14 de abril de 2006

Para todas sus necesidades revolucionarias...

Sí, ése es el lema de The Che Store, dedicada a la memoria del guerrillero heroico y --no tan de paso-- a un comercio de lo más lucrativo. Además de los pósters con la famosa foto de Alberto Korda, se puede encontrar camisetas (tallas para hombres, mujeres y niños), gorras de béisbol, boinas, ropa militar, mochilas, alfileres, tarjetas postales... Todo lo que un revolucionario pudiera necesitar para... uh... hacer la revolución, supongo.
La imagen del Che Guevara --literalmente "la imagen"-- siempre me provocó problemas. Tenía ocho años cuando llegó a casa la revista Life con las fotos del Che en Bolivia, desde que la CIA comenzó a detectarlo en el Congo hasta la exhibición de su cadáver tras su asesinato en La Higuera. Por supuesto que en casa se hablaba (en voz muy baja) de que habían matado al Che, pero la muerte es, a los ocho años, un asunto de lo más abstracto. Mi padre trató de que no viera la revista, pero también el tío Mauricio (vivía a media cuadra de casa) la compraba, y allá fui a ver qué se escondía debajo de sus tapas. Lo que vi, entre otras, fueron fotos como éstas, y ésta en particular me llamó la atención. Según mi experiencia, los militares de alrededor debían estar golpeándolo o tenerlo esposado o algo, y sin embargo todos, incluido el Che, se veían de lo más tranquilos. Llevé la revista y le pregunté a mi padre por qué.
--Porque está muerto --me dijo.
--¿Está muerto?
--Sí.
--¿Entonces por qué tiene los ojos abiertos? ¿Y por qué se está riendo?
Supongo que me habrá dado la explicación anatómica correspondiente, pero durante años tuve la certeza de que no, de que no estaba muerto, y prefería tener esa convicción porque una muerte con los ojos así, abiertos, y con esa sonrisa debe ser espantosa: al hombre lo derrotaron y sigue riéndose... (¿Qué esperaban de alguien de ocho años? Después he matizado un poco la impresión.)
Desde un par de años antes, de pie en la puerta del negocio de telas que la abuela Mina tenía en la calle Rubén Darío, veía pasar las manifestaciones de estudiantes que llevaban carteles de Marx, Engels, Mao, Stalin, el Che, Ho Chi Minh, Fidel Castro, Trotsky y quién sabe quiénes más (¡ah, la edad de la inocencia!), y de repente se detenían, comenzaban a saltar al unísono y a gritar "¡Che! ¡Che! ¡Che! ¡Che!" con una alegría que contagiaba. Los guardias nacionales los veían con desconfianza, pero rara vez hacían algo más que poner cara amarga cuando comenzaban a insultarlos con cantos, y de verdad que eran insultos irreproducibles (los recuerdo perfectamente, con tonada y todo, y tenía estrictamente prohibido repetirlos). Eran los tiempos de Julio Rivera ("Julión"), un presidente de lo más militar y de lo más raro; hasta simpático era, el pobrecito.
En fin, el Che. Alguna vez tuve una reproducción de la foto de Korda, porque es buenísima; me negué a lo de la camiseta (no me podía quitar de la cabeza la imagen del Che en el lavadero de La Higuera) y me regalaron, ya adolescente, en Costa Rica, una boina roja con una estrellita, que terminó en una cabeza mucho más bonita que la mía, enmarcando una sonrisa que daba gusto.
Luego vino la militancia y sus aledaños, y leer las cosas del Che y ver qué rayos era el dichoso "hombre nuevo" que se suponía teníamos que ser, mujeres incluidas. (Sí, fue una mujer la que me metió en mi primera militancia. No, no hubo nada romántico; era una especie de prima que después se convirtió en una señora insoportable.) Con lo del hombre nuevo comenzaron los problemas, porque me topé con el mensaje que envió desde Bolivia a la Conferencia Tricontinental (reproducido aquí), en el cual decía:
El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.
Y eso del odio está bien como consigna, para darle miedo al adversario, y quizá desde un plano teórico y más bien abstracto (la conciencia --de clase y la otra-- me parece incompatible con la irracionalidad), pero pensar en el odio de verdad, sistemático, tan elaborado y tan profundo, era otra cosa. Porque el odio --pensaba y pienso-- es más que una mala costumbre: se hace vicio, y después no hay otro modo de ver las cosas. Y la parte confrontativa de la revolución tiene que terminarse en algún momento, pero el odio permanece, y se reproduce en los hijos y en los amigos y en las relaciones entre las personas, y qué sé yo.
Me puse a buscar por qué el Che se había ido a Bolivia, precisamente al lugar estúpido donde se fue y en las condiciones en las que se fue, y apenas cuando leí La vida en rojo, de Jorge G. Castañeda, más o menos entendí: lo mandaron allí para protegerlo, en vista de que en el Congo no se la había pasado bien (corrupción en las fuerzas guerrilleras, dice Castañeda) y de que en Cuba ya no podía estar no sólo porque Fidel y él eran personalidades que se habían convertido en excluyentes, sino también porque no tenía mucho que hacer en la isla: sus planes económicos habían fracasado, y se había puesto en marcha otros que descartaban los suyos (y que asimismo fracasarían, lo que son las cosas).
Me puse a pensar: en 1966 y 1967, ¿qué movimientos guerrilleros había en América para que el del Che fuera necesario y no pudiera sumarse a otro?
Me encontré con toneladas de ellos, algunos en fase de formación (de lo cual el Che debía estar enterado; era parte de sus fueros, y además muchos estaban basados en sus teorías). Hasta en Estados Unidos estaban los Panteras Negras, los Panteras Blancas y el Black Power. En México, Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. En Guatemala, el MR-13 (trotskista y todo, pero allí estaba) y las FAR, que era de lo más avanzado de la época, hasta la muerte de Luis Turcios Lima en octubre de 1966 (¿qué tal si el Che lo hubiera sustituido?, pensaba ingenuamente). En El Salvador no había nada, ni en Honduras, pero en Nicaragua ya estaban organizándose los sandinistas, y de Costa Rica ni hablamos porque la Suiza de América y esas cosas. En Panamá el asunto iba por otro lado (Torrijos preparaba su regreso), y en Colombia... ¡Ah, Colombia! Allí las FARC estaban activas desde 1955 (en realidad desde 1953), estaba el Ejército Popular de Liberación y, cómo no, el Ejército de Liberación Nacional, fundado ni más ni menos que por "el otro Che", el sacerdote Camilo Torres. Había dónde escoger, aunque si yo hubiera sido el Che no hubiera escogido el ELN; Camilo Torres había muerto ni más ni menos que en su primer combate (en la mejor tradición martiana: a José Martí le pasó lo mismo), y con los presagios no hay que jugar. Venezuela tenía a Douglas Bravo en activo; en Perú ya habían derrotado a Luis de la Puente, pero en esos días llegó al gobierno Velasco Alvarado, que era del bando de los buenos; en Chile estaba organizándose el MIR, en Argentina los Montoneros, en Uruguay los Tupamaros, y en Paraguay seguía sin pasar nada, porque Stroessner era Stroessner y porque Paraguay siempre ha sido Paraguay, Dios bendiga a Roa Bastos.
Y en Bolivia había una reforma agraria en marcha después de la revolución de 1958, o sea que los campesinos no estaban tan enojados. La Central Obrera Boliviana estaba en su apogeo, consiguiendo más o menos lo que quería sin necesidad de ponerse tan violenta, y el general René Barrientos quizá no estuviera muy contento, pero tampoco era cosa de ponerse a disparar. Allí mandaron precisamente al Che. A un lugar donde lo más difícil para organizar a la gente era la ausencia de gente, y quizá por eso.
Lo demás se puede leer en el Diario de Bolivia, y no es agradable: la preocupación por hacer la revolución social se vio superada por la necesidad de comer, de conseguir baterías para la radio, más las diarreas, más el asma, más el ejército que llegó bien rápido gracias a denuncias de la gente que debía apoyar al movimiento, más el olvido de cosas importantes en no sé qué refugio, más el desconocimiento del terreno.
Etcétera.
Buscaba el aporte del Che y encontraba, claro, su participación en la revolución cubana y un montón de libros escritos o que recopilaban sus artículos y discursos. Lo del hombre nuevo me sonaba a gente fanática, y a mí eso me da miedo, porque ya conocía el caso Padilla y lo de Maiakovski y la censura a Jachaturian por hacer "música burguesa" (¡válgame!) y el realismo socialista, uno de mis fantasmas particulares. Buscaba sus méritos militares y, libro tras libro, fui descubriendo que en realidad en Cuba no había habido una guerra como la que se desató --digamos-- en El Salvador, sino una organización de masas no dependiente de los guerrilleros (después sí, y hasta fusilaron a su jefe), algunas escaramuzas y presiones de Estados Unidos para que Fulgencio Batista se diera por vencido como en cualquier golpe de estado. Acabo de revisar La guerra de guerrillas y lo que encuentro es un manual acerca de qué usar y cómo usarlo en caso de que uno decida armar su propio foco guerrillero, pero ni de lejos con las fundamentaciones de Mao en La guerra prolongada o la lucidez de Giap en Guerra del pueblo, ejército del pueblo, ya no se diga Sun Tzu o Von Clausewitz. Igual uno puede ignorar los fusilamientos de batistianos y no batistianos que él y Raúl Castro organizaron al por mayor en los primeros días del triunfo, porque la guerra es la guerra y la revolución requiere de las frías máquinas de matar, etcétera; igual, cuando se fue al Congo, básicamente se la pasó mirando cómo los guerrilleros africanos se dedicaban a no pelear y a vivir de eso. Y las broncas diplomáticas que causó con la URSS por su acercamiento con China, y con China por su apoyo explícito a la URSS, ambas en momentos inoportunos, y qué sé yo. Lo que veía era a un tipo que lidiaba con la vida y hacía lo que podía en condiciones inéditas, y bien por él, pero no "una guía y un ejemplo", como reza la consigna. Y es la primera vez que escribo esto porque "hablar mal" del Che (es decir: no alabar lo que fuera que hiciese) es ser de derecha, casi agente de la CIA, y a uno no le gusta que le digan así cuando en el fondo de su corazón sigue siendo de izquierda, y quisiera creer que de una izquierda racional.
Entonces, ¿cuál fue --y es-- el encanto del Che? La respuesta es triste: morir. No necesariamente en combate, como Camilo. Sólo morir. Asesinado, de acuerdo, pero eso es incidental. Morir. Y el detalle maestro: morir patético y bello.
Como todos los militares, los militares bolivianos se caracterizaron, en su campaña contra la guerrilla del Che, por su efectividad en acción, no por su sutileza. Además de asesinar al Che a sangre fría (que ya era bastante poco sutil), tenían que cacarear el huevo a todo volumen, y llenaron el mundo de fotos de todo lo que pasó y de todos los participantes en el asunto. (La "maldición" del Che tuvo que ver con eso: a varios los ejecutaron en diferentes países por haber participado en el hecho. Eso no es una maldición: eso es una consecuencia previsible. Otro de los "malditos" se puso contra Bánzer, el sucesor de Barrientos, y murió con el hígado estallado a patadas, literalmente. Eso tampoco es producto de una maldición, sino de la estupidez.)
Si las fotos en los lavaderos no eran suficientes (¡de verdad que el Che parece vivo y burlándose de todos!), si esa mirada desde el otro lado no era suficiente para condenarlos, se les ocurrió publicar ésta, y de allí a Jesucristo ni siquiera hay un paso. Bien para la izquierda organizada, porque les puso un montón de soñadores a la disposición. Mal para los soñadores, porque muchos de ellos (me consta) lo que querían era seguir el ejemplo del Che (o sea morirse, mientras más heroicamente, mejor), y muchos lo lograron.
Interesante: la teoría del foco insurreccional, desarrollada por el Che y por Régis Debray a partir de la experiencia cubana, no logró un solo triunfo en América Latina, y tampoco en el resto del mundo. Mucha gente quedó regada en el camino, alguna a pedazos. Otras opciones estratégicas, más estructuradas, lograron el triunfo, como en Nicaragua, pero en enero de 1990 la revolución se comió a sí misma, con el apoyo sincero de George Bush padre, quien en diciembre había invadido Panamá para capturar a Manuel Noriega. Ambos mensajes quedaron clarísimos para los votantes. En Granada había algo interesante, hasta que los conspiradores de siempre mataron al líder Maurice Bishop, sin más motivo que obtener el poder, y allí fue Reagan con los marines a recoger la cosecha. En El Salvador... bueno... Digamos que los Acuerdos de Paz fueron una maravilla después de doce años de guerra, en nueve de los cuales la guerrilla no tenía muchas intenciones de ganar, sino de negociar, contrario a lo que recomendaban el Che, Mao, Giap y cualquiera que haya escrito sobre la guerra desde Sun Tzu.
Todo esto viene porque hace unos días vi un programa dedicado al Che que pasó en el canal Infinito (sí, a veces veo esas cosas y esos canales, cosas de extraterrestres incluidas), que trataba acerca de cómo el Che se ha convertido en un santo para los habitantes cercanos a La Higuera. Al monumento y la tumba donde descansan sus incompletos restos y los de sus compañeros (aquí hay un tipo que exige su parte en la historia) llegan las ofrendas de gente que le pide a pedirle milagros y favores, intercesiones ante Dios y cosas por el estilo. En el programa una maestra de la escuela donde tuvieron preso al Che dijo algo interesante:
--Yo fui la primera que descubrió que se parecía a Cristo. Lo vi a los ojos y dije: ésos son los ojos de Jesús.
Podrá decirse lo que se quiera, el programa de Infinito podrá ser exagerado (francamente no me lo pareció) y lo del Che no es una traspolación de asuntos religiosos a asuntos de ideología política, sino algo que tenga que ver son la conciencia de clase. Pero pregunte a un admirador del Che qué es lo que admira de él como gente de izquierda, y todo se va a remitir a dos cosas: su participación en la revolución cubana y su muerte heroica, y le hablará de ésta como un católico de los apóstoles mártires de la iglesia primigenia y de su prédica y de todo lo de alrededor. De sus aportes teóricos y prácticos no mucho, porque es un asunto de fe, no de racionalidad. Y qué paradoja: si algo quiso ser el Che era un tipo racional, que arreglaba todo mediante el método científico del marxismo. Y el marxismo será un montón de cosas, pero no es una ciencia, como no es un sistema de creencias; es un método para el análisis de la realidad, nomás que los marxistas (mientras más lejanos en el tiempo de Marx, peor) lo convirtieron en otra cosa.
Pero no se trata sólo de "superechería popular". Años antes de su muerte, Víctor Jara, otro de los iconos de la izquierda (tiene algunas cosas sensacionales) escribió un par de canciones, una dedicada a Camilo Torres y otra al Che. La primera decía:
Dónde cayó Camilo
nació una cruz,
pero no de madera,
sino de luz.
Lo mataron cuando iba
por su fusil.
Camilo Torres muere
para vivir.
Dicen que tras las balas
se oyó una voz.
Era Dios que gritaba
"Revolución".
La otra:
San Ernesto de la Higuera
lo llaman los campesinos.
Selvas, pampas y montañas,
patria o muerte su destino.
Ya podrán hablar de las supercherías "populares", con todo y lo que respeto a Víctor Jara.
En fin, después de darse una vuelta por The Che Store, y se le queda algo de dinero, puede ir a Bolivia bien vestido y seguir paso a paso la ruta del guerrillero heroico, con guía en inglés y todo, y el clímax será la visita al lugar de su ejecución. (Incluye campamento la noche anterior y desayuno muy tempranito. El ejército, el enfrentamiento y las heridas de bala son opcionales.) Puede reservarlo aquí.
(Triste que un hombre de buena voluntad, con todos los aciertos y errores de cualquiera que se arriesgue, termine en eso. ¡San Ernesto de La Higuera! Que San Carlos Mariátegui me ampare.)

2 comentarios:

BK dijo...

Acabo de recordar la razon por la cual te leo... aclaras muchas de mis dudas respecto a tantas cosas... muchas que viviste de primera mano.. y como dijiste un día, en estos tiempos muchos se llaman comunistas y no han leido a Marx ni saben nada de todos los que escribieron al respecto. Yo auqneu no me llame comunista, tampoco lo he hecho. Asiqeu eres una especie de enciclopedia de lectura facil.

Gracias.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Yo diría que soy más bien una enciclopedia de dudas razonables. O irrazonables; para el caso y para el tema es lo mismo.
Comunista no soy, porque nunca milité en el PC. Mis otras militancias formales tampoco duraron mucho, pero estuve metido en cosas interesantes en calidad de free-lance. En esas cosas no se puede dudar, y yo ejerzo el oficio sistemáticamente. Es mi trabajo, supongo.