que ofrecen recorridos a los turistas, a partir de las cuatro de la tarde, los muestran con mucho orgullo, y si así se sienten de orgullosos los guías habrá que ver cómo se sienten el párroco y la arquidiócesis y la iglesia católica entera y su respectivo y santo padre de tener cadáveres y pedazos de cadáveres regados por los edificios más importantes de la cristiandad.
El caso más patético se puede encontrar en Pachuca, en la Iglesia de San Francisco. A la derecha del altar mayor está en exhibición el cadáver embalsamado de una niña de no más de quince años, que para efectos religiosos se llama Santa Columba (aquí se habla de ella). Fue ejecutada en el año de 274 por convertirse al cristianismo. O sea que tiene más de mil setecientos cincuenta años de andar por el mundo después de su muerte, y para colmo se la venera el 31 de diciembre, a quién se le ocurre.
Los brazos y los pies ya son sólo huesos. Fue donada a los franciscanos en el siglo XVIII por la hija del Conde de Regla (sí, de don Pedro Romero de Terreros, el mismo que fundó el Real Monte de Piedad en México, dueño de las minas de El Chico y de las haciendas de San Miguel y Santa María Regla), que la había traído desde España, y a cuya familia pertenecía desde hacía muchos años.
A la iglesia llegan personas que con mucha devoción le piden ayuda en lo de la hipoteca, que el marido regrese, que se me quite de una vez por todas este dolor en el costado; y ella no es más que una pobre muchacha asesinada mil setecientos cincuenta años atrás. Y a nadie se le ocurre darle sepultura, que para eso se muere la gente, y ella tan virgen y tan mártir y tan solita.
Muertos y trozos de muertos que se exhiben en lugares sagrados. Hay mucho de perverso en ello: es como tener presas a personas para obligarlas a hacer cosas, como el genio de la lámpara o los hacendados porfiristas en Valle Nacional y sus tiendas de raya. Es no dejarlas ir –y no hay nadie más indefenso que un muerto– en nombre del amor y de la piedad y de todas esas cosas por las que tantas injusticias se han cometido y tanta gente ha muerto por siglos y siglos, amén.

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Post data (por supuesto): Esta nota la escribí en 1996 o 97, y nunca la publiqué, ni la corregí más allá de lo que sabía en ese momento. Creo que hay varias confusiones con respecto a esa Santa Columba. Según las fechas que se manejan, se trataría de Santa Columba de Sens. Sin embargo, algo falla: según la Wikipedia, esa Santa Columba estaría enterrada en Roma o en Buenos Aires (algo así como una pre-Evita Perón), y en todo caso nadie supo dónde quedó el cadáver. A lo mejor la hija de Romero de Terreros la consiguió en el trayecto de un lugar a otro y se la llevó a México, o vaya a saber cómo funciona el tráfico de cadáveres sagrados. La historia que se cuenta en Pachuca, sin embargo, coincide más con la de Santa Columba de Córdoba, pero ésta habría muerto en el siglo IX, y entonces el cuerpo sólo tendría unos 1,200 años dando vueltas. Como sea, es una niña insepulta, y es tristísimo verla allí con sus huesecitos frágiles y su piel de pergamino.

4 comentarios:

Arbolario dijo...

Ya me acordaste del cuento La santa, de García Márquez. Más que la niña, era el padre quien merecía ese título.

rené dijo...

ya me acordaste la discusión de los nombres en los cuentos y novelas, y sobre todo del fulano que nació el día de todos los santos y que tenía uno o más nombres para cada día del año....en que novela era eso?? o era película...que mala memoria...

Thierry dijo...

Y para continuar con la serie, me acordaste a un escritor que se llama Rafael Menjívar Ochoa... "Porque de veras no hay nada más triste que los muertos viejos." ¿no sería una excelente primera frase para una novela?

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Arbolario: Desesperante el cuento... Es de lo poco que me gusta de Doce cuentos...

René: Es José Trigo, de Fernando del Paso, una joya para aprender técnica literaria, aunque me temo que para un lector "normal" debe ser plomosísimo.
Impresionante, ¿no? Y sobre todo su esposa, que debe aprenderse todo el santoral para llamarlo por su nombre del día.
Hay todo un capítulo como de 50 cuartillas que está escrito solamente con dichos populares.
Del Paso tiene una novela maravillosa que se llama Palinuro de México. Son como 700 cuartillas de absolutamente nada, pero tan bien escrito... Hay un capítulo que trata de un hospital en el que tienen clasificados a los pacientes según los sentidos: olfato, tacto, vista, oído y gusto). Es un alucine pasar por cada pabellón. La impresión es que va a dar asco, y nada de eso; son páginas realmente bellas.

Thierry: Este... Es una buena frase, la verdad, en especial si se ve fuera de contexto...
Como primera frase, no, pero sí para cerrar el primer párrafo. Deja e intento algo con ella.
(Pinche Thierry. Siempre me haces lo mismo.)