10 de marzo de 2006

Los libros y los amigos

Si hay un axioma, es éste: cada vez que uno publica un libro, pierde amigos.
Por algún motivo uno cree, cuando empieza su carrera, que una publicación va a poner contenta a la gente que lo quiere, y casi siempre es así, pero hay algunos que se ponen raros y de repente, zaz, hay uno o varios enemigos nuevos entre los que antes eran más cercanos.
La sabiduría popular dice que no, que así se entera uno de quiénes son realmente amigos y quiénes no, pero me da la impresión de que no es cierto. Creo que lo son hasta que aparece un libro en particular, y en ese momento hay algo que se rompe y les provoca algún problema, como si se tratara de una ofensa personal. Y uno es el ofensor. Quizá involuntario, pero ofensor con todos los agravantes, y la respuesta del ofendido es desmesurada y --para uno-- triste.
Con el paso de los años --y de los libros-- uno empieza a acostumbrarse y ya sólo se pregunta: "¿Quién será esta vez?" La liebre brinca donde menos se espera, y siempre brinca.
Cuando se publicó mi primera novela, Historia del traidor de Nunca Jamás, en 1985, tenía un montón de amigos salvadoreños en México, cerca de 25. Me quedaron tres o cuatro. Por supuesto que todo el lío se dio en forma de chismes, porque así es como se expresa o como empieza, según lo mal que le vaya a ir a uno. Mi favorito es aquél de que mi padre escribió la novela, pero no quería publicarla con su nombre, así que hizo que yo le pusiera el mío y arregló un concurso para que se publicara con bombo y platillo. Más o menos lo mismo que pasó hace unas semanas con Tiempos de locura: básicamente, la tesis es que mi padre lo escribió post-mortem, porque yo me había basado en sus archivos.
Con mi segundo libro, Algunas de las muertes, un poemario, no me fue tan mal, quizá porque no era un muy buen libro y porque pocos lo conocieron. El más doloroso fue Los años marchitos, que llegó junto con un premio latinoamericano y junto con la versión francesa de Historia del traidor. Mi compadre, hasta ese momento mi hermano, reventó y desde entonces se dedicó a sabotear cuanta cosa hiciera. A él le debo haber perdido un trabajo y haber tenido que renunciar a otro, por decir lo menos. Él, que prometía ser un magnífico poeta, no ha publicado cosas buenas hasta ahora. Una pena, porque en serio que tenía con qué, quizá mucho más de lo que yo tengo y pudiera tener alguna vez.
Y así sucesivamente.
Con Tiempos de locura sólo hubo un par de bajas, pero hay una persona que se ha dedicado a hablar mal de mí y del libro y de todo lo que me rodea con quien considere que tiene ganas de oírlo. Claro que me llegan los “reportes” de la gente con la que habla, porque es parte del encanto de esas cosas, y claro que he aprendido a no hacer nada además de sonreír de medio lado y soltar alguna frase disolvente pero de corto alcance. El tipo también tiene con qué, y por eso me resulta patético… aunque también divertido. Quizá más divertido que patético. O no sé; cuando ambas cosas se juntan, la sensación es de lo más extraña, y no sé si me termine de gustar.
El nuevo enemigo y antiguo camarada se inventó un mecanismo pueril, pero interesante: primero manda un anónimo --no hay modo de no reconocer su estilo: un texto es como una huella digital, que Pessoa me perdone--, y luego se dedica a comentarlo, alarmado, con la gente a la que se lo envió, y se pone a ahondar en el tema y ya se sabrá. Lo triste es que la mayor parte de esas personas ya estaban enteradas de que él era el autor del anónimo, y que lo oían (y siguen oyendo) con más morbo que simpatía.
Algo que he notado en los “enemigos súbitos por causa de libro publicado” es que gastan muchísima energía en autopromoción, en hablar mal de los demás, y muy poca en el trabajo. Generalmente son muy talentosos, y generalmente tienen obra, pero es limitada en sus alcances y su cantidad, precisamente porque trabajan menos de lo que deberían y hablan de sí mismos más de lo que les conviene. Vaya: arman un pequeño “banco de obra” --a veces con publicaciones, las más de las veces con autopublicaciones-- y con eso en la mano consiguen trabajos aquí y allá, proyectos, status y qué sé yo, y está bien. El problema es que no se profesionalizan. Son magníficos asistentes, pero malos para manejar un proyecto o escribir un libro de verdad. Y ellos lo que quieren es manejar proyectos o escribir los libros que no pueden escribir porque no se preparan para eso, sino para… No sé para qué, la verdad. Supongo que su objetivo no es hacer las cosas bien, sino ser “reconocidos”, aceptados, queridos. Y uno no escribe para eso, diga lo que diga García Márquez, sino porque no le queda de otra.
Si uno se autoedita, los mismos que echan pestes de uno serán buenos amigos, o al menos cómplices asiduos. No hay peligro cuando uno mismo decide que es escritor y se paga sus propias ediciones. Diría que lo que les importa es un sello y un ISBN, pero igual se inventan sellos e igual registran su propio ISBN para su único libro.
No quiero ser injusto: también se ganan amigos cuando uno publica algo, y casi siempre son amigos generosos y leales, y uno agradece que estén allí. Y hay gente a la que uno veía con cierta lejanía que demuestra que en realidad uno se había perdido algo por no acercarse un poco más. Y hay gente que, a lo largo de muchos años, ha estado allí en las buenas --porque en una amistad no hay malas-- y es la que lo ayuda a uno a que siga por un camino que quién sabe hasta dónde lleve, pero vale la pena caminarlo.

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Nota bene: Por su primer libro, La era del llanto, acusaron a Krisma de varias cosas. Primero, de que yo le había escrito el libro una mala variante de que mi padre me había escrito los míos, vivo o post-mortem. Obviamente la mediocridad no sabe de argumentos originales, y no es necesario que los acusadores de diversos lugares y tiempos se pongan de acuerdo; ya están de acuerdo de antemano. Y, no, no le escribí nada: no tengo la capacidad para escribir poesía como lo hace Krisma. Talentos aparte –y a ella le sobran--, no le he dedicado la cantidad de trabajo suficiente al género para entender muchas de las cosas que para ella son obvias.
Segundo, que yo había presionado para que se publicara el poemario. Y tampoco. El libro pasó por un consejo editorial, sin nombre ni apellido en la tapa, como debe ser.
El otro fue más bonito: que yo había movido mis contactos en Barcelona para que le dieran el premio por Viaje al imperio de las ventanas cerradas. Y la verdad es que no tengo ningún contacto en Barcelona; ni siquiera he publicado en España más que un cuento en una antología.
Quizá si la leyeran se enterarían de que es buena, pero el asunto no es ése, sino destruir una reputación para invalidar una obra, como en su momento hicieron con el maestro Álvaro Menen Desleal, quien sigue siendo el único clásico vivo de El Salvador, con todo y que murió hace seis años.

9 de marzo de 2006

Sobre derechos humanos en El Salvador

En El dario de hoy aparece, aquí, una nota sobre el informe del Departamento de Estado norteamericano acerca de la situación de los derechos humanos en el país. La nota es bastante fuerte para los estándares nacionales, así que me fui a la fuente, o sea a la página del Departamento de Estado. El informe, muy amplio y minucioso, puede encontrarse aquí.
Hay una nota interesante en el periódico La Jornada, de México, acerca de las cosas no incluidas en el informe, digamos las violanciones a los derechos humanos en Guantánamo, las de las fuerzas de Estados Unidos en Irak, etc. Puede verse aquí.

7 de marzo de 2006

Maneras de morir

Maneras de morir estaba a punto de publicarse en editorial Farben/Norma, de Costa Rica, a mediados de 2003. Me mandaron los PDFs, corregí, entró a taller... y a la editora se le ocurrió decirme que el 10 por ciento que me iba a dar por derechos me lo daría cuando se vendiera el libro, no a manera de adelanto como habíamos quedado un año antes. Le pedí una explicación y salió con el rollo de que en realidad se trataba de una oportunidad de que yo publicara en una buena editorial, etcétera. Aún no habíamos firmado contrato ni nada, y me dio la impresión de que el atraso era precisamente para que sólo me diera cuenta de que no me iban a dar nada cuando no pudiera echarme para atrás, o cuando ya no me importara: la vista de un libro impreso puede ablandar más de un corazón. (Igual la hubiera demandado. En serio que sí.) Le pregunté cuántos ejemplares se publicarían y no me dijo. Sólo que, cuando se vendiera todo, me daría el diez por ciento. El diez por ciento de una cantidad indeterminada me pareció un mal trato, y lo de que se trataba de una buena oportunidad para mí publicar en una buena editorial no me puso de mejor humor; detesto el ninguneo.
No es que el dinero me importara demasiado, porque he hecho peores tratos y con mucho más gusto, sino que me molesta que me oculten cosas, así que le dije que el libro no se publicaba. Con todo, siguió en el proceso de edición (un amigo salvadoreño en Costa Rica haría la portada, y la editora se la pidió una semana después de que le había dicho que no). Puse una protesta en Norma Colombia y les dije que frenaran la edición o de verdad tendríamos problemas. La respuesta fue que el encargado de Norma en El Salvador me llamó para que firmara el contrato. Le dije que, en las condiciones en las que estaba planteado, no lo iba a firmar, y que si había cambiado algo. No, no había cambiado nada, que pasara a firmarlo lo antes posible para que la novela pudiera imprimirse. Me sonó a una orden, y las cosas no funcionan así. Le dije que de verdad debía frenar esa edición y que, si estaban interesados, habría que negociar en serio y bajo otras condiciones.
La editora me escribió entonces para decirme que estaba muy dolida por mi actitud, que su intención no era pasarse de lista, sino darme una oportunidad, y que si quería negociar algo lo hubiera dicho desde el principio. Un año antes habíamos quedado en los términos, y para mí era claro lo del adelanto y que me diría cuántos ejemplares se publicarían. Así que le dije: de acuerdo, negociemos, las condiciones cambian. Le mandé una propuesta que desde luego iba a rechazar, porque significaba desembolsar dinero en una cantidad justa pero inaceptable para ella. Me dijo que "mejor no se publicaba", y le contesté que ése era el tema desde hacía un par de semanas, que yo no estaba negociando rudo, sino que no confiaba en ella, y que no publico con gente en la que no confío.
Entonces de Alfaguara Guatemala me pidieron que enviara algunas novelas para ver cuál publicarían y, después de examinar varias, escogieron Maneras de morir, entre otras cosas porque ya la había aprobado Norma. (Sí, se aprobó en la sede de Cali.) A principios de 2005, a punto de firmar contrato para que saliera en mayo, la editora me dijo que tampoco habría adelanto, que sólo me darían dinero cuando se viera que se estuviera vendiendo, que cedía todos los derechos durante no sé cuánto tiempo y para todo lo que se ofreciera y qué sé yo. Y que quería leer otra novela mía, Réquiem para una señora sin canas, porque en una de ésas cambiaba de opinión. Y, claro, el rollo del prestigio que sería publicar en Alfaguara.
Le dije que me mandara una propuesta mejor, porque en esas condiciones no iba a firmar, y que el hecho de que me pidiera otra novela para considerarla, después de dos años de espera, me indicaba que Maneras de morir no le interesaba especialmente. Y di por terminado cualquier trato que pudiéramos tener.
Hace un par de semanas, Raúl Figueroa Sarti me propuso publicar Maneras de morir en F&G Editores, de Guatemala, de la que es dueño. Le pregunté las condiciones, me las dijo, me parecieron justas y el domingo anterior vino, firmamos el contrato, me dio un primer adelanto y el libro se publicará por allí de agosto. Rápido, limpio y sin discusiones inútiles.
F&G tiene unas ediciones de verdad bonitas, y Raúl no es complicado, como trato de no serlo yo. Y cada vez me convenzo más de que la tranquilidad está en las editoriales pequeñas. Me gusta tratar con editores que son editores, no gerentes, y a los que aún les gusta la literatura.
Por de pronto nos la pasamos platicando a gusto, junto con el escritor Javier Mosquera Saravia, que lo acompañaba.

4 de marzo de 2006

Mi hermanito Mauricio

Tanto como hermanito, no es, aunque en la foto se vea espantosamente joven: en junio próximo cumplirá 35 y está terminando un doctorado en historia, que se suma a la maestría en ciencias políticas y la licenciatura en sociología. (Aquí aparece con su novia Yasmín, a quien conoció en Alemania precisamente mientras estaba en un curso de lo del doctorado. Fue un caso de amor a primerísima vista.)
El día en que iba a nacer mi hermano, el tío Mauricio, hermano de mi madre --de quien precisamente tomaron el nombre para él-- llegó nervisosísimo a casa para saber qué rayos íbamos a hacer mientras mi madre estaba en el hospital en labor de parto. Pasarnos quién sabe cuánto tiempo en un pasillo o, peor, en la sala de la casa, con el agravante de que ninguno de nosotros fumaba, era una perspectiva de lo más tétrica. La decisión fue fácil: estaban dando Lawrence de Arabia, que dura como cuatro horas, y nos fuimos a meter al cine. Yo estaba a punto de cumplir doce años, e igual ahora no le entiendo mucho a la película, por eso la he visto como diez o doce veces, pero tampoco era el caso. La función empezaba como a las seis o siete de la noche. Mi hermano ya había nacido cuando llegamos a casa, a eso de la medianoche, porque todavía nos pasamos a cenar, y de verdad que con mi tío se puede cenar bien. (No sé ahora, pero en ese entonces conocía cada changarro infame y cada restaurante carísimo, y sabía dónde comer lo mejor de cada cosa. A él le debo la mala costumbre de comer bien. Lo que sea, pero bien. A los 17 descubrí que era gourmet y a la vez era pobre, así que tuve que aprender a cocinar. Ésa es otra historia.)
Durante los primeros tiempos de vida de Mauricio me tocó hacerla de papá de él, enseñarle a caminar, a hablar, todo eso. Mi padre estaba en lo que estaba como rector de la Universidad Nacional, con amenazas de intervención militar, y mi madre estaba trabajando fuerte para hacer dinero extra para cuando viniera la intervención. Todo giraba alrededor de la intervención de la universidad, que llegó el 19 de julio de 1972. (Cuando llegó el triunfo sandinista, el 19 de julio de 1979, la celebración fue especial en casa. Había algo de justicia histórica, aunque fuera sólo por la fecha.) Luego, en el exilio de Costa Rica, estaba el rollo de ver cómo se ganaban la vida, y más de lo mismo. En México otro tanto. Mi hijo Eduardo, seis años menor que Mauricio (sí, nació cuando yo tenía 18 años), se crió junto con él, tan bien y tan mal como se crían juntos los hermanos.
Como sea, a mediados de 1983 mi familia se fue a Costa Rica, porque a mi padre lo nombraron director académico de FLACSO latinoamericana, y yo me quedé en México hasta diciembre de 1998.
En el ínterin, de Lawrence de Arabia a mi salida de México, el niño creció. No mucho, porque mi familia es de poca estatura, y con mi 1.76 soy algo así como el grandote de la casa. (Entre todos los descendientes de Dionisia Menjívar y Jacinto Castro, mis bisabuelos, sólo me gana mi primo Gerardo, hijo del tío Neto, que anda arribita del 1.80. Mi padre no llegaba a 1.65, la estatura promedio de la familia para los hombres; las mujeres rara vez llegan al 1.60, y en el caso de la Tía Julia Menjívar y un par más apenas despegan del 1.40.)
En fin, hace unas semanas me enteré por mi madre --porque mi hermano no me dijo nada, guay de él-- que publicó un trabajo suyo en FLACSO Costa Rica, junto con otros académicos ticos, bajo el título de Historia y Memoria: perspectivas teóricas y metodológicas. Es un cuaderno, y se puede encontrar y descargar aquí.
Me pareció interesante, porque trata precisamente del tema que he estado trabajando --de otro modo, claro-- con Tiempos de locura, también publicado por FLACSO, pero en la sede de El Salvador. Ayer, por cierto, se presentó la segunda edición, cuya portada reproduzo para no quedarme con la gana. La de la primera edición era azul. Me gusta más cómo quedó en verde.


Uno de los temas de los que habla Mauricio en la introducción del trabajo es algo que de manera intuitiva llamé "la actualización de la memoria": cómo los recuerdos de los actores de ciertos hechos se van acomodando a medida que pasa el tiempo y ajustándose a los acontecimientos posteriores, quizá para explicar de manera más coherente lo que vivieron. No hay mala fe en esta "actualización" --o no necesariamente la hay--; Borges dice que el recuerdo está lleno de olvidos, y de allí tomé el concepto. Mauricio lo sustenta en teóricos un poco más sistemáticos que Jorge Luis y que yo (ejem), y me dio gusto darme cuenta de que, con todo y que no nos pusimos de acuerdo (platicamos más bien poco), estamos en la misma sintonía.
No sé a Mauricio, pero a mí me da mucho gusto y orgullo publicar en FLACSO, aunque aún me siento como gallina en patio ajeno; mi carrera ha sido más bien literaria, y lo de "Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales" me pone nervioso en cada una de sus palabras. Y me da orgullo porque mi padre fue el de la idea de armar las sedes centroamericanas de FLACSO; fue quizá la obra de su vida a la que dedicó más tiempo y energía. Y me da orgullo saber que también fueron su creación directa los cuadernos en los que publicó Mauricio. Los armó junto con el editor Ítalo López Vallecillos, y después con Sebastián Vaquerano. Entiendo que ahora ek editor es el poeta salvadoreño Américo Ochoa, quien me pasó el link para encontrar el cuaderno.
Para los mal pensados: no, no creo que nos hayan publicado sólo porque seamos hijos de quien somos hijos. Creo que hay un nuestro trabajo que nos avala, y eso sí: somos alumnos del mismo maestro, porque desde chiquitos nos enseñó a investigar y a escribir.
En Tiempos de locura incluyo como apéndice un trabajo de mi padre acerca de insurrecciones populares y una evaluación de la ofensiva final de 1981. Si me preguntan, me encantaría que Mauricio hiciera una introducción tratando los temas de la recuperación de la memoria con los instrumentos que usa en su trabajo. Sería un modo de estar juntos los tres nuevamente, y lo mejor del caso es que no habría nada de forzado en el hecho de que un padre y sus hijos compartan lo que hay en medio de las dos tapas de un libro.
Le voy a escribir a Mauricio, a ver qué dice. Igual se vería rarísimo. Igual no importa que se vea rarísimo; los apellidos, apellidos son, y lo que importa es el trabajo.
Ah: Mauricio publicó un libro hace unos años, pero el instituto donde trabajaba no le permitió que lo firmara en la portada porque "era un trabajo institucional". Para mí que fueron ganas de fregar, nada más. Se llama Actitudes masculinas hacia la parernidad: entre las contradicciones del mandato y el involucramiento, Instituto Nacional de la Mujer, Colección Teórica No 2, San José, 2002. Hay que fijarse en la página legal para saber que él lo hizo. Hay también algunos artículos en varias partes de internet, y por supuesto que no me avisa cuando los publica, y tengo que rastrearlos para enterarme. ¡Ah, estos niños...!

25 de febrero de 2006

Sobre precios de discos

Pues bien: cuando uno compra un disco de Luis Miguel --digamos--, uno está pagando por la música, por la producción, por la edición y, en fin, por el trabajo de un montón de gente que lo hizo posible, y eso tiene un precio. Pero uno no debería pagar para que el productor sea estúpidamente rico, ni para que LuisMi tenga casas por todas partes, compre ropa incomprable --y mucha--, etcétera, o para que algunos de los músicos de estudio hagan méritos para morir de uns sobredosis con la cocaína que uno paga. Uno sabe que todo eso no es inherente a la música, ni es necesario para que la música funcione.
Y uno sabe que la producción de un disco de veinte o veinticinco dólares, si las cosas fueran como deberían ser, no debería costarle al público más de cuatro o cinco, ya puesto en la tienda y con ganancias para todos, y allí es donde viene algo que se olvida: el valor social de todo lo que se hace.
La labor de los músicos no es hacerse ricos o "triunfar" (aunque les vaya muy bien): es hacer música. La labor de los productores no es estar en un lugar más o menos visible de las listas de Forbes: es producir música. Y así. En fin: el asunto no es ganar dinero prestando un servicio, sino prestar un servicio, que eventualmente servirá para ganarse la vida decentemente.
Y no es que uno se ponga a propugnar que todo el mundo piratee todo, porque eso es contrario a la ley y uno es gente de ley, pero hay algo interesante: con todo lo que las productoras se quejan de la piratería, siguen teniendo ganancias casi infames y en realidad no pierden nada; es sólo que no venden varios millones de discos y no se hacen proporcionalmente más ricas, o sea casi trillonarias.
Si los discos bajan de precio según su costo real, las disqueras ganarían quizá lo mismo, y venderían mucho más, pero al parecer no es su objetivo, sino ganar mucho vendiendo lo menos posible. Y allí tiene a mucha gente con discos pirata de un dólar que de seguro comprarían originales, con su booklet y todo, si costaran, digamos, cuatro dólares en lugar de veinticinco.
Todo ese rollo viene por un artículo que leí hoy en La jornada de México, que viene aquí, en las que las trasnacionales se escandalizar porque a alguien se le ocurrió sacar una colección competa de Mozart a casi sesenta centavos por disco. Pasó algo interesante: la edición se acabó y los piratas, para que les tuviera cuenta, debieron venderlo a tres veces su precio...

17 de febrero de 2006

Nota de Knut Walter

En El faro aparece una nota del historiador Knut Walter acerca de Tiempos de locura. Bien interesante. Se puede encontrar aquí.
(Ya quiero pensar en otra cosa. Estoy medio cansado de ese libro. Por suerte hoy cierra el plazo para entregar la versión para la segunda edición.)

12 de febrero de 2006

Vendido a la derecha

Me llegaron noticias de la posición de ciertos dirigentes o funcionarios del FMLN acerca de Tiempos de locura. Era de las cosas que prefería no preguntar, porque la respuesta iba a ser dolorosamente obvia. Pero, en fin, me las dijeron, y aquí va:
1. "La derecha" me pagó para que hiciera el libro. Ojalá hubiese sido así, porque según el mito --no sé qué tan cierto sea-- "la derecha" paga mejor que un organismo académico como FLACSO, que fue el que encargó la investigación. Y el pago --porque lo hubo-- juro que fue bastante simbólico. Igual es un libro que hubiera hecho gratis; el tema es apasionante; igual nos cambiamos de casa, nos compramos una lavadora, algo de equipo que servirá para La Casa del Escritor y ropa para Krisma, Valeria y yo. (Algo hay que echarle a la lavadora.)
2. No cuento la verdad acerca de ARENA. En realidad cuento muy poco, excepto antecedentes, porque el libro se acaba en enero de 1981, y ARENA se fundó a finales de ese año. Hay cosas acerca del FAN y de la organización político-militar que se creó a su alrededor; de una "doble institucionalidad" que preveía los escuadrones de la muerte, las elecciones, la lucha de masas y qué sé yo; del apoyo nacional e internacional que recibieron y de cómo lograron estructurar un proyecto coherente de país --algo en lo que la izquierda anda un tanto... uh... dispersa--, y que todo ello redundó en la creación de ARENA.
3. Miento acerca del FMLN. Trato poco acerca del FMLN, porque se fundó en diciembre de 1980. Hablo más de las organizaciones que lo integraron, y de la Dirección Revolucionaria Unificada, y de la Coordinadora Político Militar, y de las maniobras para desplazarse mutuamente. Y lo peor es que no hablo yo, sino la gente que participó en ese proceso; yo nomás junté los datos. Quizá el problema sea que hablo de Salvador Cayetano Carpio, el líder histórico del proceso revolucionario. El Goldstein de 1984, ni más ni menos. Claro que si lo borro de la foto no se entendería la historia salvadoreña desde 1944. O habría que reescribirla, como se ha hecho en los últimos años.
4. No menciono a Roberto D'Aubuisson como asesino del arzobispo Romero. Lo que hago es poner diferentes versiones, en especial la de la Comisión de la Verdad, y también el testimonio del hijo de D'Aubuisson, del mismo nombre. Por desgracia no estoy para repartir culpas, y tampoco quiero el puesto.
5. Hablo de la formación del FMLN y de sus cosas internas, pero no de los demás partidos políticos. Y, sí, se habla de todas las contradicciones del PDC desde su fundación, del Partido de Conciliación Nacional y de otros que muchos no recordarán: el PAR, el FUDI, el PPS, el PRUD...
Etcétera.
Ahora estoy procesando entrevistas de gente de la empresa privada, de uno de los golpistas y de un miembro de la Primera Junta, junto con materiales documentales bien densos y contradictorios ideológicamente, aunque en los hechos coinciden casi todos. Y lo más que puedo hacer es dar constancia de las versiones. Hubiera sido más fácil --estoy seguro-- hacerle caso a mi ideología y condenar a todos los que no estuvieran de acuerdo, alabar a los que me caen mejor y repetir lugares comunes que, después de 25 años, más bien me aburren, por su superficialidad; pero no me gustan mucho las cosas fáciles.
Vendido a la derecha... Era mejor aquello de ser agente de la CIA, o el top del top: de estar "objetivamente" del lado del enemigo y ser, por lo tanto, "objetivamente" un traidor. (Prefiero lo de traidor a lo de "tonto últil"; vanidad obliga.)

9 de febrero de 2006

Gajes de la segunda edición

Se suponía que esta madrugada debía terminar la versión de Tiempos de locura para la segunda edición, pero no pude; apenas acabé la primera parte, para un total de 136 cuartillas (a 250 palabras por cuartilla). Ya casi terminé de ajustar la segunda parte, pero falta: tengo cinco artículos del coronel Majano, dos entrevistas de tres horas, un par de libros, y 200 páginas de materiales que terminar de revisar. Ya procesé completa otra de las entrevistas y hay observaciones del coronel Majano sobre el libro que me han hecho cotejar un montón de datos, además de consultas al comandante Fermán Cienfuegos y qué sé yo qué más.
Al rato tengo que dar un taller de acercamiento a la poesía de lo más denso, porque es con gente que se dedica precisamente a trabajar con poetas y no es de andar improvisando. Mientras, voy a dormir un par de horas.
Eso sí, bien contento. Está quedando muy bien. Sólo es cuestión de tiempo, y no mucho. El problema es que no siempre se trata de "horas nalga", sino de tiempo de reflexión. Por el modo en que está estructurado el libro, es decir del modo menos cronológico posible, mover un dato en un capítulo implica corregir cuatro o cinco más. Y cada detalle cuenta.
Debo confesar que es más difícil escribir una novela. En la vida real todo requiere de verificación; en la novela todo requiere de vida, y hay que estar creándola en cada página.

8 de febrero de 2006

Al otro lado del charco

Me están invitando a Francia para el mes de octubre. Hasta ahora no he pasado de la frontera Costa Rica-Panamá (al sur), de Los Ángeles (al norte) y de Miami (creo que eso está a la derecha; debe ser el este).
Invita Espacios latinos, que hace unos meses publicó una reseña a un libro mío, Instructions pour vivre sans peau. Aquí está la lista de la gente a la que han invitado. Me va a dar gusto ver otra vez a Rodrigo Rey Rosa.
Ayer Thierry me avisó que ya terminó la traducción de Treize (Trece, para los cuates), y que la entrega hoy, para que salga en abril. Para cuando vaya --se supone que a hablar de Terceras personas-- ya habrá tres libros míos publicados, sin contar con la Historia del traidor, de la que ojalá queden ejemplares después de 18 años. (Claro que preferiría que se hubiera agotado...)
Como sea, por fin voy a cruzar el charco, y desde ese momento seré cosmopolita, si debo creerle a las películas gringas de los años cincuenta. Me emociona, aunque detesto --desde luego-- los viajes en avión, más si son de doce horas y sin fumar. Ya me eché uno más o menos del mismo tiempo, y en el aeropuerto de destino me agarró un guardia de seguridad para revisarme todo. "Está demasiado nervioso", me dijo. Le expliqué que me dan terror los aviones, y que a mí el terror me da ganas de fumar, y que por lo tanto había pasado como nueve o diez horas en un círculo viciosísimo (él lo que buscaba eran drogas, y lo mío era peor). Me dejó ir y me dijo dónde podía fumar.
Claro que hubo un viaje en autobús de diecinueve horas, de Chiapas al Defe, y otro de 14 de ida y vuelta, también del Defe, a la Comarca Lagunera, que fueron mucho menos cómodos y también sin fumar. Creo que el asunto es más de distancia que de tiempo; ya me enteraré.
Y no hablo ni gota de francés. Leo lo suficiente para saber dónde están los baños, siempre que el letrero tenga dibujito.

7 de febrero de 2006

¡Internet, internet!

Desde el 3 de enero estoy en ésas de que me conectan o no me conectan internet. Pues bien, hoy por fin me pusieron el cable y soy feliz. Los de Amnet son también un desastre, pero ya no me quedaban proveedores, así que hubo que aguantar.
El gran problema fue que los vendedores están más interesados en vender que en ver que el cliente reciba el servicio. Entre otras cosas me vendieron un amplificador de señal que no necesitaba (ya lo regresé y me lo van a descontar del recibo), y sólo ese detalle se llevó casi dos semanas.
Como sea, ya estoy reconectado. Hoy puedo escribir poco; mañana al mediodía debo entregar la versión para la segunda edición de Tiempos de locura. ¡Sí, se agotó en un par de semanas! Aprovechamos para arreglar algunos detalles y para añadir cosas importantes. Nos diereon, entre otras cosas, acceso al primer cuaderno de Ignacio Ellacuría, que confirma o aclara muchas de las cosas que se dicen en el libro. Igual la primera edición sigue estando vigente, pero ésta viene más guapa. Vamos a cambiar también la portada, de azul a verde, para hacer marcar la diferencia.
Cambio y fuera.

26 de enero de 2006

Respuesta a Anónimo

Hay una respuesta, en el post anterior, a mi comentario acerca del artículo de Carlos Cañas-Dinarte, en la que se dice que me lo tomo de manera visceral. Lástima que sea anónimo, pero es parte del encanto de los blogs: hablar con gente que uno no sabe quién es, basado sólo en razones, no en preferencias o aversiones. (En eso el comentarista me lleva ventaja.)
Lo que me produjo la nota de Carlos es alarma: en serio que es grave que un historiador (o que se presente como tal; es licenciado en letras, hasta donde sé) se invente cosas para sustentar un artículo, cuando esas "cosas" podrían ser importantes para la historia del país... si existieran.
Me refiero a "los archivos" de mi padre, Rafael Menjívar Larín. Si los hubiera, habría que publicarlos porque vivió cosas fundamentales para muchísima gente. Me refiero también a las pláticas que nunca tuve con él, y que me hubiera gustado tener, siquiera para haber estado un poco más de tiempo juntos, algo que ambos extrañábamos. Todo eso Carlos lo hubiera averiguado con llamarme por teléfono o preguntándomelo en la propia presentación.
Lo otro es que, en efecto, el libro pudo ser mejor. Todo libro siempre pudo ser mejor. Y hay un axioma: siempre hay muchísima gente que lo hubiera escrito como debía ser, pero por algún motivo no lo hizo, y por eso nos tenemos que conformar con lo que hay y no leemos a verdaderos Dostoyevskis y Foucaults.
Hubo una época que me dediqué a la crítica literaria, con pseudónimo y todo. Y me di cuenta de que, en lugar de criticar a los demás, mi papel era hacer mis propios libros. Es decir: arriesgar el pellejo. Es la primera vez que hago algún comentario acerca de cualquier cosa que se haya escrito acerca de mis libros, me haya gustado o no (en general me divierte porque no le atinan a nada, como en este caso). Nomás que, en serio, me parecía que Carlos era un poco más responsable con sus datos, porque era lo que había visto de su parte hasta el momento.
Sé algo, después de un montón de libros publicados, y ninguno autopublicado: lo único que habla por uno es la obra. Lo demás es veleidad o gana de salir en la foto de una fiesta a la que uno no estaba invitado, y en la que hasta ese momento no se le ocurrió que pudiera estar.

20 de enero de 2006

Invenciones de un historiador

Carlos Cañas-Dinarte se puso bien raro en un artículo que escribió acerca de mi libro Tiempos de locura. El Salvador 1979-1981; la nota puede encontrarse aquí. En primer lugar, habla de muchas cosas, menos de lo que dice el libro. Más bien se lanza a hacer una lista de los temas que a él le hubiera gustado que yo tratara, pero que por desgracia no entraban en el periodo que trabajé ni eran los temas prioritarios. Me imagino que la solución es que haga el suyo propio para que me enseñe de qué va la cosa.
Hace notar que había poca gente en la presentación, pero el salón estaba atascado. Las 130 sillas encargadas originalmente se convirtieron en 170, y había unas 20 peronas de pie, otras en el pasillo de entrada y otras en el jardín trasero del salón. Lo que me produjo el comentrio de Carlos fue envidia: sus presentaciones deben ser multitudinarias para que le pareciera poco. (Una vez presenté un libro suyo en Santa Ana. Me acuerdo que había poco más de 100 personas, la mayor parte estudiantes a los que habían llevado de algunas escuelas. Se presentaba el Diccionario de autoras y autores de El Salvador, en el cual por cierto me incluyó.)
Se queja de que no haya entrevistado a mujeres. Por desgracia no es un libro dedicado a la corrección política, sino a la historia reciente. La única con participación medular en esa época fue Mélida Anaya Montes, y desde el 6 de abril de 1983 --fecha de su asesinato-- no concede entrevistas.
Y lo más grave: Carlos habla de los "archivos" de Rafael Menjívar Larín, mi padre, de donde habria sacado el "eje central" del trabajo.
El problema es que no existen los "archivos" de mi padre: era terriblemente desorganizado, y se deshacía de sus borradores. Sólo guardaba los míos, todos, y fue en medio de ellos donde encontré perdida una evaluación de la ofensiva de 1981 que se reproduce en el apéndice 3. Grave que Carlos, presentándose como historiador, haya asumido que mi padre tenía "archivos", sin siquiera preguntar. O a lo mjor él sabe dónde están, y le agradecería que me lo dijera.
También dice que hablé con mi padre durante su exilio en Costa Rica. Y me hubiera gustado hacerlo, pero yo vivía en México. Hablábamos mucho por teléfono y a veces me visitó --yo no salí del país en 23 años--, pero nuestros temas de plática eran otros, más personales. En otras palabras: no, mi padre no me facilitó el trabajo, ni era el caso. La investigación la hice yo.
Lo bueno es que al final me perdona la vida, dice que ya cumplí con mi labor de "provocar" y que ahora vienen "ellos", los profesionales, a hacerse cargo del asunto con conferencias, congresos, publicaciones, lo que sea.
Una buena amiga me dijo la otra vez: "La escoba ha estado tirada durante veinticinco años. Ahora viene alguien, la recoge, y los que no le hicieron caso quieren decirle cómo se agarra."
Ojalá que Carlos madurara. Tiene las herramientas para ser un historiador decente, pero se las gasta en... No sé en qué, la verdad.

5 de enero de 2006

Civilización de nuevo

Hoy nos conectaron por fin el cable para la tele. ¡Basta de angustias con la tele nacional! Lo primero que vi cuando la encendí fue un pedazo de Andrómeda, una serie que me gusta bastante. Mañana llegan con Internet.

1 de enero de 2006

Año nuevo, libro nuevo

Nos cambiamos de casa y Telecom se portó del asco. Para cambiar los teléfonos y la línea de internet pidieron mi identificación y un recibo de teléfono o de agua o de algo. El día en que los llevamos, necesitaban una autorización de la dueña de la nueva casa para estar seguros de que no lo hacíamos clandestinamente. La llevamos y entonces necesitaban más papeles, cada vez más papeles. A la quinta vez la gerente de la sucursal de Telecom en Metrosur, en pocas palabras, me dijo que yo era sospechoso potencial de fraude, a menos que le llevara la copia de la identificación tributaria de la dueña de la casa y de su documento único para avalar el montón de papeles que ya le llevaba, incluida una copia del contrato. Suspendí todos los servicios y al diablo. Ahora tenemos el teléfono que ya estaba en la casa, nada de cable para la tele (la programación nacional de verdad es angustiante) y apenas hoy me conecté a internet por módem para contestar correos, en la notebook viejita que Osmín Magaña me hizo el gran favor de volver a la vida. En la semana veré de conseguir otros proveedores.
Por lo demás, un mes de trabajo pesado, pero agradable. La gente de La Casa del Escritor está haciendo maravillas con la literatura, el taller de video va bien (ya hay cuatro cortos terminados, tres a punto de terminarse, uno que creo habrá que repetir, porque quedó oscuro, y un par de guiones en espera), estamos dándole vuelta al mediometraje que empezaremos a filmar por allí de marzo o abril y ya tengo algunas propuestas para la música.
¡Y acabé el libro que estaba escribiendo desde abril! Me siento satisfecho.
Habla del periodo que va del golpe de estado del 15 de octubre de 1979 a la "ofensiva final" del 10 de enero de 1981, quince meses en la historia de El Salvador en los que pasó absolutamente todo, y casi al mismo tiempo. Si hubiera hecho simplemente un cronograma o una enumeración de hechos, me hubiera llevado mucho más de las 430 cuartillas que escribí (un récord en mi caso; mi libro más gordo tiene 190 cuartillas). Ahora estamos en las correcciones de pruebas y todo eso, y el martes o miércoles debe entrar a prensa, porque se presentará el martes 10 de enero, en el hotel Camino Real. (Están todos invitados. Será a las 4 de la tarde.)Además de documentación por toneladas y por megabytes, entrevisté a ocho personas que participaron, desde diferentes bandos, en los hechos más importantes del periodo, y que tuvieron un ángulo de visión particular y privilegiado. Del lado del gobierno, el general Jaime Abdul Gutiérrez y el coronel Adolfo Arnoldo Majano, ambos miembros de la Junta Revolucionaria de Gobierno, y también el coronel Reynaldo López Nuila, jefe de la Policía Nacional durante el periodo. Del lado de la insurgencia, los comandantes Fermán Cienfuegos (Eduardo Sancho, según sus documentos de identidad) y Balta (Juan Ramón Medrano), así como el líder sindical Bernabé Recinos, uno de los más importantes dirigentes obreros de todos los tiempos en el país. De las fuerzas "moderadas", Domingo Santacruz, del Partido Comunista, y Rubén Zamora, entonces de la dirigencia del Partido Demócrata Cristiano. Curioso: casi todos ellos me dieron básicamente los mismos datos, con diferencias de enfoque. Lo que me decía Gutiérrez, por ejemplo, encajaba con lo que me decía Zamora, pero desde otra perspectiva; lo que me decían Sancho, Zamora y Majano, coincidía a la perfección. Hubo una excepción, sólo una, y la "imprecisión" fue fácilmente verificable. También hablé con gente que prefirió que no se mencionara su nombre, que me dio pistas vitales para el libro.
Algo me llamó la atención de la mayor parte de los entrevistados: todos están orgullosos de lo que hicieron, y por eso me dieron información veraz. Casi todos, además, fueron marginados por sus ideas, que no cambiaron en aras del oportunismo, y han soportado con estoicismo y hasta con esperanzas lo que les ha tocado vivir. Allí me encontré con algo más importante que ser de derecha o izquierda o lo que se quiera: la dignidad. Así que, aunque más bien tiendo a ver las cosas desde la izquierda, no pude menos que tratar con respeto las entrevistas de personas que hicieron un pedazo de la historia salvadoreña; a mí apenas me ha tocado contarlo.
En fin, es el primer libro de este tipo que aparece en la posguerra. No se trata de un ensayo académico, y menos aún de un libro ideológico. Es un relato, y la idea es que sea fácil de leer y que pueda ser tan emocionante como una novela. Tampoco es una novela, porque detesto el tono afectado y superior que usan muchos escritores cuando "se sumergen" en "el ambiente" y en "los personajes" y se ponen a inventar. Hay excepciones, cómo no; piendo en La rebelión de Los Iguales, de Illia Ehrenburg, una maravillita si las hay.
La cronología lineal, pues, está abolida. En un párrafo se puede saltar a treinta años atrás y luego ir a diez años después para hablar de un hecho específico, cortar el relato, hablar de otra cosa y treinta páginas después retomar el hilo. Difícil de hacer, pero divertido. Y los preconceptos que tenía cuando empecé la redacción los perdí en el camino.
Creo que "ser de izquierda", a estas alturas, tiene reglas muy sencillas, sin relación con diputados o manifestaciones o desplegados en los periódicos. Todo depende de:
1. Posición de clase, es decir a quién va dirigido el asunto.
2. Generación de pensamiento crítico. Esto, según mostró el padrecito Engels, tiene que ver con llegar lo más cerca que se pueda del origen de las cosas y hablar de ellas con honestidad; allí está El proceso de transformación del mono en hombre, sin ir más lejos (o para ir muy lejos).
El problema de la izquierda salvadoreña --en particular-- es que ha olvidado el tema de la clase y habla de democracia, paz, concertación y todo eso, que es importante, pero que no tiene un sustento estratégico real. Pura táctica y puro oportunismo. Y ha dejado de generar pensamiento crítico; el FMLN es un ente terriblemente conservador. Hace unas semanas, ni más ni menos, uno de sus dirigentes dijo que "más allá del FMLN no hay izquierda". Y la institucionalización (dogmática) de la izquierda es, ni más ni menos, su abolición.
En fin, ya veremos. Recuerden: 10 de enero, cuatro de la tarde, hotel Camino Real. No recuerdo el nombre del salón, pero todo es cuestión de preguntar. El libro se llama Tiempos de locura. El Salvador: 1979-1981. Lo publica la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), y a ellos hay que echarles la culpa por el título.
¡Y pintamos el exterior de La Casa del Escritor! Quedó bonita: color naranja y lila, además del amarillo que ya tenía.

28 de octubre de 2005

Sobre el triunfo y la literatura

El escritor guatemalteco Mario Roberto Morales publicó en La Insignia un amargo y divertido artículo acerca de la literatura light, con una larga cita acerca de cómo publicar en Alfaguara y hasta ganarse el premio más codiciado de los escritores en español. No se lo pierdan.

26 de octubre de 2005

Blog de Jasmine

La periodista salvadoreña Jasmine Campos acaba de iniciar un blog aquí. Conociéndola, promete estar muy bien. Hay un link en la columna de la derecha para visitarlo.

25 de octubre de 2005

Homenajes involuntarios

Algunos homenajes llegan en frascos extraños, pero no son los peores, y generalmente resultan los más divertidos.
Por ejemplo, hay un foro en Yahoo, formado por varia gente interesante (a varios de ellos los quiero un montón, y hasta soy correspondido), en el cual se puede hablar de todo y puede entrar todo el mundo, y sólo tiene una restricción: soy el único que no puede suscribirse. De los motivos, impuestos por tres o cuatro personas, quizá hable alguna vez; en general son mezquinos, y ése es el encanto: todo lo que se haga en ese foro tiene que ver conmigo, así nadie me mencione (porque también está prohibido mencionarme). Mi ego de Leo con ascendente Escorpio se infla a niveles de estallido.
Ése es un homenaje permanente, pero hay otros un tanto más coyunturales. Por ejemplo, hace una semana, en su programa Universo crítico, de Canal 10 Geovani Galeas entrevistó a Federico Hernández Aguilar, presidente de Concultura, y a Luis Alvarenga, director de la revista Cultura, y se puso bien raro con respecto a mí. (Y pensar que hace un par de meses nos echaron juntos de una cantina... Hablo en serio. A él con su cerveza y a mí con mi coca de dieta.) Protestó porque en el número 89 vienen dos trabajos míos (no uno solo, como a los demás autores): un ensayo sobre Roque Dalton titulado Un artículo levemente odioso (el número estaba dedicado a RD) y el texto Espejos. (Necesito actualizar mi otro blog pero no he tenido ganas.) El primero se publicó en Nueva Orleans, en una antología de ensayos preparada por Rafael Lara Martínez y Dennis Seager, y el segundo --como se ha dicho aquí hasta el cansancio-- en Los mejores cuentos mexicanos 2004. Hubo tres argumentos de Geovani que me encantaron:
1. Que Espejos no es un cuento.
2. Que iba a necesitar leer no sé cuántos libros de filosofía para entenderlo.
3. Que habiendo tantos narradores en El Salvador, ¿por qué publicar un texto mío precisamente?
En el primer punto estoy de acuerdo con Geovani: eso no es un cuento, y tuve a bien decírselo a Eduardo Antonio Parra, el compilador, y antes de eso a quienes lo publicaron en la revista Castálida, de donde salió para la antología. Lo dije también en este post, y si Geovani quiere estoy dispuesto a protestar junto a él donde sea necesario y a firmar lo que sea preciso para que nadie lo considere un cuento.
En lo de los libros de filosofía está el verdadero homenaje, que acepto con tanta humildad como me es posible --poca, si somos francos--, porque no consulté uno solo para escribirlo o corregirlo, de filosofía ni de nada. Lo que pasó fue que un día de diciembre de 2o01, aprovechando las vacaciones, me encerré en un cuarto vacío de la casa donde vivía, con un cuaderno, una mesita y dosis industriales de coca de dieta y cigarros y me puse a darle a la pluma. (Sí, salía a comer y al baño; espero que no sea tomado en mi contra.) Una semana y media después estaba listo el borrador, y me pasé el año siguiente corrigiéndolo junto con otros textos: Trece, Instrucciones para vivir sin piel y lo que llevaba de Breve recuento de todas las cosas, en el que no avancé mucho. (Lo terminé hará cosa de un año.) En 2003 mi amigo Hugo Ortiz me pidió "algo" para publicar en Castálida, se lo envié con la advertencia de que no era un cuento, lo puso en el número de diciembre de 2003 y de allí lo agarraron para la antología. Nada tenebroso, oculto ni terriblemente egomaniaco, sólo el proceso natural de todo texto.
De hecho creí que no se publicaría, porque no tenía esa intención y porque en efecto es rarísimo. Por esos días estaba bien malo de los nervios, en las secuelas de la muerte de mi padre, y tenía ataques de pánico y me despertaba a gritos en las noches y cosas así. Todo el síndrome de estrés postraumático. Espejos fue un modo de entender algunas cosas, y de algo habrá servido, aunque la solución fue un tanto más brusca: unos meses después mandé todo al diablo y volví a empezar.
La pregunta de que "habiendo tantos narradores en El Salvador" por qué me publican a mí trae incluido su propio antídoto: soy uno de esos tantos narradores, y en algún momento iban a publicarme, supongo. La respuesta de Luis Alvarenga fue más parca, pues él es bien parco: "Porque es bueno."
En el fondo supongo que Geovani lamenta que no hayan publicado un texto suyo acerca de Roque Dalton, porque se considera uno de los especialistas del tema. O un cuento, en su defecto, y cree que le quité el espacio. No sé los motivos de los editores, y no está entre mis fueros saberlo. No conozco ningún cuento de Geovani y no podría decir si es tan bueno como los de los "tantos" narradores que hay en el país. (En realidad somos bien poquitos. No me atrevo a contar con una mano porque me da miedo de que me sobren dedos.) Lo que le puedo asegurar es que no fue mi intención que publicaran dos textos míos en Cultura (¡dos!), y de habérmelo dicho me hubiera opuesto, para no herir susceptibilidades. Me pidieron materiales, envié algunos que tenía listos (varios ya publicados) y ellos sabrán cómo los distribuyen. Francamente lo que me dio más gusto fue que pusieran tres poemas de Teresa Andrade, una de las "poetas niñas" de La Casa; fue un orgullo aparecer junto a ella.
Por de pronto, me gusta que hablen mal de mí en la tele, frente a un montón de gente, y mientras más acusaciones me hagan, mejor. Me hace sentir más sexi.

24 de octubre de 2005

Sobre Tierces Personnes

Horacio Castellanos Moya me envió un link a la revista francesa Télérama, donde viene una pequeña reseña de Tierces Personnes (que es lo mismo que Terceras personas, pero traducida por Thierry Davo; hace maravillas Thierry con eso de cambiar las cosas de idioma). Mencionan a Horacio, y me parece bien; es el parámetro que tienen más claro en Europa con respecto a El Salvador. Me dice, como consuelo, que en todas las reseñas de lo suyo citan siempre a Rodrigo Rey Rosa.
Aquí va la notita. Y no me apellido Ochoa, sino Menjívar, pero bue... La intención siempre cuenta.


Tierces personnes
de Rafael Menjívar Ochoa

Rafael Menjívar Ochoa est salvadorien. Comme son ami Horacio Castellanos Moya il a dû s'exiler: le Salvador est, selon eux, un pays spécialement conçu pour être quitté. La politique y est synonyme de guérilla, menaces, tortures. Le genre d'endroit arfait pour y faire naître une littérature de résistance, hantée de cauchemars. Après L'Histoire du traître de jamais plus et Instructions pour vivre sans peau -titres hallucinants!-, Ochoa poursuit avec Tierces Personnes une écriture poétique, violente. Se croisent ici des «visages de bois», des vieux aux dents vertes, des tableaux qui se mettent à vivre... Ochoa livre ses obsessions -réclusion, solitude, folie- en quelques lignes époustouflantes. La tendresse n'est pas très loin, mais la garce se tient toujours à l'écart.

Martine Laval

Traduit de l'espagnol (Salvador) par Thierry Davo, éd. Cénomane (tél.: 02-43-24-21-57), 10 €.

A lire de Horacio Castellanos Moya, aux éd. Les Allusifs : Le Dégoût, La Mort d'Olga María et L'Homme en arme.

Día de San Rafael

Hoy es día de San Rafael. Dan ganas de decir: "¡Qué cosa que le pongan a un día el nombre de uno!"

23 de octubre de 2005

Charlie Parker


Hasta por allí de los 17 años, lo que conocía de jazz era lo que casi por casualidad me había caído, sin buscar demasiado porque entonces, señores, el rock era la ley. (Había buen rock, hay que reconocerlo.) A mí padre le gustaba Louis Armstrong y había un par de discos en casa, además de algunos cassettes grabados que me habían pasado aquí y allá. Mi favorito era Louie and the Good Book, que me grabó un amigo francés que vivía en Costa Rica. Me lo acabé de tanto oírlo y no lo volví a conseguir. También había oído algunas cosas de jazz francés, por supuesto el disco de la jeringa en el que venía "The Man with the Golden Arm" y algunas de las cosas del concierto de Atlanta de Ray Charles en 1959, en el que presentó "Tell Me What'd I Say". Y varios que fueron fundamentales: la serie Play Bach, de Jacques Loussier. Porque por encima del rock, el jazz y lo que sea siempre está Bach, que inventó la música. (Es literal. Oigan El clavecín bien temperado, y después lo que sea. Allí viene.)
Cuando nos fuimos a México, en 1976, descubrí que había un par de emisoras que pasaban cosas de jazz más bien light. De repente se alocaban en las madrugadas y pasaban conciertos de Ella Fitzgerald con Count Basie, de Toots Teelemans con su quinteto (nada que ver con las cosas más bien complacientes de él que pasaban de día), Bill Evans, Chick Corea, qué sé yo. Aun así, el rock seguía siendo lo más importante.
Hasta que en 1978 nos pasamos a vivir a Coyoacán. Había una pequeña librería a la que nadie iba, y que tenía algunos libros buenos y, sobre todo, una gran vitrina llena de cassettes de jazz. La librería en cuestión quebró y después se convirtió en El Parnaso; la vitrina tenía casi todo lo de Pablo Records, y que yo sepa era el único que los compraba, un par cada vez que cobraba algún dinero extra.
El primero fue uno que se llamaba This one's for Blanton, en el que sólo tocaban Duke Ellington y Ray Brown. Era diferente a todo lo que había oído hasta entonces: una formación de dos personas, sin siquiera batería, y no había silencios incómodos ni parecía que hiciera falta más. Lo oía y lo oía y no entendía por qué se oía tan bien, si un piano y un bajo son apenas la mitad de una sección rítmica que se precie de serlo (si la guitarra y la batería son la otra mitad). Sabía quién era Duke, pero no Ray Brown. En las siguientes compras me di cuenta de que ese disco era parte de lo que Norman Granz, el dueño de Pablo y el mítico productor de Verve Records, buscaba: la combinación de formaciones extrañas con músicos extraordinarios. Así oí, en los meses y años que siguieron, cosas como Dizzie Gillespie y Oscar Peterson haciendo duelos de velocidad, Ray Brown y Niels Pedersen en un duelo de bajos, a Ella Fitzgerald con Joe Pass o Peterson sin una orquesta detrás, que era lo que se esperaba de ella, a Basie en pequeños ensembles. (No se pierdan los dos volúmenes de Basie's Jam. Tampoco toda la serie de conciertos en Montreaux.) Etcétera.
Y en todas partes encontraba referencias de Charlie Parker, pero ninguno de sus discos. O mejor: sí, llegué a ver discos de Charlie Parker en la Sala Margolin, pero los precios eran impagables para mi sueldo de periodista raso. Eran las épocas en que en México todo tenía unos impuestos pavorosos y no había modo. En serio, no había modo.
Así que me tenía que conformar con leer lo que Cortázar escribía de él, y para entonces ya sabía que Ray Brown había tocado en su banda, así que lo oía en el Modern Jazz Quartet, en discos prestados, y también el par en el que aparece Joe Pass; sabía de Dizzie, y quería creer que sus cosas en solitario tenían que ver con lo que tocaba con él; algo había oído de Theolonius Monk y nada de Charles Mingus, Max Roach, Ed Thigpen o Red Rodney. Tenía alguna antología en la que venían cosas de Herb Ellis, y me enamoré a primera oída de su guitarra. (Si consiguen el disco Two for the Road, de Joe Pass con Herb Ellis, cómprenlo. No tiene desperdicio.) Conseguí un disco de Miles Davis con Milt Jackson en los tiraderos de Tepito, y más de las combinaciones extrañas de Pablo Records.
Hasta que un día la amiga de una novia que tenía un tío me pasó unos cassettes grabados de los discos originales con varios discos de Charlie Parker en sus diferentes etapas, y el mundo cambió. Y siguió cambiando cuando tuve algo de dinero para empezar a comprar los originales, por allí de 1986; coincidió con que los impuestos para las cosas importadas comenzaron a bajar en México, gracias a o por culpa de Miguel de la Madrid, como se le quiera ver, y a que conseguí un trabajo mejor pagado, como guionista de historieta.
Charlie Parker me pone de buen humor, en especial cuando toca con Dizzie al lado. En su época con Miles me resulta demasiado sórdido, y necesito de un estado de ánimo especial para oírlo. Con Red Rodney es correcto, terriblemente correcto, y a veces brillante. Y con orquesta de cuerdas... bueno... Lo importante es darse cuenta de que, a pesar de todos esos instrumentos y coros, Charlie Parker es Dios.
En los últimos años han aparecido discos y recopilaciones bastante buenas. Me gusta la colección de Savoy, que tenía desde 1990 pero perdí, y acabo de conseguir A Studio Chronicle 1940-1948, un poco menos ordenado y con menos takes, pero bien bueno, cómo no. Lo interesante de éste es que vienen las grabaciones dietéticas en las que participó Charlie Parker, acompañando a cantantes que el tiempo se tragó. En especial me dio gusto oír "I'll Always Love You All the Same", en la que participan Charlie Parker, Dizzie, Mingus, Monk, Ellis y no recuerdo quién a la batería, talvez Max Roach. Tampoco recuerdo el nombre del cantante, que pagó por el disco, y que se vendió horrores... gracias al lado B, que les dejó a los de la banda para que hicieran lo que quisieran. De allí salió el Be-bop.
Del Bop me gusta la idea de llevar las cosas al límite de la resistencia humana, al menos en sus inicios, y esos temas que no se pueden tararear de primera intención, llenos de síncopas y contratiempos. Cuando oí "Donna Lee", "Be-bop" y "Cherokee" por primera vez envidié a ese montón de locos que dejaban pedazos de vida en ser felices a 240 o más golpes por minuto. Y el humor, sobre todo el humor.
Curiosamente Duke dijo, en un principio, que "eso" no era jazz, y creo que ni siquiera música. Era obvio: ese montón de jovencitos irreverentes estaban rompiendo con lo que él había creado, el swing, llevándolo a niveles absurdos. Por eso ahora aprecio de manera especial aquel primer cassette que compré de Pablo Records, de Duke tocando con Ray Brown: eran dos generaciones que se ponían a ser felices haciendo lo mismo, porque nunca dejó de ser lo mismo.
Está la polémica acerca de quién creó el Bop, si Dizzie o Parker o alguien más. En realidad no importa. Después de veinte años de estar oyéndolo siempre, sé que sin Parker el mundo no sería el mismo y quizá, con todo y lo trágico de su vida, o gracias a ello, no habría ciertas dosis de felicidad que siempre hacen falta para salir a la puerta.

En ambas fotos, Charlie Parker con Dizzie Gillespie.

18 de octubre de 2005

Otro poeta niño

Alberto Quiñónez es otro de los poetas niños de La Casa del Escritor (ya había hablado de ellos aquí). Hace unas semanas cumplió los 18 años y trabaja con nosotros desde diciembre de 2004, junto con Herberth (que lee estas líneas) y Claudia, de quienes hablaremos otro día. Estudia economía en la Universidad Nacional y está trabajando en dos poemarios al mismo tiempo: un poema largo, bastante complejo y... uh... cósmico --bien impresionante-- y otro de poemas más o menos cortos y, en relación con los otros, sencillos. Aquí va uno de sus poemas sin título:

El ocaso es tan sólo una puerta cerrada
reina puerta entre las puertas
Abruma el frío:
el árbol es oscuro y cuelgan los cadáveres de las horas
y esos inocentes papeles con dibujos de la infancia

¿Es el sol indefectible?

El mañana es una idea demasiado antigua
es un harapo que envuelve el corazón en un invierno crudo
es un juego de dados
es el azar desnudo
es la rifa de tus huesos planos

Y la noche te revienta los labios con su sequedad de garganta muerta
y entra en las habitaciones hasta caminar sobre ella misma
y tanta oscuridad que no sabemos nuestro nombre
y tanta sombra que nos hace olvidar que estamos presos tras el color gris de las cosas
que somos el silencio que ha muerto
y tanto más ruido aun que Dios quedó callado
que la lluvia pesa tanto como un pie perdido
que de la faz de tu adorado infierno seremos la especie que muera primero
que somos la vida caduca de un ser que no ha vivido
porque siempre hay un dios que no merece vivir en los templos
y siempre los gritos hieren más que el frío
y talvez mueres
pero es como si estuvieras callado
pero es como si estuvieras dormido

17 de octubre de 2005

Little Shop of Horrors

Acabo de ver Little Shop of Horrors, la versión de 1986 de Frank Oz (el que hizo los Muppets junto con Jim Henson, y que también creó y actuó a Yoda Star Wars, entre otras cosas). ¡Qué maravilla! Me gusta sobre todo la música. Si me dedicara a eso, es el tipo de rocanrol que me gustaría tocar.
La vi casi en estreno, o sea hace muchos años, y sólo una vez; no creo que me divirtiera tanto como hoy. No recordaba que el dentista es Steve Martin, y por allí aparece Jim Belushi en un papel muy secundario. Recordaba a Bill Murray haciéndola de masoquista que asedia al dentista sádico. Rick Moranis nunca me ha caído especialmente bien, y menos en las de Ghostbusters (que sin embargo me encantan; la llegada del Titanic en la 2 no tiene desperdicio), pero allí no me molesta para nada. La que me conmueve es la actriz Ellen Green en el papel de Audrey, especialmente cuando canta la canción en la que sueña con tener una vida burguesa y tranquila en los suburbios, con un par de hijos, un televisor de 12 pulgadas, lavadora y secadora y a Seymour cortando el pasto los fines de semana. Lo que para muchos podría ser el paradigma del aburrimiento para ella es la felicidad total, en especial con su novio el dentista, que la llena de ojos morados y esguinces diversos en cada cita. Impresionante también la canción donde hablan de lo que es vivir en ese barrio triste del centro de la ciudad, al que sólo se puede llegar en el subterráneo. (Al fondo de la escenografía, sin embargo, se ven puentes elevados para el tren.)
El disco sí lo tengo desde hace años, y lo oigo sistemáticamente, al igual que el de la versión teatral de The Rocky Horror Picture Show, otro portento del rocanrol y, quizá, del cine. En ambas versiones Tim Curry hizo su gran papel, el de travesti de Transilvania. Excepto en su papel de demonio en Legend, no le he visto papel interesante. Quizá el de Richelieu en la versión de Los Tres Mosqueteros protagonizada por Charlie Sheen, Chris O'Donnell, Kiefer Sutherland y Oliver Platt; este último hace un excelente Porthos. En The Rocky Horror aparece rambién Susan Sarandon en uno de sus primeros papeles importantes, y hasta ese momento el de más éxito. Había aparecido ya en la tercera o cuarta versión de Primera plana, con Jack Lemmon, quizá la mejor que se hizo.
Más de rocanrol: creo que uno de mis problemas familiares es que me gusta ver, de tarde en tarde, Cry Baby, con Johnny Depp, que parece no gustarle a nadie más en el universo. Traci Lords hace un papel divertidísimo de chava lumpen en busca de acción y de Johnny Depp (algo habrá aprendido de su etapa de actriz porno menor de edad), y a Iggy Pop le sale muy bien el de tío Belvedere. La música es de lo mejor.
No he visto la versión de 1960 de The Little Shop of Horrors. Vi en IMDB que allí apareció Jack Nicholson, ¡más joven que en Easy Rider! No creí que eso fuera posible... Después vino Chinatown, de Polanski, y allí la cosa cambió para él y para el cine, aunque los papeles fuertes se los llevaron Faye Dunaway y John Houston, para mi gusto.
Me encanta el cine. Por eso voy a cambiar de canal; están pasando Farenheit 911, de Michael Moore, y sólo tengo paciencia para verla una vez en los próximos dos o tres años. Y no tiene rocanrol.

Mi hermana Lorena

Mi padre, en su última temporada de vida, se la pasó metido en un viaje constante de morfina, para calmarle los dolores del cáncer en la columna vertebral. A ratos estaba tan lúcido que uno no podía creérsela. Eran los momentos más emotivos. A ratos hablaba de una cosa para referirse a otra (por ejemplo, hablaba de pollos para referirse a asuntos de literatura) y, si uno encontraba los símiles adecuados, podía llevar con él una conversación totalmente racional, lógica y hasta divertida. Mis hermanos Ana y Mauricio no entendían muy bien de qué se trataba y lo tiraban de a loco, y mi padre se desesperaba porque necesitaba hablar de cosas importantes con sus hijos. Y hablamos, cómo no. Había un tercer estado en el que se ponía a decir cosas raras. En el segundo estado, por ejemplo, hablaba de "el niño", y se refería a mí. A mis hermanos siempre se refirió por sus nombres. Pero en algunos de sus delirios empezó a preocuparse por "los niños", y no eran ni mis hermanos ni yo. Su angustia era tal que lo mejor era cambiarle el tema o adelantarle la dosis siguiente.
Dos días después de su muerte me cayó el veinte. Agarré a Sebastián Vaquerano, otro de mis hermanos mayores adoptivos (a él y a Thierry Davo está dedicada mi novela Los héroes tienen sueño; hago la aclaración de "adoptivo" por el tema de esta nota), y casi lo puse contra la pared:
-¿Mi padre tiene otros hijos?
Con algo de incomodidad, porque esas cosas siempre dan incomodidad y no deberían, me dijo que una vez le había hablado de una hija, pero sin profundizar en el tema. Me mandó con otros amigos en El Salvador que seguramente sabrían, Santiago Ruiz (padrino de mi hermano Mauricio) y Blanqui, su esposa. Santiago no sabía nada, pero me dio los nombres de otras personas, que tampoco tenían mucha idea, excepto una, que me dio un apellido: Santillana. Si tenía otros hijos, sería con ella. En esos días murió Blanqui, que me dijo por teléfono que podía darme información, y quedé en las mismas.
Hablé con mis tíos Posada Menjívar y ellos no sabían nada, o eso dijeron. La que sí sabía, y no quiso decirme nada, fue la tía Corina, hermana mayor de mi padre. Se le metió que no iba a hablar y no iba a hablar, y no habló.
Y pasaron tres años, en los que me topé con una especie de conspiración de silencio de muchas personas. Unas me mandaban a otras, y ésas de regreso a las anteriores. Busqué en el directorio telefónico y había más gente de apellido Santillana de lo que pensaba, y no era cuestión de preguntar: "Oiga, busco a una señora que no sé cómo se llama que tuvo por lo menos una hija con mi padre, Rafael Menjívar Larín." Yo, francamente, me hubiera colgado el teléfono, fuera o no la señora en cuestión. Pensé en publicar una columna en El diario de hoy (trabajaba en Vértice por esos días) en el plan de "Se buscan hermanos", pero para muchos (includidos ellos) hubiera resultado incómodo, me parece.
Un día, cuando íbamos a inaugurar La Casa del Escritor, llegó la poeta Nora Méndez y se puso a hablar de manera misteriosa, con rodeos y como queriendo decirme algo. Al final lo soltó:
-Tenés una hermana y yo la conozco.
-¿Se apellida Santillana? -le pregunté sin pensarlo.
Lorena Santillana, me dijo. (Se llamaba Menjívar Santillana, pero por cuestiones legales su madre hizo un juicio de patria potestad y le cambió el nombre.) La conocía desde 1988 o 1989, y habían tocado y cantado juntas en el grupo Nueva América, que según me dicen fue muy importante en los últimos años de la guerra. Unos días antes habían ido ambas a la Dirección de Publicaciones e Impresos y ella (Nora) se había puesto a platicar con Carlos Clará y salí al tema. Vieron cómo Lorena se ponía incómoda. Cuando ya se iban, Nora le preguntó qué le pasaba, y le contestó:
-Es mi hermano.
Nora recordó que hacía años le había contado que mi padre era su padre, que lo había visto varias veces, pero que no lo recordaba; después había salido al exilio y nunca había vuelto a verlo.
Así que le dije a Nora que quería conocerla, que hablara con ella y, si aceptaba, que por favor me llevara. La llamó y no sé qué le habrá dicho (creo que no le advirtió muy bien de qué se trataba; Lorena le había dicho que no me contara nada), pero llamé a Krisma y los tres salimos en ese momento para Mejicanos. Media hora después entrábamos en su casa.
Conmoción general. La mamá de Lorena, Emma Santillana, parecía a punto de desmayarse. Lorena estaba rígida, como a punto de que le pasara un camión encima. Sus hijas no entendían nada. Boni, su esposo, a la expectativa. La reconocí de inmediato, porque se parece mucho a la tía Margo (la otra hermana de mi padre) y a la tía Emma (su prima hermana). La abracé y le dije "Tengo tres años buscándote."
En ese momento estaban a punto de salir; su hija mayor, Silvana, iba a tocar con un concertino de la Sinfónica Juvenil. (Es violinista. Es la que va al frente en la foto.) Lorena les dijo: "Vayan ustedes. Yo me encargo de esto." Y empezamos a hablar y a hablar y a hablar.
Al par de horas regresaron los demás. La señora Emma ya estaba más tranquila e intercambiamos algunas frases agradables. Las niñas me enseñaron lo único que tenían de mi padre: una copia de la primera edición de Reforma agraria en Guatemala, Bolivia y Cuba, publicado en 1969. "Éste es mi abuelito", me dijo Silvana, y me mostró la foto de mi padre en la contraportada. En ella tenía 30 años, quizá menos.
Terminamos comienzo pizza y riéndonos como viejos hermanos (y tíos y sobrinos y cuñados todas las combinaciones posibles), y cantando y tocando guitarra (Lorena, Boni y yo), violín (Silvana) y cello (Andrea). Quedamos que al día siguiente, que era sábado, irían a mi casa a comer y a seguir platicando.
Lo que es la genética: todos los de la familia Menjívar Ochoa tocamos por lo menos un instrumento, mi padre incluido; mi hijo es guitarrista, mi hija Eunice estudia canto, y entre los Santillana no hay nadie que le haga a la música. Lorena y sus hijas se han dedicado o se dedican a la música. Lorena también es licenciada en letras; dejó la carrera de medicina a medio camino para dedicarse a lo que le gustaba. Se gana la vida dando clases de literatura, precisamente. (Eso sí, viene de una larga tradición de maestros por el lado materno. Y la docencia era lo que mi padre más disfrutaba.)
Andrea, su hija mediana, es idéntica a mi abuela Carmen. Idéntica. Físicamente, la mirada, todo, pero en niña. Silvana se parece muchísimo a mi primo René, y tiene rasgos de mi padre. Fue impresionante ver también en Lorena gestos característicos de mi padre. De repente nos poníamos a mover las manos del mismo modo y a pararnos así y asá como si hubiéramos ensayado. Allí descubrí que no todo es imitación, y que quién sabe cómo se transmitan las cosas.
De eso hace exactamente dos años, un 17 de octubre como hoy. La foto la tomé en la casa donde vivía en ese entonces (que perteneció al cuentista Álvaro Menen Desleal, uno de mis maestros) el día 18. Hace poco menos de un año nació Javier, su hijo. Es un niño grandote y bien sano.
Lorena tiene ahora 37 años, nueve menos que yo, seis más que Mauricio, cuatro menos que Ana. Nos vemos poco, porque vivimos en extremos opuestos de la ciudad; yo ando en el exceso de trabajo y ella anda en eso de que Javier crezca como debe crecer, con hija adolescente, hija preadolescente, un marido que es una joya y todo lo que hace una vida. Igual nos hablamos por teléfono y nos mandamos correos electrónicos. Al rato la voy a llamar por nuestro segundo aniversario.
En mis pesquisas me llegaron noticias de que hay por lo menos dos hijos más de mi padre, hermanos míos por lo tanto. (Ellos son "los niños" de los que hablaba con angustia en sus delirios de morfina.) No he logrado ubicarlos, pero me gustaría conocerlos. Si alguien de los que lee esto sabe algo, por favor hágamelo saber.
Sé algo: mi padre, por los motivos que fuera, se privó de conocer y enorgullecerse de gente buena. Lástima por él.

15 de octubre de 2005

Post número 100

Mal que bien, éste es el post número 100 de este blog en poco menos de un año. No he revisado el blog, y si lo hago me daré cuenta de algo que ya sé: hay muchas cosas de las que deseo hablar (casi desesperadamente) y sin embargo he omitido. Por ejemplo algunos de mis muertos y de mis vivos. La abuela Mina, digamos, una de las tres personas más importantes de mi vida (además de mis hijos y mi esposa), que murió en abril del año pasado y de la que no he dicho nada a nadie excepto "Se murió", si acaso me preguntan. O mis otras dos personas más importantes, que también están muertas. (De una, mi padre, ya dije algunas cosas.) O mi hermana Lorena, a quien conocí hace dos años, que goza de cabal salud junto con sus tres hermosos hijos y su marido el Boni, excelente tipo si alguna vez los hubo, y que ha logrado por fin darme una sensación de tranquilidad cuando pienso en mi familia más cercana. Por ejemplo muchos otros que no menciono quizá porque son míos, y quisiera que sólo fueran míos, como de seguro siente cierto tipo de niño que alguna vez fui.
Pero éste es el post número 100, y voy a hablar de alguien importante.
Resulta que ayer fui a un recital del IV Festival Internacional de Poesía donde se presentaba Vilma Osorio, poeta de La Casa del Escritor, de la que todos estamos orgullosos, cómo no. Hace un par de meses terminó un poemario, el primero, llamado Fijación de la costumbre, de una sencillez, una limpieza y una profundidad impresionantes no sólo para sus 24 años y el año y medio que se mató para terminarlo, sino porque así es. Aquí va uno de sus 31 poemas sin título:

Ocho septiembres han rozado mis mejillas
y tu presencia se desvanece.
Sobre mi hombro, una mano ligera.
Te busco y ahí estás,
a tres metros de extrañarte.

Hubo otros poetas de varios países (ella era la única de El Salvador), y un par me recordaron a Asurancéturix, el bardo de la aldea de Astérix. En algún momento me reí pensando que yo era el herrero del pueblo pegándoles con el martillo y gritando: "¡No cantarás! ¡No! ¡No cantarás!" Pero estaba cuidando a Valeria, que se portó bastante bien, y sólo intercambié algunas miradas con Krisma de ésas que sólo las parejas entienden.
El recital fue en la Sala Nacional de Exposiciones, la pequeña belleza que está en el Parque Cuscatlán, donde hay una exposición de Benjamín Cañas. Sólo había visto su obra en folletos, libros, periódicos e internet, y nada que ver. El hombre es grande, y más cuando se ve su obra en directo.
Después del recital, la poeta María Cristina Orantes, organizadora del Festival, nos invitó a que visitáramos, a un lado de la Sala, el monumento a los desaparecidos y asesinados durante la guerra, que promovió y realizó el Museo de la Palabra y la Imagen, entre otras instituciones.
Desde que se inauguró el monumento, no recuerdo hace cuánto tiempo (¿un año?, ¿menos?), decidí que iría al día siguiente. O al siguiente. O al siguiente, y así se pasó el tiempo. Había varios amigos a los que quería saludar, que están entre los más de 36,000 inscritos en mármol con letras perfectamente legibles y parcas. En el fondo, supongo, no quería terminar de darlos por muertos. Es más: cuando estaba en el recital ni siquiera recordaba que el monumento estuviera allí. Así que dije "Qué diablos" y fui de una vez. (Supongo que regresaré.)
El primer nombre que busqué fue el de Roberto Franco, titiritero, secuestrado en noviembre o diciembre de 1983 frente al Teatro Nacional. Se dijo que su cadáver había aparecido en alguna carretera al mar, pero nadie logró identificarlo.
Lo conocí en 1979, cuando llegó a México para presentarse en las festividades del cuarto aniversario del Bloque Popular Revolucionario, que se realizarían en la UNAM, la Carpa Geodésica y creo que en Antropología. Su llegada fue divertida, si no trágica. Roberto nunca había salido muy lejos y en una de ésas los del Bloque le dicen: "Vaya al Distrito Federal y busque al doctor Rafael Menjívar", o sea mi padre. Ni una dirección, ni un teléfono, nada. Tres o cuatro horas después estaba platicando con mi padre, que en un principio estaba de lo más desconfiado; siempre nos mandaban orejas, algunos burdos, algunos un tanto menos. Roberto le pareció uno de ellos, y allí va una anécdota para saber por qué: cuando la Guardia Nacional tomó el local del Taller de los Vagos --al que él pertenecía--, lo dejaron entrar, caminar por toda la casa y salir de la casa sin hacerle una sola pregunta. Mucho tuvo que ver la presencia de ánimo de Roberto, pero si los propios guardias lo confundieron, cuantimás mi padre, que era un simple economista.
En fin, Roberto necesitaba a alguien que lo acompañara con la guitarra en sus presentaciones, y ése fui yo. Trabajar con él fue de las cosas más divertidas que me han pasado. Tenía dos títeres principales: la rana Aurora (roja y de pelo amarillo, los colores del Bloque) y la rana Mateo, verde como cualquier rana. Sabía su oficio y fue todo un éxito. Los del grupo de teatro Sol del Río 32 acababan de llegar también a México y estaban hospedados con la gente de El Galpón, de Uruguay. Roberto los localizó quién sabe cómo, me los presentó y allí empezó una larga amistad con Leo Argüello (quien debería actualizar su base de datos en IMDB), uno de mis hermanos mayores, que debe estar leyendo esto.
En medio de la santurronería de mucha gente del Bloque, un día me dijo Roberto que nos fuéramos de parranda, pero de esas parrandas de verdad, de preferencia que termináramos tirados con tres o cuatro adolescentes (yo lo era; tenía 19 años; él andaría por los 28-29), en total promiscuidad, sin recordar ni siquiera cómo habíamos vomitado tanto, etcétera. Nos fuimos a la Zona Rosa, aparecieron las adolescentes discotequeras, dispuestas a todo, y nos dimos cuenta de que no servíamos para eso. Nada más no servíamos para eso. Así que terminamos a las cuatro de la mañana comiendo un delicioso asado en algún lugar que ahora de seguro ya no existe, hablando de literatura, teatro y qué sé yo, él con no más de dos cervezas entre pecho y espalda y yo con un agua de tamarindo.
Llegó varias veces al Defe, y a veces se escapaba de sus responsables para ir a vernos. Una de ésas coincidió con el cumpleaños de mi hijo Eduardo. Eso debió ser en 1981 o 1982. Fue a la tienda, compró un montón de refrescos de todos tipos (ya teníamos el pastel), montó el teatrino y salió a la calle a invitar a todos los niños que pasaran para que fueran a la función. Y desde luego que fue una función para niños, pero usó a la rana Aurora, la que servía para amenizar los mítines del Bloque. Es uno de los cumpleaños que mi hijo recuerda con más cariño, y cómo no: al rato teníamos como treinta o cuarenta niños corriendo por todas partes y pastel embarrado en todos los muebles.
Casi a finales de 1983 llegó a México Homero López, quien regresaba de terminar sus estudios de teatro en Kiev. Roberto se había criado con él en San Ramón, y de inmediato fue a verlo. Para ese entonces ya se había retirado de la política, tras la muerte de Cayetano Carpio (a mí me habían expulsado en 1982, antes de todo ese relajo). Me dijo que quería irse para allá con su hijo, que qué posibilidades de trabajo había, todo eso. Empezamos a hacer contactos y, sí, había buenas posibilidades. Quedamos en que regresaría definitivamente entre diciembre de 1983 y enero de 1984, que podía quedarse en casa mientras se estabilizaba.
Volvió a arreglar lo que hubiera que arreglar y un mes después lo agarró un escuadrón cuando iba al Teatro Nacional, donde trabajaba.
Además de actuar en mítines y de armar talleres y presentaciones en zonas marginales y en tomas de fábricas, Roberto era parte de los grupos de choque del BPR, y también combatiente urbano de las FPL. A él le tocó estar, armado, en la masacre del entierro del arzobispo Romero, disparando hacia el Banco Hipotecario (ahora Biblioteca Nacional, lo que son las cosas) y en muchas otras.
Un día le pregunté por qué arriesgarse tanto, si lo más importante era que se dedicara a los títeres. "Te podría decir que por conciencia de clase --me contestó--, porque es cierto. Te podría decir que por ideales. La verdad es que soy aventurero. Me gusta la adrenalina."
Ayer, al ver el nombre de Roberto Franco en el monumento, sentí tranquilidad. Allí está. El hecho de que esté allí es excelente; pude platicar con él después de 22 años, y la sonrisa todavía no me la quitan.

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Nota bene: Busqué, y no encontré, a dos amigos más: Benjamín Valiente Alvarez y Ana María Gómez. Quizá no busqué bien. Quizá no los pusieron porque eran gente organizada. Igual ambos fueron asesinados; no murieron en combate. Allí estaba también Juan Chacón, secretario general del Bloque, de quien hay algunas anécdotas de cuando llegaba a casa. Y Enrique Alvarez Córdova, gran amigo de mi padre. El nombre del arzobispo Romero se está desgastando; se ve que todos los que llegan lo acarician con un dedo, y ese dedo colectivo está erosionándolo. Pero erosionarán la inscripción del nombre, no el nombre.

14 de octubre de 2005

Prepotencia de trabajo

"El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y "que los eunucos bufen".
El porvenir es triunfalmente nuestro.
Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes..."
(Tomado de La jornada semanal, de México.)

* * *

A Roberto Arlt lo conocí gracias a Nicolás Doljanin, gran amigo argentino y más salvadoreño que muchos de nosotros, quien decía que estaba bien mi obsesión por Borges, pero que también estaban los de Boedo. (Me dice Salvador Canjura, quien estuvo en Buenos Aires hace unas semanas, que Nico vive a unos pasos de la calle de Boedo, muy cerca de donde Arlt y compañía se reunían para hablar de literatura, para hacerla y para bronquearse con los de Florida.) Lo primero que leí de él fue El jorobadito, que a mis veintiún años era lo más conmocionante que me hubiera pasado por las manos, Sade incluido; después de todo Sade es, en el fondo, un humorista, y es imposible no terminar con un ataque de risa después de algunas escenas de Los 120 días de Sodoma o Juliette. (Justine me cae mal. Es tonta, la pobrecita. Su incapacidad de quedarse callada podrá estar bien para el santoral, pero no para quince minutos en las calles de cualquier ciudad mediana. Y ya no digamos su poquísima capacidad de adaptación al medio ambiente. Me gusta que la haya partido literalmente un rayo.) Después siguieron Los lanzallamas, Los siete locos y más.
Quizá lo más importante de los personajes de Arlt sea que, así de grotescos y abiertos (impúdicamente abiertos) como son, tienen todo lo que cualquiera de nosotros teme ser, pero es. Son personajes que no están limitados por prejuicios, convenciones ni etiquetas, y actúan como hablan y hablan lo que actúan. Quizá sean lo más cercano a los personajes siempre dolorosos de Dostoyevski, pero sin la nieve y sin la grandeza. Refraseo: los personajes de Arlt son tan pequeños y tan abyectos que allí está su grandeza; los de Dostoyevski son grandes a secas, aunque su vida sea intrascendente.
Y Arlt es el ejemplo del tipo que escribe mal, muy mal, pero que no puede dejar de leerse. A veces sus frases son dolorosamente básicas o imprecisas, dolorosamente feas. Y, no, no es parte de su encanto: a pesar de ello, Arlt es magnífico.
Dice Piglia en algún lugar que Arlt se crió con las malas traducciones del francés de las ediciones de principios del siglo XX, y que creyó que "eso" era el lenguaje literario, y lo ejerció a conciencia. (O a inconciencia.) Puede ser. Sé que la prudente perfección de Borges me llena más, pero sin Arlt --su némesis, acaso-- la vida estaría incompleta y no sería lo que debe ser.
"El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo." Me gusta. Así debería funcionar el mundo.

* * *

Gracias a Nico, por cierto, conocí a Marechal, a Macedonio Fernández (un loco espléndido) y a Girondo. Y a otros: San Agustín, Nietszche (que me parece abominable), a Spinoza y a una serie de teólogos y filósofos de lo más dispares, que en la cabeza de Nico tenían una continuidad pasmosa. Con él aprendí mucho del azaroso oficio de pensar, y no ha pasado un día de los últimos 25 años en que no se lo agradezca. (Bueno, sí, a lo mejor han pasado algunos días en que no se lo he agradecido, pero la actitud general es de reconocimienro y respeto.)

13 de octubre de 2005

Harold Pinter, Nobel de Literatura 2005

Otro más al que no he leído, y van un montón.
Del Nobel británico anterior, William Golding (a reserva de que hubiera otro y no me haya dado cuenta; es bastante probable) leí El señor de las moscas, que disfruté. Traté con otros libros suyos, pero me aburrieron. Bernard Shaw me sigue encantando, en especial los prólogos a sus obras de teatro. Beckett tiene lo suyo, cómo no. Eliot es mi gran poeta, por encima incluso de Vallejo y García Lorca, que ya pegan fuerte. A Yeats lo leí de adolescente y fue muy importante para mí, pero después le perdí la gracia. Por allí tengo unos ensayos suyos que hojeo de vez en cuando. Kipling sigue siendo un maestro. Y Winston Churchill... Bue... Le hubieran dado el de Química. (Ya revisé. Sí, hay un británico entre Golding y Pinter, Seamus Heaney, irlandés, ganador en 1995. Otro a la lista de no leídos.)
El Comité Nobel dice aquí que Pinter es dramaturgo, luchador por los derechos humanos, tuvo una etapa inicial de "realismo psicológico", luego se volvió más lírico y es el autor de teatro más representativo de la segunda mitad del siglo XX.
Tiene un sitio oficial aquí. Página lenta y le hace falta una actualización. Me imagino que hoy mismo se pondrá en ésas; un Nobel es como para ponerlo en una página web.

Arabe de Nueva York y Día de la Raza

Cuando llegué a Arizona, en abril de 1999, estaban estrenando dos películas: Matrix, que es una maravilla, y Episodio 1. La amenaza fantasma, que me gustó bastante, aunque después lamenté las secuelas de ambas: qué manera de arruinar buenas ideas.
Me puse a platicar con una amiga acerca del cine de acción y de ciencia ficción y de nuestros favoritos. Le mencioné Independence Day (la vi anoche por enésima vez) que, aparte del plomoso discurso de Bill Pullman (el presidente de Estados Unidos), es bastante buena, divertida, bien armada, bien actuada, buenos efectos especiales, lo que sea. Y me dijo mi amiga: "Además es una película muy importante. Por primera vez en el cine, un negro y un judío salvan al mundo."
Tardé un rato en entender lo que decía. Para mí la película era una película, y los personajes (igual que los actores) eran en efecto un negro (Will Smith) y menos obviamente un judío (Jeff Goldblum). De Will Smith sabía que era negro desde que hacía The Fresh Prince (seguro lo era desde antes, pero allí lo vi por primera vez); de Goldblum no tenía ni idea de que fuese judío, aunque su personaje se apellida Levinson y tiene un papá que usa palabras en yiddish y alemán.
No me acordé en el momento de todo el rollo que hubo para que se permitiera a los negros actuar en papeles protagónicos, y todos los estereotipos con respecto a los judíos, japoneses, chinos, etcétera, en las películas y dibujos animados. Sólo le dije que me parecía que estaba poniendo énfasis en algo que no era importante, que la película era buena y listo, que había por allí un toque de racismo reverso. Y entonces se enojó y dijo que "nosotros" éramos racistas con "los indios", y que no teníamos nada que recriminarles a "ellos" (los anglos, supongo). He tenido que ver Independence Day varias veces antes de lograr recuperarle el gusto y no pensar en que Will Smith es negro y Jeff Goldblum judío, sino gente que hace cosas en una película de ficción. Y encontré que "allá" siempre hay un "ustedes" y un "nosotros" determinado por cosas que no tienen que ver ni siquiera por el origen geográfico.
Por ejemplo, tres años después regresé a dar unas pláticas y unos talleres en la Northern Arizona University y, después de un par de sesiones, salí a fumar un cigarro afuera del Departamento de Lenguas Modernas. Se me acercó una maestra que había estado en una de las pláticas y me preguntó que de dónde era. Le dije que venía de El Salvador, que había vivido mucho tiempo en México y algunos años en Costa Rica, además de una temporada de vagancia que incluyó Arizona. Me dijo que no me preguntaba dónde había vivido, sino de dónde eran mis antepasados, y por lo tanto de dónde era yo, qué era yo. Le pedí que adivinara, y sin dudarlo dijo: "Árabe de Nueva York." (Hacía unos meses había pasado lo de las torres gemelas, así que algo incómodo se me atravesó en algún lado.)
No conozco Nueva York; era mi objetivo en 1999, pero tuve que regresar a El Salvador porque mi padre enfermó en Costa Rica. (Yo me entiendo.) Le dije que tenía algo de árabe, para empezar el apellido; por el lado de mi abuela materna, un trozo de francés; por el lado de mi abuelo paterno, español e indígena; por el lado de mi abuela materna, mucha sangre negra y el pelo rizado; por el lado de mi abuelo materno, los ojos claros y la piel blanca, porque era de Chalatenango, y mi padre tenía unos rasgos orientales que quién sabe de dónde saldrían.
"¡Ah! -dijo triunfante la maestra-. ¡Latino!"
Y, sí, latino. A partir de ese momento ella mostró más confianza y se lanzó a una conversación fluida, y hasta se atrevió a tocar temas que no tocaría con negros, judíos o árabes de Nueva York.
Ayer fue Día de la Raza, Día de la Hispanidad o algún eufemismo similar. Se me ocurrió escribir algo sobre el tema, pero qué diablos: uno se pone raro cuando trata de hablar de su origen mítico, que siempre será falso y siempre llevará a conclusiones bobas. Imagino que debe ser difícil vivir en un lugar en el que la raza es un tema con el que se vive a todas horas, y que tiene consecuencias prácticas constantes, por ejemplo en los temas de conversación casual.

12 de octubre de 2005

¿García Márquez gratis?

Resulta que hay un semanario salvadoreño llamado El independiente, como la vieja publicación de Jorge Pinto, tantas veces destruida, bombardeada (física y moralmente), ametrallada, etc., entre los años setenta y ochenta. Me llegó un boletín, fui a ver, y resulta que están regalando libros electrónicos. El de esta semana es ni más ni menos que Memorias de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, en formato PDF, con la portada de editorial Norma. Anuncian que dentro de dos semanas regalarán El zorro, de Isabel Allende.
Hay de dos: o al semanario le va muy bien (hay una edición impresa) en ventas y publicidad, y por eso puede pagar derechos de autor que se antojarían altísimos, o se trata de un caso bien extraño de piratería. Extraño porque se ejerce de frente, con los teléfonos del semanario en la página de contacto, direcciones electrónicas, dirección física, todo... excepto el nombre del editor, un tema que en este blog se ha vuelto cuestión de principios.
Bajé el libro para ver si está completo. Y, sí, está completo. Quería ver si había alguna aclaración de Norma, algo de publicidad, un agradecimiento o aclaración, lo que fuera. Y no. Ni siquiera le pusieron página legal, ni advertencia de que no se permite la reproducción parcial o total, etcétera, algo que hasta los libros pirata hacen constar.
Al pie de la página web de El Independiente se lee:
Semanario El Independiente - Todos los derechos reservados © 2005.
República de El Salvador. Centroamérica.
O sea que sí tienen idea de lo que es el copyright...
No sé si se me antoja leer el contenido del semanario, y menos suscribirme a la edición impresa. Será lo que sea, pero hasta la piratería debería tener una ética.